El comedor del barco tenía ese desorden elegante que suelen adquirir los locales de lujo cuando sus ocupantes han dado por terminado un desayuno con tostadas inglesas, mermelada de naranja y jugos de frutas exóticas. Los meseros recogían un reguero de cubiertos de plata y tazas de porcelana con restos de té y café, y el ruido que hacían acallaba la conversación de la única mesa ocupada por Juan Ramón de Cumbres Altas y la Condesa rusa que hablaban en voz baja. Los cabellos rojizos de la mujer le caían alborotados sobre las sienes, iba descotada y sus pechos casi descubiertos se levantaban con su respiración entrecortada. Sus ojos azules lucían lavados por las lágrimas que no dejaban de caer: Juan Ramón le acariciaba la mano mientras le decía:
—Vamos, vamos, que nadie se muere por una separación.
Ella retomaba el llanto con más violencia y se limpiaba la nariz con un pañuelo blanco mientras decía con voz entrecortada:
—¡Cómo puedes ser tan duro conmigo, nos hemos amado toda la travesía, me has robado el corazón y ahora me dices con frialdad que nadie se muere por eso!
—Nadie se muere de amor — insistió Juan Ramón que llamó al mozo y le pidió vino, ella protestó:
—No bebo vino a esta hora.
Él sonrió y le dijo:
—Vas a beber ahora para que te tranquilices y luego nos despedimos.
La Condesa vio la costa muy cerca y comprendió que ya no había vuelta, que iban a desembarcar. Juan Ramón tomó la botella que dejó el mozo y le llenó la copa que ella bebió como si se tratara de una medicina, para luego decirle en tono más calmado:
—¡El vino te pone la cabeza en su lugar!
Ella alargó su mano enjoyada para tomar la de Juan Ramón y llevársela a sus labios, él se dejó acariciar con una sonrisa llena de alivio y la escuchó decir:
—Por un momento creí que me moría de amor y acabo de descubrir lo estúpida que soy —. Se quedó pensativa mientras miraba la costa y continuó —: Yo, más que nadie sé que no hay que mezclar los sentimientos con el deseo del cuerpo.
Durante un breve silencio jugó con un bucle de su cabello, y sonriendo apenas bebió un poco de vino, antes de decir, en voz baja:
—Soy mayor que tú, Juan, pero me ha deslumbrado tu naturaleza; me has arrojado a un estado de exaltación que no conocía, me he dejado llevar por la magia sensual que posees.
Sonreía y estaba más linda que nunca.
Juan Ramón la miró a los ojos, y le dijo:
—¿Ya ves que nada tiene que ver la edad? —Explotaron en una carcajada, de esas que tienen el poder de amistar para siempre a dos seres que se han divertido por un rato y que acaban de sellar una alianza de complicidad.
Todavía tenían tiempo para hablar y despedirse: Los trámites de desembarque y anclaje tomaban mucho tiempo, por lo que aprovecharon los momentos que les quedaban para hacerse confidencias. Fue la Condesa la que comenzó, al preguntarle:
—Todo el viaje lo hemos pasado juntos, excepto cuando ibas a ver a tus caballos, sin embargo nunca nos preguntamos por nuestros pasados ni el motivo por el que viajas hacia el Ecuador.
Juan Ramón la observó, y creyendo oír un dejo de desprecio al referirse al país al que se dirigía, le contestó con la forma directa que tenía de decir las cosas.
—Tampoco me has dicho tu nombre ni si eres verdaderamente una condesa o una impostora.
Ella rió divertida; jamás la habían abordado tan directamente. Se acomodó el cabello revuelto y se lo tiró para atrás dejando ver su frente redonda que le daba un aire infantil. Lo miró con una especie de admiración y le contestó:
—Ya te habrás dado cuenta que no soy condensa, ni rusa, ni aristócrata —. Hizo una pausa llena de sonrisas y continuó —: Sólo tú, que eres conde de verdad podías descubrirme, porque he engañado a medio mundo y he sido recibida en los mejores salones de París. Soy íntima de condesas y duquesas que aparentemente son de verdad.
Los dos rieron porque sabían que en aquel mundo todo podía suceder.
Juan Ramón tomó un poco más de vino, asombrado por la afirmación de que sus sospechas eran reales, y le preguntó:
—¿Cómo obtuviste el título de condesa?
—Se lo saqué a un viejo conde ruso que se casó conmigo y murió tres meses después.
Aparentó una tristeza que Juan Ramón no compró, por lo que le preguntó:
—¿Le heredaste mucho?
—Más de lo que pueda necesitar en esta vida; esa fortuna la podríamos gastar en lo que quisieras y si me aceptas te sería fiel hasta el final de mis días —. La mujer se sumió en una especie de letargo para luego continuar—: No te gusta que nadie se meta en tu vida ni te pregunten cosas íntimas—. Cambió su postura y lo miró con toda la profundidad de su mirada para decirle—: Tienes un don especial con las mujeres, con ese poder puedes llegar muy alto.
Calló al ver un gesto de disgusto en Juan Ramón, que le contestó:
—No necesito de las mujeres para llegar a donde quiero.
La postura que había adoptado Juan Ramón al poner entre sus manos la cabeza, y la espalda tensa, le pareció inquietante e irresistible a la condesa, que hizo un esfuerzo para no lanzarse a sus brazos; por el contrario, quitó las manos que las tenía sobre la mesa y las puso sobre su regazo para decirle:
—Voy a ser de bruja, de todos modos todas las mujeres tenemos alma de adivinadoras.
Él advirtió que se había puesto muy seria y se sentó erguido, apoyado en el respaldar de su silla, le puso atención, y ella le dijo con tono solemne:
—Eres un hombre que sobresale sobre los demás, tienes esa autoridad que nace de las almas grandes, a pesar de tu juventud —. Sonaba aún más misteriosa cuando le dijo —: Te rodea un carisma que fascina a las mujeres porque mezclas la firmeza con la ternura… ese mismo carisma hará que los hombres te sigan — le miró directo a los ojos y con más dramatismo continuó—: Pero ten cuidado, que tanto atractivo puede acarrear envidias—.
Se calló porque un oficial se les acercó y les dijo que debían apresurarse, entonces ella le echó los brazos al cuello y lo besó con ternura. Sabía que no lo volvería a ver.
Juan Ramón y la condesa tomaron diferentes caminos; él se encaminó a las pesebreras y ella a su camarote. La mujer vio al hombre alejarse entre la gente que corría en busca de algún niño extraviado o alguna pertenencia olvidada en los camarotes. Lo siguió con la mirada y vio como se distinguía entre los demás, como un árbol frondoso en medio de arbustos deslucidos.
Juan Ramón se detuvo en el puente de la primera clase porque observó que en un nivel más bajo una mujer de pelo rubio y talle fino miraba al océano; no podía ver su rostro pero adivinaba la mezcla de tristeza y de expectativa con que sus ojos se despedían de la travesía. ¿Quién sería, a dónde se dirigiría? Juan Ramón se quedó un rato más, absorto en los cabellos rubios, como hojas de otoño que se mueven con el viento, pensó que la joven olía a mar.
Cuando el barco atracó en Guayaquil, un oficial de la aduana, acompañado por empleados públicos y de la marina, subió a bordo. El oficial era un hombre de unos cuarenta años; elegante en su uniforme y muy bronceado por el sol, se acercó a uno de los marineros que sorprendido pensó que se trataba de algún trámite burocrático. Pero el oficial se paró frente a él y le explicó:
—Nos han informado que el Conde de Cumbres Altas viaja con ustedes y que debe desembarcar con sus caballos.
El marinero, aliviado de que no le exigieran más papeles le contestó:
—Sí, el conde viaja con su asistente y cuatro caballos.
El oficial de la aduana inspeccionó los alrededores y luego volvió su mirada al marinero para pedirle:
—Comuníquele al conde que venimos con órdenes expresas del Vicepresidente de la República, Manuel de Ascásubi, para ayudarlo en lo que precise.
El marinero regresó con Juan Ramón, al que había encontrado en las caballerizas organizando el desembarque. El oficial se acercó hasta donde estaba el joven y con una leve inclinación de la cabeza le dijo:
—Bienvenido a Guayaquil, Excelencia, soy empleado de la Gobernación y tengo órdenes de ahorrarle las molestias de pasar por aduana.
Juan Ramón supo que aquel recibimiento se debía a su calidad de sobrino del Vicepresidente, sin embargo quiso corresponder las molestias que se habían tomado por él y estrechando la mano del oficial le dijo:
—Agradezco vuestra amabilidad, pero quiero preveniros que traigo mis caballos y mis enseres.
—Por supuesto, Excelencia, todo está preparado — el oficial pensó que el impecable atuendo del conde no era el adecuado para semejante viaje y continuó —, en las inmediaciones de la cordillera esperan recuas de mulas y cuadrillas de indios que se especializan en transportar mobiliario hasta Quito, también lo proveerán con la ropa apropiada — como el conde no le contestara continuó —. Viajarán en una embarcación que jalará la barcaza donde van a ir los caballos, en dos días de navegación llegarán a Babahoyo.
Ya en el río, Juan Ramón, instalado en la embarcación, y en mangas de camisa, sintió la exuberancia de la selva en los latidos de su cuerpo, mientras papagayos de colores sobrevolaban las copas de los árboles. El aire estaba impregnado de olor a mango, naranja y cacao. El suave movimiento de la canoa en las turbias aguas lo adormeció, y el calor hizo que se quedara dormido.
Lo despertó el bullicio de los gallinazos que sobrevolaban las orillas, y se preguntó qué carroña atraía tal cantidad de aves de rapiña. En las orillas sólo se alcanzaban a ver troncos desparramados a lo largo del trayecto y súbitamente los vio moverse convertidos en caimanes. Uno de los remeros al ver su extrañeza le explicó:
—Si no fuera porque los gallinazos devoran la mayoría de los huevos enterrados, toda esta región sería pasto de caimanes.
Juan Ramón se preocupó por la amenaza que significaban esos animales para sus caballos. Regresó a ver a la barcaza en donde “Sevillano”, el más nervioso de los cuatro amenazaba con caer al agua. Juan Ramón ordenó a su asistente, que se pasara a la barcaza. Con remos y maniobras expertas lograron que Jesús alcanzara la balsa que transportaba a los animales. Sin embargo, todos sus esfuerzos fueron vanos, “Sevillano” resbaló y cayó en el agua y, tras él, Jesús Obrador armado de una daga. Juan Ramón con su rifle mató a dos caimanes; el río se cubrió de sangre, otros más se lanzaron para devorar lo que encontraran.
Por esas aguas nadie viajaba sin armas por lo que se repartieron lanzas para defender las embarcaciones. El combate fue feroz, Juan Ramón, experto lancero, con una mano asida a la barcaza y su cuerpo en el agua, dio muerte a todo lo que tocaba. Los remeros hacían lo suyo pero era imposible salvar a “Sevillano”. Juan Ramón gritaba a Jesús que saliera, que ya no había nada qué hacer; pero el fiel asistente no quería abandonar a su suerte al caballo. Los minutos que siguieron fueron de una tensión brutal; todo pasaba a la velocidad de un rayo: la sangre, las lanzas, las mordeduras, la muerte. Jesús tomó la mano de su señor y trepo a la canoa y luego, su cara denotó terror cuando vio al conde tomar el arma y disparar a “Sevillano” para que no sintiera el dolor de la carne desgarrada. El disparo inmovilizó al caballo y las lágrimas brotaron de los ojos de Jesús. Juan Ramón, sentado en la barca permanecía inmóvil, no daba ninguna señal de sufrimiento, pero Jesús que conocedor del amor que el joven sentía por sus caballos, sabía que se desgarraba por dentro.
Era ya muy entrada la noche cuando la barca se detuvo. Juan Ramón, sentado en una tabla que servía de asiento respiraba con dificultad. La selva lo abrumaba con sus efluvios, y el aire pesado que respiraba le parecía un vaho que se escapaba de la vegetación mortífera. Uno de los remeros que a la vez era guía del río, le dijo:
—Señor, hemos llegado.
Juan Ramón hizo un esfuerzo para salir de aquel estado de modorra y pena en que se encontraba y se levantó para seguir al hombre que llevaba una antorcha para alumbrar el estrecho sendero en la oscuridad, Jesús fue tras él. Llegaron a una casucha mal iluminada que estaba construida sobre unos pilotes. El guía, al ver la cara de asombro de los españoles, les explicó:
—Acá las casas son edificadas sobre pilotes de madera para protegerse de insectos venenosos y de las culebras.
Treparon hasta la vivienda por una caña de bambú apoyada a la casa y en la que habían tallado unos peldaños burdos por los que subieron. La puerta, que era una tabla sujetada por una aldaba, se abría a un interior lúgubre que se fue aclarando cuando una mujer malhumorada y soñolienta colocó unas velas de sebo sobre una mesa adosada a la pared de caña. No había camas en la habitación, pero Juan Ramón divisó unas esteras sobre el piso de carrizo y comprendió que ahí iban a dormir. La mujer, que estaba apenas cubierta con una sucia bata y demostraba con sus ademanes lo mucho que la vista le molestaba, les dio unas sábanas de color indefinido para que se cubrieran; el guía se vio en la obligación de explicarles la forma como debían proceder, y les dijo:
—Estas esteras sirven como colchón y evitan el contacto con la suciedad del suelo, las sábanas tienen ese color debido al “moro-moro” que se les pega por la humedad y la falta de sol — los miró para ver si lo habían comprendido, y como no recibió respuesta, continuó—: Mañana se servirá el desayuno cerca del embarcadero, seguramente para esa hora ya habrán llegado los peones de los señores Ascásubi.
Eso fue todo, el guía se despidió de los españoles que no habían pronunciado palabra luego del incidente de la mañana, cuando murió “Sevillano”.
Juan Ramón pensó que había descendido a los infiernos; se cubrió con la sábana húmeda que le dificultaba aún más la respiración, y trató de dormir, pero se agitaba como si tuviera fiebre y los sucesos del día lo persiguieran. Ya no distinguía entre el río de aguas turbias, el aire sofocante, su caballo destripado y mordido en medio del agua pintada de sangre, y las lágrimas de la condesa… Por fin, luego de aquel delirio, entró en un sueño reparador. Lo despertaron las voces y el griterío con que aquellas gentes se comunicaban entre sí. Se levantó y se dirigió a la puerta, la abrió y se sorprendió al ver a su asistente Jesús que conversaba con un hombre alto de pelo rubio y aspecto rudo, más allá los hombres que le acompañaron en la embarcación preparaban un desayuno campero. Aquella visión le mejoró el ánimo, y se dirigió al río para tomar un baño. El agua fría le despejó la mente y salió más tranquilo a tomar su desayuno. Al verlo, el guía lo saludó y le preguntó:
—¿Cómo ha pasado la noche, señor?
—Fatal, me han devorado los mosquitos y tuve que disparar a una rata para que no me devorara las orejas.





Agueda, hermoso relato Y me subí al barco y luego desembarqué Te felicito. Espero con ilusión los siguientes capítulos
Agueda, sigo leyendo tu novela pues resulta que no es de a poquito que la puedo leer. Te arrastra al agua¡¡¡ Cuando subes mas capitulos?? Cuando reaparece la Canaria?? Es muy entretenida y atrapa la atencion. excelente.
El lunes el tercer capitulo
Esto tiene buen aspecto, Águeda. El planteamiento no puede ser más prometedor. Has combinado correctamente personajes verosímiles e inicio de pasiones con un entorno salvaje y primitivo, donde la naturaleza juega también un importante papel.
La voz narrativa resulta amable, no es explicativa en exceso y atiende sólo a los detalles que ahora o más adelante serán relevantes. Como narradora tienes la virtud de la discreción, porque sabes dejar el protagonismo al personaje o a la situación, sin reclamar más atención de la imprescindible.
El estilo es atractivo y desenvuelto, e invita a proseguir la lectura, algo que sin duda haré.
Felicidades.
Gracias, José, tus palabras son un aliento…
Mueves al lector al ambiente con gran facilidad. Como que fuera algo natural en tí. Me gustan más las descripciones que los diálogos, te soy sincero.
Agueda,me tienes absorvido. Pena que no la pueda pasar al papel pero no me atrevo a comenzar el tercer capítulo porque la cocina me espera. Has puesto de todo ahí dentro eh?. Tengo agnas de comentártela. Un abrazo maestra J. Ramón
Qué bueno, Ramón. Tengo ilusión de que leas más. Un besote
Aguedita que hermoso relato, es como si me hubiera subido al barco, cada capìtulo es màs interesante que otro y con la descripciòn tan real nos invita a proseguir la lectura
Un besito para ti Rocio
Agueda, sigo leyendo. Muy buena narrativa, la descripcion del entorno es muy buena. Lo mas importante es que engancha al lector. Seguire leyendo un abrazo
Andres
[...] 2.- EL RI0 [...]
[...] 2.- EL RI0 [...]
Ya llegamos y ahi dejo para seguir leyendo luego. Gracias por compartir conmigo. Helena
Me encantó y ya con este me quedo prendido de lo que sigue! Buenazo profe!!!
Emocionante, lo que me dices.