Juan Ramón rió al recordar el sobresalto con que Jesús se despertó a mitad de la noche al escuchar el disparo, pero se volvió a dormir sin preguntar nada por lo cansado que estaba
El hombre que conversaba con Jesús se aproximó a Juan Ramón y se presentó a sí mismo:
—Buenos días, señor — se tocó el ala del sombrero en señal de respeto y continuó —: soy Portalanza, al servicio del señor Roberto Ascásubi.
Juan Ramón lo interrumpió para decirle:
—Hombre, ya me han hablado mucho de las amabilidades de mis tíos, pero no me imaginaba que eran tan puntuales.
Juan Ramón estaba alegre, no veía la hora de emprender el viaje y llegar a Quito.
Portalanza, halagado asumió un aire profesional para decir:
—Señor, vengo con una comitiva de gente que sabe viajar por lugares peligrosos, vienen un cocinero y un sirviente.
Juan Ramón asintió con la cabeza mientras observó un grupo de indios que se encontraban rezagados; iban descalzos pero llevaban gruesos ponchos de lana a pesar del calor, parecía que tenían el alma muerta, pasivos y ajenos al mundo. Portalanza, al ver que Juan Ramón se había detenido a observarlos, dijo:
—No podemos viajar sin ellos — los señaló con el índice — son expertos en los caminos de la altura, tienen las espaldas fuertes para llevar carga y el pecho amplio para soportar largas distancias.
Aquellos indios llevarían en sus espaldas los muebles y los enseres que traía Juan Ramón desde España.
Portalanza proveyó a los viajeros ponchos de lana y zamarros de cuero de chivo para la alta montaña; servían para protegerse del frío y de los espinos de los arbustos silvestres. Les entregó unas mascarillas de seda para defenderse del sol y de los vientos de la tierra alta. Los sirvientes colocaron la ropa de viaje en las alforjas de los caballos y enseguida emprendieron la cabalgata por selvas y llanuras secas. Durante las jornadas diurnas, se encontraron con caravanas de mulas que llevaban carga. Muchas veces les dijeron, que se trataba de mobiliario que incluía pianos y pianolas, espejos, calesas, todo traído de Europa. Los arrieros que seguían a las mulas llevaban consigo algunos sirvientes indígenas, resistentes al frío y al calor. Iban descalzos, pero sus pies habían desarrollado un callo que les servía mejor que el calzado montañero.
Continuaron exhaustos y maravillados por los parajes que pasaban. A veces eran largas horas atravesando un lecho de piedras que de pronto podía convertirse en correntoso río que debían vadear, pasaban de paisajes selváticos, a zonas de desfiladeros por donde debían desmontar y tirar de los caballos, asustados por el rugir del río en las profundidades. En uno de estos desfiladeros, Juan Ramón miraba con preocupación a su caballo “Fandango”, que había perdido los herrajes y rehusaba dar un paso más, como si el río al fondo del precipicio lo llamara con su ruido ensordecedor. Jesús trataba de calmar al animal, pero éste retrocedía enloquecido y cansado. El lugar era tan estrecho que Jesús no podía maniobrar y Juan Ramón, que se hallaba entre los dos caballos y la peña, miraba impotente sin poder ayudar.
El estruendo y alumbramiento de un relámpago sobre el sitio por donde transitaban no hubiera impactado a Juan Ramón tanto como aquella visión; el fiel sirviente caía en el abismo, ofrendaba su vida por segunda vez para salvar a uno de sus caballos. Sin pensarlo dos veces entregó las riendas a Portalanza.
—¿Qué piensa hacer, señor?
Portalanza miraba con desconcierto al joven, que le ordenó:
—Sujeta esta punta de la cuerda para que me detengas si fuese necesario. Tira de los caballos, que avancen para despejar el camino.
Juan Ramón tenía tal determinación en su actitud, que Portalanza no tuvo otra alternativa que obedecer. Vio cómo el conde descendía con pericia, como soldado que era. Parado al filo del abismo observó el revuelo de las aves, que asustadas dejaban sus infranqueables nidos al sentir a Juan Ramón descender sujeto a una cuerda. Una piedra saliente había detenido a Jesús, pero el caballo había rodado por el precipicio.
Desde su puesto, Portalanza vio llegar a Juan Ramón hasta donde se encontraba Jesús; tomarlo entre sus brazos y susurrarle algo, creyó ver que el conde lloraba y luego observó como lo amarraba a su cintura para subirlo con él. Portalanza oyó el llanto del conde confundirse con la furia del río que bramaba más abajo.
Cumbres Altas llegó con Jesús amarrado a su cintura. Portalanza se apresuró a ayudarlo con el cuerpo que pesaba una tonelada y vio al conde limpiar con sus manos la tierra que ensuciaba el rostro de su asistente; era un adiós, una liturgia antes de enterrarlo en una explanada. Cuando taparon la tumba y pusieron dos palos como si fuera la cruz de un cementerio, Portalanza le dijo a Juan Ramón:
—Usted arriesgó su vida por salvar a un sirviente que no tenía la menor posibilidad de sobrevivir — observó que el conde se emocionaba y continuó — cuando pasa algo semejante, se reza por el alma del que cayó y los buitres hacen el resto. Juan Ramón se enderezó; su porte volvió a adquirir ese carácter viril que lo hacía aparecer tan seguro de sí mismo, y contestó:
—Yo no podía permitir que Jesús fuese devorado por los buitres.
Juan Ramón perdió el sentido del tiempo; no supo cuántos días continuaron la cabalgata que se le hacía lenta y tediosa. Una mañana, cuando despertó dentro de una cueva en la que habían pernoctado sintió un aire ligero y salió a respirar; aliviado de haber dejado atrás los vahos calientes de la selva y esos ríos que le parecieron oscuros y tenebrosos. Un golpe de frescura le impactó en el pecho. Miró a su alrededor, enceguecido por la fuerte luz solar, parpadeó un poco y vio que el cielo era una bóveda de azul intenso. Caminó por sobre la paja del color del oro ondulada por la brisa, y de pronto, apareció una mole gigantesca cubierta de nieve; le tomó un instante reconocer al Chimborazo del que tanto había oído. Portalanza venía en su dirección y Juan Ramón le dijo:
—Es hermoso.
El viento, que había subido de intensidad ondeaba la bufanda que llevaba alrededor del cuello y desordenaba su cabello rubio castaño, pero él apenas lo sentía; absorto en la insondable soledad del páramo.
Portalanza, que titiritaba de frío, le contestó:
—Sí Señor, es muy hermoso, pero cuando es bravo es bravo, y, si al momento de pasar por sus faldas viene la ventisca, la cosa es seria.
Los dos se encaminaron para desayunar y retomar el viaje montando en sus caballos. Iban a paso lento cuando vieron que a lo lejos se formaba una tormenta de la cual no pudieron escapar. Durante el tiempo que duró, no vieron más que ventisca, hielo fino que les golpeaba la cara y lluvia sobre los desfiladeros y acantilados por donde pasaron. En un momento tuvieron que desmontar y dejarse resbalar por el lodo, para luego volver a montar.
El verdadero ascenso estaba por empezar; se veía como minuto a minuto disminuía la vegetación y aparecían los peñascos que dificultaban el paso de los caballos. Ahora bordeaban el Chimborazo por el otro lado, y fue entonces cuando Juan Ramón entendió lo que Portalanza le dijo sobre la bravura del monte que se había ocultado bajo nubarrones negros que tronaban iluminados por relámpagos. Las ráfagas de viento que soplaban con furia amenazaban con tirar a jinetes y caballos. Juan Ramón veía a través de su mascarilla a los indios cargados de sus muebles pasar por la tormenta de hielo y agua con un estoicismo que nunca imaginó.
Por fin un día llegaron a Quito, y Juan Ramón entró a la Plaza Mayor junto a la comitiva que lo acompañó. Lucia cansado con su poncho rojo y los zamarros de cuero de chivo. La gente que salía de misa en la Catedral y de las cuatro esquinas de la plaza, lo observaron llegar y entrar por la gran portada de la casa de Manuel de Ascásubi.





Aguedita insisto tienes un poder fantàstico de relato, que nos llevas a vivir y sentir todas tus aventuras. Rocio
Agueda sigue siendo muy bueno. Te felicito por el estudio que has echo sobre las vestimentas y costumbres de la epoca. Describis muy bien los detalles. Los indios que llevaban la carga etc. Felicitaciones. adelante!
Andres
Gracias, Andrés, acá te espero. Un beso
[...] 3.-EL ASCENSO [...]
[...] 3.-EL ASCENSO [...]
Achachay!!!….hasta sentí el frío del Chimborazo.
Sí, qué frío! Cómo sería viajar en esas épocas? Un beso, Katy
Escribir sobre épocas ajenas a las del escritor y hacerlo con tanto detalle..mis respetos, super.
Me impacto de este capitulo, la verdadera nobleza. La de un conde honrar la muerte de su sirviente. He leido este capitulo por segunda vez… una acto noble y muy lindo. Me emociono mucho cuando dijo que no podia permitir que a su sirviente lo devorasen los buitres. Que respeto por la vida no?
Sí, Andrés. Me alegra que hayas captado esa cualidad del conde que casi nadie comprende. Gracias