Desde el desayunador, ubicado en la segunda planta de la quinta de Guápulo se podía ver el jardín, y a lo lejos, la quebrada que había formado el río Machángara. Un árbol de chirimoyas tenía las ramas de su copa a la altura de la ventana, por la que se podía coger sus frutos. Una sirvienta entró con una jarra blanca rematada con asa azul en la que humeaba el chocolate y la depositó en la mesa oval de mantel largo, colocó los bizcochos en una cesta de mimbre cubierta con una servilleta blanca y recibió de su ayudante una poma de cristal, con el jugo de mandarina recién exprimido, que puso en el centro. Leonor, que llegó en ese momento, se sentó y se puso la servilleta de lino blanco en el regazo.
La empleada, que servía en la casa desde el día en que nació, le preguntó:
—¿Durmió bien Niña Leonor?
La joven, que acababa de cumplir diecisiete años le contestó un poco fastidiada:
—No, había zancudos que atravesaron el tul de mi toldo y me molestaron toda la noche.
Remojó el bizcocho en la taza humeante y puso cara de aburrida.
La empleada continuó:
—No sé qué le pasa Niña, hasta hace poco era usted la alegría de la casa; cariñosa y ocurrida, no tenía tiempo para aburrirse. Era la muchachita más bella, montada en el caballo y recogiendo flores silvestres. Su tío Manuel decía que estaba como para comérsela.
Le sirvió más chocolate y ya no dijo nada más, pero pensó que la Niña se estaba convirtiendo en una belleza de cabellera larga cobriza, cintura estrecha y ojos llenos de dulzura. Se escucharon los pasos de Carmen Salinas que entró con esa parsimonia de las damas de fortuna y abolengo. Leonor se levantó de su silla para abrazarla y darle un beso, su tía le besó en la mejilla.
Una suave brisa agitó las ramas de los árboles y un aroma a chirimoyas y azahares inundó la habitación.
—Algo extraño está por suceder—Dijo Leonor mientras aspiraba aquel aroma.
—¡Ay, mamía! ¿Dices esto solamente por que todo huele a chirimoya? — Carmen Salinas, sentada junto a Leonor en la mesa miró al exterior y continuó — Es lo más normal, el árbol está sembrado muy cerca —. Se levantó y alargó la mano para coger una fruta que se la llevó a Leonor.
Leonor partió la fruta y dijo:
—No tiene ni un gusano — se puso a comer y continuó —: está deliciosa.
Carmen Salinas se miró las manos para asegurarse que estaban bien cuidadas y que en el anular brillaba el inmenso solitario de su matrimonio, luego tomó el vaso con jugo fresco, se lo bebió con deleite y preguntó a su sobrina:
—¿Por qué crees que siempre está algo por ocurrir? Me parece que la negra Justina te mete ideas en la cabeza, deberías dedicarte a bordar o… no sé, algo se te ocurrirá.
Leonor miró a su tía; era una mujer singular, hija del prócer Juan Salinas. Poseía una elegancia natural, a pesar de una cierta tristeza que tenían todos los hijos de los próceres de la Independencia. Leonor se preguntó si aquella melancolía se pasaría a las nuevas generaciones, o si en el futuro, nadie se acordaría de tanto sacrificio. Pensó que la adoraba; le había dado cobijo y cariño, cuando llegó de Lima, huérfana y en brazos de la negra Justina.
—No te preocupes por mí; nadie me ha metido ideas, es que pienso que si digo que algo está por suceder, a lo mejor sucede. Me aburro, todo es siempre lo mismo, como si una quietud descolorida se hubiera instalado en mi vida. El aroma que entró por la ventana fue como una esperanza, como un aviso.
Las dos mujeres continuaron tan ensimismadas en su conversación mientras tomaban tazas de chocolate, que no oyeron entrar a Rosa Ascásubi que se sentó en el puesto que habían reservado para ella.
—¡Ay, mamías! Perdonarán que llegue tan tarde, mi embarazo me hace muy dormilona.
La mucama le sirvió jugo que se tomó con apremio. Rosa Ascásubi era una mujer de su época, de esas que pertenecían a las familias poderosas de la nueva República: era fea, y por si fuera poco, vieja. Aquel estigma se lo había echado encima por haberse casado con Gabriel García Moreno, mucho menor que ella, apuesto, brillante y requerido por todos. En realidad si se observaba detenidamente a Rosa, se podía apreciar su semblante refinado, tenía el talle estrecho y caminaba con el garbo de mujer de alcurnia.
—No saben las ganas que tengo de algo ácido y dulce como la mandarina, es deliciosa.
—La mandarina tiene magia, atrae el amor.
Leonor miraba con picardía a Rosa, porque sabía que estaba enamorada de su marido ausente.
—Guagüita loca, sólo hablas tonteras, tú del amor no sabes nada.
Ante el asombro de las demás, Rosa se puso a llorar.
—¿Qué te pasa, mamía?
Carmen le tomó de la mano en un intento por consolarla, pero Rosa que seguía llorando le contestó:
—He recibido una carta de García — se refería a su marido que estaba prófugo en Guayaquil. Sacó de su seno una carta doblada en cuatro, la abrió y les leyó una parte:
“Mi adorada Rosita: Ojalá se haya retardado tu parto hasta esta fecha, para que durante los días críticos permanezcas tranquila y convalezcas pronto y bien: estoy seguro que el parto no pasará del veinte y que he de tener hija y no hijo y de que mi pobre hija se me ha de parecer como un retrato y de que por lo mismo ha de ser más fea de lo que puede buenamente sufrirse en la gente de polleras. Siendo varón no importaría que tuviera la hermosura del mismo Esopo o de Porfidio, que es lo mismo: se libertará cuando menos de bailar la polca y ya ves que es no poca ventaja en estos tiempos de saltos y de revueltas: Si quisiera casarse no le negaría Dios una tigrecita que formara con él buena pareja; y por cierto que con solo salir de casa y meterse cristianamente en la casa de tu hermano don Manuel, había de encontrar una prima, linda como Maritornes y generosa como la avaricia de quien diría como Adán de su mujer por lo mucho que se le parecía: ésta es cara de mi cara y ésta es hueso de mis huesos. En fin, nazca varón y tenga la cara que tuviere, te suplico, si, desde ahora, que no vengas a parir año por año como si los hijos fuesen de cosecha: de este mi destierro, sacaré siquiera este buen resultado de que no me hagas padre por segunda vez hasta el año de 1850.
GABRIEL”
Carmen Salinas se ruborizó; sabía que su cuñado, Gabriel García Moreno no la quería, pero no estaba al tanto de la rudeza con que se expresaba de su marido, Manuel. Lo que más le indignó fue que llamara a sus hijas Maritornes y que de una manera tan vulgar se burlara de la familia Ascásubi. No pudo contenerse y dijo:
—Tu marido debe estar desvariando con las altas temperaturas de Guayaquil, de otra manera no se puede entender tanta insolencia con quien le ha dado tanto —. Se calló al ver el desconcierto en la cara de su cuñada y cambió de tema al decirle —: Ayúdame a encontrar un pasatiempo para Leonor, para que no se aburra tanto.
Leonor saltó como un resorte y dijo:
—Lo mejor que puedo hacer es salir a galopar, el ejercicio me hace mucho bien —dirigiéndose a Carmen Salinas le preguntó: —¿Me das permiso, tía?
—Por supuesto, prefiero que estés en contacto con la Naturaleza y al aire libre, a que tengas la cabeza llena de pajaritos, pero que te acompañe alguien.
Rosa Ascásubi secundó a su cuñada Carmen diciendo a Leonor:
—Ten mucho cuidado y no salgas sola a caballo, hoy en día hay mucho peligro y puedes encontrarte con un salteador de caminos.





La verdad me agradó y la parte de la carta me encantó tengo ganas leer lo qué sigue …
Gracias, pronto colgaré más
Considero que tu obra se convertirá en uno de los grandes clásicos de nuestra literatura. Estoy seguro de eso.
Cristóbal, eres demasiado generoso conmigo. Muchas gracias y un gran beso
Aguedita cada vez se vuelve mas interesante y estoy segura, como dice tu amigo Cristòbal, tu obra se convertirà en uno delos grandes clàsicos de nuestra literatura. Sigue adelante. Rocio
[...] 4.-LA QUINTA DE GUÁPULO [...]
Bueno a estas alturas se habra dado cuenta que estoy enganchada con su trabajo, no voy a detenerme hasta llegar al final. Me gusta mucho.
Saludos.
Pamelita, no sabe lo feliz que me hace. Siga leyendo