Leonor besó a sus tías y salió en busca de su nana Justina. Estaba en aquella edad en que todo duele y nada parece tener sentido; dentro suyo sentía un vacío que quería llenar con algo que no alcanzaba a vislumbrar. Aquello le hacía sufrir tanto, que a veces, sin ningún motivo se ponía a llorar. Añoraba su infancia y no sabía en qué momento se perdió de ella; la región en la que se encontraba le resultaba vaga, era como estar en el limbo sin nada que la sustentara.
Se detuvo junto a un arrayán, arrancó una hoja, la mordisqueó y sintió en la boca un sabor a canela y clavo de olor, un tanto amargo. Correteó entre los árboles de limón y mandarina, mientras con la mirada buscaba nidos de pájaros, pero perdió el interés y se encaminó a la casa. Entró como un vendaval en la alcoba, y allí encontró a su nana Justina que limpiaba el polvo de su velador. La nana era una negra alta de una corpulencia que disimulaba con vestidos de colores y un delantal rojo con amplios bolsillos, su peinado era un entramado de trenzas sujetas con cintas de seda que le daban la apariencia de una muñeca descomunal.
—Justina, quiero que le digas a algún peón que me ensille un caballo.
—¿Vas por los alrededores, o a tu vado secreto?—le preguntó Justina.
—Al vado, y no le digas nada de esto a mi tía Carmen que tiene miedo a que me aleje de la quinta y quiere que me acompañe alguien, yo voy sola.
—A ti no se te puede contradecir, pero te advierto que si te pasa algo, a tu tía le da un soponcio.
—No me va a pasar nada, no entiendo tanto barullo para nomás de salir al campo.
—¡Ay, niña! Que Dios te ampare, al vado te vas en mula o le aviso a tu tía que no quieres que te acompañe nadie.
—Está bien, me voy en mula.
Leonor, con vestido rosa y sombrero de ala ancha cabalgaba en una mula que estaba acostumbrada a los quebrantados caminos de la Sierra, al llegar a un despeñadero, el animal resopló y comenzó a calcular el más mínimo paso, el próximo obstáculo. Leonor dejó el mando a la bestia y se puso a pensar: “¿Porqué será que todo es tan oscuro y falto de vida, de qué sirve la luz si nada se ilumina?” Ya no le hacía feliz la naturaleza llena de color y aroma, quería algo más contundente, como ser la protagonista de su propia historia.
Un golpe de aire seco y caliente le golpeó la cara, los zancudos comenzaron a zumbar cerca de ella, pero no les prestó atención; desfallecida de cansancio, divisó entre las ramas exuberantes el manso vado que un alud había formado en el Machángara. Desmontó y alzó la mirada para comprobar lo mucho que había descendido; desde donde estaba podía observar en lo alto el Santuario de Guápulo. Se sintió libre y pensó que podía elevarse como una cometa entre las nubes y llegar a Quito, pero estaba mucho más abajo y el clima se había tornado cálido, casi tropical. Dejó de cavilar y amarró la mula a un algarrobo. Le pareció que los molles desparramaban sus hojas para refrescarse en el agua, y exhaló un suspiro cuando vio pájaros de colores volar de rama en rama. Un “quinde” desplegaba el azul tornasol de su cola al chupar el néctar de las flores de los pucauchas, que salpicaban de rojo el verdor de los matorrales. Un viento leve le revolvió el cabello como una caricia atrevida. Se encaminó hacia un lugar sombreado, se recostó sobre el prado. En sus ojos se reflejó el intenso azul del cielo que el encañonado hacía ver tan lejano. Sintió la vida recorriendo por las profundidades de su ser, ocupando la justa dimensión de su cuerpo; moldeándose como lo hace el agua dentro de un recipiente oscuro y cerrado.
Escuchó el susurro del viento al rozar la hierba y le pareció sentir la calidez de una presencia. Se incorporó de un salto y vio un caballo enjaezado con albarda española; era hermoso, blanco con crin oscura y abundante, la cola casi negra que llegaba al suelo. Se le acercó y admiró su cabeza vertical, y el cuello alto, arrobada vio que mordía dulcemente su bocado. Hechizada, continuó aproximándose un poco más. Poseída de un placer sensual que no conocía puso su mano en la crin y se sacó una a una sus prendas, hasta quedar completamente desnuda. El caballo la atraía cada vez más, era tan hermoso y tentador… Se alejó unos pasos, se sumergió en el agua y comenzó a dar brazadas para luego saltar a la orilla con el cuerpo tenso por el frío El zumbido de las abejas la llenó de recogimiento y cerró los ojos para sentir al sol secándole la piel. Así se quedó por un momento hasta que tuvo un miedo irracional. Mientras la brisa golpeaba su cara, el graznido de los cuervos se volvió una amenaza y sintió el terror meterse en sus entrañas. El murmullo del viento se convirtió en grito de alerta y se vistió apresuradamente. El cielo se encapotó llevándose la dulzura del entorno. Tenía la certeza de que no estaba sola, de que varios ojos la observaban, alguien la vigilaba… tal vez un bandolero, como le previno Rosa. En su nerviosismo por amarrar las botas, no atinó a cerrar su corpiño, se colocó como pudo la casaca, y escuchó unos pasos entre el matorral. Con los ojos cerrados rezó una plegaria en silencio, se encomendó al alma de su madre y pidió misericordia desde el fondo de su corazón.
Sintió que le lanzaban dardos hiriéndole la piel, el peligro estaba en el aire y se apuró a desatar la mula con el corazón desbocado.
—¿Adónde vas?—Unas manos la inmovilizaron y ella, a punto de desvanecerse, se dejó sujetar y escuchó una voz que le decía:
—Eres muy hermosa y hueles bien.
El fuego de un aliento en su cuello la reanimó y llena de furia exclamó:
—¡Cómo se atreve!
Hizo ademán de levantar la mano para cruzar aquel rostro que el miedo no le dejaba ver, pero sintió una fuerte mano deteniendo la suya.
—No sólo eres hermosa sino salvaje, pero yo domo fieras.
Con los ojos desorbitados vio a su agresor; un hombre de estatura media; llevaba camisa blanca que dejaba ver parte de su torso fornido, también pudo ver que llevaba pantalones ceñidos, polainas y un pañuelo de seda alrededor del cuello. No pudo evitar la fascinación al comprobar que tenía la agilidad de un gato y un magnetismo animal. Leonor, haciendo acopio de un valor que no conocía, dijo:
—No se meta conmigo, mi tío es el vicepresidente del Ecuador y si algo me pasa lo perseguirán; no piense que no van a buscarme.
Súbitamente la ira desplazó al miedo y le escupió en la cara. El hombre se limpió el rostro y la arrimó contra el árbol, la casaca abierta de Leonor dejaba ver sus senos a punto de estallar.
—Eso no te lo permito, no me gustan las niñas malcriadas, alguien se olvidó de darte unos azotes cuando eras pequeña.
Leonor sintió la corteza del árbol en su espalda, y en su cuello el aliento de aquel hombre que le impedía respirar con normalidad; se fijó que el cabello claro le caía sobre la frente y que sus ojos verdes tenían un poder irresistible hipnotizándola sin que ella se diera cuenta. Leonor, al ver que no podía pelear rompió a llorar.
—Se lo suplico, déjeme marchar.
Las fuerzas la abandonaron y un temblor le recorrió el cuerpo.
Él le contestó en tono burlón:
—Está bien, te dejo marchar porque no has necesitado azotes para portarte como una niña bien educada y, además, porque no quiero que el vicepresidente me mande a encerrar.
Leonor se quedó inmovilizada, y fue su agresor el que la levantó como a una pluma y la sentó en la mula.
—¡Márchate que va a llover!
Dio una fuerte palmada a la mula y hasta que vio cómo se alejaban. Cuando estuvo solo, se encaminó hacia su caballo, pero tirado en el suelo encontró una de las enaguas que había dejado la desconocida, la tomó entre sus manos y un perfume limpio y fructuoso le llegó a la cara desatándole un deseo ancestral, y montó en su caballo.
—¡Vamos!—le dijo, como si el animal lo pudiera entender, y continuó—: El camino es agreste, pero esa mujer no se me puede escapar.
Acostumbraba hablar con sus caballos. Con dificultad lograron alcanzar la cima.
Leonor, bañada en lágrimas, espoleaba a su mula, que habituada a lo escabroso del terreno pisaba con firmeza adelantándose al acosador hasta que alcanzaron el plano. Con el cabello revuelto y la palidez en el rostro escuchó los cascos alcanzándola y se puso a temblar cuando escuchó que él le decía:
—¡Vamos maja, no me digas que te desnudaste para mi caballo!
Antes de que ella pudiera darse cuenta, el joven la alcanzó y sujetó fuertemente sus manos que sostenían las riendas de la mula.
—No huyas que es peligroso y te puedes caer.
Diciendo esto paró a la mula en seco. Los ojos de Leonor; oscuras golondrinas, inmensos y anegados se posaron en los de él. Percibió que estaba más desnuda que en el río, jamás nadie le había hablado así y menos violentado como aquel desconocido que ahora la tenía a su merced. El calor arreciaba y los dos se miraban con intensidad, él sintió que aquella mirada oscura le sondeaba el alma y tuvo un momento de distracción que Leonor aprovechó para tomar el despeñadero que llevaba a la quebrada por el terreno escarpado por el que el caballo blanco no podría avanzar.
Se desató la tormenta sobre Leonor, que asida a su montura se dejó llevar por la mula por sitios escabrosos que se iluminaban con los relámpagos en una noche negra y sin luna.




Un capítulo especialmente logrado. A la bucólica descripción del inicio sigue el encuentro turbulento y la pasión reprimida que ya se anuncia. Me parece importante que hayas dado a la naturaleza el papel que merece en este episodio; la ambientación es para mí primordial.
Bien narrado, Águeda.
José Antonio, Gracias por tus palabras que son un estímulo, espero que sigas leyendo y comentando lo bueno y lo malo. Un beso
Hermoso relato. Rocio
[...] 5.-DESLUMBRAMIENTO [...]
[...] 5.-DESLUMBRAMIENTO [...]