En la quinta de Guápulo, un reloj grande, de madera y talla antigua dio las doce campanadas del mediodía. Carmen Salinas dejó el bordado que tenía entre las manos, y se levantó del sillón en el que había permanecido por largo rato. Se encaminó a la puerta, salió al parque y aspiró con fuerza el aire limpio y tranquilo del mediodía. Vio a su cuñada Rosa que se le acercaba, cubierta con un mantón negro que apenas dejaba ver la cara morena y los ojos tristes.
Carmen le preguntó:
—¿Qué te pasa, mamía?
Rosa, con el caminar vacilante daba la impresión de tener mucho frío, besó las mejillas de Carmen como si se hubieran separado por un largo rato y le contestó:
—Estoy congelada, la casa es helada, le pedí a Justina una agüita de raspadura con hojas de naranja que calienta rápido.
Carmen la tomó de las manos y le replicó:
—Lo mejor es quedarnos en el sol que a esta hora es delicioso, ya verás como nos calentamos antes del almuerzo — aspiró el aroma de una flor de limón y continuó—me gusta almorzar más tarde de lo que almorzamos en Quito.
Las dos emprendieron un corto paseo entre los limoneros y naranjos para sentarse más allá en una banca de piedra, bajo las altas palmeras quiteñas. Rosa, que lucía cansada por el avanzado embarazo, comenzó a mover los pies entre los guijarros y el centenar de cocos redondos y pequeños que habían caído de las palmeras, y dijo:
—Espero que Leonor esté para el almuerzo. ¡Está tan rara esa criatura!
—No sé qué hacer, Rosita, de un tiempo acá ha cambiado mucho, lo que me inquieta es lo bella que está.
Carmen calló y regresó a ver a su cuñada que sonreía con algo de amargura. La oyó decir:
—Lo mejor será que se case ahora que es joven y bella, tal vez la quieran por sus atributos y no sólo por su fortuna.
Carmen entendió que Rosa se sentía insegura por su fealdad, la tomó de la mano y le dijo con cariño:
—A ti te quiere tu marido, sólo que ha tenido que huir… No pongas esa cara de acontecimiento y vamos a almorzar que ya nos llama Justina.
Luego del almuerzo, cada una se retiró a su habitación a descansar un poco, y cuando el reloj dio las cuatro de la tarde, se volvieron a reunir en el salón donde les llevaron chocolate caliente con bizcochos.
—¿No te parece extraño que Leonorcita no dé señales de vida? — dijo Carmen que comenzaba a ponerse intranquila.
—Me parece normal, seguro que bajó hasta el bendito vado que tanto le gusta y ahí se entretuvo comiendo pitahayas — contestó Rosa con ánimo de tranquilizar a su cuñada, que se frotaba las manos con angustia.
—No sé, tengo un mal presentimiento — dijo Carmen —. Justina me confesó que fue sola, no quiso que nadie la acompañase. No pude regañar a la negra, que no hizo más que obedecer a la niña caprichosa.
Carmen no pudo beber el chocolate y se levantó para acercarse a la ventana. Le había parecido escuchar el trote de la mula, pero no era más que el ruido de los burros que traían la leña. Ya eran las seis de la tarde, pronto oscurecería y Carmen vio en el horizonte negros nubarrones, la cordillera se alumbraba con el destello de los relámpagos. El corazón se le encogió, tuvo miedo por Leonor, pronto se desataría la tempestad. Salió precipitadamente ante la mirada atónita de Rosa que tomaba su segunda taza de chocolate.
Carmen Salinas recorrió a paso rápido el trecho que la separaba de la casa del mayordomo, se detuvo ante la choza del huasicama y entró en la humilde vivienda donde la lumbre a ras de la tierra estaba prendida y unos cuyes correteaban libremente. Como no encontró a nadie, se dirigió hacia el maizal donde divisó a la mujer del huasicama que terminaba la labor del día, la llamó con impaciencia:
—¡Orfelina, shamui! Cayagrina mayordomo.
Le dio las órdenes en quechua y la huasicama botó el azadón para correr a llamar al empleado blanco que llegó minutos después.
Carmen, con la angustia en el cuerpo le ordenó que saliera en ese instante a buscar a la niña Leonor.
—Vete con dos peones que te ayuden.
Sin aguardar respuesta regresó a la casa, donde se dispuso a esperar. De tiempo en tiempo se levantaba para espiar por la ventana una seña de Leonor, hasta que alrededor de las ocho de la noche escuchó el trote de los caballos y la mula. Salió a la escalinata de la terraza que daba al jardín y vio que por la avenida de palmeras llegaba Leonor asida a la montura, el mayordomo jalaba las riendas de la mula y los peones iban atrás con antorchas para iluminarlos. Sin que Carmen se percatara, Justina apareció de la nada y tomó en sus fuertes brazos a Leonor que había perdido el conocimiento, la llevó a la habitación y la desnudó con rapidez asombrosa, le puso su ropa de dormir y la metió en la cama que había calentado con antelación. Carmen llegó cuando Leonor estaba acostada y Justina le secaba el cabello revuelto sobre la almohada. Le preguntó a la nana:
—¿Cómo está?
—Está desvanecida, pero creo que no es grave — contestó Justina que se esmeraba por que su niña estuviese caliente y tuviera una buena noche.
En ese momento entró Rosa Ascásubi y se llevó las manos a la boca, asustada por ver a Leonor en ese estado. Luego se volvió a Carmen para decirle:
—Carmencita, lo mejor que puedes hacer es llamar al Dr. Espinosa, es muy amigo de nuestra familia, vendrá en cuanto pueda —. Como vio a su cuñada tan nerviosa, le tomó de la mano y le dijo—: Le mandas una nota con Santamaría y mañana estará acá.
Carmen llamó a Carlos Santamaría, el mayordomo de confianza, que se presentó al instante, y le ordenó:
—Mañana, antes del amanecer, subes a Quito y le entregas al Dr. Espinosa la nota que voy a escribir ¿Conoces la casa?
—Sí, su Merced, siempre le voy a llamar cuando se enferma alguien de la casa.
—Al Patrón no le vayas a asustar, le dices que nosotras estamos muy bien; que la Niña Leonor está bien cuidada.
Carmen dejó a Justina con Leonor que no volvía en si, y se dirigió a su habitación. La mucama la ayudó a ponerse su bata de dormir y le desató el moño. Cuando se quedó sola, se sentó frente a su peinadora, y en el reflejo de la luna de cristal se examinó el rostro en el que aparecieron diminutas arrugas alrededor de los ojos. Tomó el cepillo de cerdas naturales con mango de plata y comenzó a cepillar su cabello mientras pensaba en Leonor; su cuerpo había cambiado de pronto, como si una fuerza le hubiera afinado la cintura y redondeado los senos. Cuando se durmió soñó con el cabello castaño de Leonor y sus labios que habían adquirido la dulzura del mango.
A la mañana siguiente, Carmen desayunó sola, la mucama le dijo que la señora Rosita no se iba a levantar porque se sentía mal. Mientras tomaba su taza de chocolate recordaba el sueño de la noche anterior y pensó que era hora de casar a Leonor. Le avisaron que el Dr. Espinosa había llegado y se dirigió a la puerta principal para esperarlo en lo alto de la escalinata de piedra. El doctor, con levita y sombrero impecable, desmontó del caballo que le habían proporcionado en la casa de Manuel de Ascásubi y subió las gradas con el maletín en la mano. Carmen le saludó con una exclamación:
—¡Ay Doctor, que lástima haberlo molestado!
—Doña Carmen Salinas, servirla a usted es ponerse a órdenes de una reina.
Logró que Carmen riera y antes de entablar una conversación pidió ver a la enferma.
El doctor ordenó que lo dejaran a solas con la joven y Justina abandonó la habitación con una mueca de malhumor. Las dos mujeres esperaron a Espinosa que salió un momento después para comunicarles:
—Leonorcita ha sufrido un espanto, seguramente, por la tormenta. No hace falta sangrarla, pero necesita dormir mucho y descansar, recuperará en forma natural la conciencia y volverá a ser la misma de siempre.
—¿Pero eso cuánto tiempo va a tomar — preguntó Carmen sin poder disimular su angustia.
—Paciencia, Señora, paciencia. Cuando se sufre un espanto sólo queda la paciencia, no hay medicina para estos casos; eso sí, una vez que despierte hay que alimentarla muy bien: caldo de gallina con dos huevos crudos a las diez y se repetirá lo mismo cada cuatro horas. Las gallinas se deben hervir por tres horas y a ese caldo se añadirá raposa, que es la que más sustancia tiene y que es lo que va restituir su quebrantada salud.
Se dirigieron al comedor en donde bebieron café y fumaron los cigarros que Gabriel García Moreno envió desde Guayaquil.
—Estos cigarros son muy buenos, de algo servirá el destierro de su concuñado — dijo el doctor con seriedad.
—Mi concuñado siempre está causando revuelos, no deja un minuto de descanso a la pobre Rosita que se casó tan enamorada. Pocas veces he visto alguien tan egoísta, a veces pienso que lo hace para estar lejos de su hogar y que todos se preocupen por él.
—Bueno, yo diría más bien que se está labrando un sitio en la política del Ecuador.
—Eso es evidente. Para empezar se casó con Rosa, ya puso el pie en el estribo.
Carmen Salinas se levantó de la mesa, se acercó a la ventana y retiró los visillos para que entrara la luz. El doctor Espinosa la observaba con atención; ahora que estaba de espaldas se admiró de su porte y de la manera valiente de enfrentar las vicisitudes de su turbulenta vida. Había sobrevivido al tormento y muerte de su padre, a la muerte de su madre y de su única hermana. Estaba casada con Manuel de Ascásubi que también sufrió la muerte de su padre, el prócer Javier de Ascásubi. El doctor Espinosa admiró el cabello rubio alrededor de su nuca y la encontró hermosa a pesar de sus años.
En ese momento una sirvienta entró en la sala con una carta.
—¿Quién envía esto? — preguntó Carmen, mientras se alejaba de la ventana.
La sirvienta contestó
—Es del patrón.
Alargó la fuentecita de plata, Carmen tomó la nota y la leyó en voz alta:
“Carmencita querida:
Te urjo regresar lo antes posible, Juan Ramón llegó hace dos días y pienso que si no vienes va a tomar tu ausencia por una afrenta. El joven trajo sus caballos y un enorme equipaje. Le ha tomado mucho llegar a Quito pues los caminos de la Costa están anegados y el cruce de la Cordillera ha estado durísimo por la inclemencia del clima. Le he instalado lo mejor que he podido. He reservado para él todo el altillo. Es tanto el menaje que trae que hemos arreglado un departamento totalmente independiente.
Deja a Leonorcita con Justina y Santamaría, alguna otra sirvienta y los indios para que hagan los mandados y todo menester. Te espero lo antes posible.
Tu amante esposo
Manuel
Adición. Saluda mucho a mi hermana Rosa y discúlpame con ella por dañarle el paseo. Besa mucho de mi parte a Leonor.”
Carmen miró a los ojos del doctor esperando ver su reacción.
—Vaya, parece que parte de la antigua estirpe regresa. El Conde de Cumbres Altas fue Oidor de la Real Audiencia de Quito, se casó con Catalina Matheu, tía de don Manuel, y regresó a España, me parece que este joven es el nieto — dijo el doctor mientras trataba de recordar y añadió:—Es verdad que nos deshicimos de todos estos marqueses, pero tampoco es bueno borrarlos así de la memoria; el Conde de Puñoenrostro fue el primer diputado de Quito y luchó siempre por nuestros derechos.
—El Conde de Puñoenrostro luchó por nuestros derechos, pero era monárquico y, aunque sea tío de mi marido, prefiero que esté lejos — dijo Carmen, que no quería oír de aquellos tiempos.
El doctor prefirió no añadir nada más, sabedor como el que más de las ideas emancipadoras de la hija de un prócer inmolado por la Monarquía.
Terminado el desayuno, Carmen, el doctor y Rosa, emprendieron el regreso a Quito y dejaron a Leonor con Justina y Santamaría.





AGUEDITA, estoy de lo mas entretenida leyendo, pero son mis antepasados, Carmen era abuela de mi abuela, no estoy segura. Bueno te felicito escribes muy bien, las descripcines de la naturaleza son bellisimas y uno se mantiene interesado, estoy encantada y muy entretenida……BESOS LUZ
Sí, Lucita. Es la abuela de tu abuela y madre de las dos bisabuelas del Roberto, es antepasada de ustedes, yo he leído notas de Carmen Salinas y tengo la foto de un retrato suyo. Manuel de Ascásusbi también es tu tatarabuelo o algo así. Quería en parte hacer un homenaje a la casa de la Plaza Grande que la derrocaron por los años sesenta para construír el Municipio que hay ahora. Esa casa está llena de historia, la compró Juan Salinas, padre de Carmen y en sus paredes pintó Salas, todo desaparecido ya.
Aguedita tus relatos nos mantienen muy interesadas y con ganas de seguir leyendo. Rocio
[...] 6.-SUFRIR DE ESPANTO [...]
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