Cuando Leonor llegó a Quito, recuperada del quebranto que la retuvo en Guápulo por una semana, se retiró a su habitación sin hablar con nadie, su tía Carmen se enteró por Justina que la Niña estaba cansada y quería dormir.
A la mañana siguiente, Leonor se despertó en su casa de la Plaza Mayor y tomó el desayuno que le trajo Justina. Luego de vestirse no quiso salir porque todavía se encontraba un poco débil.
El día transcurría lentamente mientras Leonor quería encontrar una señal, algo que le hiciera saber que estaba despierta, que lo que le había ocurrido en el vado no era un sueño. Comenzó a recorrer la casa y abrió los contra-ventanas; el aire y la luz traían vida a las piezas en penumbra. Llegó al salón suntuoso, el que servía para las recepciones de etiqueta, se paró delante del espejo francés, y al ver su cara en el reflejo del cristal se dijo para sí misma: “Tiene que pasar algo. ¡Por favor, que no vuelva la lentitud!” El viento que entró movió una cortina, ella lo vio todo por el espejo y supo que su pedido había sido escuchado. Se alejó de donde estaba y protegida tras los cortinajes que la ocultaban de las miradas de afuera, se colocó frente a la ventana para ver si el hombre del vado pasaba por ahí. Un escalofrío le recorrió la espalda como un aire malo, pero no se movió, su atención se centraba en lo que sucedía en el exterior, tenía la convicción de que lo vería en cualquier momento. Escuchó unos pasos y se asustó tanto que se volteó bruscamente, pero sólo era Inés que le dijo:
—Niña Leonor, la están buscando, la familia está reunida para el almuerzo.
—¿Dónde están?
—Están visitando el patio de los caballos para revisar los herrajes.
—¿Quiénes están?
—Todas sus tías Ascásubi, en fin, toda la familia, dese prisa que en unos diez minutos pasan a la mesa.
—Diles que los espero en el comedor.
Y hacia allá se encaminó sin dejar de pensar en lo que le sucedió en el vado.
Leonor se sorprendió al ver la mesa puesta con mantel largo, cubiertos de plata, copas de cristal y en el centro un arreglo floral de botones de rosa que exhalaban un perfume delicioso. Alzó a ver a la marquesa en el cuadro, y le pareció que estaba complacida con tanto esmero. Se paseó por la habitación, pero nadie apareció, hasta que escuchó a lo lejos la voz de su tía Rosa que hablaba con alguien. Por fin entró del brazo de su hermano Manuel, seguida de Dolores y Josefa Ascásubi, quienes al verla deambular alrededor de la mesa la saludaron.
Rosa le dijo:
—Hola mamía, no te he visto desde Guápulo, menos mal que te veo ya recuperada.
Besó a Leonor en la mejilla, y ésta saludó con los demás.
—Les pido sentarse, en cinco minutos viene mi mujer — dijo Manuel.
Se sentaron y comenzaron a hablar todos al mismo tiempo, nadie se entendía, y Josefa, que no dejaba de bostezar, dijo a su hermano:
—¿Por qué no sirves un poco de vino hasta que venga la Carmencita?
—Me parece buena idea.
Tocó la campanita de plata, y cuando Inés entró, le ordenó que llenaran las copas. Todos comenzaron a beber y a elogiar el vino, las voces subían de tono y no escucharon llegar a Roberto Ascásubi, que tenía el aire triste, la mirada franca y una determinación en el gesto. Su piel blanca contrastaba con lo oscuro del cabello y de los ojos. Hablaba con rapidez, como si tuviera miedo a que lo interrumpieran.
—Deben perdonarme, pero nos hemos demorado con “Tempranillo”, que le faltaba un herraje. Ya viene la Carmencita con Juan Ramón.
Leonor no entendió nada de lo que Roberto dijo, pero tampoco preguntó, ocupada como estaba en sus pensamientos y en contemplar lo lindo que le había quedado la mesa a Inés. El vino le hacía ver las cosas con más romanticismo; el color de las paredes, las jarras de cristal translúcido, y los vidrios de las ventanas limpios y alegres creaban un mundo festivo. Sin motivo alguno, le entraron ganas de llorar. Se sintió más sola que nunca, las risas y los comentarios se volvieron un murmullo lejano. Le asaltó el deseo de ver al hombre del vado y rendirse a sus caricias como si aquello fuera su salvación. Sin darse cuenta, se encontró pensando: “Si él estuviera aquí y me tomara de la mano, yo estaría completa y nunca más sentiría este vacío”
El eco de las voces de un hombre y una mujer que se aproximaban paralizaron a Leonor y se le agudizaron los sentidos, sin saber el motivo, el corazón se le aceleró y supo que algo estaba por ocurrir. Fijó los ojos en la puerta y lo vio aparecer del brazo de su tía Carmen, que lucía más contenta que nunca. Los comensales, que reían y hablaban en voz cada vez más alta callaron y se hizo silencio mientras las tías miraban a Juan Ramón con una admiración que no intentaron disimular.
Por fin, Carmen dijo:
—Les presento a Juan Ramón Matheu, Conde de Cumbres Altas, sobrino nuestro.
Y dirigiéndose a sus cuñadas las fue presentando:
—Juan Ramón, esta es Rosa, Dolores, Josefa… A Manuel y a Roberto ya los conoces.
Juan Ramón besaba a sus tíos, hasta que tropezó con Leonor, que intentaba huir pensando que nadie se daría cuenta.
—Leonorcita ¿qué barbaridad estas haciendo? Juan Ramón va a pensar que eres una salvaje — le dijo Carmen al verla agazapada, a la espera de un descuido para emprender la huida.
Leonor se enderezo y balbuceante dijo:
—Estaba buscando un anillo que se me cayó.
Volvió a agazaparse y se metió bajo la mesa. Carmen la asió del lazo de su corpiño y la jaló con fuerza obligándola a salir.
Juan Ramón la ayudó a levantarse y le dio un beso en la mejilla, ella se esquivó, pero él la retuvo y la besó nuevamente mientras le decía:
—En España se besa dos veces.
Ella, sin voluntad, le ofreció la otra mejilla, y como estaba petrificada, Juan Ramón la tomó por la cintura y la ayudó a sentarse. Luego se dirigió al sitio que le asignaron entre Rosa y Dolores, al frente de Leonor.
El contacto fugaz de las manos de Juan Ramón reanimaron por un momento a Leonor, pero pronto sintió terror al comprobar que su deseo se había cumplido como por obra de magia. Sintió que la sangre se le congelaba, y haciendo un esfuerzo se llevó la copa de vino a los labios.
Entraron dos pajes uniformados, cada uno con una sopera de porcelana francesa en la que humeaba una sopa reconfortante. Rosa Ascásubi se acomodó el mantón sobre sus hombros, se sirvió generosamente y exclamó:
—¡Qué bueno que hayan hecho locro para este día tan frío!
Parecía que se le había bajado la presión y el potaje la reanimó.
Leonor se puso un poco en el plato y al ver que el criado no se movía, lo despachó con una seña de la mano. No pudo llevarse una gota a la boca, pensó que estaba dentro de un sueño y observó las maneras elegantes de Juan Ramón mientras hablaba con sus vecinas. Lo vio tan entretenido que no le quitó la vista, hasta que él, al sentirse observado, le clavó su mirada clara, y ella presa del susto bajó la suya y se tomó la sopa. Simuló concentrarse en el contenido de su plato mientras escuchó que Josefa preguntaba a Juan Ramón:
—¿Crees que llegues a acostumbrarte a Quito?
Leonor con la mirada baja puso mucha atención a lo que el joven iba a contestar, quería oír su voz y lo escuchó decir:
—Tía Josefa, creo que me voy a acostumbrar porque me gusta lo inesperado. El otro día, salí a pasear a caballo y llegué a un remanso en medio de una vegetación abundante.
Se limpió los labios con la servilleta y alargó la mano para tomar la copa de vino. Las mujeres lo observaban ansiosas de que continuara, pero él se tomó un tiempo, y Leonor, por primera vez le sostuvo la mirada en actitud de ruego para que se callara.
Dolores, que no podía disimular su curiosidad le pidió:
—Por favor Juan Ramón, no nos dejes con la curiosidad y termina de relatar.
—Decía que estaba en un lugar plácido, pues bien, me subí a un árbol y vi a una mujer que se disponía a tomar un baño, no la quise asustar y me quedé muy quieto, deslumbrado por su belleza.
Josefa lo interrumpió, y con su voz de solterona, le preguntó:
—¿La viste desnudarse?
Juan Ramón entrecerró los ojos simulando hacer un esfuerzo para recordar, mientras Leonor sintió que las manos se le helaban, en ese momento regresaron los pajes para retirar los platos de sopa y colocar los siguientes. Ahora se servían el segundo plato interrumpiendo momentáneamente a Juan Ramón, pero manteniendo el interés de todos; las tías, se morían de ganas de oír.
Delante de Leonor estaba colocado el bouquet de rosas que en algo la protegían de Juan Ramón, pero a través del florero, sus ojos negros de cejas perfectas y pestañas largas lo observaban con atención mientras decía:
—Se descalzó y vi que tenía los pies preciosos, de piel tersa y tobillos torneados.
Los ojos verdes del muchacho atravesaron el florero y su mirada dominante se clavó en los ojos de Leonor, que huyeron tímidos para posarse sobre las rosas.
—¿Pero, no se desvistió?—Insistió Josefa
Leonor entendió que él hablaba para ella, y dejó de escuchar las voces y el ruido que hacían los cubiertos para escucharlo. Sus palabras la acariciaron y sintió la dulzura de sus ojos cuando la volvió a mirar, y dirigiéndose a todos, pero conversando con ella, dijo:
—No, sumergió sus pies en el agua que estaba helada, y alcancé a ver que tenía unas piernas perfectas y una cintura estrecha, no le vi el rostro pero sí su pelo largo que reflejaba la luz del sol, luego se levantó y se perdió entre la maleza con un andar elegante. Fue una visión inolvidable.
Los ojos de Leonor, oscuros y relucientes le agradecieron entre las rosas perfumadas, y los de él, verdes e intensos se posaron en los de ella, que volvieron a huir entre las flores con un aleteo negro y sedoso.
Aquella reunión familiar terminó abruptamente, y sólo le quedó a Leonor el recuerdo de los ojos suyos y los de Juan Ramón volando entre las rosas. Como se había quedado sola, regresó al salón del espejo francés donde había expresado su deseo, se aproximó nuevamente al ventanal, y sin salir al balcón se puso a mirar lo que sucedía en la plaza. Todo parecía normal; la gente se dirigía a misa o a comprar alguna cosa, los aguateros iban y venían de la pila para acarrear agua en los pondos que llevaban a sus espaldas, algún que otro jinete desmontaba frente a una fonda y unos negros arreaban una recua de mulas.
Leonor alzó la vista hacia el cielo porque le llamó la atención una bandada de palomas que alzaron el vuelo, como si se hubieran asustado por algo. Enseguida buscó con la mirada lo que había alterado la paz de la plaza, pero no encontró nada extraño; todo seguía el orden riguroso de siempre. Sólo se produjo un movimiento inusual: una mujer cruzaba de una esquina a la otra con el pelo rubio sobre la espalda haciendo que los transeúntes se voltearan a mirarla. Leonor sacó la cabeza por la puerta entreabierta para constatar con sus propios ojos quién era la criatura que había causado tal revuelo, y pudo observarla por el lapso que le tomó pasar por su ventana como una ráfaga de viento que removía la calma. Se preguntó, qué había sucedido desde un tiempo acá, que ya no encontraba sosiego, y con un suspiro recordó cuánto se aburría hace apenas unos días. Ahora la vida se tornaba interesante; un desplazamiento inusitado, un vuelo de palomas y una mujer pasando bajo su balcón habían logrado alterarla. Se alejó de aquel sitio cuando vio que todo volvía a ser igual y se puso a deambular sin rumbo fijo hasta que se detuvo en el recoveco entre la cocina y el patio de caballos. Le pareció que aquella casa con un sinnúmero de habitaciones, siete patios y un jardín ya no era un remanso de paz.
Una brisa ligera le golpeó la cara, y un mar de sensaciones se agolparon dentro suyo sin que pudiera determinar su recorrido. Su cuerpo ya no le pertenecía, pensó, algo se le movía adentro, como si se le hubiera despertado en sus entrañas una criatura ávida de las caricias de Juan Ramón. Ese pensamiento la angustió, y se dirigió a la cocina donde encontró a Justina moliendo café.
—Quiero una taza de café muy cargado, Justina.
—Pero si a ti nunca te ha gustado el café, decías que era muy fuerte, niña.
—Pero ahora quiero café, negro, con mucha azúcar—Dijo.
Justina la miró con recelo.
—A ti te pasa algo muy serio — acercándose a la mesa donde se había sentado Leonor, continuó —: Vas a tener que contarme todo.
Leonor la miró con ojos vidriosos, como si tuviera fiebre, se arregló un mechón de su cabello que le caía por la frente y se confesó:
—Desde hace un tiempo acá, tengo una extraña sensación en la base del estómago, que no me deja un minuto de paz.
Justina terminó por sentarse frente a ella y con voz ronca le preguntó:
—¿Esa sensación no te deja dormir, te quita el hambre?
Leonor la interrumpió con exclamación:
—Sí, me carcome; es como si un poder extraño mandara en mi, no sé qué hacer.
Leonor recorrió con la mirada las paredes oscurecidas por el hollín de las ollas, las pailas de bronce alineadas de acuerdo a su tamaño, y se extrañó del silencio que imperaba en la cocina, pronto llegarían los indios acarreando agua y leña, y entrarían las cocineras para llenar de ruido y vahos el lugar. Justina le propuso salir al jardín para recoger los jazmines que habían brotado en el prado, llenándolo todo con su fragancia.





Ahora sí que no sé por dónde van a ir los pasos de Ldeonr y de la rubia misteriosa. A ver a ver…
Tienes que seguir leyendo, el misterio se aclara poco a poco. Gracias por pasar por mi blog
Cuando viene el proximo capitulo!!!! quiero saber que pasa…
Ya mismo, Cristinia
saludos y felicitaciones que buen trabajo
Gracias
Aguedita me intriga la rubia misteriosa, quièn serà?? felicitaciones por tu trabajo. Rocìo
[...] 8.-UN DESEO SE HACE REALIDAD [...]
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