Amanecía en Quito. Juan Ramón Matheu, Conde de Cumbres Altas, abrió los ojos. Pensó que estaba en sus aposentos de caballerizo real del Palacio y esperó por su desayuno, pero nadie apareció. Sin moverse de la cama recordó la última conversación que tuvo con su padre:
—Juan, tienes que ir a Quito donde mis sobrinos Roberto y Manuel Ascásubi te esperan.
Él puso cara de tristeza y su padre continuó:
—Hijo, vas a conocer la ciudad en que nací y a los parientes que dejé. No será por toda una vida, a lo más unos años… hasta que olviden, entonces podrás regresar.
Juan Ramón abrió los pesados cortinajes para saltar del lecho. Se aproximó a la ventana y vio la Catedral, el Palacio de Gobierno y el Palacio Arzobispal. Poco a poco la plaza se fue llenando de gente, burros y de indios aguateros, con pondos sobre las espaldas que se acercaban a la pila central para acarrear agua. Le parecía estar observando la puesta en escena de una obra de teatro que no tenía director y en la que todos sabían de memoria sus libretos. La vista del Pichincha le recordó que había huido de España y que debía refugiarse por largo tiempo en aquella ciudad alejada del mundo. Regresó al lecho, se sentó en el borde y se puso a llorar. El cansancio lo venció, se tumbó en la cama, cerró las cortinas y volvió a dormir.
Juan Ramón, confundido en el tiempo y el espacio no sabía dónde estaba, hasta que la voz de un hombre lo sacó de las brumas del sueño:
—Juan, Juan, muchacho, son más de las doce, tienes que despertar.
—¿Tío Manuel?
El joven se frotó los ojos y se incorporó en la cama.
Manuel de Ascásubi era alto y fornido; de diminutos ojos negros y barba bien cuidada. El corte perfecto de su atuendo le daba un aire señorial.
—Es muy tarde ya, date prisa para almorzar.
El joven terminó de vestirse en silencio con la ayuda de su tío. Bajaron las escaleras del altillo, pasaron por corredores y salones hasta llegar al comedor que era amplio, con tres balcones a la plaza y mobiliario colonial. La luz del mediodía aclaraba con precisión geométrica las paredes, iluminando los cuadros de antepasados con trajes oscuros y mirada seria. Se sentaron alrededor de la mesa, y enseguida entró una mujer con los cabellos cubiertos por una cofia blanca y un delantal lleno de bolsillos.
Manuel le dijo a Juan Ramón:
—Juan, esta es Inés, nuestra ama de llaves.
Juan Ramón la saludó con la cabeza y ella contestó:
—Buenos días, señor.
Luego se dirigió a Manuel y le preguntó:
—¿Sirvo el almuerzo para los dos? Las niñas almorzaron más temprano.
Manuel afirmó con la cabeza, y el ama de llaves abandonó la habitación.
Juan Ramón la siguió con la vista y Manuel le comentó:
—Inés es suiza, siendo una niña vino con el séquito del Conde de Puñoenrostro; era la época de la Colonia y cuando mi abuelo regresó a España, Inés se quedó con nosotros — señaló con el índice el entorno y continuó —: como verás todo está limpio y ordenado gracias a su eficiencia.
En la pared que daba al este, sobre la puerta por donde salió Inés, estaba colgado el cuadro de una mujer espléndida, con traje rosa de bordados dorados, talle estrecho, actitud alegre y mirada traviesa; un rayo luminoso aclaraba los labios tiernos y sensuales que le daban un aire mundano. Juan Ramón no pudo dejar de exclamar:
—¡Esa mujer domina todo!
Manuel de Ascásubi, que terminaba de poner la servilleta blanca y grande sobre sus rodillas, le dijo:
—Es Mariana de Aranda y Enríquez de Guzmán, Marquesa de Maenza, tú bisabuela.
—Me ha maravillado la abuela, es… perturbadora.
Le pareció que la marquesa no había abandonado nunca ese comedor; su espíritu reinaba en la elegancia de los altos candelabros de plata, en cada esquina, y en los jarrones de cristal llenos de flores frescas, como si estuviera sentada junto a ellos.
Conversaron poco durante el almuerzo. Juan Ramón contestó a las preguntas de su tío mientras observaba con el rabillo del ojo a la bisabuela, a quien habían retratado con el mapa del nuevo mundo a sus espaldas y un rosario entre las manos. Manuel de Ascásubi se percató de la curiosidad que el cuadro despertaba en su sobrino, y le explicó:
—El mapa y el rosario son símbolos de la autoridad de la Iglesia y de España en América, si te fijas con atención de darás cuenta que pisa con poderío el suelo americano.
Juan Ramón volvió a mirar a su abuela y se quedo absorto; era bella y tenia algo indescifrable. Se sintió cercano a ella aunque nunca la había conocido.
Juan Ramón recuperó el buen humor, y pidió a su tío que lo llevara a las caballerizas apenas terminaran el almuerzo.
Luego de tomar café y fumar cigarros, Juan Ramón dijo a su tío:
—Debo ver a mis caballos.
Manuel de Ascásubi le puso la mano en el hombro y juntos se encaminaron al patio de los caballos.
Llegaron a un patio con pilares y piso de piedra, en una de sus alas estaban los dos caballos que sobrevivieron al viaje. Juan Ramón se acercó para palmotearlos y se emocionó al ver que tenían suficiente alimento y agua en las artesas; estaban casi recuperados y él, ansioso por saber quién los había cuidado tan bien, dijo a su tío:
—¿Quién ha estado a cargo de “Taranto” y “Tempranillo”? Quiero agradecerle por los cuidados que ha tenido.
Manuel de Ascásubi dio la orden para que llamen a Juan de Dios, y dijo a su sobrino:
—Ya me di cuenta que eres loco por los caballos —. Le miró con cariño y continuó —: Así me gusta, cuando se tiene animales hay que tratarlos bien.
Juan Ramón vio que por una puerta lateral venía un indio con una pala que dejó arrimada a la pared y se dirigió hacia ellos.
—Buenos días patrón.
El indio tenía la mirada fija en el suelo, y una actitud de sumisión.
—Juan de Dios, este es mi sobrino Juan Ramón — le dijo Manuel.
Juan Ramón lo miró con curiosidad. Tenía la cabellera larga y negra, iba vestido con un poncho que dejaba al descubierto los brazos, pantalón de bayeta a media pierna y los pies descalzos.
—Juan de Dios, quiero agradecerte la forma como has cuidado de mis caballos.
—Dios se lo pay, patrón.
Los tres se encaminaron hacia donde estaban “Taranto” y “Tempranillo”. La timidez de Juan de Dios pareció esfumarse cuando se acercó a los animales y ajeno a la presencia de sus amos, les acarició las crines y les dijo palabras dulces en quichua.
Juan de Dios tenía las espaldas anchas, el cuello fuerte y una disposición natural para tratar a los animales. Tío y sobrino se alejaron para hablar en privado y Juan Ramón dijo:
—Tío, me gustaría tomar a Juan de Dios a mi servicio, si puede ser.
Miró a Manuel con apremio, y éste riendo le contestó:
—No faltaba más, puedes emplearlo desde este momento.
Juan de Dios paseándose entre los caballos escuchó la conversación y sonrió.
La tarea de instruir a Juan de Dios en el arte de cuidar, enjaezar y limpiar los caballos ocupaba el tiempo de Juan Ramón, que salía al amanecer y regresaba tarde, sudado y cansado por el ejercicio. Durante los adiestramientos, se creó un fuerte lazo entre los dos hombres, que practicaban la alta escuela en un solar de abundante hierba al pie del Pichincha, por donde corría agua fresca para bebedero. En los momentos de descanso dejaban a los animales pastar a su aire, y entonces, Juan Ramón se tendía sobre la hierba y miraba las nubes arremolinarse sobre el Pichincha mientras Juan de Dios abría la cesta que Inés les había enviado para el almuerzo.
Un día, Juan Ramón le dijo:
—Mañana descansas, me voy solo a pasear por los alrededores—. Al ver el desconsuelo de Juan de Dios, agregó —: ¡Hombre, te estoy dando un día libre, no pongas esa cara!
Pero el indio miró fijamente al suelo y no contestó.
Juan Ramón continuó —: Quiero ir por la carretera del Este, la que da a Guápulo, alistas a “Taranto” que está más descansado que “Tempranillo”, me lo tienes listo por la mañana.
A la mañana siguiente, Juan Ramón montado en “Taranto” iba a paso lento para no cansarlo. La mañana le pareció gloriosa, el aire puro lo llenó de vigor. De pronto, vio un atajo que descendía directamente al Santuario y por ahí enfiló. Al cabo de un rato, se percató que estaba extraviado y que la vegetación se hacía más exuberante y el clima más cálido. Se detuvo junto a un remanso, amarró el caballo a un arbusto y se adentró en la espesura, asombrado de las plantas y árboles que no conocía. Se trepó a un árbol desde donde tenía una vista amplia, le gustó el aroma y la brisa lo refrescó. El sonido del agua era como un bálsamo para sus oídos, pero de súbito vio a una joven tirando de una mula a la que ato a un árbol, se intrigó al ver que tendió en el suelo y se quedo mirando el cielo. Su sorpresa fue grande al verla desnudarse, acercarse a “Taranto” y luego zambullirse.
Juan Ramón esperó a que saliera helada a calentarse al sol. Un momento mas tarde descendió del árbol sin hacer ruido, pero no pudo evitar el sonido de sus pasos entre la maleza, asustando a la joven que se vistió apuradamente para huir; él no la quiso perder y la tomó del brazo, pero cuando vio su belleza no pudo contenerse y la quiso besar. La tenía a su merced y le hizo gracia jugar un poco, pero ella se aterrorizó tanto que logró escapar. Una cosa le quedó en claro, aquella mujer era sobrina de su tío Manuel, pronto la volvería a ver.





me encanta volver a leer tu novela, ahora en entregas y con mas calma y tiempo, porque en Quito me la “devoré”, con mucho gusto además!
Gracias, María Rosa por leer dos veces…honor que me hace!
Aguedita cada vez màs interesante. Rocio
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