La larga Guerra de la Independencia había hecho estrago en el Ecuador. En el campo, las haciendas estaban en total desorden, las tierras sin cultivar, los animales sin alimento y las casas desoladas.
La Ciénega, una de las más importantes haciendas de la Sierra, había sufrido el embate de aquellos años. Los Ascásubi, hijos del Prócer José Xavier de Ascásubi, habían heredado de su tío Manuel Matheu la hacienda con la casa solariega, una de las más bellas de la región.
Roberto Ascásubi fue el encargado de inspeccionar la propiedad para hacer las reparaciones de las edificaciones, tapias, potreros, acequias, y recibir el inventario que se había hecho en 1845, cuatro años atrás. Juan Ramón viajó con él para enterarse de los trabajos y eventualmente hacerse cargo de la administración. Al regreso a Quito, los sorprendió una tempestad y tuvieron que pernoctar en una cueva o machay, al pie de los Andes.
La oscuridad del machay hermanaba a todos; patrones, mayordomos e indios se apretujaban, y hombro con hombro dormían alrededor del fuego extinguido de la noche anterior.
Juan Ramón abrió los ojos, un haz de luz que entraba por la estrecha garganta le hizo notar la ausencia de los indios y supuso que habían salido para ver los caballos y las bestias de carga. Trató de estirarse pero no pudo, Roberto dormía sobre sus piernas y no lo quiso despertar. Un río de claridad, que entraba por la boca de la cueva desvelaba misterios de siglos en lo alto de la roca, Juan Ramón seguía con la mirada el camino que la luz señalaba narrando milenios de historia en las paredes de la caverna y en las estalactitas que pendían como joyas de agua calcificada. Era la vida antes de la vida y tuvo la certeza de haber existido siempre.
Se sentía lúcido, como si hasta entonces hubiera permanecido en un sueño confuso. La euforia le hizo ver con nitidez inusitada los bordes de las piedras, como si detrás hubiera un patrón lumínico proyectando un mundo sólido. Juan Ramón sintió sus piernas entumecidas y con esfuerzo retiró a Roberto, se levantó y se arrastró hasta la salida.
El sol comenzaba a calentar cuando Juan Ramón se acercó a Juan de Dios que preparaba café para el desayuno. Roberto, aún soñoliento y con el pelo en desorden llegó junto a ellos y exclamó:
—¡Qué bien huele este cafecito!.
Miró complacido a Juan de Dios que calentaba unas humitas y dirigiéndose a su sobrino le dijo:
—Humitas con café, lo mejor para desayunar.
Luego del desayuno, los indios acomodaron el equipaje y los trastos de cocina en los caballos de carga, los demás montaron para emprender el regreso. Se llenaron de vigor al respirar el aire puro y cabalgar cerca del Cotopaxi, bajo un cielo azul. Juan Ramón creyó divisar un venado, y el guía, que era un indio viejo, les hizo una seña para que se detuvieran y dijo en su español parco y mal pronunciado:
—Venado trastornó loma.
Desmontó, los demás hicieron lo mismo. Roberto se acercó a Juan Ramón y le dijo:
—Vamos, vamos en silencio.
Juan de Dios les alcanzó sus armas. En cuclillas, casi sin respirar divisaron una manada de venados que pastaban por el páramo, ajenos al peligro que los acechaba. Juan Ramón alcanzó a ver un macho imponente que se detuvo para husmear algo en el aire, apuntó y apretó el gatillo; el animal cayó redondo. Los venados asustados emprendieron la carrera y se perdieron de vista. El guía y dos peones corrieron hacia el animal muerto con un cuchillo en las manos. Cuando lo encontraron, le cortaron el cuello buscando la yugular y bebieron directamente la sangre que salía a borbotones. Juan Ramón, con la respiración agitada se inclinó y apartó a los hombres. Un oscuro arrebato le impulsó a poner su boca en el boquete y bebió la sangre aún caliente. Roberto, al observar cómo el cuerpo duro y flexible se tensaba entrando en una especie de trance, comprendió que en aquel joven bullían misteriosas fuerzas que le llevaban a vivir al filo del peligro.
Continuaron el viaje, y pasado el mediodía se detuvieron a buscar leña para preparar el almuerzo. Comieron venado a la brasa y bebieron uno de los vinos que traía Portalanza de la bodega de La Ciénega.
—Momentos como este son los que hacen que valga la pena vivir — dijo Roberto, mientras miraba las nieves del Cotopaxi distorsionadas por el cristal de la copa de vino.
Juan Ramón, recostado, contemplaba el lento sobrevolar de un cóndor que lo observaba con impertinencia. Pensó que los dos eran especies que siempre iban una al lado de la otra; el cazador y el carroñero. Se incorporó y dirigiéndose a su tío, preguntó:
—Roberto, te voy a hacer una pregunta.
—Te escucho.
—Cuando me acerqué al venado y bebí la sangre directamente del cuello abierto, ¿te asustaste? Yo no podía verte, pero sentí tu mirada, y puedo decir que hasta oí tus pensamientos.
—Bueno, me pareció un poco extraño, sin embargo, los indios lo hacen siempre.
Roberto, se acomodó para escucharlo.
—A eso me refiero, pienso que es un instinto que está oculto en el hombre civilizado.
—Pero Juan, hoy somos hombres modernos, más humanos que bestias, y nos diferenciamos de los animales que cazan para comer.
—¡Hombre! Si sólo somos un animal más.
—Está bien Juan Ramón, pero lo que no entiendo es cómo pueden beber la sangre, francamente me parece un acto asqueroso.
—¿Te parece que la sangre fresca es sucia? A mí me parece el elemento más puro de la creación; tiene un significado oculto. Si no fuera así ¿por qué se dice en la misa que hay que beber la sangre de Cristo?
—Por favor Juan Ramón no te pongas a filosofar.
—Es que no puedo negar que amo la caza, el olor a pólvora y las armas.
—Eso nos pasa a todos, y a lo mejor tienes algo de razón; nunca hay una moneda con una sola cara—Roberto se levantó y mirándo a susobrino continuó—ahora será mejor que nos apuremos para llegar al almuerzo.
Roberto Ascásubi dio la orden de montar y emprendieron el regreso a galope corto para llegar a tiempo.
Leonor almorzó más temprano para no toparse con Juan Ramón, que llegó momentos después junto con Roberto al patio de las caballerizas; Juan de Dios desmontó y se hizo cargo de los caballos.
Inés, junto a dos sirvientes, llegó para almacenar los productos que traían de la Ciénega. Cuando vio a Roberto y a su sobrino los saludó:
—Buenos días don Roberto, buenos días don Juan Ramón.
Tomó los ponchos de los dos hombres y les dijo:
—El almuerzo está servido, don Manuel y la señora Carmen los esperan.
Almorzaron y se extendieron largas horas planificando las labores que se debían llevar a cabo en la Ciénega. Por la tarde salieron a visitar a unos amigos y regresaron entrada la noche. Leonor, que los oyó llegar, apagó la luz de su dormitorio y por la ventana vio a Juan Ramón entrar en la casa. Cerró los ojos, escuchó cómo se despedía de sus tíos y lo imaginó subiendo al altillo.





Aguedita que facilidad que tienes en tus relatos de involucrarnos. Sigo con el siguiente capìtulo. Rocio
[...] 9.-LA CACERÍA [...]
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