Leonor, inquieta, se paseaba por los corredores interiores de la casa; ponía agua a unas plantas marchitas, hablaba con el jardinero, quien en lo alto de la escalera podaba la madreselva que invadía la pared que daba a las habitaciones. Por fin, escuchó llegar a Justina, se apoyó en la baranda y le hizo una seña para que subiera y la siguiera a su habitación. La mujer jadeaba detrás de Leonor, y cuando llegaron a la habitación, cerró la puerta y le dijo:
—Niña, un poco de paciencia, que he corrido toda la tarde.
—¿Qué te dijo Manuel?
—Leyó tu nota con mucha atención, luego llamó a un criado y le ordenó que mañana se presentase con un caballo ensillado, frente a San Diego, en el lugar que le señalaste.
—¡Qué bueno! Ahora sólo falta que mañana haga mucho sol.
Se pasaba la mano por la frente sin dejar de caminar por el dormitorio.
—Niña, por favor cálmate, que me va a dar un soponcio — dijo Justina mientras retorcía la punta de su delantal.
Leonor no bajó a cenar con el resto de la familia, dijo que le dolía la cabeza y pidió a Justina una infusión de toronjil concentrado, que le hizo dormir y no le dejó sentir la lluvia que cayó desde la madrugada.
El día de los toros amaneció soleado. En la galería de Manuel de Ascásubi, Carlos Santamaría con un ejército de sirvientes arreglaba la sala y los cuartos para cambiarse. La lluvia de la víspera había ocasionado goteras, por lo que se tuvo que secar y cambiar muebles, alfombras y cuadros. Se transportó la larga mesa de madera oscura en la que se serviría el refrigerio y los refrescos, y en el zaguán de la entrada se colocaron dos pailas grandes para freír trescientas empanadas sopladas, de morocho y de mejido. En la cocina, Inés le ponía agua de azahar y trozos de piña al rosero que ya estaba dulce y a punto en la gran ponchera de plata.
Escondida tras las cortinas de su ventana, Leonor observaba la Plaza Mayor convertida en una plaza de toros delimitada por los graderíos y galerías. Su mirada se dirigió a las cuatro esquinas que estaban adecuadas para el acceso del público y la entrada de los toros, que venían arreados por mayordomos, mayorales y caporales de haciendas cercanas a Quito.
La gente se apretujaba en los graderíos y en los bajos, casi todos estaban disfrazados y bebían mientras seguían el ritmo de la música de la banda municipal que no dejaba de tocar. Pocos se calmaron al ver a un hombre montado en un caballo adornado, que iba vestido a la usanza del campo con zamarros de puma y chaqueta corta de tono chillón. Paró al caballo para tocar la bocina, que sonó triste e imponente, entonces se hizo silencio. El hombre de los zamarros y la chaqueta corta espoleó a su caballo, se encaminó al palco de la municipalidad y dirigiéndose a las autoridades recitó una loa rimbombante, anunciando que todo estaba listo para dar paso a las festividades y a las corridas de toros, pero que antes, los indígenas harían la toma simbólica de la plaza. Tocó nuevamente la bocina y un escalofrío recorrió los graderíos y balcones ante la presencia de danzantes cubiertos por telas labradas en oro y plata y con tocados de espejos y cintas que se elevaban hacia el cielo. Otros ocultaban sus caras con pañuelos o antifaces, llevaban zamarros de chivo y un cuero cuajado de campanas de plata sobre sus espaldas que tintinaban con los saltos. Este espectáculo impresionaba a los extranjeros, como al Cónsul norteamericano, que dijo a su vecino:
—Es como viajar a la China, pero hace miles de años, esto es un privilegio.
Una mujer de pelo rubio alzó la mirada a la casa de Manuel de Ascásubi y vio a Juan Ramón, parado en el balcón, vestido con traje de serrano que ella conocía bien, tenia el semblante serio. La joven se puso la máscara que llevaba en la mano y se ubicó en las galerías; su tensión era tan grande que los que pasaban cerca sentían algo extraño, y la evitaban. Nadie se percató que no apartaba la vista del balcón porque llevaba la cara cubierta. El maestro Saldaña, que pasaba por ahí, pensó reconocerla por su talle y su cabello, y adivinó que miraba a Juan Ramón con la misma intensidad que a Leonor la mañana anterior. Estuvo a punto de preguntarle quien era, pero se le acercó un matrimonio amigo y se lo llevaron con ellos.
El espectáculo de los indígenas terminó, y el público se apoderó del ruedo. La música continuaba y los disfrazados bailaban y bromeaban; la gente se divertía al enamorar a un desconocido y bailar con una muchacha de cintura breve y máscara dorada. Luego, el pregonero anunció a un jinete que capearía un toro, y los asistentes poco a poco fueron tomando asiento, sólo los más audaces esperaban al animal con sus capas y ponchos desplegados.
Por una de las entradas apareció un hombre vestido a la española montado en un caballo blanco, bellamente enjaezado. El jinete estimulaba al animal con su voz enérgica y le hacía ejecutar el piafé, el pasaje y el galope corto con suma delicadeza. Luego hizo girar al caballo sobre sus ancas en un baile elegante y esperó al toro pegado a las tablas; entonces el público se retiró a los graderíos dejándolo en solitario. En ese momento, el astado salió por el toril hacia Juan Ramón, que lo citaba de lejos con el poncho. La ejecución fue perfecta: el caballo se detenía un instante y esperaba la embestida, hacía un quiebro y el toro pasaba. Desde los balcones y graderíos la gente aplaudía y el ruedo quedó cubierto de rosas. Cuando terminó la faena, jinete y caballo salieron de la plaza y el público se volvió a apoderar de la arena. Los borrachos hacían piruetas delante del animal y muchas veces terminaban revolcados por el toro. Una cuadrilla se encargaba de sacar a los heridos y algún muerto, pero la fiesta no decayó.
Juan de Dios se hizo cargo de Taranto para que Juan Ramón desmontara, luego le preguntó si le necesitaba, el joven desmontó mientras decía:
—Vete ahora, pero despabilado, puedo necesitarte en cualquier momento y quiero que estés a mano.
La gente quería felicitar a Juan Ramón que agradeció a todos y se dirigió al palco de los señores que lo recibieron como a un héroe. Manuel le dijo:
—Muchacho, estuviste espléndido — lo abrazó y continuó—: creo que te mereces una copa de mi mejor vino.
Ordenó a Santamaría que sirviera uno de los vinos de reserva que tenía para ocasiones como estas. Roberto Ascásubi, que ya lo había felicitado, le preguntó:
—¿Cómo ves los toros en Quito?
—Igual que en muchos pueblos de España, pero en las ciudades grandes hay un reglamento y las corridas están estructuradas por suertes; sólo el torero o matador con su cuadrilla, da lidia y muerte al toro.
—En Lima, el año pasado, se presentaron los diestros españoles Carlos Rodríguez y el Patilludo, y las corridas ya fueron reglamentadas — dijo uno de los señores.
—Las veces que he estado en Lima, las corridas que vi eran como las nuestras, es más, “el Piruano” salía a recibir al toro sentado en una silla en la puerta del toril y le daba muerte a la pasada — comentó un señor de barba blanca que no dejaba de beber de su copa siempre llena.
Durante el descanso, la sala de estar fue tomada por asalto por los invitados de los Ascásubi. Unas señoras jóvenes entraron en uno de los cuartos de vestir y se disfrazaron de negras, de gitanas y de bolsiconas. Iban cubiertas la cara y tomadas de la mano. Una vez listas, salieron para bailar y cuando descubrieron a Juan Ramón, que había abandonado el balcón de los señores, lo rodearon cantándole con voz simulada: “Amorcitico, mamitico, caballerito rigale un bisito vea, no sea malito.” Se iban cerrando en torno a él, mientras lo besaban y le hacían caricias descaradas, amparadas por sus disfraces. Pronto llegaron hasta la mesa de la comida donde se encontraban unos amigos que lo rescataron.
—Hay fritada y tamales, seguro que nunca has probado nada igual — le dijo uno de los jóvenes que estaba borracho.
Luego de comer volvieron al balcón para ver los toros. En un momento de arrojo, un joven se lanzó al ruedo y dio algunos lances, pero el toro que ya no embestía tuvo que ser reemplazado. Súbitamente, un silencio se apoderó de la plaza; otro jinete, con máscara veneciana y sombrero de tres picos, estilo siglo dieciocho, hizo su aparición en el ruedo. Su caballo bailaba tan bien como el de Juan Ramón, que había regresado al balcón de su tío y observaba sin poder dar crédito a lo que veía. En el ruedo nuevamente vacío, el misterioso jinete puso en piafé a su cabalgadura y esperó al toro en las tablas. Cuando éste hizo su entrada, lo citó sin emitir palabra, los quiebros y pases que daba quitaron el aliento a los espectadores.
En el balcón, donde estaban las señoras de mayor edad, Rosa de Ascásubi se bebió de un solo trago la mistela y dijo:
—Este es el mayor misterio del siglo ¿Quién puede ser el jinete?
Su hermana Dolores dijo:
—No sé, pero me parece conocido. ¿No te parece lo mismo, Carmencita?
—No estoy segura, pero lo que sí les digo es que el caballo es de Manuel Jijón.
—El jinete está vestido a la Federica — dijo una señora muy anciana que miraba a través de unos binoculares.
Juan Ramón bajó a los graderíos, quería ver con sus propios ojos lo que sucedía en el ruedo. El desconocido capeaba al toro tan bien o mejor que él y logró que del silencio profundo se pasara a un delirio mayor que el que provocó él mismo. Algo extraño estaba sucediendo, y le pareció que aquel misterioso ser se había preparado de antemano para montar esa puesta en escena, para deslumbrarlo, y aunque no tenía ninguna prueba, su instinto le decía que todo había sido montado para sus ojos. La idea de que aquella ejecución era realizada para él, se le prendió, y escogió el lugar más apropiado para observar detenidamente. En un momento en que el jinete capeó el toro, pudo ver sus formas y se dio cuenta que era una mujer. Sorprendido, ardió en deseos por conocerla. El público se prendió de ella y Cumbres Altas también; no sólo se trataba de una mujer valiente y ágil, sino al parecer, de una mujer hermosa. Admiró la elegancia con que ejecutaba los lances y la gracia con que movía al caballo.
Cuando el misterioso jinete terminó su actuación, el público se lanzó al ruedo, las máscaras y los muñecos gigantes corrieron y pincharon al toro. La mujer rubia que había permanecido sola, observando todo, puso la cabeza entre las manos y se echó a llorar. El maestro Saldaña entendió que sufría por Juan Ramón.
Anochecía, y en la galería de Manuel de Ascásubi se colocaron grandes candelabros y dos braseros para combatir al frío. El toldo parecía un inmenso globo inflamado parpadeando bajo las estrellas. Inés comprobó que todo estuviera en orden, exhaló un suspiro de satisfacción y salió a espiar a la gente divirtiéndose; los invitados de la casa bailaban a la intemperie cerca de la caseta y entraban y salían.
Una pequeña orquesta integrada por alumnos del Conservatorio de Música ejecutaba medianamente bien la polca, logrando que los elegantes bailaran y saltaran mientras chocaban los pies y las manos. Juan Ramón tenía de pareja a Rosario, una amiga de la familia, que con el cabello revuelto y el rostro encendido por el ejercicio, le dijo:
—¡Ay, Juan Ramón, vamos a tomar algo!
Él la tomó de la mano, y juntos entraron en la galería. Bebieron rosero en jarras de cristal, y Rosario dijo:
—Juan Ramón, este sitio parece sacado de las Mil y Una Noches —. Con una mano movió las colgaduras, asomó la cabeza y continuó —: Estamos encerrados en una plaza de toros bailando la polca, bajo un cielo claro —. Puso atención al bullicio que salía del centro de la plaza, y exclamó: —Están interpretando bambucos, son bailes colombianos, vamos, Juan Ramón, a bailar música criolla.
Se unieron a los que se movían con melosidad andina y sensualismo africano.
Juan Ramón la guiaba con seguridad, mientras ella balanceaba las caderas igual que las mujeres que iban descalzas. Cuando la orquesta tomó un breve descanso, volvieron a la caseta donde encontraron a sus amigos y ella les dijo:
—Vamos a bailar los bambucos, está divino.
A los demás les pareció divertida la idea y se mezclaron con el pueblo. Las maneras relajadas y el humor picante los liberó, y bebieron licor de la botella que se pasaban de mano en mano con la sensación de que cometían una falta que les procuraba un placer nuevo.
Juan Ramón frunció el ceño cuando vio cerca de él a Leonor, que hacía giros y movía la cintura con gracia mientras su compañero la tenía de la mano y luego la atraía hacia él para rodearla con sus brazos. La miró con furia cuando vio al petimetre husmear entre sus cabellos; se cruzaron sus miradas y ella palideció cuando lo observó abrazar a Rosario en actitud cariñosa.
Después de un momento, Juan Ramón se aburrió, y en un momento de tregua, dijo:
—¡Hombre, es hora de regresar!
Como si se tratara de la orden de un general, todos emprendieron la vuelta, entrelazados y con paso vacilante.
Juan Ramón entró primero. Harto del frío se encaminó hacia el salón en donde estaba la estufa de porcelana azul y se sentó en una poltrona cerca del calor. Poco a poco llegaron los demás, que fueron acomodándose alrededor de él.
—¿Qué te pareció todo Juan Ramón?— le preguntó Mario, un joven alto y delgado que llevaba bigotes a la moda.
—Hombre, me ha llamado la atención la forma como os mezcláis con el pueblo, parecería que la fiesta os iguala a todos, y luego se nota que os gusta la juerga, ¿eh?
Víctor, que tenía el pelo ensortijado muy claro y los ojos azules, se les unió:
—No has visto nada, Juan, esta noche no duermes, la fiesta continúa por días.
Marianita, la novia de Mario, que llevaba un traje de seda fina y perlas en el cuello, le dijo:
—Juan, en esta ciudad todo es fiesta, misa, visitas, paseos y revoluciones.
Los demás se echaron a reír, y Rosario, que no quería perder la atención de Juan Ramón, le dijo:
—Lo que pasa es que si no se vive de esta manera, en esta ciudad te aburres a muerte.
Continuaron en la tarea de relatar a Juan Ramón sobre la vida de Quito. Súbitamente, éste se fijó en Leonor, que estaba callada junto a un joven tímido pero buen mozo, y le dijo, de una manera a la que no estaban acostumbrados en Quito:
—¡Leonor, niña! te has echado novio, ¿eh? —. La miró con burla, y continuó —: ¿No me lo vas a presentar?
Leonor enmudeció y no supo que contestar. Entonces Marianita le salió al paso y contestó por ella:
—Ay, Juan Ramón, si supieras la cantidad de pretendientes que tiene, creo que no hay en este lugar un hombre que no haya fantaseado con ella.
Juan Ramón, con desparpajo, se volvió nuevamente hacia Leonor y le preguntó:
—¿Y a ti no te gusta ninguno? Eres cruel niña, seguro que los tientas y luego desapareces.
En ese momento entró Inés seguida de un tropel de sirvientes, para bajar la inmensa araña de cristal, sacar las velas viejas, y reemplazarlas por las que traían. Leonor, que no sabía qué contestar, se levantó como un resorte para ayudar y se colocó debajo de la lámpara para ayudar a los criados. Juan Ramón, desde el otro lado le dijo:
—¡Niña, que te vas a hacer de cera!
Rosario y una amiga se apresuraron a llegar junto a Leonor y ayudarla con las velas. Entonces comenzaron a jugar con la cera derretida que tomaban entre las manos para que se enfriara un poco; luego se dedicaban a introducirla en el cuello de los demás, que saltaban y reían. Quisieron hacer lo mismo con Juan Ramón, pero éste, rápido como un gato se deshizo de todas y las bañó de cera ante el asombro de los demás, que lo imitaron. Víctor que perseguía a una pelirroja, se detuvo un momento cerca de la ventana, que estaba abierta para airear el ambiente, y gritó a los de la banda que tocaban en la plaza:
—¡Suban acá, nosotros les pagamos!
Unos minutos después entró el conjunto, y la alegría se prendió; Juan Ramón bailaba con la pelirroja cuando vio desaparecer a Leonor. Inés les sirvió un refrigerio y colocó un improvisado bar junto a la ventana a la que acudían sudorosos de tanto traqueteo. Bailaron bambucos, sanjuanitos, pasillos y fandangos hasta que amaneció.
Mario, que se acercó a la mesa del bar a tomar un refresco, vio que ya era de día, y gritó:
—¡Vamos a ver el amanecer desde las calles de Quito!
Pagaron a la pequeña orquesta y salieron tomados de la cintura, con los vestidos manchados de cera. Iban alegres y terminaron en la fonda de Mama Miche para tomar chocolate con quesadillas y regresar más tarde a continuar en los toros.
Leonor desde su ventana vio cómo Juan Ramón junto a los demás salía a recibir el amanecer trasnochado y cansado. El cristal de la ventana se empañó con su deseo.





Hermoso.
Rocío, me encanta que te guste, gracias
QUE MARAVILLA, LO E DISFRUTADO LETRA A LETRA , ERES UNICA QUERIDA AGEDA
Gracias, María Fernanda. No sabes el gusto que me das
[...] 10.-LOS TOROS [...]
[...] 10.-LOS TOROS [...]