Carmen Salinas, sentada en el escritorio de su despacho hacía el inventario de lo que llevarían Manuel y Juan Ramón a la Ciénega. Inés le rendía cuenta de todo:
—Señora, pusimos la ropa blanca en el cofre negro, y la ropa del patrón en el baúl limeño.
—No te olvides de mandar la paila de bronce que reparó el Maestro Saldaña, es del juego de las que están en la hacienda.
Se quitó los lentes para restregar sus ojos cansados.
—Sí, Señora, no se preocupe que todo está dispuesto y las mulas listas para partir.
En el patio de la cocina, un tropel de sirvientes e indios colocaban los pesados bultos en los lomos de los animales. Rosa y Leonor miraban el revuelo que era siempre la partida del patrón a una de sus propiedades. Rosa, que observaba como si estuviera asistiendo a unas maniobras militares, dijo:
—Ojalá no se hayan olvidado de nada, mi hermano detesta perder las cosas que necesita.
—No te preocupes tía Rosa, mi tía Carmen se ha pasado días supervisando que todo salga perfecto, ya sabes como es — dijo Leonor mientras miraba con descaro las pertenencias elegantes de Juan Ramón; sus escopetas y los botos españoles de fina hechura.
—Creo que regreso a mi casa, tengo que escribir a mi marido, dame un beso, mamía — dijo Rosa a Leonor, que se había olvidado de la presencia de su tía.
Se despidieron, y Rosa se encaminó a su casa seguida de la fiel Lastania, una mujer gruesa que arrastraba los pies y ensuciaba el ruedo de su vestido cada vez que salía a la calle.
Cuando llegaron a la casa, se encaminaron hacia la habitación y Rosa comenzó a dictar:
Mi querido García:
Por el correo de ayer he tenido el consuelo de saber de ti. Por la noche del mismo día que llegó el posta, mandé con desesperación a buscar mi carta, porque no dudaba que tú me escribirías, y te aseguro que me llené de vergüenza, cuando me contestaron que no la tenía: me pareció que estabas un poco indiferente conmigo. Tú que conoces mi carácter tan aprensivo, puedes figurarte qué impresión me causaría este desengaño. No he dormido en toda la noche con la idea de que tú no correspondías de ningún modo a mi cariño y la locura que tengo por ti.
Al día siguiente me levanté muy temprano, siempre agitada, con la idea de que tú habías variado, que ya no eras el que habías sido y que por consiguiente la vida dichosa que me había prometido pasar contigo se habría convertido en una vida desgraciada, llena de desconfianza porque todo me hubiera parecido fingido.
Por fortuna vino Roberto a las siete de la mañana y me dijo que le había avisado un amigo que tenía carta en el correo y me decía que no dudaba que era tuya. ¡Qué consuelo, mi querido García, cuando Roberto me aseguraba que era tuya! Toda mi familia conocía el disgusto que yo tenía por la falta de tu carta con el posta, aunque nada les había dicho, pero no podía disimularlo.
Cuando me entregó Roberto la carta, qué contenta, qué risueña y qué de buen humor me puse, porque desaparecieron todas las aprensiones. Yo abrazaba y besaba mi carta, y creo que mi cariño a ti se ha aumentado, porque ahora te quiero como antes, y hasta he olvidado que con el viaje me tenías muy desobligada. Pero ahora te perdono todo, menos el que tardes mucho.
Rosa Ascásubi dejó de ir y venir por la habitación, lo que tranquilizó a Lastania, su dama de compañía, que tenía los dedos llenos de tinta y la cabeza caliente por las frases que debía escribir. Después de valorar ese silencio como el probable fin de la carta, dejó la pluma en el plumero que formaba parte del juego de escritorio que había estado en el mismo lugar por tiempos inmemorables, se estiró, bostezó y preguntó:
—Señora Rosita ¿ya terminó?
—Sí, deja que piense cómo me despido.
Puso la cara contra el cristal, sus mejillas se refrescaron, y dijo:
—Escribe “Tu Rosa”. Es así como quiero despedirme.
Miró a Lastania desperezarse, como si le hubiera cansado copiar, las cintas de su cofia le caían sobre el rostro hinchado y escribió con esfuerzo, conmovida con la epístola de amor.
—¿Quiere que vaya a dejar la carta en la posta, doña Rosita?
Rosa negó con la cabeza y contestó:
—Vamos las dos, así nos oreamos un poquito.
Se acercó al oratorio, se hincó en el reclinatorio y rezó al crucifijo que tenía en el centro del altar. Cuando terminó, besó los pies de Cristo y murmuró:
—Señor misericordioso, apiádate de mí y cuida a mi marido que está prófugo en Guayaquil, cuídamelo mucho para que regrese sano y conozca al hijo que llevo en mis entrañas.
Se levantó y se acercó a la peinadora que estaba colocada en el lugar más oscuro de la habitación para que no devolviera imágenes mundanas. Vio su rostro envejecido, se cubrió la cabeza con un mantón negro, y salió seguida de Lastania, que se adelantó para llamar a Portalanza.
Caminaron las escasas cuadras que les tomó llegar, y cuando entraron Rosa se sentó en un lugar reservado para damas como ella. Mientras esperaban que Portalanza enviara la carta a Guayaquil, Lastania dijo:
—Qué cerca queda la posta, casi no hemos caminado nada, doña Rosita.
—Todo queda tan cerca, no hay a dónde ir.
—¡Ay! pero si vamos a menudo a Los Chillos y a la Ciénega y a todas las haciendas.
En ese momento regresó Portalanza, que ayudando a la señora a levantarse, le comentó:
—Ya está todo listo, ¿regresamos a la casa?
—No, nos vamos a misa, pero antes pasamos por el hijo del guasicama para que
lleve el reclinatorio.
Minutos más tarde entraron en la iglesia oscura y helada, el oro de los ornamentos brillaba cuando les alcanzaba el destello de una de las velas que ardían desde la madrugada. Hincada en su reclinatorio, Rosa Ascásubi tiritó, y se le prendió en las ropas el olor de una nube de incienso que inundó el templo.
Al salir del culto, pasaron frente a San Agustín y entraron en la heladería de la esquina para comprar quesadillas y melcochas.
Rosa Ascásubi pasó el resto del día sentada en la poltrona de su habitación, bordando junto a Lastania; por momentos sentía el olor a incienso en sus ropas, entonces se levantaba y se dirigía al oratorio, donde pasaba un buen rato rezando ante el cuerpo desnudo del Cristo crucificado. Luego retornaba a su sillón y se llenaba la boca de melcochas melosas que se le pegaban en los dientes.
En la otra ala de la casa, Roberto Ascásubi revisaba su correspondencia sentado en el escritorio de la biblioteca, había estado allí toda la mañana y se sintió cansado. Dejó lo que estaba haciendo y comenzó a pasearse por la habitación, se detuvo de espaldas a la ventana y posó la mirada en los anaqueles donde reposaban los cientos de libros de su tío Manuel Matheu.
Se respiraba un aire colonial en aquel aposento decorado con muebles del siglo XVI, mudo testigo del antiguo régimen. Su mirada se fijó en los retratos; el de cuerpo entero era del Conde de Puñoenrostro, otro del Marqués de Maenza, su bisabuelo y uno del General Matheu en miniatura. Tras ese instante de concentración, se encaminó a un primoroso escritorio de procedencia desconocida, abrió sus gavetas y encontró un libro forrado en madera colorada con la genealogía de los Marqueses de Maenza y de La Escalera. Cerró el escritorio y pasó la mano por el fino trabajo en hueso y filo de oro de sus puertas. El piso de la biblioteca estaba cubierto, de pared a pared, con una antiquísima alfombra inglesa de diseños florales en verde, rosa y azul; en el centro había una mesa rodeada de sillones de cuero donde se sentó para pensar en los asuntos del día.
Rosa entró sin hacer ruido y al ver que su hermano estaba sentado en actitud pensativa, se le acercó y le rodeó el cuello con las manos mientras le decía:
—¿Qué pasa en esta casa, que últimamente todos estamos un poco tristes?
Le dio un beso en la mejilla y se sentó a su lado.
—Nada especial, pensaba en el cacao que nos envió García.
—Sí, resultó muy malo, estaba como si lo hubieran cosechado antes de tiempo.
Rosa se sentó cerca de Roberto, que le confesó:
—Lo que a mí me importa en este instante es tu salud, Lastania me dijo que no te sentías muy bien.
Rosa se levantó y comenzó a dar pasos cortos sobre la alfombra inglesa, absorta en los dibujos.
—Ven, y siéntate un momento.
Ella obedeció, él la tomó de la mano y le preguntó:
—¿Te molesta mucho el embarazo?
—No, lo que me molesta es no tener a mi marido.
—Pero tú sabes que tiene que ponerse a buen recaudo, no son tiempos para quedarse en Quito, es muy peligroso, tiene orden de prisión y las cárceles son horribles.
Los dos se miraron a los ojos con terror, no podían olvidar el martirio que sufrió su padre, José Javier de Ascásubi, el dos de agosto, y que fue causa de la muerte de su madre.
Roberto se levantó para dirigirse a un bargueño y sacó de uno de los cajones un bulto envuelto en gamuza amarilla, regresó junto a su hermana que lo miraba sorprendida, y le dijo:
—Mira, abre tú misma, se me olvidó entregarte este paquete que llegó en la encomienda de ayer tarde.
Rosa lo abrió con premura, y ahogó un grito de alegría cuando se le escurrieron por las manos cuatro tijeras plateadas.
—Era verdad que se preocupó por encontrarlas en Guayaquil.
Recordó la promesa de su marido en una de las cartas: “Van cuatro tijeritas, las menos malas que han podido encontrarse, pues buenas no se halla a ningún precio; escoge la mejor y las otras dáselas a nuestras hermanas”.
Rosa, al ver a Roberto pegado a la ventana, le preguntó:
—¿Qué ves con tanto empeño?
Él la llamó con una seña y le dijo:
—Desde hace algunos días me intriga esa mujer rubia que camina por las calles, parece que nos espía.
Rosa Ascásubi se paró junto a su hermano y vio a la mujer alzar la mirada y fijarse en el balcón de su casa.





Aguedita cada dìa que pasa se vuelve mas interesante , no me canso de leer.
[...] 11.-EL AMOR DE ROSA [...]
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