En la calle, María África se dirigía a la casa de Blanquita donde había encontrado trabajo. Sintió unas gotas gruesas golpearle la espalda, se puso el mantón sobre la cabeza y se apuró. Atravesó las calles sucias, llenas de basura que bloqueaba el paso, sorteó el lodo y brincó los charcos hasta llegar donde la costurera, golpeó el portón y esperó a que alguien abriera. Temblaba de ansiedad porque sentía que la espiaban; notaba el extraordinario interés que suscitaba su presencia en la pequeña ciudad y tuvo miedo que la detuvieran. Desde que llegó a Quito se encontró con una sociedad en la que pocas familias dominaban todo.
Se reclinó en la puerta, cansada de tanto andar y recordó que había decidido seguir al hombre que le robó el alma. Cada vez que pensaba en su propósito, se volvía más valiente.
Una muchachita abrió la puerta y María África se apresuró a entrar.
—Buenos días, niña África, pase, pase, no sea que vaya a mojarse.
—¿Cómo estás, Petrona?
María África contestó el saludo, se encaminó hacia su recámara, se acicaló un poco y luego entró al taller de costura donde encontró a Blanquita cosiendo con sus asistentes, y le dijo:
—¡Ay, mi vida! no encontré los hilos que me pediste.
—¿Dónde buscaste?
—Recorrí todas las tiendas, que no son muchas, y en ninguna hallé hilos de calidad.
—Soy una tonta, me olvidé que debía mandarte al Portal de Salinas, en los bajos de la casa del Vicepresidente.
—¿Por qué al Portal de Salinas? Ahí sólo he visto cajoneras.
—Claro, ves lo bruta que soy al no decirte que las cajoneras tienen los mejores hilos, la próxima vez vas directo donde la Dorotea, que tiene los más surtidos.
—La Dorotea dice que ve todos los días entrar y salir al Conde de Cumbres Altas — dijo una de las mujeres mientras ensartaba una aguja.
—Ven, África, coge una parte del mantón que ordenó doña Carmen y ponte a trabajar.
África se sentó en el suelo junto a las demás y se puso a bordar, arqueó las cejas y preguntó:
—¿Adónde sale el Conde todos los días? Yo nunca lo he visto.
—El Conde sale a entrenar sus caballos con el Juan de Dios; se van de cacería al Pichincha, se van a recorrer el Panecillo, y como está al mando de la Ciénega, se va por semanas a Latacunga.
—Ustedes si que son las reinas del cotilleo, parece que conocen a todo el mundo — dijo África, riendo, y Blanquita al ver que las demás no comprendían a la española, explico:
—Las reinas del chisme, quiere decir la África.
—¿Y quién es esa joven que sale al balcón de la casa de Salinas, cómo si buscara a alguien? — preguntó María África.
—Es la niña Leonor, sobrina de doña Carmen, que ha de estar emocionada con el príncipe que tiene al lado, me parece que tú también andas un poco emocionada con el Conde, no me digas que siendo tan bonita como eres, no te ha hecho ya un requiebro.
Todas rompieron a reír, y una de ellas dijo:
—Cierto que anda medio trastornada la niña Leonor, segurito que el Conde ya pasó por ahí.
—Déjate de habladurías y pon atención a lo que haces.
—¡Qué es pues! si no digo nada que no sea verdad, el Conde ya ha pasado por muchas casas, con jovencitas y señoras casadas. Acaso que van a dejar que se vaya entero ese primor… No le vaya a pasar a la niña Leonor lo que le pasa a doña Rosa Ascásubi, que ya está negrita de tanto llorar por don Gabriel.
—También es un pícaro don Gabriel, anda tras las mujeres mientras reza el Rosario y ni bien ve a la pobre doña Rosita, le hace guagua.
—Claro, bien vivo es don Gabriel, así se aleja de la cama de la esposa para dejarla descansar y corre tras las faldas de las buenas mozas.
—Lo que he oído es que don Gabriel ya mismo regresa, porque han dado no sé qué amnistía en el Congreso, su mismo cuñado don Roberto es ahora de los más poderosos, así es que pronto lo veremos.
—¿Sabían que la señora Rosita perdió a la hijita que le nació mientras don Gabriel estaba en Guayaquil?
—¡No puede ser! Mamitica, con lo feliz que estaba con la guagua — exclamó Blanquita, extrañada de que nadie le hubiera contado semejante tragedia.
—La Lastania me contó que don Gabriel le decía en cartas a doña Rosa, que ojalá se muera la hija porque ha de ser fea.
—Me contó la cocinera que don Gabriel ya regresa y que ha ordenado que manden al Portalanza con caballos para recogerlo — dijo una de las mujeres, que era amiga del ama de llaves de Rosa Ascásubi.
—Y a vos te encanta el Portalanza—Dijo Blanquita, mientras la otra se ponía colorada.
María África, mientras daba lazadas sobre el mantón de doña Carmen, preguntó:
—¿Quiénes son los que mandan en este país?
—¡Ay, bonita! Acá los poderosos son los descendientes de los héroes de la Independencia; son dueños de las haciendas, de las casas más lujosas en el centro de la ciudad, mandan en la política y sólo se casan entre ellos “para mantener la fortuna y agrandar las haciendas”.
Las costureras se callaron; el centro del rebozo requería mucha concentración y ya sólo se percibió el accionar de las manos, que con destreza manejaban las agujas, sin herirse las unas a las otras.





Yo estaba curiosa de saber quien era la mujer de cabellos rubios, ahora entiendo es Marìa Africa. Ahora si que se vuelve mas interesante.
Rocío, espero que cada capitulo de guste más
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Aguedita, estoy encantada leyendo tu novela, tienes la habilidad de mantenerle a uno en suspenso. Aclarame mi parendesco con los Azcasubi, dona Carmen es abuela de mi abuela….. cuando sale el proximo capitulo……BESOS LUZ
Manuel de Ascásubi es el esposo de Carmen Salinas, por lo tanto son los abuelos de tu abuela, Rosa Ascásubi es hermana de Manuel y esposa de García Moreno. Me encanta que te guste la novela, ya mismo pongo otros capítulos. Besos