Manuel Ascásubi era ya el Presidente del Ecuador designado por el Congreso, y en la casa de la Plaza Mayor se preparaba una recepción para los miembros de su gobierno. Inés y Santamaría, con treinta pajes para el servicio y diez mucamas para la limpieza, tenían todo bajo control.
Un día antes llegó Ricardo Ubrique, el temperamental cocinero que exigió una habitación limpia y agua caliente. Se presentó a la mañana siguiente y pidió que descargaran lo que traía: carne de caza, legumbres frescas, huevos, quesos y lo que producía la huerta de la Ciénega. El resto del día pasó en la cocina moviéndose entre ollas hirvientes y sartenes chirriantes, con sus ayudantes y los indios que acarreaban agua y leña, barrían y limpiaban lo que se iba ensuciando.
La mañana del banquete, Justina, con su delantal nuevo y un olor a canela escapándose del pecho entró en la habitación de Leonor, abrió las ventanas con ligereza, y el cuarto se inundó de luz. Leonor, que estaba sumida en un dulce sueño, se despertó molesta por la brusca interrupción.
—Hoy, por primera vez en tu vida vas a ayudar a limpiar y arreglar los floreros.
La nana negra movía las manos y se desplazaba de un lugar a otro buscando la ropa de Leonor, que se encogió de hombros, le sacó la lengua y le contestó:
—No quiero, ni voy a asistir a la fiesta, creo que estoy con fiebre.
La nana le puso la mano en la frente y constató que la niña ardía en fiebre, la tomó en sus brazos y la acunó como lo hacía cuando era pequeñita, y le dijo:
—Recuéstate un ratito más, te tomas un tecito caliente y verás lo rápido que te recuperas.
Leonor se quedó el día entero en cama, no pensaba enfrentarse con Juan Ramón durante la cena que se ofrecía esa noche. Agradeció estar enferma y tener un pretexto para no salir, no quería que se le notara el poder que Juan Ramón ejercía sobre ella. Se sentía débil y a duras penas se tomó una aromática en todo el día.
El 20 de Octubre de l849, el Presidente de la República, Manuel de Ascásubi, recibía en su casa a lo más representativo del Gobierno y de las autoridades Civiles y militares del país. Treinta y seis invitados fueron llegando uno por uno con sus esposas: el primero en entrar fue el Presidente de la Cámara del Senado, General José María Urbina; luego el Presidente del Senado José Modesto Larrea, el Ministro del Interior, Benigno Malo, Roberto Ascásubi, el Arzobispo de Quito, los ministros plenipotenciarios acreditados en Quito y miembros de la sociedad.
Un sirviente con librea grana y oro, colores de los Ascásubi recibía a los invitados y tenía junto a él a una mucama que tomaba las prendas de abrigo; a continuación, los dueños de casa daban la bienvenida a la entrada de un gran salón. Las mujeres se sorprendían con los interiores y los magníficos floreros; los hombres, sin reparar en detalles, percibían el refinamiento, pero sobretodo buscaban hacer alianzas en un ambiente tan agradable.
Los invitados más jóvenes conversaban cerca de la puerta para ver entrar a los hombres de Estado, de pronto un viento helado los enfrió y vieron entrar a un joven alto con pelo de cuervo, bigotes impecables y ancha capa negra. Una mujer se aferró al brazo de su compañero y le susurró:
—Es tenebroso, aunque muy atractivo, tiene la mirada dominante —. Se tapó la boca con la mano para preguntar sin ser escuchada —: ¿Quién es?
—Es Gabriel García Moreno, cuñado de Manuel y Roberto, acaba de llegar de Guayaquil, donde estaba desterrado.
Cuando pasó cerca de ellos, se callaron y lo saludaron con la cabeza; iba del brazo de Rosa Ascásubi que lucía mucho mayor que él. Cuando lo vieron alejarse, se juntaron para comentar:
—Estuvo fugitivo porque le propinó unas bofetadas al Ministro Bustamante.
—A pesar de lo joven que es, tiene convencido a Roberto Ascásubi de que es un genio.
—Yo lo seguiría al fin del mundo — dijo una joven rubia que se sintió atraída por su porte de Jesuita y el miedo que inspiraba.
Los jóvenes se dedicaron a observar a García; vieron que un matrimonio se le acercó para saludarlo y la dama le dijo, con una familiaridad que los sorprendió:
—Por fin tenemos a nuestro querido amigo entre su gente, en Quito, y con su familia como debe ser.
Lo miró a los ojos y sin decir nada, se dijeron todo.
La joven rubia, que obsservaba junto a sus amigos, dijo:
—Esto está más divertido que los toros, coloquémonos de tal manera que podamos ver lo que pasa durante la cena.
Los demás rieron y vieron a Rosa, que tenía la tristeza reflejada en la cara acercarse a Carmen Salinas y decirle:
—Carmencita, mamía, qué linda está tu casa.
—Qué bueno que te guste, es la primera vez que no me ayudas con los floreros.
—Pero te quedaron lindos.
El interés de la rubia se centró en lo que hacía el marido que se había separado de Rosa y vio que se le acercó el General Urbina, le dio un fuerte abrazo al estilo militar y le dijo en voz alta:
—Por fin, hombre, por fin está usted entre nosotros. Que se vayan a la punta de un cuerno los que tanto lo han perseguido.
Gabriel contestó con aire seco:
—Gracias, porque sin su intervención mi cuñado Manuel no estaría en el poder y la Patria hubiera sufrido un gran revés.
—Pensé que no se llevaba con su cuñado.
El General rió con demasiado estruendo para el gusto de Gabriel, que detestaba las salidas de tono.
—Los afectos y antipatías de los hombres no deben jamás perjudicar a la Patria, General Urbina — le contestó con sarcasmo —, no me diga que no fue usted el hombre de confianza, el leal servidor del General Flores; sin usted aquel mandato no se hubiera podido dar, usted llevaba, traía, obedecía, complotaba, sobornaba; era los ojos, los pensamientos de Flores, sin embargo el tiempo nos ha dejado ver el claro odio que luego le profesó. ¿No es eso actuar en favor de la Patria en demérito de los amigos, y en este caso de su amo?
La rubia, que había escuchado la conversación, se puso colorada y le dijo a su compañero:
—El cuñado de los Ascásubi no se anda por las ramas.
—A mí me parece que es maleducado, y ya deja de espiarlo — le contestó su amigo, pero la rubia sentía crecer su curiosidad y continuó observándolo
En ese momento entró Juan Ramón y sus amigos se le acercaron para saludarlo. Víctor le dijo:
—¿Porqué tardaste tanto? Estábamos tramando ir a tu cuarto para traerte acá.
—Estuve escribiendo y perdí la noción del tiempo.
Rosario, Mercedes y la rubia se acercaron para besarlo en las dos mejillas, a la manera española, como él les enseñó.
—Hola guapas, no os he visto desde la semana de toros.
Juan Ramón se vio rodeado de más señoritas, que comenzaron a revolotear alrededor suyo y a comentar sobre los últimos acontecimientos.
—¡Qué farra que tuvimos! Hasta ahora me duelen los pies con lo que bailamos — dijo Mercedes, mirando con fascinación a Juan Ramón, le parecía irresistible.
Mario vino con uno de los meseros, para que les sirviera champaña y galletas dulces y les dijo:
—El champaña esta muy bueno, es raro tomar champaña en Quito. ¡Aprovechemos!
Los jóvenes se abalanzaron sobre la fuente, y el mesero tuvo que regresar por más.
Juan Ramón se separó del grupo, una de ellas dijo:
—Se ha ido, y con él la espuma y las burbujas de la copas.
Lo vieron alejarse con su andar felino y esa elegancia casual le venía de su naturaleza refinada; iba vestido con chaleco gris azulado, levita negra y corbatín blanco alrededor del cuello, viva estampa del dandy.
Rosario dejó su bebida intacta en una mesita y dijo al oído de Mercedes:
—El Conde de Cumbres Altas es muy distinguido, fíjate cómo va vestido, les hace trizas a los demás.
—Tienes razón, Mercedes, es muy guapo y tiene ese aire aristocrático que todos quieren, pero lo veo un poco aburrido, parece que le hace falta algo… míralo, se aleja de todos y husmea por la ventana.
—No conversa con los miembros del nuevo gobierno, parece que no le interesa el reconocimiento social.
—Claro, él tiene para dar y regalar toda la clase del mundo.
—Fíjate la forma que tienen las mujeres casadas de observarlo… son unas ladinas, lo espían a través de los hombros de los maridos.
Rosario y Mercedes voltearon la mirada rápidamente, cuando notaron que el conde se había percatado que hablaban de él.
Roberto, que venía del brazo de García Moreno, se acercó a su sobrino y le tocó el hombro para presentarlos. El joven se volteó y lo saludó con venia, mientras Roberto decía:
—Gabriel, quiero que conozca a nuestro querido Juan Ramón de Cumbres Altas.
—¿No es el hijo del tío Juan? — Le extendió la mano y continuó—: Pensaba que se llamaba Zapata Hurtado de Mendoza.
— Sí, así es, pero he optado por el apellido Matheu por cariño a la rama americana.
Juan Ramón observó la curiosidad del cuñado de Roberto, que no se había quitado la capa.
—He sabido que usted se educó en la Escuela de Guerra de Sevilla y en Saint Cyr, debe ser experto en armas y un sabio en caballos.
Juan Ramón le contestó con aspereza:
—Seguro que fue Roberto quien os ha hablado de mí.
—Mire, Juan Ramón, voy a ser sincero con usted, y perdone mi atrevimiento al preguntarle cuál es la verdadera razón de su venida a Quito.
Juan Ramón comenzaba a cansarse de las preguntas impertinentes de Gabriel, y le replicó tercamente:
—Es asunto mío.
Sin decir más, Juan Ramón se volteó y vio a una mujer que lo miraba con insistencia. Le sostuvo la mirada, y ella se le acercó. Se trataba de la esposa de un alto funcionario que venía con una copa en cada mano.
—Todo el mundo lo está admirando, es usted la sensación de la noche — dijo la desconocida mientras le entregaba el champán.
—Así pasa con los forasteros, para mí, vosotros sois novedad también.
La mujer, bajo el encanto de su voz y su sonrisa, replicó:
—Si no fuera porque es usted tan buen mozo, me sentiría ofendida.
Al cabo de un momento, Juan Ramón se sintió aburrido, la mujer con la que hablaba le parecía agradable, pero sintió deseos de alejarse y le dijo:
—Creo que Roberto me llama, os pido disculpas.
Juan Ramón no podía disimular el apremio que tenía por abandonar los salones. Sin que nadie lo viera se puso la capa, salió al corredor y caminó un trecho hasta que llegó a la sala que servía de recibidor, desde la que se entraba a los dormitorios. Como gato cazador olfateó la puerta del cuarto de Leonor y pudo sentir su perfume escapándose por las hendijas. Accionó el picaporte, pero estaba echado llave, buscó con la mirada algún objeto con el que pudiera abrir la cerradura, y vio que sobre una mesita inglesa brillaba una navaja toledana que servía para quitar la cera de las palmatorias, la tomó entre sus manos y accionó con ella la cerradura, que se abrió con rapidez, cerró la puerta y su instinto lo llevó en plena oscuridad al lecho de Leonor. Ella se agitó como presintiendo algo, pero él con una agilidad inusual, la tomó por la cabeza y la besó en los labios. Leonor quiso retirarse para tomar aire, pero Juan Ramón la sujetó entre sus brazos y luego introdujo su mano en el escote y le acarició los senos. Leonor no sabía qué le pasaba; creía que soñaba al sentir aquel placer recorriéndole por el cuerpo, las manos de Juan Ramón la acariciaban, haciendo que la piel se le crispara. De repente, la joven se dio cuenta que no estaba soñando y pegó un grito.
—Cállate, que vas a despertar a Justina.
Con besos ardientes le cerró la boca, y ella ya no pudo defenderse, lo que le estaba pasando era una locura; sabía que debía pedir auxilio, pero también que si alguien la auxiliaba, se moría. Estaba llorando de puro deseo, cuando la puerta se abrió y oyeron a Justina decir:
—¿Qué te pasa, mi niña? Seguro que sigues con fiebre, ya regreso con la palmatoria porque aquí se está en tinieblas.
Salió en busca de la vela, no iba a tardar en regresar.
Juan Ramón, frustrado, le dijo:
—¡Tu grito se oyó hasta la plaza!
Se incorporó para acomodarse la vestimenta, pero ella, en un acto inusual, le pasó los brazos por el cuello y con la mirada le suplicó que no se fuera. Él le contestó:
—Pero ya viene la negra.
Abrió los porta ventanas y salió como un fugitivo descolgándose por los aleros de la casa.
En los salones, la conversación era animada. La dama que hablaba con Juan Ramón antes de su partida, se puso muy contenta de volver a verlo y con entusiasmo se acercó a él, lo tomó del brazo y le dijo:
—¡Dios mío, qué susto! usted parece un fantasma; desaparece y aparece.
Juan Ramón rió de la ocurrencia y le susurró al oído:
—Si os parece nos convertimos en fantasmas los dos y desaparecemos.
La mujer lo miró con los ojos brillantes y le contestó:
—No hay problema, le digo a mi marido que me siento indispuesta y que usted me acompañará a la casa.
Cumbres Altas rió para sus adentros, mientras la dama, que aún era atractiva, mentía a su marido de la manera más convincente. Los dos se miraron como cómplices y riendo se perdieron por las calles oscuras, apenas iluminadas por débiles velas.





cada vez mas intrigante.
Vamos a ver qué pasa después, espero que te siga gustando