Rosa Ascásubi, que aún no se reponía del inmenso dolor que le causó la muerte de su hijita, se alegró cuando supo que su esposo regresaba en secreto a Conocoto, a la quinta de Mariana Solanda. Una vez instalados en la quinta, el aire del campo, los cuidados jardines y la compañía de Gabriel la deslumbraron. Por primera vez dormía noche tras noche con él, que ahora la hacía suya mientras el viento susurraba entre los magnolios.
Una mañana, Gabriel y su hermano Pedro Pablo paseaban solos por las orillas del Río San Pedro, entre los capulíes inclinados sobre el agua. Llevaban dos horas de caminata cuando decidieron sentarse a la sombra de un sauce llorón.
—Te cuento que ya me estoy aburriendo de esta vida tan pacífica — dijo Gabriel mientras se tumbaba sobre la hierba.
—No deberías quejarte, tu familia política se desvive por ti — Pedro Pablo observó con detenimiento a su hermano, y continuó —, tienen los cinco sentidos puestos en tu futuro, te ayudan con todo el dinero del mundo, ¡caray Gabriel, no seas ingrato!
—No quiero ser desagradecido, lo que pasa es que me ahogo. Soy hombre que ama la libertad, el ejercicio físico, moverme en la política, escribir… en fin.
Gabriel puso la cabeza entre sus manos largas y firmes, su pelo oscuro brilló con la luz que se filtraba entre las hojas.
—¿Piensas abandonar todo? ¿Qué esperas hacer de tu vida? Tienes una mujer que te adora, y has entrado a formar parte de la familia más poderosa del país, cuidado o pierdes todo.
—No me martirices más, por favor. Estoy consciente de todo el bien que la Providencia me ha otorgado, el asunto es que si sigo así me muero, pero antes mato a Rosa.
Los movimientos de su cuerpo joven y recio gritaban a leguas que estaba molesto.
—A ver: ¿qué de malo te ha hecho tu pobre esposa?
—Me sofoca con sus besos, me exige un amor que no siento. Soy hombre y cumplo, parece que esto la ha equivocado.
Sus ojos, de un negro intenso, brillaron con una ferocidad inexplicable en alguien tan joven.
—Creo que lo mejor que podemos hacer es sacarte del país — dijo Pedro Pablo, conmovido por esa mirada de su hermano, que salía de las profundidades de su alma atormentada, y continuó —: Pocos hombres en el Ecuador tienen tu capacidad, energía y don de mando, además tienes un sentido de la administración y el orden que le harían bien a un Mariscal.
Gabriel lo miró y le dijo con vehemencia:
—No, yo no abandono mi patria, quiero servirla.
—Pero: ¿cómo la vas a servir si dejas a tu mujer? Ya no tienes el pretexto de huir, nadie te persigue.
Gabriel se sentó, tomó una rama seca y comenzó a golpear en el suelo. Sin mirar a Pedro dijo con voz firme, llena de pasión:
—Quiero ir a Europa, sólo en París puedo completar mi educación, no pienso ser un mediocre como la mayoría de mentecatos que nos rodean. La autoridad nace del conocimiento—sus manos se crisparon al continuar—Cuando regrese pienso poner a todos en su sitio.
Pedro Pablo no quiso contradecirle y prometió ayudarle apenas llegaran a Quito. Se levantaron e iniciaron el retorno a la casa.
Eran ya las once de la noche y todos, en torno a la mesa de una pequeña sala jugaban al tresillo alumbrados por grandes candelabros. Rosa estaba inquieta, y con el pie tocó a su marido bajo el mantel. Gabriel se hizo el desentendido.
—García de mi vida, vámonos a dormir, estoy muy cansada.
Rosa simulaba bostezar pero sus ojos y sus mejillas arreboladas la desmentían.
—Espera un momento, no hemos terminado — contestó Gabriel.
Ella le puso la mano en la pierna y reclinando la cabeza en su hombro dijo:
—Ya no puedo más, me muero por ir a la cama, vámonos de una vez por todas.
—Vete tú, que enseguida te alcanzo.
—No. Vámonos de una vez por todas.
Gabriel, con el semblante pálido, se levantó, y tomándola de la mano se despidió de los demás.
Al entrar a la habitación empujó a su esposa y la botó al suelo. Trémula y sin poder dar crédito a lo que sucedía, Rosa gritó:
—¿Qué te pasa, te has vuelto loco?
—¿Loco? ¡Tú me vuelves loco!
La levantó de los cabellos, la sujetó con fuerza contra la pared y le dijo, en un tono feroz que ella aún no conocía:
—No vuelvas nunca a hablarme en ese tono delante de gente, no me des una orden jamás.
La sacudió con violencia arrojándola sobre la cama, sus manos la asieron fuertemente por el cuello quitándole el aliento, y con voz llena de ira dijo:
—Tú me obedeces, eres mi mujer y estás bajo mi jurisdicción, te vas cuando yo digo que te vayas y me esperas el tiempo que yo disponga sin reclamar, sin chistar.
Le arrancó el vestido con violencia y la hizo suya con saña, como para que quedara claro quien era el amo, luego se dio la vuelta y se echó a dormir, aliviado por haber puesto las cosas en su lugar. De aquella noche de amor, Rosa quedó embarazada nuevamente.
Una tarde, mientras todos departían en los corredores de la quinta, Gabriel se levantó y con una seña indicó a su esposa que lo siguiera. Rosa, avergonzada le dio una excusa a Mariana Carcelén, se levantó de su silla y siguió con paso apurado a su marido que andaba a grandes trancos, tuvo que correr para que Gabriel, que había alcanzado la puerta de la habitación no la cerrara en sus narices. Cuando estuvieron a solas, Rosa se quedó quieta con la respiración entrecortada. Gabriel la encaró y mirándola con la frialdad de sus ojos de acero le dijo:
—Mañana te vas a Quito para no levantar sospechas, tu ausencia en la casa puede ponerme al descubierto.
Ella abrió los ojos y contestó:
—No creo que sea conveniente abandonar así por así la invitación que nos han hecho, podemos herir a Marianita.
—Sin protestar ni llorar, te vas porque te vas, porque yo lo he decidido así y he sido por demás gentil en darte explicaciones. No quiero ni una réplica, así es que andando a preparar maletas.
Rosa, presa de miedo al ver la ferocidad en los ojos negros de su marido corrió a ordenar a Lastania que le preparara todo para el viaje. Esa noche durmió sola porque su esposo fue a pasar unos días a la casa de unos amigos.
La partida fue a la madrugada, sin despedidas ni besos. Rosa lloró todo el trayecto poniendo nervioso a Antonio, el sirviente que la acompañó en su viaje de retorno. Ya en Quito no hizo más que llorar, hasta que sus ojos casi no pudieron ver. Sólo quería morir…
Unos días después recibió la siguiente carta:
Conocoto-Septiembre 5-1849
Señora Rosa Ascásubi de García:
Mi adorada Rosita:
He tenido el placer de recibir la cartita que me escribiste con Antonio. Por él he sabido que lloras mucho y esto me ha dejado muy afectado. Tanto yo como nuestras hermanas te encargamos que no te entristezcas, cuando no hay motivos para estar triste. La separación será muy corta y no debes abatirte por tan poco.
GABRIEL





muy interesante, voy a seguir mi lectura. Otra vez màs felicitaciones.
Estoy muy intrigada me gusta la historia.