Mientras tanto, en los salones de la casa los invitados se dirigieron a comedor, donde el Presidente en persona acompañó a cada uno a su puesto. Durante unos minutos se escuchó un murmullo, era evidente que tal despliegue causó impresión en la gente que veía cómo se estaba fundando una nueva identidad en la joven República. La amiga de García Moreno sonrió, ensimismada en la perfección con que habían colocado el mantel, la simetría de las copas, las jarras de cristal intercaladas por candelabros de plata en los que ardían velas de colores, fruteros colocados en dos filas a lo largo de la mesa, y los plateaus con botellas de champán rodeadas de nieve del Pichincha. En cada puesto había un plato de la vajilla alemana con un pan, y sobre una servilleta el nombre de cada invitado. Manuel continuaba señalando los puestos a cada uno y antes de que pudiera hacer nada, la dama cambió las tarjetas de tal modo que Gabriel García Moreno se sentara junto a ella. Gabriel, al leer su nombre, se sentó junto suyo, y preso de una emoción romántica observó las copas y botellas de cristal, que en ese momento se convirtieron en objetos preciosos.
En la cocina, una camarera lloraba porque Ubrique le arrojó un sartén con grasa que esquivó por milagro. Ningún general de la Independencia infundió más terror en sus tropas que Ubrique en la cocina. Con voz de mando gritó:
—¡Listos para servir la entrada!
Los criados salieron y se formaron como tropa en la cocina para recibir los platos servidos, y enseguida se fueron ordenando detrás de los convidados para, a una orden visual del mayordomo, colocar sobre el plato base la entrada de espárragos fríos con mayonesa; a continuación llenaron las copas con el vino de Madera. Poco a poco, la conversación subió de tono y se hizo difícil escuchar al vecino de mesa.
Rosa Ascásubi se sentó entre Monseñor Mosquera y el Ministro Vásconez; un poco intimidada bebió mucho, y Monseñor le preguntó:
—¿Y sus hermanas, Doña Rosita? No las veo por ningún lado.
—No pudieron venir, Monseñor, por estar algo delicaditas de salud.
—Me imagino que estarán con la gripe, con estos aguaceros y la humedad de las casas casi nadie se salva. Fíjese, Doña Rosita, que más de la tercera parte de los que están acá acaban de pasar por la epidemia, incluso algunos me han llamado para confesiones privadas, ha sido muy duro este invierno.
—¡Ay Monseñor! El clima de Quito es horrible, pero no es por eso que mis hermanas están tan enfermas; Dolores está postrada con una afección hepática y Josefa no quiere salir por las fístulas de la cara, la pobre sufre muchísimo.
—Se debe tratar de simples espinillas—el prelado se puso a explicar gesticulando con las manos y continuó—dígale a su hermanita que disuelva en 12 onzas de agua, 15 gramos de borato de sosa, con eso debe cubrirse las espinillas, y es santo remedio.
La otra vecina del eclesiástico era la esposa del General Urbina que, al escuchar las recetas, decidió confesarle su terrible padecimiento y le dijo al oído:
—Sufro de estreñimiento, Monseñor.
La mujer puso cara de acontecimiento, y el prelado encantado con la admiración de la esposa del General, le contestó en voz alta:
—Mezcle un gramo de acíbar, con goma-guta, revuelva bien y forme diez píldoras, que deben tomarse una cada vez que haya necesidad.
Monseñor se olvidó de sus vecinas enfermas y se dispuso a probar el venado con salsa de vino y hierbas finas, le pareció una exquisitez. La esposa de Urbina le comentó:
—Los vinos son excelentes, el Burdeos es el que más me ha gustado.
—A mí, el Chateaux Margaux. Cuando fui a Roma a entrevistarme con el Papa aprendí a reconocer los mejores.
El eclesiástico hablaba con mucha seriedad, y las dos mujeres aprobaban lo que decía.
García Moreno conversaba con sus vecinas y con Roberto, que estaba frente a él. De pronto sintió el pie de su amiga muy cerquita al suyo, luego la rodilla, y sin que nadie lo notara comenzó a acariciarla bajo el mantel. La joven sintió que se sonrojaba, y para disimular, se volvió a su vecino de la derecha que le llamó la atención para preguntarle:
—¿Qué le parece este postre, ha probado alguna vez algo parecido?.
—Es un helado bañado por una crema de chocolate caliente — le contestó ella con las mejillas encendidas, y luego añadió —: El chocolate está derritiendo al hielo, aunque no lo notemos.
La cena llegó a su fin; los hombres pasaron a la biblioteca a tomar coñac y fumar, mientras las mujeres se reunieron en el salón rosado para tomar mistelas y aguas de vieja. Rosa Ascásubi, que se sintió súbitamente agotada, dijo al oído de su cuñada Carmen:
—Carmencita, todo estuvo perfecto, pero me estoy muriendo de cansancio. ¿Tú crees que Carlos Santamaría pueda acompañarme a la casa?
—Cierto mamía, que estás helada, pero creo que será mejor avisar a tu marido para que te acompañe, me parece que es mucho mejor.
—No, Carmencita, no le arruines la velada; avísale que me fui con Santamaría
Carmen entró en la biblioteca. Abriéndose camino entre el humo divisó a García Moreno, que hablaba con Noboa sobre las reformas constitucionales, y le tocó en el hombro para decirle:
—Mire, García, su mujer no se siente bien y me pidió que le avise que va a retirarse acompañada por Santamaría.
—Gracias, Carmen, por avisarme, Rosa siempre es así, es cuando está mal, que está bien.
Roberto, que estaba cerca escuchó la conversación, se acercó a Carmen para decirle:
—Acabo de oír que Rosita se encuentra mal, yo mismo la acompañaré.
—Pero Roberto, por favor regresa, Manuel se muere si no estás esta noche con él.
—Por supuesto, la casa no queda tan lejos, enseguida regreso.
Rosa salió del brazo de su hermano, dejando a su paso un olor a incienso y a lágrimas amargas.
Por un momento, los hombres entraron en el salón rosado para departir con las damas. El esposo de la vecina de Gabriel decidió regresar a su casa pues se encontraba algo mareado, ella lo acompañó y García Moreno se prestó para hacerles compañía.
—Por Dios, Gabriel, si vivimos en la puerta de al lado, para qué se molesta.
—No es molestia, además yo vivo cerca, los dejo en su casa y me encamino a la mía.
De esta manera llegaron a la residencia del matrimonio, y cuando se detuvieron frente a la puerta, el marido preguntó:
—Gabriel ¿por qué no entra un ratito?
Entraron en el palacete, y el esposo cayó al tropezar con la cabeza del leopardo que servía de alfombra. Enseguida llegaron los criados con las luces de los candelabros.
—¿Te pasó algo?
La joven corrió hacia su marido, que perdido el conocimiento no le contestó.
García Moreno, con la mirada enojada y agitando las manos bajo la capa gritó a los sirvientes:
—¿Cómo es posible que dejen que su patrón se caiga? ¡Tarea de inútiles!
Los sirvientes no sabían cómo ayudar al señor y lo miraban con los candiles en las manos, hasta que García le arrebató las luces a uno y le gritó al otro:
—¡Pon en la mesa el candelabro, que con éste tenemos suficiente y ayuda a tu compañero a llevar al señor a su habitación! ¡Rápido, no sea que tenga que arrearles como a mulas!
Uno de los criados tomó de la cabeza de su señor, mientras el otro ya lo sujetaba de los pies, y con la luz de las velas que portaba García, lo llevaron a su habitación. La señora se apresuró a abrir las cortinas del lecho para su esposo.
García dejó el candelabro en una mesita y pudo admirar la perturbadora presencia de la mujer, se aproximó al enfermo, le puso la mano en la boca para cerciorarse que respiraba, y al oír un pacífico ronquido, se tranquilizó, se dirigió a los empleados y les ordenó:
—Bueno, señores, ya no tienen nada que hacer, así es que fuera — y obligó a los sirvientes a salir.
—Su marido está muy bien, solo está borracho y la Divina Providencia hizo el resto. No nos va a molestar.
Cerró las cortinas del lecho y acercándose, la tomó por la cintura. Con cierta violencia la atrajo hacia su pecho y le mordisqueó la boca sin hacer caso a la resistencia.
—García, por favor, no en la habitación de mi marido.
Las luces de los candelabros comenzaron a titilar y el perfume de los nardos se escapó de un florero que estaba posado sobre una mesita esquinera.





Aguedita, se aumenta mi interès. Un besito
Esta buenisima me encanta!
Gracias, Cristina. Espero que no se pierda lo demás.