Leonor, sentada frente a la ventana del salón rosado veía la lluvia caer interminablemente sobre la plaza; días y días de agua se habían llevado la alegría que produce el primer chaparrón sobre la tierra seca. Alzó su mirada y vio que la mancha del tumbado amenazaba desgajar el yeso de los ornamentos alrededor de la araña de cristal. Exhaló un suspiro y retomó la labor que tenía en su falda; las puntadas de color se entrelazaban entre sí creando un orden perfecto, fluyendo como el agua de la lluvia; cada lazada era una gota que se fundía con las demás, y como por arte de magia, apareció un prado verde y un castillo medieval. Al final quedó tan complacida que decidió que lo iba a mandar a enmarcar para colgarlo en su habitación junto a los tapices flamencos de trama antigua. Su bordado era una copia de motivos de caza; hermosos caballeros montados sobre briosos corceles disparaban flechas a un ciervo de gran cornamenta. Asustada se fijó en uno de los cazadores y creyó reconocer en él las facciones de Juan Ramón; era su rostro, su actitud, su desenfado. No entendió cómo pudo suceder algo así, se había esmerado en copiar con exactitud, pero sin saber la razón había creado aquel rostro. De pronto recordó que no estaba sola, que su amiga Rosario bordaba junto a ella, y con dedos hábiles improvisó un burdo sombrero que fue cubriendo la parte superior de la cara, pero dejó al descubierto la boca que tanto deseaba, y como si hubiera estado bajo el poder de un hechizo, se sobresaltó al oír la voz de su amiga que le decía:
—Qué bueno que llueva tanto, así puedo bordar contigo; de otra manera estarías solo a caballo disfrazada de hombre — detuvo la mirada en el tapiz de Leonor y comentó: —¿Por qué hiciste ese horrible sombrero? Dañaste al más guapo de los cazadores.
—No lo sé, su cara me pareció excesivamente linda.
—Bueno, pero intenta hacer un mejor sombrero, parece que lo único que hubieras querido es borrar su cara.
—Es preferible no tener tentaciones en tu dormitorio.
—Por Dios, Leonorcita, ni que fueras beata.
Las dos rieron, y cansadas de tanta aguja, se levantaron para salir al balcón. El sol apareció, y el aire de la plaza se calentó, la lluvia había desaparecido.
—¿No sabes a dónde fue Juan Ramón el día de la cena de etiqueta? — preguntó Leonor apoyada en la baranda del balcón, y volvió a decir: —Ven, Rosario, el clima está mucho mejor, salgamos al balcón.
Las dos salieron a respirar aire nuevo y a divertirse con lo que veían abajo. En ese instante entró Carmen con una amiga y se pusieron a conversar mientras fumaban cigarrillos de Vinces. Justina les trajo helados de mango, mandarina y coco en copas de cristal, dijo que era para celebrar una tarde tan bonita, y las dos jóvenes se les unieron. El agua que había caído por tanto tiempo limpió las calles, verdeó las plantas y aclaró el aire; el sol se fundió con la humedad, y un cálido vapor subió desde afuera.
—En Quito están encantados con el gobierno de Manuel. Carmencita, debes estar orgullosa de tu marido.
—Estoy de acuerdo, mi marido se toma muy en serio eso de gobernar.
—Pobrecito, con los desengaños que se va a topar. El problema de Manuel es la fe ciega que tiene en sus colaboradores, yo le aconsejaría que se cuide de Urbina.
—Por favor, no hablemos de política, en la plaza hay una cantidad de gente que ha decidido calentarse al sol… Vengan a ver esto, hace tiempo que no hay tanto movimiento.
Las demás aceptaron y se acomodaron en sus poltronas para recibir el sol de la tarde mientras gozaban del espectáculo. Leonor sintió que su cuerpo se aflojaba, y vio dos palomas blancas perderse entre las nubes.
—Vean, qué les digo; ahí está el verdugo de Urbina con sus secuaces, seguro quiere complotar contra Manuel.
Valentina, la amiga de Carmen Salinas señaló al General que se paseaba por la plaza en compañía de unos funcionarios, y enseguida llegó Mariana, otra amiga que aceptó una taza de chocolate con bizcochos y acomodándose en la poltrona dijo:
—No se preocupen por nada, el pueblo está encantado con el nuevo gobierno porque no se persigue ni se roba, la gente no es tan tonta como creemos.
Caía el sol tras el Pichincha y pronto oscurecería; en la Plaza se pudo observar a criados prendiendo las velas de los faroles, y las mujers se levantaron de sus asientos y entraron antes que enfriara.
Leonor se levantó de mala gana; ni el frío ni la oscuridad la habían perturbado. En ese instante escuchó la voz de Juan Ramón, y sintió un pánico que la obligó a buscar la puerta para escapar, pero se estrelló contra el férreo cuerpo del joven que en ese momento entraba. Entonces, sus piernas no la pudieron sostener, y perdió el conocimiento. Juan Ramón la levantó entre sus brazos y la depositó en una poltrona tratando de tranquilizar a las señoras:
—No es nada, es sólo un desvanecimiento, una mistela le vendrá bien.
Recibió una copa que le alcanzó Rosario y la acercó a los labios de Leonor mientras le susurraba al oído:
—Qué linda te ves cuando te desmayas.
Y tras esas palabras, sin que nadie se percatara, le mordisqueó la oreja.
Leonor se levantó de un salto y buscó refugio junto a Valentina, que amorosamente la tomó de la mano. En ese momento llegaron los amigos de Juan Ramón que saludaron con beso a cada una de las presentes.
—Vengan a visitarnos que hay sitio para todos.
Carmen Salinas agitó la campanilla de plata, y cuando entró la mucama, ordenó mistelas y bizcochos para todos.
La conversación era muy animada, se hablaba de todo, y se ponían al corriente los unos a los otros de las últimas novedades, de los paseos, de las mansiones que se estaban construyendo en Cotocollao.
—Es una locura, la moda ahora es acudir a las fiestas que da el cónsul francés en su pequeño Versalles.
—No me digan que no son una belleza los parques de la mansión del francés; el parque de tu quinta en Cotocollao también está muy bien, pero creo que hay que mejorarlo algo, Carmencita.
—Nos invitó el padre de Mercedes García a pasar unos días en la quinta “La Delicia”, ahí nos dimos cuenta del auge en que está Cotocollao. No parece el Ecuador, parece los alrededores de París.
—¿Por qué no jugamos a algo? la lluvia volvió y a mí me encanta jugar el tresillo cuando llueve — dijo Valentina.
Todos aceptaron y se sentaron alrededor de la mesa de juego que estaba preparada de antemano.
Leonor pensó que nadie la veía y se encaminó hacia la puerta, pero Juan Ramón se le acercó, la tomó de las manos y le dijo:
—Juega con nosotros.
—Yo soy muy mala para los juegos de cartas.
—Nada, no importa, todo se aprende, ponte a mi lado que yo te enseño.
Leonor se había sonrojado y no sabía cómo ocultar sus manos que temblaban; le había dado más miedo la voz cariñosa de Juan Ramón que su aspecto dominante.
De pronto, Leonor se encontró riendo y divirtiéndose como nunca, se perdía en las cuentas pero a nadie le importaba, y Juan Ramón, muy cerquita de ella le enseñaba y la corregía cada vez que se equivocaba; la acunó y la protegió, hasta que ella olvidó que un minuto atrás su presencia la perturbaba. La seguridad que aquel hombre tenía en sí mismo, su apostura, la fuerza de su cuerpo, la gracia con que hablaba el español, en lugar de asustarla la llevaron a un tiempo muy lejano, y sintió que siempre habían estado juntos. Por primera vez en su vida estaba en paz. Las campanadas del reloj dieron la media noche, y doña Valentina exclamó:
—¡Dios mío, son las doce! Voy a quedarme a dormir donde mi hija, aquí al ladito, porque si no me voy a empapar.
—Ya dejó de llover y nosotros las vamos a acompañar a sus casas — dijo Julio, uno de los jóvenes que estaba interesado en Rosario.
—Verás, cholito, que mi hermana vive en mi casa con nuestros padres, así es que se va conmigo. Lo siento hermano.
—Bueno, pero los puedo acompañar — Contestó Julio, y los hermanos asintieron entre bromas.
Juan Ramón propuso:
—Vamos todos juntos y continuamos la visita en las calles. venga Leonor, acompáñanos.
Leonor buscó la aprobación de su tía, que luego de pensarlo un momento, asintió:
—Claro hijita, anda con tu primo, que no permitirá que nada te pase, pero regresan rapidito, a estas horas ya se pone algo peligroso.
Juan Ramón prometió traerla sana y salva. Qué ironía, Leonor jamás estuvo ni estaría a salvo junto a él. Recorrieron las calles de la ciudad adormecida y desierta, por alguna extraña razón, Juan Ramón sintió el aroma del mar mezclándose con el frío aire de la noche y creyó ver a una mujer embozada, que al verse observada huyó.
Juan Ramón y Leonor se despidieron de los amigos mientras estos entraban en sus casas, y al regreso, bajo la luz de un farol, Juan Ramón tomó la mano de Leonor, se la llevó a sus labios y le dijo:
—¡Qué hermosa eres!
La atrajo hacia él y la besó en la boca. Leonor, rendida se dejó besar.
—¿Eras tú la que capeó los toros en ese caballo castaño?
No la dejaba respirar, y ella, inexperta, le devolvía tímidos besos.
—Sí, no pensaste que pudiera ser tan valiente.
—No fuiste lo suficiente, huiste cuando te busqué.
Ella tembló al pensar que le tenía miedo y que aquello le gustara tanto.
Leonor estaba entregada y decidida a complacerlo en lo que él le pidiera, y en la oscuridad de la noche alcanzaron el altillo. Ella no había entrado ahí desde que Juan Ramón se mudó, y exhaló un grito de admiración al ver el buen gusto con el que la había adecuado. Él prendió las lámparas de aceite adosadas de la pared y unos candelabros con varias velas que depositó sobre una consola junto a la pared. Leonor se sintió súbitamente intimidada e hizo ademán de retirarse, pero él no se lo permitió y tomándole de las manos la llevó hacia la ventana, lejos de la puerta. Con suma maestría le acarició los cabellos y luego el cuello, que se estremeció bajo su mano. Frente a la ventana, Leonor vio en el reflejo del cristal su rostro encendido; afuera, la lluvia golpeaba la piedra del adoquín.
No supo a qué momento se alejó de la ventana, ahora jadeaba entre las almohadas mientras él la tomaba de todas las formas; con violencia, con dulzura. Ella sintió el dominio sobre su cuerpo, que se derritió y se abandonó al gozo. Él no le dio tregua, y entre besos y mordiscos la hizo suya mil veces más. El placer se volvió insoportable, quiso apagar con lágrimas el fuego que la devoraba, pero no pudo; había encontrado a su dueño, era una mujer sin voluntad.
Afuera, en el portal desierto, una extraña se asomaba a la calle para ver las luces del altillo, y comprobó que las velas ardieron hasta que entró la madrugada.





Aguedita ahora màs interesante. Felicitaciones tu descripciòn es como que una està viviendo las escenas. Excelente.
Creo que después se pone más interesante. Gracias Rocío
Felicidades, me encanta tu descripción; ya estoy deseando continuar leyendo lo demás capítulos
Mil gracias, María. Te espero para los demás capítulos