En aquella primavera equinoccial, Leonor y Juan Ramón, misteriosos tras sus impenetrables antifaces, galopaban por los alrededores de la ciudad: se amaban a la sombra de un molle, madrugaban a las termas del Machángara para sumergirse en las aguas heladas, y para luego, a la vista del primero que llegara, arrancar en loca carrera. Sus caballos, como si compartieran un secreto, resoplaban a la luz de los faroles mientras la ciudad dormía y ellos tomados de la mano cabalgaban.
En las noches, Leonor despedía a Justina, y cuando se aseguraba que todos dormían, emprendía el camino a las habitaciones de Juan Ramón. El momento en que lo veía, su corazón se ponía a latir descompasado hasta que él le hacía una seña para que se acercara, entonces ella era toda sumisión. En los pocos momentos de lucidez que tenía, se preguntaba si la habían despojado de su dignidad, pero la sola idea de que así fuera, le encendía aún más los sentidos y cada día que pasaba, se hundía un poco más en un pozo que no tenía salida.
—Cuando detuve tu caballo ese día a la salida del vado, quise hacerte mía, pero me miré en tus ojos, y me encandilaste — dijo Juan Ramón, que mordisqueó la piel de su cuello para sentirse dueño absoluto y llenarla de sensaciones perturbadoras.
Ella sentía su respiración entrándole por los poros, modificando sus moléculas. Mientras se hurgaban y se desgarraban la piel para separar los materiales de los que está hecha la vida, uno a uno fueron cayendo los velos, y por un momento sus almas se encontraron. Entonces, para dulcificar el combate se acariciaron y permanecieron en un largo abrazo mientras sus cuerpos se iban comunicando en el silencioso lenguaje de la sangre que se reconoce en el otro por los latidos, por la respiración y el perfume que emana. El fuego de las velas se agitó; de pronto, todo había terminado. Juan Ramón, distante, ajeno a la convulsión que causaba en ella y como si nada hubiera pasado dijo:
—Ayer, en casa de tía Rosa, Virginia Klinger me invitó a Guachalá.
—¿A Guachalá? Te vas y me dejas sola — dijo Leonor, a punto de llorar.
—¿Quién te ha dicho que pienso dejarte en Quito?
—¿Pero, ¿cómo voy a ir contigo? Mis tíos me matan, hasta ahora nadie sabe lo nuestro. No quiero ni pensar en el escándalo que se armaría si se enteran de lo que hacemos bajo su propio techo.
—Vamos con Justina, tendremos que confiarle nuestro secreto — dijo Juan Ramón, que parecía haberlo planificado todo con anterioridad.
Leonor recordó que tenían que asistir a una misa que se daba bien avanzada la noche en la Catedral y sobresaltada dijo:
—Es casi la hora, debemos vestirnos.
Se paró frente al espejo de cuerpo entero, que multiplicaba la luz de las velas reflejando el mundo en el vaho de la luna de cristal. Había tal silencio que pudo escuchar el susurro de las llamas como voces viajeras en el tiempo, previniéndole de su pecado; le parecieron enfadadas, pero ella se rió, sin miedo ni arrepentimiento, cubierta por su largo y frondoso pelo. Juan Ramón la encontró deliciosa y se propuso adornarla a su gusto:
—Ven — la tomó de la mano y le dijo: —voy a ser tu modisto.
Ella se dejó vestir con atrevido escote, tocado griego a la moda de París y largos pendientes de coral rojo; extrañas prendas que salían de los baúles del conde. Antes de partir, él le puso en el pecho una mariposa cuajada de piedras preciosas cuyo cuerpo era una enorme perla.
Mientras tanto en la Catedral, Carmen Salinas, las hermanas Ascásubi, Roberto y García Moreno ocupaban los sitios de honor por ser la familia del Presidente de la República. El templo estaba adornado con cartuchos y margaritas olorosas, los santos relucían de tanto limpiarlos para la ocasión, pero el mayor adorno eran las ricas ropas y joyas que llevaban las mujeres; aretes de diamantes, perlas y esmeraldas iluminaban los rostros, diademas de brillantes relucían en los tocados y magníficos collares y pendientes palpitaban en los turgentes pechos. Cada una de aquellas mujeres tenía su propio reclinatorio y un cojín para arrodillarse. El oro de sus joyas competía con el del templo, el aroma de las flores se confundía con los perfumes. “Por fin huele bien una iglesia”, pensó Inés, que miraba a María, Avelina y Dolores, las hijas del Presidente, primorosamente peinadas y vestidas.
En medio de ese ambiente, Leonor entró en el templo por el callejón principal hacia donde estaba su familia. Con los hombros descubiertos a pesar del frío, sintió palpitar en el pecho a la frívola mariposa. Iba del brazo de Juan Ramón, divertidos por el murmullo de envidia y deseo que se expandió por el recinto de blancas margaritas.
—Qué desenfado de la Leonor, no debía haber usado esas prendas y esos colores, luce vulgar.
Josefa Ascásubi susurraba en el oído de su hermana y ésta, presa de indignación, movió la cabeza en señal de desaprobación. Un rutilante rubí se agitó en el lóbulo de Dolores Ascásubi que supo, desde ese instante, que nadie perdonaría a Leonor, que ella mismo se había condenado.
Nadie atendió a la misa como era costumbre, algo se había roto para siempre. Cuando terminó la ceremonia, todos pasaron a las instalaciones privadas de la Catedral, donde tomaron chocolate caliente con queso amasado y buñuelos bañados en miel. Ante la mirada incrédula de los asistentes, Leonor abandonó el templo acompañada por Cumbres Altas. Manuel de Ascásubi simuló no haber visto nada, y dijo al Arzobispo:
—Reverendo, pocas veces he visto una maravilla como ésta.
El Presidente miraba el pesebre profusamente iluminado que había sido armado en un entarimado gigante en medio del refectorio.
El Arzobispo explicaba con orgullo la obra de arte e ingeniería de las monjitas:
—Señor Presidente, las figuras de este Nacimiento son las más preciadas piezas de la Colonia y lo demás es obra de las monjitas de Santa Catalina, que han logrado construir ríos, puentes, laderas y caminos para que transiten los Reyes Magos y los pastores.
García Moreno, que escuchaba atento la conversación, se dirigió a su cuñado Manuel para decirle:
—Señor Presidente, pienso que debe usted contratar a estas monjitas para que hagan los caminos y puentes de la Patria.
Manuel continuó admirando el pesebre, indiferente a su cuñado. Carmen Salinas también lo ignoró y García Moreno, molesto, salió del lugar precipitadamente. Virginia Klinger, su amiga de siempre lo siguió y tomándole del brazo le dijo:
—Calma, Gabriel, no saca nada con esos arrebatos.
García Moreno se sacudió de la blanca mano con violencia y furibundo dijo:
—¡No! Ya basta de humillaciones. Mi determinación de viajar a Europa se mantiene en pie.
Virginia Klinger volvió a tomar su brazo y le dijo con dulzura:
–La ira no es buena consejera; usted se va a Europa como todo un caballero, pero esta noche vuelve a entrar y comparte de buen talante con todo el mundo. Es el último sacrificio.
Virginia acarició la mano de Gabriel logrando que éste se calmara y tomados del brazo entraron al salón donde una pálida Rosa Ascásubi lo veía todo con lágrimas en los ojos. Gabriel le dirigió una de sus terribles miradas y la pobre mujer, presa del pánico, se sentó cerca del Arzobispo.
Arrepentido de volver al templo, García Moreno se zafó del brazo de Virginia, se encaminó hacia donde estaba su mujer y tomándola del brazo, se la llevó a paso rápido a su domicilio. Olvidando que había prometido a su amiga entrar nuevamente y de buen talante, dijo a Rosa:
—Estoy cansado, sólo vine para asistir a esta ridícula misa y me arrepiento de todo corazón., no pienso quedarme un día a soportar al insoportable de tu hermano Manuel.
Rosa Ascásubi despertó sola. Gabriel García Moreno había emprendido su viaje a Europa. Se puso a llorar, llamó a que le sirvieran el desayuno y mientras saboreaba su chocolate caliente pensaba que era mejor estar sola, total, de esa manera era libre de ir y venir, y tras beber el sorbo más delicioso de su vida decidió que sería la consejera amorosa del gran hombre que estaba formándose a su lado. Sería maternal, cariñosa pero maternal, al fin y al cabo le pasaba con catorce años y ya iba sintiendo el paso del tiempo en sus huesos, por ahora lo que más ansiaba era paz. ¡Qué lejos veía el tiempo en el que arrebatada de amor soñó bajo el limonero!
Lastenia, que la miraba desayunar tan a gusto, le contó que al finalizar la misa, Virginia Klinger invitó a Guachalá a la Misia Carmen, que agradeció la gentileza pero le dijo que no podía dejar a su marido en estos momentos.
Rosa Ascásubi guardó silencio para no emitir comentarios sobre el comportamiento de Leonor, sabía que iría con Juan Ramón a Guachalá.





Aguedita hermosos relatos, es como si uno estuviera ahi, presente.
Aguedita en este trozo hay algunos errores, creo que de la persona que escribió. Se repiten dos párrafos en distintos lugares.
Helenita, gracias por señalarme el error. Creo que ya lo enmendé, lo que pasó fue que al momento de hacer copy paste de mi novela se produjo el fallo. Cosas de la tecnología, gracias por leer.