Por petición de su hermano Manuel, Roberto Ascásubi viajó con sus sobrinos a Guachalá para avalar con su presencia el honor de Leonor. Salieron en una madrugada sin luna, cubiertos con ponchos y bufandas para protegerse del frío. Los cascos de los caballos golpeaban el adoquinado de las solitarias calles y el Pichincha los observaba oscuro y poderoso. Luego de un buen trecho, ya en las afueras de Quito, vieron la luz del sol. Parecían una expedición de científicos, por los aparatos que Carlos Aguirre, el dueño de Guachalá, había encargado. Los acompañaba un séquito de peones que llevaban a lomo de mula la comida y las jaulas de pollos y gallinas ponedoras.
Luego de avanzar unos kilómetros abandonaron la carretera principal y tomaron el camino del Este que llevaba a Tumbaco.
El Dr. Acevedo, que viajaba con ellos, explicaba las bondades del valle a tan corta distancia de Quito:
—No nos hemos alejado mucho de Quito y ya estamos en el valle de Yaruquí. Te darás cuenta, Juan Ramón, cómo ha cambiado el clima.
A lo lejos, la brisa mecía un interminable bosque de palmeras y árboles de guabas. Uno de los peones, obedeciendo las órdenes de Roberto Ascásubi desmontó para llenar un costal de frutas, que le parecieron extrañas a Juan Ramón. Leonor, que había tomado unas y le enseñó a Juan Ramón la forma de comerlas mientras le decía con los ojos alegres:
—Las guabas son como nubes blancas y dulces, tienes que botar la pepa—Acercó su caballo al de Juan Ramón y le puso una en la boca, él hizo muecas para molestarla.
Continuaron a paso lento con la brisa que refrescaba el intenso calor; se internaron en un camino que bordeaba sembríos de babaco, tomates de árbol y chirimoyas, y antes de que muriera la tarde, acamparon en una planicie poblada de palmeras y aguacates. Los peones se hicieron cargo de los caballos, que libres ya de sus monturas se pusieron a pastar. Los guasicamas sacaron los pollos, que eran más de cuarenta, de las jaulas y con un machete les cortaron a cada uno una pata para el almuerzo, los demás corretearon maltrechos hasta que los volvieron a enjaular.
Roberto, Juan Ramón y los demás no vieron la mutilación de los pollos porque fueron a dar un corto paseo para estirar las piernas y explayarse con la exuberante vegetación. Cuando llegaron a un riachuelo, se descalzaron, metieron los pies en el agua y se sentaron en las piedras inmensas de la orilla. Juan de Dios llegó con un atado de caña de azúcar y se dedicó a cortar trozos con un machete de hoja ancha.
Leonor le puso a Juan Ramón un trocito en la boca y le dijo:
—Tienes que chupar y sacarle el jugo, luego te deshaces de la estopa—se echó a reí cuando él se sacó de la boca el trocito de caña y continuó—No te voy a envenenar, de esto se saca el azúcar.
Leonor puso le puso otro trozo en la boca y él le mordió los dedos. Ella quitó su mano con rapidez y se la llevó a los labios para calmar el dolor, luego le dijo resentida:
—No seas grosero conmigo, tienes que aprender a ser menos brusco, a suavizarte un poquito.
—Perdona, es que a veces me olvido que eres tan frágil—Le tomó con suavidad la mano y aceptó toda la caña que ella le dio.
—Creo que es hora de volver — dijo Roberto levantándose, y los demás le siguieron. Juan Ramón detuvo con un gesto a Leonor para que se quedara rezagada junto a él, pero Roberto regresó por ellos y no tuvieron más remedio que seguir a los demás, sin tocarse.
Al regreso encontraron que los peones habían levantado unas chozas para pasar la noche y más allá, una fogata en donde se preparaba la comida. Leonor, Roberto y Acevedo se sentaron sobre el prado y se pusieron a charlar. El doctor Acevedo preguntó:
—¿Cree usted, don Roberto que lleguemos a Guachalá mañana?
—Si vamos a paso rápido descansando solamente en Guayllabamba, estaríamos en Guachalá al atardecer.
Leonor no participaba en la conversación, y se alegraba que no la tomaran en cuenta, de esa manera podía mirar a hurtadillas a Juan Ramón, que a corta distancia afilaba contra una piedra el cuchillo de uno de los peones; estaba sentado sobre un troco y ella observó los músculos duros y definidos bajo su camisa y la destreza con que movía el cuchillo; aquellos movimientos rápidos pero lánguidos y precisos de las manos del joven la llenaron de deseo, conocía el efecto que tenían sobre su cuerpo y sus sentidos, Juan Ramón poseía un magnetismo animal que la atraía con una fuerza descomunal. Leonor se levantó y separándose de Roberto y Acevedo emprendió un corto paseo por el campamento, sus pies pisotearon las margaritas blancas que asomaban entre el pasto. Caminó unos minutos presa de una inexplicable tristeza, hasta que se dio cuenta que se había alejado demasiado y decidió regresar. Se asustó al toparse con Taranto que venía al trote con una artesa en el hocico hacia donde estaba Juan Ramón, que se levantó para recibirlo con júbilo.
—¡Eh, bonito! vienes por tu pienso.
Le acarició el lomo y le recibió la batea en sus manos. Leonor, que se acercó con el cabello revuelto por el viento, le dijo:
—Parece que te entiendes mejor con los caballos que conmigo, al menos eres más amable con Taranto.
—Los caballos no piden nada, y sí, me entiendo mejor con ellos porque son como yo, aman la libertad.
Leonor acarició el lomo del caballo, las manos de los dos jóvenes se tocaron entre las crines, ella le dijo con un tono de tristeza:
—Pero le tienes más confianza a él que a mí.
—Leonor, soy mucho más simple de lo que piensas.
—¿Tú, simple? Eres el más complicado de los seres; pasas de la alegría a la tristeza, del buen genio al mal humor. Estar contigo es como caminar sobre brasas.
—¿Ves lo que te digo? Encontrar la simpleza en las cosas es la tarea más complicada que existe.
Y sin decir más, retiró de las suyas las manos de Leonor que temblabaron sobre la crin del caballo, y se alejó.
Durante la comida, embebido en lo que contaban Roberto y Acevedo, Juan Ramón apenas cruzo una mirada con Leonor. Cuando la conversación decayó, Roberto Ascásubi se levantó y dijo:
—Es hora de acostarse, Leonor, tú dormirás con Justina y las cocineras en la choza de la derecha, nosotros ocuparemos la otra—señalaba con su mano dónde debía dormir cada uno.
Justina preparó la cama de Leonor, la ayudó a desvestirse y le dijo:
—Trata de dormir, mi niña, que mañana nos toca duro — y en voz queda le advirtió que no dijera nada delante de las servicias: —Esas longas son lo más chismosas, no se te ocurra nombrar a nadie, ni decir nada, que luego corren a contar a Quito todo lo que han oído.
Leonor asintió y se metió en la cama sin decir palabra, mientras observaba a las cocineras que se acostaron sobre el suelo, un poco alejadas y exhalando un olor rancio. Le pareció oír que murmuraban algo, pero estaba tan cansada que se durmió enseguida.
A la mañana siguiente, luego de haber desayunado, montaron en los caballos que los peones ya habían ensillado, y continuaron el viaje.
Llevaban un buen rato cabalgando, cuando Roberto detuvo la marcha para decir:
—Vamos a bajar la quebrada de Guayllabamba que es muy escarpada y peligrosa, y cuando lleguemos al camino sobre el río hay que desmontar; los caballos se asustan al oír el sonido del agua en las profundidades y es muy difícil que nos podamos comunicar con tanto ruido. Por eso les digo desde ya, que cada cual tire de su caballo y, sobretodo, que eviten mirar abajo.
Así lo hicieron, enmudecidos por el peligro que corrían de caer en el abismo. Llegaron al mediodía cerca de Guayllabamba, donde improvisaron un almuerzo reparador, y continuaron la marcha.
Al atardecer divisaron la hacienda de Guachalá de la que tanto había oído hablar Juan Ramón, entraron por el arco principal y desmontaron con la ayuda de los hombres de campo de la hacienda, que salieron a recibirlos. Juan Ramón se apartó de todos para ver con sus propios ojos el mítico lugar.
La vista de la casa de hacienda causó en Juan Ramón una fuerte impresión; aquellas construcciones eran símbolo de la conquista española, no pudo evitar sentir un ligero estremecimiento al ver ante sus ojos el fruto de tanta valentía y crueldad; era un pedacito de la historia del mundo. Pasó por el arco que llevaba a la plaza de grandes dimensiones, que bien podía ser la principal de un pueblo pequeño. Recorrió con la mirada las edificaciones que se levantaban alrededor, la cúpula de la iglesia adornada con espejos, y en el centro, una pila con piedra circular que servía de reloj solar. Toda la casa era un inmenso reloj cósmico que señalaba el tiempo de los caciques, el tiempo de los incas y el tiempo de la conquista que borró a espada, cruz y látigo todo vestigio antiguo. Se notaba la mano indígena en la arquitectura española por la forma de los dinteles y lo desigual de las ventanas; parecía que las callosas manos hubieran amasado su estructura para secarla al sol y blanquear con lechada sus paredes. Las puertas estaban decoradas en verde y blanco y sus largos corredores pavimentados con grandes ladrillos cuadrados. Se sentó al borde de la pileta y sintió la paz del entorno y la armonía lograda a base de tanto dolor y esfuerzo; el viento ondulaba la paja de los techados.
Se dedicó a recorrer las instalaciones y recámaras; la casa, en cierto modo rústica tenía un ala lujosamente adecuada con puertas pintadas en verde, blanco y oro, una capilla adornada con ornamentos preciosos y un mural donde la hermana de la Marquesa de La Escalera, María Muñoz Chamarro mandó pintar unos exvotos, trayendo para ello a uno de los mejores pintores de la Colonia. Esta parte de la casa poseía habitaciones que permanecían cerradas y que sólo se abrían para limpiarlas y arreglarlas cuando venían los dueños. Sus muebles, adornos y pinturas eran exquisitos y una puerta trasera llevaba a un jardín muy bien cuidado, donde se colocaban unas butacas cuando hacía buen tiempo. Más allá, los patios para caballos y perros, databan de la época en que Francisco de Villacís logró componer la hacienda y se erigió como su señor.
Llegó al obraje que estaba cerrado con candado, pensó que estaría momentáneamente fuera de servicio, pero un ruido incesante, le hizo caer en cuenta de su error; por la puerta se escapaba un olor a sudor y aliento humanos. Juan Ramón se aproximó y miró por el cerrojo a decenas de indios trabajando en los telares. Cuando alguno se cansaba, un mayoral lo azuzaba con el látigo para que continuara. Se sintió asqueado por lo que vio y continuó su recorrido hasta llegar al río que pasaba por la parte posterior de la casa, ahí encontró mujeres con atuendos coloridos lavando lana; el agua se les escurría entre las manos morenas, mientras cantaban en su lengua nativa.
Por la noche se reunieron en el comedor, y cuando terminaron la cena hicieron la sobremesa en los corredores, donde unos antiguos braseros encendidos calentaban en la noche fría y estrellada. Conversaban a gusto, a pesar del cansancio que les causó el largo viaje.
—En Quito se combate a las pulgas de las habitaciones con un borrego que tiene que estar sin trasquilar para que las pulgas se le peguen y, cuando queda negro, se lo saca del cuarto — dijo Roberto Ascásubi, para explicarle a Juan Ramón la forma como se combatía esa plaga.
—Hay que ver que no es mala idea, porque el “marco” debajo de la cama es un poco molesto; cuando se seca, las ratas hacen nidos con la hierba dura. En el fondo, es más limpio el borrego — contestó Juan Ramón, que se había sorprendido al ver bajo su cama de Quito unas ramas que le dijeron era marco y que con eso se espantaba a las pulgas..
—¡Qué hermosa se ve la casa con velas en todas las ventanas! — dijo Acevedo, que parecía haber entrado en un trance romántico.
—Estoy muy cansada y quiero retirarme — dijo Leonor con la cara pálida.
—Vete a descansar Leonor, estás ojerosa y se te nota que ya no puedes más.
Dicho esto, Roberto se levantó para despedirse de su sobrina. Lo mismo hicieron los demás y Juan Ramón le dijo adiós..
Leonor quiso caminar un rato antes de irse a la cama, Justina la alcanzó, y le dijo:
—No salgas sola, mi niña, en el campo la noche asusta. Yo te acompaño.
Leonor se tomó del brazo de Justina, y juntas emprendieron el recorrido nocturno. Era una noche azul, con las siluetas de los cactus alzándose como espectros arrimados a las tapias; las dos se detuvieron deslumbradas por la blancura de sus flores, iluminadas por la luz que bajaba del cielo.
—El “San Pedro” es una planta sagrada que hay que tomarla bajo la dirección de un brujo — dijo Justina mientras Leonor se estremecía.
—Mira Justina, las flores del “San Pedro” parecen seres vivos que nos quieren decir algo — dijo Leonor, abrazándose a su nana, que le contestó asustada:
—Ya te dije que son plantas sagradas, yo también siento que nos están enviando un mensaje… Escucha ese lamento.
Las dos apuraron el paso para regresar a la casa, mientras oían un extraño quejido que se escapaba de alguna parte.




Quiero mas!!
Ya mismo
ESPERO CON TANTA ILUCION QUE VIENE … ME ENCANTA, ME TRASLADO…MARAVILLOSO
María Fernanda: Ojalá pronto te traslades a Guachalá del Siglo XXI y nos visites. Un besito
Aguedita me encanta tu forma de describir, lo haces con tanta brillantez que uno se traslada a esos maravillosos parajes y siente en carne propia todas las aventuras y el amor mismo.
Gracias, Rocío. Nos vemos siempre en el blog