Las luces y las sombras se filtraban por la celosía ubicada en lo alto de los interminables muros dando a la habitación un aire de celda de convento. Juan Ramón, ayudado por Juan de Dios, se desvestía mientras observaba el rústico enladrillado del piso y la mesita con una palangana y jarra de fina porcelana para el aseo; junto al lecho de alto dosel y grueso cortinaje había un velador en el que reposaba una palmatoria con su vela y en su parte inferior una bacinilla inglesa con motivos florales. Cuando se quedó solo, observó el claro de luna que proyectaba sombras danzarinas en el blanco de los muros. Todo era nuevo para él; el olor, el sabor, el sonido del viento en el chaparro. La pureza del aire y el graznido de un ave desconocida le apuraron los ánimos por ver el amanecer y galopar cerca de los maizales. Pero al cerrar las cortinas del lecho, la soledad del mundo lo envolvió, una angustia le apretó el pecho y se volteó sobre un costado para respirar mejor y así pudo conciliar un sueño liviano.
El imponente y triste sonido de la bocina lo despertó, se incorporó, corrió los cortinajes y tuvo dificultad para encender la vela de su palmatoria, a esa hora en que la luna se oculta y todo queda sumido en la oscuridad. Un correteo de hombres y el ruido que hacían los cascos de los caballos, le hicieron ver que ya era de madrugada y antes que pudiera preguntarse cuál era el motivo de tanta agitación, entró Juan de Dios con el charol del desayuno en el que había puesto una vela.
—Le traigo su desayuno por si quiere unirse a la cacería de lobo, su merced—Se acercó al lecho con la fuente.
—¿Tanta bulla para cazar un lobo?—Preguntó Juan Ramón mientras se sentaba en la cama para recibir la bandeja con el chocolate caliente.
—No amo, no es un lobo, son muchos, y se están comiendo las ovejas, por eso hay que salir a matar.
—Debe haber mucho lobo porque Guachalá está llena de ovejas para la lana del obraje—Dijo mientras tomaba el desayuno, cuando terminó entregó la bandeja vacía a Juan de Dios y le ordenó—Ensilla mi caballo.
Juan de Dios, con la bandeja del desayuno en las manos contestó:
—Ya le ensillaron un caballo que tiene experiencia en estos terrenos, su merced, los suyos no son buenos aquí—Dejó la bandeja sobre el velador y se dispuso a ayudar a su amo a vestirse.
Juan Ramón estaba de prisa, parecía que no esperaba la hora de salir y ordenó al criado:
—Lleva tú mi escopeta por si salen conejos o perdices, el rifle llevo yo.
El sol había salido pero a esas horas de la madrugada hacía mucho frío. Juan Ramón, montado en caballo prestado, con poncho de lana cruda, pinganillo de borrego, sombrero de fieltro y ala ancha salió con dirección incierta junto a Roberto, el administrador y los empleados de la hacienda.
—No son lobos, son mucho más pequeños, de la familia de los coyotes — le explicaba Roberto, mientras cabalgaban a la punta de la partida.
El viento molestaba a jinetes y caballos, a Juan Ramón le estremeció el aire fino y la luz tan clara que dejaba ver los colores intensos y el cielo azul, sin una nube. Luego de un largo trecho llegaron a la quebrada de Puendol, la loma que le dijeron se llamaba Pambamarca, era páramo puro y por un momento divisó unos cónderes sobrevolando la quebrada. Juan Ramón aguzó la mirada al ver a lo lejos unos ochenta indígenas que llevaban ponchos de colores brillantes y en las manos, ramas y palos.
Los jinetes llegaron frente a los indígenas de ponchos coloridos que estaban en la cima de la loma, al otro lado de la quebrada. Los sirvientes se llevaron las cabalgaduras y un mayordomo les señaló el lugar donde debían ubicarse, detrás de unas piedras de gran tamaño, Juan Ramón y Roberto quedaron juntos. A la orden del mayordomo, los indígenas bajaron de la loma haciendo un ruido ensordecedor con las ramas y palos, colocándose de tal forma que los lobos no pudieran tomar la salida sino por la boca de la quebrada donde esperaban los cazadores, que en silencio, con las manos agarrotadas por el frío, el corazón amenazando con salírseles del pecho, el nervio a flor de piel y los ojos mirando con avidez, esperaban la salida de la presa.
Los lobos salieron de sus escondrijos y corrieron hacia las escopetas. Juan Ramón disparó y mató a uno, luego a otro y cayó un tercero. Ya nadie sabía quién disparaba, se oía el latir de los corazones en el encañonado. Por entre el chaparro, asomó una lobita pequeña que se detuvo en seco mirando directo a los ojos de Juan Ramón; éste titubeó y ella huyó entre las tupidas matas aprovechando ese instante de descuido.
Ahora todos sentían satisfacción; habían terminado con una parte de los animales que acababan con las ovejas. El olor a pólvora, los tiros certeros y los trofeos que llevaban, los pusieron eufóricos, se felicitaban unos a otros.
—Pensé que los lobos se iban a escapar — comentó el administrador, riendo satisfecho.
—Nunca hemos matado tantos — dijo uno de los mayordomos, orgulloso de los trofeos que llevaba
—¿Por qué no disparaste a la loba? — le preguntó Roberto Ascásubi a Juan Ramón.
—Era muy chica.
Roberto espoleó su caballo y juntos emprendieron un galope corto. De pronto y de la nada, Juan Ramón sintió el olor salobre del mar y se le vino a la mente la imagen de aquella bailarina que un día vio en la cubierta del barco que lo trajo al Ecuador. Se le apareció así sin previa invitación, trayendo una cascada de risas y buen humor entre chaparros y galope de caballos.
Roberto miraba divertido a Juan Ramón.
—¡Qué bien se te da una cacería!
—Hace mucho tiempo que no me sentía tan contento ni tan libre.
—Hay momentos tan perfectos que uno siente que es parte de un gran todo, que el cielo está espléndido, la naturaleza parece reventar de tanto color y los que andan con uno parecen hermanos — dijo Roberto, parecía interpretar el buen humor de su sobrino.
El sol del mediodía calentaba con más fuerza; el viento, que cortaba como cuchillo en la madrugada, era ahora una suave brisa que los refrescaba. Roberto y Juan Ramón entregaron los ponchos a Juan de Dios que los llevó en la grupa de su caballo. Los mayordomos entonaron una canción local, Juan Ramón oía con una sonrisa.
La mujer en el amor
es como el indio al comprar,
aunque le den lo mejor,
piensa que la han de engañar
A Juan Ramón le entregaron un cuenco lleno de chicha que él bebió con recelo. Al ver su cara de extrañeza, Roberto le explicó:
—Estos recipientes son una especie de calabaza seca, tienes que pasarlo a los demás.
Así lo hizo Juan Ramón y vio como la chicha fue de mano en mano y de boca en boca y mientras entonaban canciones. Pronto llegó la hora del almuerzo, y empezaron a sentir hambre. A lo lejos, Juan Ramón advirtió un grupo de mujeres que caminaban hacia ellos con pondos tapados con hojas de chilca.
—Ya llegaron las servicias con el almuerzo — anunció el administrador.
Una de ellas puso una bayeta que servía de mantel y en él depositó unas telas atadas con maíz tostado, destaparon uno de los pondos y sirvieron en pequeños recipientes de barro el locro calentito. Se dispusieron a comer con avidez y Juan Ramón dijo a Roberto:
—Qué extraña coincidencia que sentimos hambre, y llegan estas mujeres con el almuerzo.
—No es una coincidencia, esta gente vive en un ritmo diferente, y por alguna razón que nadie entiende, aparecen cuando tienes hambre o necesitas que te arreglen la habitación — bebió un poco de chicha fresca que le ofrecieron y continuó: — es una de las cualidades de esta tierra, que por suerte aún no desaparece, porque poco a poco, todo se está hundiendo en la desidia.
Mientras tanto, en el límite del jardín de la hacienda y el río, Leonor esperaba ansiosa el regreso de Juan Ramón, que no se había despedido de ella por el madrugón y los preparativos de una cacería improvisada. Esperó con los ojos fijos en la Loma de Pitaná por donde tenían que regresar los cazadores. Con las manos entrelazadas, vio al cielo pintarse de cobre, y al fin divisó a lo lejos figuras de jinetes a paso lento. Sintió rabia porque no vio apuro en el regreso y presintiendo las risas y las bromas se llenó de celos. Aquel estado de ánimo le llegó como una información a Juan Ramón, que queriendo alejarse del drama, se apartó de sus compañeros de viaje para regresar junto al Administrador y en lugar de volver a la hacienda, desmontó frente a sus habitaciones, en donde permaneció hasta la medianoche jugando al tresillo y oyendo historias del tiempo pasado.
El Administrador de Guachalá tenía un profundo conocimiento del campo y de sus labores, poseía una clara inteligencia, un sentido común y práctico muy aguzado. Sabía cuándo iba a llover y en que fase de la luna se debía sembrar, curar un animal o castrar un caballo. Sólo desmontaba para pegar su oído a la tierra y dilucidar con precisión la distancia a la que estaban los hombres que debían llegar con algún encargo. Entendía los mandatos de la tierra, y sabía con precisión en qué sitio se debía trazar una acequia o sembrar una suerte de papas. Juan Ramón se sintió atraído por este personaje que podía dormir en su cabalgadura, hablar el quichua con fluidez y entender los misterios de la vida mejor que cualquier hombre de alcurnia y esmerada educación. Vestía pantalón de lana, largas botas de cuero hasta la rodilla y una especie de levita sobre la que llevaba un poncho con listones de color, bufanda y sombrero de fieltro; era su uniforme, su distintivo. Su porte era señorial, su blanca y bien cuidada barba enmarcaba un semblante inteligente y una sonrisa bondadosa. Juan Ramón no se separaba de él, se divertía escuchándole y aprendía de caves de papas y siembras de maíz. A Juan Ramón le intrigaba éste personaje y solía preguntarle, por ejemplo:
—¿Por qué hay extensiones tan grandes sin cultivar?
—Así como nosotros necesitamos del sueño para recuperar fuerzas, la Tierra necesita descanso. No se le puede obligar a producir año tras año, debemos tratarla con cuidado, rotar los cultivos para que no enferme y hacer rituales para honrarla; hay que cuidar mucho a la Pacha Mama, es la Madre de todos nosotros.
Hablaba con la sabiduría de años de experiencia, siempre sobre el caballo, parecía que nunca desmontaba salvo para las noches de tresillo y largas charlas a la luz de las velas.
Una tarde, después de una larga jornada de aporque de papas, bajaban Juan Ramón y el Administrador por la Loma de Cuniburu, no había viento y la quietud del chaparro lo envolvía todo; los ojos del viejo miraban por todo lado, parecía que olfateaba algo.
—Esta noche nos damos un festín de conejos.
Juan Ramón observó el chaparro y el prado verde, a la distancia divisó conejos corriendo por doquier, que se camuflaban entre los matorrales. Sacó su escopeta de la alforja, apuntó y mato unos cuantos, los peones que los acompañaban se apresuraron a recoger las presas sacarles las tripas con sus dedos y ponerlas en un costal.
La tarde tenía un aire dulzón y alegre; Juan Ramón miraba a este hombre de portentosa risa que parecía tener un pacto con la Naturaleza que siempre le entregaba sus tesoros. Le dijo:
—Vamos a ver como cocinan conejo en Guachalá.
—Sepa usted que en Guachalá preparan todo delicioso, aquí las mujeres tienen una mano y una sazón que usted no ha probado en otras partes.
—Ya me he dado cuenta.
—Veo que le gusta mucho esta tierra.
—Sí, Guachalá tiene un sabor especial, una clase de embrujo, a pesar del frío de las madrugadas y del viento que a veces parece querer destrozarlo todo.
El administrador miró a Juan Ramón tratando de saber quién era.
—Este no es sitio para usted — le dijo.
—Guachalá me encanta, pero no pienso quedarme a vivir aquí.
—No me refiero a Guachalá, me refiero a esto; éste no es su país, nada bueno puede ofrecerle. Regrese a su casa, donde su familia, no es bueno que un hombre ande alejado de los suyos — calló por un momento, su mirada se posó en las nubes que siempre están cambiando y dijo: —¿Se ha fijado en las aves migratorias? No son de ninguna parte, por eso se las llama aves de paso. Siempre he pensado que debe ser muy triste no pertenecer a ningún sitio, además del inmenso esfuerzo que se debe hacer para andar viajando por caminos desconocidos y dormir bajo techos extraños. No hay nada como el fogón bien calentito y los besos de la mujer propia, eso es todo lo que hay en la vida, lo demás es pura ilusión. Regrese a su casa y consígase una mujer buena, hágame caso y verá cómo se pone de contento.
Juan Ramón le escuchó divertido, aunque le pareció que aquellas palabras venían como un mensaje, como si una extraña fuerza hablara detrás. De pronto, extrañó a Leonor y pensó que era lo más cercano al fogón y al hogar que había conocido, y quiso verla; en su corazón, una punzada de culpabilidad le recordó que la había abandonado desde que llegaron a Guachalá y que nunca le había dicho lo mucho que la amaba. Al sentir la cercanía de la casa, los caballos emprendieron el galope, el aire se llenó de un dulce perfume y Juan Ramón divisó a Leonor junto a Justina, sentada en el corredor pelando chochos, y al llegar gritó:
—¡Eh, Leonor! Mira lo que te traemos.
La risa y el buen ánimo de Cumbres Altas le devolvieron a Leonor la alegría, y corrió hacia él, tomó las riendas del caballo y le dio un beso.
Los peones depositaron los conejos en el enladrillado y Juan Ramón dijo a Leonor:
—Ved qué hacéis con ellos.
Dos servicias se apresuraron a llevar los conejos a la cocina para pelarlos, con la orden de llamar a la niña cuando estuvieran listos. Leonor dijo:
—Les vamos a cocinar en un caldo con zanahorias, cebolla, tomillo, y más especias. Haremos un guiso delicioso.
Leonor entrelazada en la cintura de Juan Ramón, ardía en deseos, y juntos entraron a la cocina a supervisarlo todo. Era la caza que traía su amado.
En la cocina, el alborozo fue grande cuando entró el Amo Juan Ramón; las servicias revoloteaban por todo lado diciendo cosas ininteligibles, parte en español, parte en quichua, se movían rápidas entre los fogones, las ollas de barro y los tiestos, cocinando, tostando y lavando los trastes sucios en la acequia de agua cantarina que pasaba por el centro del burdo enladrillado.
—Os voy a enseñar a cocinar como en Europa.
Diciendo esto, Juan Ramón le ordenó a Juan de Dios que trajera una botella de vino francés y una de aceite de oliva español que guardaba en uno de sus baúles.
Una vez que los conejos estuvieron cocinados, los deshuesaron, los aderezaron con romero, vinagre, sal y pimienta y los dejaron reposar. Esa noche en el comedor cenaron conejo frío, como en París, acompañados con tamales de chochos preparados por Justina, y de postre unos buñuelos con miel de los azahares del viejo naranjo agrio.
—¡Qué buen conejo! lo bautizaremos “conejo a la Guachalá” — dijo Acevedo mientras bebía de su copa de vino.
—La cacería de esta tarde ha sido mucho más agradable que la de lobos del otro día — dijo Leonor, que estaba más feliz que nunca.
—Pero esta cacería, a más de ser por diversión, fue fortuita; la de lobos es más una labor de campo, hay que proteger a las ovejas y, de tiempo en tiempo, mandar patrullas para abatirlos — contestó Roberto.
Juan Ramón participó en la sobremesa, rió mucho y estuvo de buen humor, Leonor le seducía desde el otro lado de la mesa, tras el fuego de las velas; parecía devorada por la pasión y a la vez fuerte como las raíces de un viejo roble, como el fogón del hogar donde se quiere reposar. Él la miró con intensidad, el vino le corría por las venas y Leonor se le apareció como una visión de arreboladas mejillas y pelo alborotado.
Leonor se retiró a su alcoba, una de las más lujosas de la casa, decorada con muebles europeos y espejo francés de marco dorado, con pinturas de lejanos paisajes y una consola en donde habían colocado la talla de un pastor que databa del siglo XVII. Aquella noche tuvo fiebre; una sed abrasadora la consumía y sus miembros agarrotados a duras penas le obedecían. Con dificultad corrió las cortinas de su lecho para tomar el agua de la jarrita de plata que reposaba en su velador y bebió con avidez sin lograr apagar la sed. Pensó que estaba gravemente enferma, que un dulce veneno le recorría las entrañas y fue entonces que las manos de Juan Ramón le tomaron del cabello para encontrar su boca. La jarra cayó con gran estrépito y ella recibió el embate del amor; sintió tórridos besos en el cuello y el pecho y se desvaneció mil veces en un torrente que le lavaba hasta el último resquicio de su cuerpo y de su mente, dejándola limpia y pura como el día en que nació.




