Juan Ramón pensaba que los días pasaban como se pasa la vida, dejando señales en sitios recónditos del alma. Una tarde, mientras Leonor y él sentados sobre la hierba miraban el celaje pintándose de rosado, le dijo:
—Leonor, o tú me has dulcificado, o los colores son más intensos, el sol brilla de otra manera y el cielo me parece de un azul profundo.
Metió su cabeza en el regazo de ella y le hizo cosquillas por todas partes, hasta que la soltó porque pensó que se iba a morir de risa.
—Eso esta mejor — dijo Leonor.
Él se le acercó, alegre y amoroso, y la besó con pasión. Se levantó y le dio la mano para ayudarla, cuando estuvieron de pie, sin que ella se pudiera defender, la cargó en la espalda y se la llevó al huerto, mientras ella protestaba entre risas.
—Me duelen las costillas de tanto reírme — dijo ella al momento en que Juan Ramón la depositó en la hierba, bajo un viejo capulí.
—Las ramas están cuajadas de frutos, Leonor — dijo Juan Ramón, subiendo de un salto a la primera rama, mientras ella lo miraba sonriente desde el prado.
—Toma mi mano y sube que nos vamos a dar un atracón de capulíes.
Ella le extendió la mano y Juan Ramón la levantó como a una pluma.
—Nos vamos a caer, Juan.
—No, siéntate en esta rama como si estuvieras sobre un caballo.
La dejó para subir a las ramas más altas, y ella súbitamente envalentonada, se agarró de una, y lo alcanzó para comer capulíes que se pasaban de una boca a la otra.
—¿Por qué no nos quedamos acá hasta que se ponga el sol?
Leonor puso su cabeza en el pecho de Juan Ramón, que estaba arrimado al tronco, y se quedaron así mientras moría la tarde y los pájaros revoloteaban buscando sus nidos para pasar la noche.
Juan Ramón le pasó la mano por el cabello y le besó en la nuca.
—Leonor, tengo que confesarte algo
—Lo que me tengas que decir, dímelo aquí, hoy es luna llena y no hay una gota de viento.
Juan Ramón se movió un poco para acomodarse y ella hizo lo mismo hasta encontrar de nuevo la posición perfecta.
—Nunca te conté la razón que tuve para huir de España.
Ella no se atrevió a interrumpirlo; el momento era cálido a pesar del frío del anochecer; sentía el calor de Juan Ramón envolviéndola como una caricia protectora. Alzó la mirada y vio su cara súbitamente seria. Esperó a que él se decidiera a confesarse.
—A finales de 1847 fui a Viena como estudiante, para cumplir ciertos ejercicios militares en los cuarteles reales. Nos tomaba relativamente toda la mañana, las tardes las teníamos libres y nos dedicábamos a frecuentar cafés y bailar valses hasta el amanecer.
Leonor lo interrumpió para decirle:
—Me estoy poniendo celosa sólo con pensar la cantidad de mujeres que te habrán amado.
Él la obligó a voltearse para mirarle y le dijo.
—No debes ponerte celosa, ni las recuerdo, ¡Coño!
Ella se recostó nuevamente sobre su pecho y saboreó la intimidad de sus dos almas.
—Voy a ser lo más breve posible para no aburrirte
Ahora su voz tenía una entonación diferente, como si estuviera haciendo un esfuerzo para abrir su corazón.
—¿Sabías que los austriacos cantan y aman la música como nadie? Yo no me había dado cuenta de esa pasión; al principio pensé que se trataba solamente de diversión, pero luego comprendí que era algo mucho más serio.
Al comprender que Leonor lo escuchaba con todos los sentidos, él continuó:
—.Entre los jóvenes aristócratas que yo frecuentaba, había uno en especial que llamó mi atención; se salía de lo común y era un virtuoso en el piano. Fue él el que se me acercó, parecía buscar mi amistad.
La luna alumbraba hasta el último rincón de la Tierra, no había una gota de viento, y las hojas del árbol parecían de plata.
—Se rumoraba que era un becado y que no pertenecía a la misma clase social, a mi no me importaba, era tan magistral en el piano que siempre estaba en nuestras reuniones porque yo lo llevaba. Una madrugada, a la salida de un café se me acercó y me dijo: —“Parece que usted es diferente de los demás”. —Yo me reí, pero inexplicablemente le seguí a su casa y me aparté de los demás.
Leonor lo interrumpió:
—Me estás poniendo nerviosa con tu historia.
—Está bien, te la voy a acortar: Aquel joven tenía otra pasión, estaba involucrado en movimientos revolucionarios y logró intrigarme con sus ideas sobre la libertad, decía que los países que estaban bajo el Imperio Austro-Húngaro no veían el momento de verse libres.“Este siglo que vivimos debe ser el de la emancipación”, decía.
Hizo una pausa y sintió que Leonor temblaba.
—Me reuní con él todas las noches, y en poco tiempo estuve comprometido con la causa revolucionaria. Una noche nos convocaron a una revuelta, yo empuñé mi arma, y en la trifulca maté a un guardia imperial. Me tomaron prisionero y pasé quince días en prisión. No puedo explicarte el horror que viví; me sentenciaron a muerte, me torturaron, pero gracias a la acción de mis amigos, pude escapar a España.
—Leonor se revolvió, se liberó del abrazo y logró saltar al suelo ayudándose del tronco. Él, de un brinco, estuvo a su lado y la oyó decir:
—Por eso viniste, estabas huyendo y nunca me contaste nada.
—No me hace gracia revivir ese episodio, ¡hombre, tampoco que la gente se entere!
La quietud era tanta que se podía escuchar el latido de sus corazones, Leonor pensó que el mundo estaba en silencio para que se revelara una verdad.
—Por cartas que recibo de mi padre, sé que ya no corro peligro, y que debo regresar.
La luz de la luna le permitió ver la terrible palidez en el rostro de Leonor, y le dijo en voz suave, para no herirla más:
—Leonor, yo tengo una vida, un padre y una fortuna que cuidar, no puedo quedarme más tiempo.
Ella se soltó del abrazo y corrió hacia la casa, él no hizo el intento de detenerla. Ya en su cuarto, Leonor escuchó al viento que se había levantado con la fuerza de un huracán. Nunca supo cuándo partió Juan Ramón. Unos días después regresaba con Justina, Roberto y el doctor Acevedo. En Quito se enteró que Juan Ramón había viajado a la Ciénega para finalizar unos trabajos que tenía pendiente antes de volver a España.
Una tarde, luego de su llegada de Guachalá a Quito, Juan Ramón miraba a través de los cristales de la ventana el movimiento inusual que le había llamado la atención, la gente estaba enfiestada a pesar de la hora. El reloj marcó las campanadas anunciando las cuatro de la tarde.
—¿Qué haces mirando por la ventana, Juan? — le dijo Carmen, que había entrado sin hacer ruido.
—Mira el alboroto que hay afuera.
Volvió la mirada hacia la plaza, y su tía se le acercó.
—Es que hoy se celebra el cuarto día de Los Inocentes, la gente adora esta fiesta. Fíjate en la forma en que están disfrazados, algunos ya llevan días enmascarados.
A través de los cristales se filtraba la música. Por un momento, se quedaron observando lo que pasaba en las calles.
—¿Vas a ir a la casa de los Madrid esta noche, Juan? La Clemencia me dijo que te habían invitado con mucha anticipación.
—Claro, si desde el día que llegué me han hablado de esa fiesta. Lo que quiero saber es por qué me invita Clemencia a casa de los Madrid, y no me invitan ellos.
—Es parte de la gracia; los que invitan simulan no saber nada, aunque se preparan con meses de anticipación, algunos incluso encargan mobiliario a París
Se volteó hacia el joven para preguntarle:
—¿Tienes disfraz? No debes bajo ninguna circunstancia ir descubierto, la cosa es que nadie te reconozca.
—Tengo mi traje viejo de serrano, me pondré capa negra y antifaz, nadie sabrá quién soy.
—¡Ay, mamío! vas a estar divino, con ese plantaje y ese atavío vas a ser la sensación.
Su tía lo miró con orgullo, sabía lo guapo que era. Volvieron su atención a la plaza, Carmen abrió las ventanas y salieron al balcón para observar a una partida de disfrazados que cabalgaba hacia donde se encontraba la muchedumbre.
—Creo que es hora de que vayas a alistarte, ya mismo vienen los antorcheros que van a escoltar a tu comparsa.
—¿Nos vamos a reunir aquí?
—Claro, en esta casa nos preparamos, los jóvenes en un grupo y nosotros en otro. Lástima que Leonor no esté, ella siempre ha sido el alma en los Inocentes.
Al oír hablar de ella, Juan Ramón sintió un ligero resquemor, no quería pensar en romances ni en melodramas; quería despedirse de Quito con alegría, con una fiesta.
—¿Por qué se quedaría Leonor en Guachalá? — preguntó Carmen mientras cerraba las ventanas y tomaba del brazo a Juan Ramón para retirarse. A él le pareció extraño que su tía le preguntara sobre Leonor en un tono tan casual, se preguntó si se hacía la desentendida.
—Se quedó con los demás, yo regresé a rompe cinchas, era muy duro para ella regresar con tanto apuro.
Dejaron el salón de grandes cuadros y espejos dorados, y cada uno se dirigió a sus habitaciones.





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