Esa madrugada, cuando Juan Ramón regresó a su casa, se tiró sobre el lecho, corrió los cortinajes Y durmió sin soñar.
Era una tarde soleada, la brisa movía las ramas de los molles llevándose aromas sutiles que se filtraban por la ventana abierta del Altillo de la casa de la Plaza Mayor. Juan Ramón, aún en la niebla de los sueños, iba recuperando poco a poco el conocimiento, a pesar de lo cual, no reconoció el lugar donde se encontraba. Pese a que le costaba mover los párpados pudo abrirlos y lentamente enfocó las paredes, los muebles, cuadros y los visillos agitándose suavemente por el viento que entraba por la ventana abierta. Su cuerpo sentía la placidez que sigue al descanso luego de días de fiesta y cabalgata. Sintió unos golpes tímidos en la puerta y él contestó para que entrara Juan de Dios, que llegaba con una bandeja cubierta con un fino mantelito; el aroma fuerte del café recién pasado terminó por despertarlo.
—¿Qué traes, Juan de Dios?
—Su merced, le traigo un cafecito bien fuerte para que se despierte y baje a almorzar.
Juan de Dios colocó el charol en la cama y se dispuso a preparar el baño; dos sirvientes entraron con pondos llenos de agua caliente para la bañera.
Juan Ramón bebió el café caliente que le despejó la mente y revivió la loca aventura que tuvo en una de las casas del baño del Machángara. Su sosiego se disipó cuando recordó a la mujer en disfraz de Lord Byron que huyó cuando él ardía en deseos de poseerla. Cuando terminó dejo la taza y se dirigió al baño, se desvistió y se sumergió en el agua caliente de la tina blanca de patas de león. Así se quedó un largo rato mientras se lavaba los restos de la fiesta. Se vistió con la ayuda de Juan de Dios y bajó al comedor donde le esperaban Carmen y Manuel. Cuando entró, su tía le dijo, en son de broma:
—Jesús, creíamos que nunca más te ibas a despertar, has dormido doce horas, Juan.
Juan Ramón la besó en las mejillas, saludó con su tío, se sentó en su puesto y dijo:
—¡Menuda la fiesta de Los Inocentes! Pienso que los únicos inocentes son los maridos.
Su tío lo miró con gesto grave y le dijo:
—Mira, hijo, los acontecimientos se han dado de tal manera que me veo en la necesidad de renunciar a mi cargo de Presidente de la República, siento mucho dañarte el día, pero quiero que me ayudes a redactar mi renuncia.
Manuel de Ascásubi había tomado por sorpresa a su familia, que ignoraba su resolución. Carmen no dijo nada porque conocía que su marido, una vez que tomaba su decisión, no la cambiaba por nada del mundo. Juan Ramón en cambio, sintió que su tío era víctima de alguna traición y no quiso que renunciara:
—¡Coño, me cago en sus muertos! Tú no puedes darles gusto a esa banda de buitres, que quieren tu puesto para luego acabar con el poco tesoro que tenéis.
Estaba furioso porque veía sufrir a su tío, que le contestó:
—Así han sido las cosas en este país, desde siempre. No hay porqué enfadarse, la vida tiene que seguir su curso; yo he contribuido con todo lo que he tenido a mi alcance, incluso con mis bienes y mi propia vida. —.Nadie dijo nada, y continuó: —Juan, he recibido una carta de tu padre que me pide te deje partir; te extraña mucho y me cuenta que ya te ha escrito a ti también, pero teme que no quieras regresar para no herirnos — lo miró directamente a los ojos y prosiguió:—Tienes que pensar en tu bien; acá no haces nada, en España tienes una fortuna considerable a la que debes prestar atención, recuerda que tu padre ya no es joven y que sólo “el ojo del amo engorda al buey”.
Juan Ramón asintió y el almuerzo continuó en silencio; era el momento de poner punto final a un ciclo en la vida de aquellas personas, y él partiría libre como había venido.
Los siguientes días, Manuel de Ascásubi y Juan Ramón se encerraron por horas en el despacho para redactar el informe. En los momentos libres, Juan Ramón se dedicaba a alistar sus cosas y despedirse de sus amistades. Una mañana nublada y fría, llegó Leonor de Guachalá, con una fuerte gripe que la obligó a guardar cama. No supo de Juan Ramón, que no se interesó de su enfermedad.
Era de madrugada cuando Manuel de Ascásubi se vestía con su atuendo más elegante, lo ayudaba Carlos Santamaría que le preguntó:
—¿Va a utilizar el juego de brillantes o el de rubíes?
Tenía entre sus manos dos estuches de madera lacada y forro acolchonado, donde brillaban los broches de vestir. En ese momento entró Juan Ramón, que dijo:
—Los de brillantes son los más adecuados para la ocasión, son sobrios y te van bien con el traje oscuro.
Tomó los broches del estuche que sostenía Santamaría, y se dispuso a colocárselos, como si se tratara de su propio padre; le anudó la corbata, le colocó la banda presidencial y le puso sobre sus hombros la capa negra.
Juan Ramón tenía lágrimas en sus ojos, y al percatarse de eso, Manuel lo estrechó entre sus brazos y con voz quebrada le dijo:
—Juan, aunque te vayas siempre serás un hijo para mí, vete ya, no quiero emocionarme demasiado. Si no asistes a la ceremonia, ésta es nuestra despedida, pero recuerda que si algún día quieres volver, aquí tienes tu casa, y nosotros somos tu familia.
Juan Ramón le alcanzó el sombrero de copa y el bastón, le dio un último abrazo y le dijo:
—Estás más elegante que un príncipe, cuidado con traicionar a mi tía.
Aquella fue la despedida.
Juan Ramón se retiró a sus habitaciones para finiquitar su viaje, afuera lo esperaba su caballo y la cuadrilla que lo acompañaría hasta Guayaquil. En el momento en que recogía parte de sus pertenencias, su tío daba el discurso de renuncia al cargo, en la Iglesia de La Compañía. “Es una despedida por partida doble” pensó.
En el Templo, todo estaba dispuesto con lo que regía la etiqueta y luego de terminada la misa que ofició el Obispo, se dispuso a dar paso al acto oficial. Leonor, que estaba junto a la familia, sintió un frío interno y un silbido en el oído, que le martillaba la cabeza; escuchaba fragmentos del discurso que la ponían tensa: “Si es profundo el dolor que llevo a mi hogar doméstico de haber visto a los partidos disputándose la triste y vergonzosa preferencia de corromper la disciplina militar y de hollar la Constitución, quédame al menos la consolatoria persuasión de haber servido a mi patria con celo y buena fe.” Leonor sintió mareo con el perfume de los lirios blancos y oyó el zumbido de una abeja mientras alcanzaba a oír otro fragmento. “El Gobierno ha cultivado con honor las relaciones internacionales recibiendo las pruebas más relevantes de amistad y consideración. El empleado ha sido satisfecho religiosamente de sus sueldos y quedan algunos miles en las arcas públicas, a pesar de que los revolucionarios de Guayaquil se apoderaron al principio de este año de las rentas más pingues de la Nación” Aquello la estaba poniendo muy mal y sintió deseos de salir, pero Justina no se lo permitió y ella se sentó en el suelo, sobre la alfombra que le habían traído, sin poder dejar de escuchar el final. “El porvenir del país se presenta bajo el aspecto más sombrío, y nos perderemos todos si los partidos políticos no propenden a una sincera reconciliación y al restablecimiento del orden constitucional, que es la única tabla de salvación para la República. El Vicepresidente de la República, Manuel de Ascásubi.”
Aquel discurso impactó con la fuerza de un rayo en el ánimo sombrío de Leonor; estaba indignada con la traición y la ingratitud que había conocido en tan poco tiempo. Se mordió los labios y apretó los puños para no llorar delante de los que consideraba sus enemigos. Su semblante pálido y la delgadez de su figura preocupaban a Justina, que la miraba de reojo en medio de un templo lleno de cirios donde el ex presidente leía su renuncia y Carmen Salinas, con la dignidad de una reina, tenia de la mano a sus hijas que escuchaban atentas.
Cuando terminó el acto oficial, Carmen se acercó a su sobrina y le dijo:
—Mamía, verás que nos reunimos toda la familia al almuerzo, no vayas a faltar — Leonor le juró que asistiría, su tía la detuvo por el brazo mientras le decía: —Trata de poner mejor cara, Manuel te lo agradecerá, tú sabes cómo te quiere.
Desde el Templo de la Compañía se dirigieron a su casa de la Plaza Mayor, iban a paso lento porque la gente se les arremolinaba para expresarles su solidaridad. Leonor se tapó con su rebozo para que nadie la molestara, y Rosa Ascásubi le dijo:
—Quítate esa cosa de la cabeza, pareces una de las beatas de la iglesia.
Leonor no le hizo caso y se adelantó, seguida de Justina.
En el comedor, la mesa relucía con el mantel largo, la vajilla alemana y los cubiertos de plata. Una mucama entró con una sopera azul cobalto, donde humeaba el locro de papas.
—Sírvele primero al patrón — le dijo Carmen cuando Santamaría se le acercó.
—No me vengas con tonterías, Carmencita, y deja a Santamaría servir como siempre — dijo Manuel, enfadado.
—Los panecillos están para chuparse los dedos — dijo Rosa Ascásubi, tomando uno del plato para pan, y continuó: —¿Qué le habrá pasado a Juan Ramón, que no viene a almorzar?
—Desayunó muy temprano y se despidió de nosotros, en este instante debe estar listo para emprender el viaje — dijo Carmen, apenada.
—¡Mira qué coincidencia tío, estoy escuchando el trote de su caballo.
Leonor se puso la mano en la oreja, y efectivamente, se escucharon unos cascos en el empedrado, luego alzó su mirada al cuadro de la marquesa y se quedó atónita al ver que era una réplica en femenino de Cumbres Altas. Rosa Ascásubi que seguía los movimientos de su sobrina, sintió lo mismo y exclamó:
—¡Dios mío, tiene la cara y la actitud de Juan Ramón! Es asombroso el parecido.
Leonor hincó el cuchillo en los panecillos que le habían servido y los destrozó sin que nadie se diera cuenta, se levantó y tras dar un beso a sus tíos, se retiró a su habitación. Cuando estuvo sola se puso a limpiar los muebles, la madera de la cama y los marcos de los cuadros.
La partida de Juan Ramón había dejado una sensación de vacío en la casa de la Plaza Mayor; Carmen Salinas guardó reposo sin salir de su habitación, y Manuel de Ascásubi se tomó unos días para dedicarse a supervisar los trabajos de La Ciénega. Justina miraba con suspicacia a Leonor que trajinaba por la casa, escoba en mano, barriendo las habitaciones y los corredores; cuando llegaba la hora del almuerzo, apenas se alimentaba, aduciendo que tenía mucho trabajo por hacer, y acto seguido tomaba un limpión para repasar los polvos de las consolas, muebles y los marcos de las ventanas. Una tarde, Justina la encontró fregando el piso del salón rosado, se le acercó y le preguntó:
—¿Se puede saber qué pretendes con ese cubo de agua y esos estropajos?
—¿No ves lo sucio que está todo, sobretodo este salón? Cuando termine de trapear, voy a echar cera de abejas para que quede reluciente.
Al contestar, Leonor no levantó la vista; parecía estar totalmente absorta en su tarea.
Justina se arrodilló junto a ella y le quitó el trapo de la mano mientras le decía:
—Tú no puedes dedicarte a estos menesteres, para eso estamos los sirvientes, y tus tíos tienen tal cantidad que no es necesario lo que haces; eres señorita fina, de las más finas de esta ciudad… ¡Por Dios, parece que has perdido el juicio!
Leonor la escuchó con la cabeza baja, y cuando la nana se calló, le quitó el trapo, continuó limpiando, y dijo en voz baja:
—Hay que limpiar a fondo, los sirvientes no entienden y solamente limpian la superficie.
Se levantó y salió con prisa, como si fuera a hacer algo importante. Justina le preguntó:
—¿Adónde vas tan apurada?
La siguió por los pasillos hasta llegar al cuarto de planchar. Leonor abrió la alacena que ocupaba toda una pared y sacó de uno de los compartimientos unas fundas de tela blanca, se volteó donde Justina y le dijo:
—Voy a tapar los espejos, reflejan mucha luz y no me dejan trabajar en paz.
Justina la dejó hacer; sabía que no se la podía contradecir, por lo que se limitó a seguirla y observarla.
El carácter de Leonor se tornó extraño; subía y bajaba las escaleras cubo en mano lavando hasta la última esquina, limpiaba los polvos de cada rincón, arrancaba las hierbas malas de las macetas y arrojaba agua a la piedra de los patios para que relucieran. Los sirvientes trataban de ayudarla, pero ella los mandaba a otros quehaceres, pensaba que iban a dejar todo a medio hacer. Si bien la casa relucía de limpieza y orden, el aspecto de Leonor cambió; no volvió a bañarse ni a peinar su cabello que había sido por siempre la envidia de todos. Desaliñada y sucia, no descansaba un instante y había cambiado su habitación por una en los bajos, mucho más simple y humilde que el regio dormitorio con balcones a la plaza. Sus tíos y Justina se habían cansado de pedirle que entrara en razón, y siguiendo las indicaciones del doctor Acevedo, la dejaron en paz con la esperanza que el tiempo la curaría.
—Manuel, tenemos que hacer algo — le decía Carmen Salinas a su marido, y él le contestaba que si transcurrido un tiempo prudencial la cosa seguía así, se tomarían otras medidas.
Pocos días después, Manuel y Carmen comprendieron que Leonor estaba gravemente enferma, la pusieron en manos de los doctores Acevedo y Espinosa, que luego de tratarla con el conocimiento que tenían, se dieron por vencidos. El doctor Acevedo habló con Manuel y le dijo:
—Hemos hecho todo lo que está a nuestro alcance para curar a su sobrina, pero todo esfuerzo ha resultado vano.
—¿Qué nos aconseja doctor? Estamos dispuestos a hacer lo imposible por curarla.
—Querido don Manuel, acá no se puede hacer nada, el doctor Espinosa y yo hemos conversado largo y llegamos a la conclusión de que hay que enviar a Leonor a Europa, allá la medicina está más adelantada.
—Gracias doctor, por todo lo que ha hecho. Creo que tiene razón en que debemos enviar a París a Leonor, pero ¿cree usted que esté en condiciones de realizar un viaje tan largo y extenuante?
—Será necesario planificarlo todo muy bien; habrá que esperar a que mejore el clima en la cordillera, y yo, como médico la puedo acompañar hasta Guayaquil.
A finales de 1850. Leonor de la Vega partió a Guayaquil en compañía del doctor Acevedo y dos damas de compañía para embarcarse en el barco que la llevaría a Europa.
En Quito se comentaba sobre el extraño comportamiento de la sobrina del vicepresidente y su viaje apresurado. Nadie dudaba que había perdido el juicio y la honra por culpa de un amor prohibido, pero con el paso de los días y los años, todos la olvidaron.





Aguedita que hermosos relatos, cada dìa se vuelve màs interesante. Espero con ansias la segunda parte. Un abrazo
Rocío, al final de la semana pongo la segunda parte. Un beso
Agueda, es realmente intrigante la trama nose por donde se va a ir.
besos
Qué bueno que la trama esté intrigante. Ya mismo continúa. Besos