En la casa de la loma la actividad era febril, las costureras habían pasado en vela muchas noches para confeccionar los disfraces, máscaras y antifaces. El taller se había convertido en una suerte de tienda de fantasía; brillaba el oro y la plata en vestidos y sombreros, había atuendos del siglo pasado y del dieciséis. Las costureras lucían cansadas pero apuradas porque esa era la fecha en que más dinero hacían. Lo más encumbrado de la sociedad quiteña, que hablaban francés, decían que “Le tout Quito hacía sus pedidos a Blanquita”.
María África deslumbraba con su agilidad y conocimientos, les enseñó técnicas europeas de bordado y confección y con su amabilidad y dulzura se compró el cariño de todas.
—Mira cariño, qué lindo quedó el vestido de doña Carmen.
—Qué lástima que el Conde de Cumbres Altas no nos haya encargado nada, le hubiéramos hecho cualquier cosa con un gusto… — suspiraba una de las mujeres que soñaba con los hombres distinguidos.
María África no contestó, se quedó en silencio porque sabía que el Conde estaba invitado donde los Madrid, se enteró de aquello semanas atrás, cuando fue a la casa de una de las invitadas para tomarle las medidas. Un paje uniformado la había encaminado a la habitación de la señora que estaba recostada en su cama de lujosos cortinajes. Momentos más tarde, cuando se probaba el vestido frente a un espejo de cuerpo entero, oyó que le confesaba a una amiga que estaba con ella, su deseo de formar parte de la partida del Conde, que se reunirían en la casa del Presidente Manuel de Ascásubi.
—¿Quién se va a disfrazar esta noche? — preguntó Blanquita, ojerosa de tanto trasnochar.
—Creo que todas, con un poco de aguardiente nos mantendremos hasta la madrugada — dijo una de las costureras mirando fijamente a África.
—No cuentes conmigo dulzura, yo termino esto y no vuelven a saber de mí en dos días.
Una larga hilera de sirvientes y empleados esperaban a las afueras de la casa; una vez que recibían el disfraz terminado, pagaban lo adeudado y se apresuraban a correr donde sus amos que los esperaban impacientes.
—Creo que hemos acabado, ya hemos cumplido con todos y ustedes han hecho un buen trabajo, sólo les pido que dejen limpio el lugar, y pueden marcharse — dijo Blanquita, mientras se estiraba para aliviar los dolores de músculos y articulaciones que se habían resentido por las largas horas de trabajo.
Somnolientas y cansadas, las costureras limpiaron lo que pudieron, se colocaron los pañolones y se despidieron de Blanquita, que se quedó sola. Encendió una vela para iluminar la habitación que parecía agonizar despojada del brillo y el oropel.
María África llegó a su casa, sacó una llave de loba con la que abrió el cerrojo, empujó la puerta y apuró el paso al atravesar el patio comunal. Una vez en su habitación, se lavó con agua fría de la palangana, y se dedicó a la tarea de colocarse el traje de Lord Byron, utilizado en innumerables ocasiones en sus representaciones artísticas en Lima, que había copiado del retrato de Byron en Turquía. Se puso el caftán, ricamente bordado sobre el que colocó la dfiina, un vestido de tela más fina. Se paró frente al espejo de medio cuerpo y se sintió satisfecha de su talle esbelto y de la elegancia de su porte. Recogió sus cabellos rubios en un rodete de malla fina. Sus ojos verdes brillaron cuando oyó tocar la puerta; se cubrió con la capa y salió a atender a un muchachito que traía una canasta tapada con un trapo blanco.
—Buenas tardes, señorita aquí le traigo todo lo que me encargó.
—Gracias, cariño — se puso a inspeccionar el cesto y concluyó complacida, —está todo como yo quería.
Sacó de su corpiño unas monedas que depositó en las manos del muchacho, y lo despidió con alegría.
Al quedarse sola, María África tiró la capa sobre una butaca, depositó el cesto sobre el lecho y se sentó para revisar lo que había encargado, luego se levantó para prender las velas del candelabro y regresó frente al espejo para completar su atuendo; se puso una faja que estilizó sus formas, pendió del cinto un sable de hojalata y sobre la red que cubría sus cabellos se puso el turbante de colores encendidos. Estaba casi lista, ahora faltaba lo más importante; entre la capa llevaba escondido un abanico en cuyo revés había escrito una estrofa del poema de Byron que ella había declamado en Lima
María África se había pulido en el teatro; había interpretado a tantas condesas, poetisas y hasta al mismo Byron, que parecía ser el vivo retrato de alguien de alta cuna y espíritu elevado. Había leído, estudiado y memorizado, era capaz de bailar las danzas más exóticas y ejecutar malabarismos callejeros. Se puso la capa y salió a la calle con el cesto en el que llevaba las antorchas, se cubrió con una máscara dorada y se dirigió a la casa de Manuel de Ascásubi, donde iba a reemplazar a uno de los antorcheros.
Mientras tanto, en la casa de la Plaza Mayor, Juan Ramón terminaba de vestirse con la ayuda de Juan de Dios, que acababa de calzarle las polainas de serrano. Había tanto barullo en la calle como en su casa.
—¿Qué coño pasa en esta casa?
—Su merced, ya están en la sala principal los disfrazados que se reúnen siempre aquí.
Juan Ramón lo interrumpió:
—De eso me doy cuenta, pero ¿qué pasa en los bajos?
Juan de Dios se acercó a la ventana y sonrió al contestar:
—Ya están los antorcheros afuera, y don Carlos no los deja entrar.
Juan Ramón se aproximó a la ventana, donde estaba su sirviente, y se fijó en el grupo de antorcheros que trataban de entrar a la casa. Abrió la ventana para escuchar lo que pasaba, y oyó a Carlos Santamaría decir:
—Por favor señores, esperen a que salgan los disfrazados.
—Nos morimos del frío, mande unos canelazos siquiera — replicó uno de los antorcheros.
—Enseguida les mando las bebidas, tengan paciencia—Dijo Carlos Santamaría.
Juan Ramón cerró la ventana y continuó con su vestuario.
En la sala de recepciones, un grupo de disfrazados comía tamales de mote y empanadas de morocho en platos azules con cubiertos de plata. No dejaban de reír y bromear mientras bebían copas de vino caliente. Una ventana estaba abierta para que entrara aire fresco, y por ella se colaba la música de la calle.
—Debemos formarnos ya — dijo una condesa del siglo pasado.
—Los antorcheros están impacientes, son los mejores de la ciudad y si no nos apuramos, nos los pueden arrebatar — dijo un señor que estaba disfrazado de mayoral.
En ese momento entraron los pajes, que retiraron los platos y copas de los invitados que se aprestaban a formar la comparsa. Juan Ramón se les unió con su traje de serrano, y todos reconocieron al Conde de Cumbres Altas, por su garbo y apostura.
—No se ha disfrazado muy bien que digamos, aunque ningún embozo puede disimular su porte — le dijo una mujer disfrazada de Catalina de Médicis.
Juan Ramón se dio cuenta que aquella noche podía pasar lo inesperado; las mujeres disfrazadas no se inhibían; así, con la realidad dada la vuelta dejaban salir personalidades ocultas, deseos largamente reprimidos, y esa noche vivirían sus más secretas fantasías.
Afuera los antorcheros esperaban impacientes, en el largo portal de los bajos de la casa. María África se cubría lo mejor que podía con su capa raída, y sentada en una banca de piedra observaba las sombras que arrojaban las velas de los faroles que pendían del techo abovedado. Temblaba de frío y expectación mientras rezaba para que todo saliera bien. Uno de los sirvientes de Manuel de Ascásubi le ofreció una copa de canelazo con naranjilla, que le hizo entrar en calor y le dio ánimos para alumbrar a la comparsa del Conde de Cumbres Altas. Súbitamente, los antorcheros se arremolinaron alrededor de la puerta de la casa, la fuerza con que latió el corazón de María África la impulsó, y en un instante estuvo junto a los otros que le ayudaron a encender su hachón.
Salió la comparsa, y los antorcheros se colocaron en los lados formando una calle de honor y lanzando vítores y gritos de guerra. El fuego alumbraba el brillo de las vestimentas, y por un instante, María África se sintió mareada y dejó de oír el ruido ensordecedor de los gritos y la música; a su alrededor reinaba el silencio, y las máscaras y pelucas se agitaban como si pertenecieran a otro mundo. Llegaron los guitarristas, que se colocaron detrás para amenizar todo con su música y entonces, se inició la marcha de la comparsa, que a paso ligero emprendió su recorrido por la ciudad alumbrada por faroles de hierro. María África se recuperó y comenzó a hacer malabarismos con los hachones. Desde los balcones la gente le gritaba y aplaudía; ella alzó su mirada y vio que habían velas cubiertas con papeles de diferentes tonalidades esparciendo luces de colores por el cielo estrellado.
Todo ese fuego arropaba a la ciudad convirtiéndola en un teatro cálido y sin reglas, en donde se mezclaban las clases sociales. María África se había colocado junto al Conde, que no parecía prestarle atención y que, entre las prisas conversaba con Catalina de Médicis que le susurró al oído:
—No se preocupe por mi marido, que no me reconoce. Ni loca le iba a enseñar mi disfraz—La oyó África, decir el momento en que llegaban a la casa de Los Madrid, en plena Plaza de San Francisco.
Los disfrazados y los antorcheros se detuvieron frente al Convento de San Francisco, en ese momento se hizo un silencio sepulcral hasta que se oyó:
—¡Un grito de felicitación a los franciscanos, por haber alumbrado soberbiamente la Iglesia de San Francisco! — dio la orden uno de los disfrazados y todos le obedecieron, luego dieron las espaldas a la iglesia y tocaron la puerta de la casa de los Madrid mientras gritaban:
—¡Hemos llegado para tomar esta casa por asalto!
Los dueños de casa abrieron con actitud de sorpresa y acto seguido, la comparsa entró. Afuera quedaron los antorcheros y los músicos., Entre la confusión, María África se deshizo de la capa y las antorchas y entró con su disfraz de Lord Byron en atuendo albanés. Por un momento se olvidó del motivo por el que se encontraba en ese lugar… Le pareció estar soñando; aquella casa era un verdadero palacete, donde pajes con pelucas y guantes blancos se movían entre los invitados con bandejas de bocaditos y copas llenas de ponche. Se le quitó el aliento cuando vio mesas de plata maciza y jarrones de cristal llenos de rosas y jazmines.
—¿Qué turco feroz ha venido para robarnos el corazón? — dijo un desconocido con traje de cardenal, tomándola por el talle.
Ella, con un quiebre de cintura, se liberó del abrazo, y en un gesto de amable amenaza, sacó el sable del disfraz y le contestó:
—Ningún turco ha sentido interés por el corazón de un cardenal.
El hombre rió mientras la conducía al salón donde los invitados se multiplicaban en las lunas de los espejos de marcos dorados. Las risas que provocaban los disfraces producía una vibración de alegría a la que nadie podía escapar.
María África se sentía ajena a todo; una tristeza se apoderó de su alma al constatar que no conocía a nadie y se mareó con la mezcla de aromas que se escapaban de los perfumes, de los guisos y de las velas que ardían en las soberbias arañas de cristal. El miedo se apoderó de ella al pensar que si la descubrían la mandarían a detener, o al menos la arrojarían a la calle, pero los espejos le devolvieron el aplomo, se vio más elegante y atractiva que las demás. “La vida es un teatro” pensó, y en el teatro ella era la reina indiscutible. Del brazo del cardenal se movía con desenvoltura, y aunque estaba disfrazada de hombre, todos admiraban la finura y la gracia de su estilo.
Pronto hubo un motín contra el cardenal, y duques del siglo pasado, mayordomos con zamarros de chivo y una retahíla de enmascarados se peleaban por bailar con ella, que se dejaba galantear mientras daba vueltas al ritmo de la música. En una de sus giros alcanzó a ver en el reflejo del espejo al Conde de Cumbres Altas en traje de serrano. La música silenció el grito que se le escapó por la garganta y la máscara ocultó el miedo de sus ojos. El mariscal que la guiaba en los pasos del baile, la sintió temblar y le dijo:
—¿Qué le pasa, criatura hermosa? parece que se me va a desmayar, acerquémonos a la ventana para que respire aire fresco.
A María África le molestó el tono cursi del mariscal, a pesar de lo cual se dejó llevar. Sin embargo, la bocanada de aire le hizo temblar más, cuando vio a Cumbres Altas que se aproximaba y decía:
—Creo que lo que le hace falta a Lord Byron no es el fresco de la noche, sino una copa.
Aquel extraño encubría con su educación una autoridad que no se podía desconocer. El mariscal asintió con la cabeza y el Conde de Cumbres Altas, ligero y sin titubeos, la tomó por la cintura y se la llevó como si fuera una paloma a la que acababa de rescatar del tumulto de acosadores.
María África, sin poder articular sus miembros, se dejó llevar. Sintió una felicidad desconocida; aquel abrazo sólido y fuerte le devolvió la entereza, y la certeza de sentirse protegida la dejó sin defensas. Era tan intensa la ola placentera que le recorrió el cuerpo, que le dio vergüenza que se le notara, y escondió su rostro en el torso del Conde, que la estrechó con ternura. Se la llevó con él y el mundo se detuvo; bailaba al ritmo de una música silenciosa, sus pies no tocaban el suelo, flotaban como si fuera alas que le hubieran salido de la nada. En una de esas vueltas tuvo la visión de un salón diferente, como si se tratara de un reino asombroso que flotaba en una partícula aislada en el Universo.
María África, perdida de la realidad, en el zaguán de la casa, se dejaba acariciar por Cumbres Altas, que luego de un momento le quitó con suavidad la máscara; ella lo dejó hacer sintiendo un goce inimaginable al someterse de tal forma al que sabía su dueño. Él le miró la cara y no pareció reconocerla, le besó los labios que se le abrieron temblorosos, aspiró su perfume y le dijo:
—Hueles a mar — estrechándola con fuerza contra su corazón continuó: —Tu fragancia me trae recuerdos de algún sitio que no puedo recordar.
Ella no pudo contestar y se acurrucó entre su capa, titiritando de frío y respondiendo a sus besos y caricias, mientras él le recorría el cuello con la boca, sintiendo las pulsaciones nerviosas.
—¡Calma, corazón, ten calma! ¿A qué lates, si no abates? — Juan Ramón le susurraba al oído uno de los versos de Byron, mientras la besaba y le soltaba el cabello.
María África ya no tenía máscara ni turbante; las manos, que le recorrían la cara y el cabello le zafaron el corpiño y liberaron su pecho.
—¿Dónde te conocí? ese aroma me vuelve loco — le decía mientras le besaba los senos. En ese momento escucharon las voces de la dueña de casa que daba la voz de alerta de que algún ladrón se había infiltrado en el zaguán de su casa. Cumbres Altas la cubrió con su capa y la empujó hasta la calle diciéndole:
—Espera en esa esquina mientras arreglo este entuerto y nos escapamos.
Ella le entregó el abanico y emprendió en rápida huida, asustada de que la pudieran reconocer como la pobre costurerita de la loma.
Cuando los sirvientes de la casa comprobaron que se trataba de un invitado que había salido a tomar aire, la fiesta continuó sin contratiempo. Cumbres Altas entró a la casa con ánimo de despistar a todos, y luego salió en busca de la desconocida que se le había tragado la tierra. Su enojo fue grande y juró no volver a pensar en ella, regresó a divertirse y se llevó al Machángara a la Catalina de Médicis que suspiraba por él y estaba dispuesta a todo.
Ya en los baños del Machángara, Juan Ramón entró en una de las villas elegantes que servían para disfrute de los ricos, tras él entró al disfrazada de Catalina de Médicis. Entre las sábanas de la cama estilo romano y la decoración griega de la casita de baño del Machángara, Catalina de Médicis experimentó el placer más grande de su vida, tomó la décima copa de champán y se quedó dormida. Cumbres Altas la había amado con violencia, con una furia que ella confundió con pasión desbordada. Cuando Juan Ramón la vio casi inerte, abrió el abanico que le había entregado la disfrazada de Byron, le dio la vuelta y leyó el verso que María África copió para él.
“En secreto nos encontramos,
y en silencio me lamento
que tu corazón pueda olvidar
y tu espíritu engañarme.
Si llegara a encontrarte
tras largos años,
¿cómo habría de saludarte?
¡En silencio y con lágrimas!





Aguedita, disfruto tanto con la lectura, este capítulo me pareció excelente y lo de las antorchas en realidad si parece mi casa cuando mami ponía esas velas.
María Clara, me inspiré en la casa de tu mamá
Agudita cada vez està mas interesante y con una narraciòn que penatra en lo profundo de cada uno de tus lectores.