El viento del mes de julio soplaba con fuerza; la gente sostenía con sus manos sombreros y pañolones para que no volaran por los aires, hasta las casas parecía que se encogían para esquivar las ráfagas heladas. El polvo se había levantado semanas atrás dejando un manto gris y sucio en todas partes; las personas buscaban refugio en las iglesias para evitar que los ojos se les llenaran de tierra. El sol, unido al viento y al polvo, hacía insoportable la convivencia pacífica, y no era de extrañar que se suscitaran peleas entre los pobladores y las beatas de las iglesias que mostraban sus bocas desdentadas al insultar a los pecadores cuando entraban precipitadamente a los templos para cobijarse de la inclemencia.
La cajonera trataba de evitar que los carretes de cintas multicolores se empolvasen, y los colocó detrás de una vidriera al medio de su mostrador. Se admiró de lo bonito que le quedó, porque así los colores y las texturas de las cintas adquirían un aspecto romántico y cálido tras los cristales biselados, enmarcados en verde. El resto de la mercancía, los espejos de varios tamaños en marcos rosa, verde y violeta, los listones de colores, los cubiertos, las pomadas en envases de porcelana, las agujas, los hilos y los botones terminaban por engalanar su puesto, el mejor de todas las cajoneras del Portal de Salinas. Dorotea había terminado su trabajo y ahora sólo le quedaba esperar a sus clientes que debían estar escondidos del viento. Como no venía a nadie, se sentó en el banco frente al mostrador. Ahí, el aire no molestaba tanto y Dorotea se entretuvo en mirar el ir y venir de la plaza; un aguatero se acercó a la pileta para cargar su pondo con agua, una mujer que arreaba un burro se tapó la cara con un pañolón que hondeaba como bandera entre una nube de polvo que logró tapar el escenario. En un momento, el viento bajó su intensidad hasta convertirse en brisa y la luminosidad de esa hora de la tarde brilló sobre el adoquinado iluminando la figura de una mujer elegante que iba seguida de un séquito de sirvientes. El sol sobre el Pichincha, encegueció a Dorotea que no pudo vislumbrar de quién se trataba. La mujer se encaminó en dirección suya, y entonces reconoció a doña Rosa Ascásubi de García Moreno.
Dorotea se levantó para recibir a su inesperada cliente mientras le decía:
—Señora Rosita, dichosos los ojos que la ven, venga y pida lo que quiera.
Rosa, que se detuvo frente a la cajonera no contestó a su saludo y mirando con vacilación la mercadería se limitó a decir:
—Quiero un juego de agujas para bordar, y también hilos rosados, verdes y violetas. No me des nada rojo ni anaranjado, que son muy chillones.
Dorotea, que vio la indecisión en su rostro, se dispuso a ayudarla para evitar que se marchara sin comprar nada y le sugirió:
—Doña Rosita, este amarillo va lindo con este verde y este violeta, y ni qué decir del rosado tan suavecito… le va a quedar lindo el bordado, bien fino y nada escandaloso.
Rosa asintió con la cabeza y ordenó a Portalanza que llevara los hilos a su casa Acto seguido, se encaminó por el portal y entró en la casa de su hermano Manuel acompañada de Lastania; los demás sirvientes la escoltaron hasta el portón.
La oscuridad del zaguán cegó a Rosa por un momento, pero pronto alcanzó el patio donde los aromas de los azahares y el sonido del agua de la fuente, la reconfortaron. Unos pasos la sacaron de su ensoñación y vio a Josefina, la última hija de Manuel y Carmen que debía ya estar por los seis años. La niña se detuvo asustada, no había visto a su tía casi nunca y no la reconoció, Rosa se le acercó y le dijo en tono amable:
—Hola mamía, qué linda y grande estás—. La besó y continuó. —Te traje melcochas y quesadillas, para ti y para tus hermanas.
Enseguida aparecieron Dolores, Avelina y María seguidas por su madre, Carmen Salinas, que un poco más gruesa apareció como pincelada de un mundo elegante, alegre y moderno, en contraste con el mundo de Rosita, desdibujado y triste. Se acercó a Rosa y con su mejor sonrisa le dijo:
—Rosita, qué bueno que nos visites, hace tanto que no te veo; ven, dame un abrazo, mamía.
Sintió muy triste a su cuñada, incluso pensó que se iba a poner a llorar, y por eso le dijo:
—Verás, mamía subimos y pedimos que nos den helados en altas copas de cristal—se calló un instante y luego continuó—Siempre me ha hecho gracia ese deseo tuyo de tomar helados en altas copas de cristal-
—Así tomaba mi mamá — contestó Rosa.
Al oírla, Carmen recordó que su marido Manuel le había contado que los helados eran la locura de su madre, y que le gustaban más porque eran hechos con el hielo del Pichincha. “En Quito cualquier lujo exigía grandes sacrificios, Carmen, los indios tienen que subir a traer el hielo entre ventiscas y frío extremo”, le decía su marido.
Carmen llevó del brazo a su cuñada y juntas subieron las escalinatas que llevaban a la planta principal, entraron en el salón rosado y por el buen tiempo que hacía, se sentaron en los sillones del balcón de la casa de la Plaza Grande. Rosa volvió a sentirse parte de su familia. Santamaría entró con una bandeja de helados y la depositó en una mesita central. Rosa tomó la copa de cristal y el delicioso frescor del helado de mora refrescó su garganta calmando sus ansiedades. Su cuñada la miraba de reojo, como si buscara alguna respuesta en ese rostro envejecido y sufrido; luego le comentó:
—Hace tanto tiempo que no nos vemos. ¿Cuántos años habrán pasado?
—Seis, Carmencita, esos son los años que han pasado desde el día en que Manuel renunció a la Presidencia de la República. ¿Te acuerdas el último almuerzo después del discurso en el Templo de la Compañía?
—Sí, me acuerdo perfectamente, no puedo creer que ha pasado tanto tiempo, mis hijas ya están grandes, y nosotros vamos envejeciendo.
Carmen calló porque creyó adivinar la tristeza en el rostro de su cuñada Rosa, que había perdido los cuatro hijos que engendró en su matrimonio. Como si adivinara sus pensamientos, Rosa le confesó a Carmen:
—Sabes lo que García quiere hacer? — Sin esperar respuesta continuó: —Quiere adoptar a los hijos de mi hermana Rosario…
—¿A los hijos de la Seca?—Carmen no acababa de entender, sabía que su concuñado era extraño, pero aquello le pareció una locura y así se lo dijo a Rosa, que la tranquilizó:
—No mamía, no se trata de un capricho. García tiene mucha pena por no haber podido tener hijos y Rosario está dispuesta a que nos hagamos cargo de los suyos, claro que como si fuéramos sus padrinos, se trata más bien de algo simbólico.
—Ustedes verán lo que hacen, siempre se han querido mucho, especialmente La Seca y tu marido.
Carmen se reclinó un poco y posó su vista sobre la varanda, creyó ver a alguien conocido abajo en la plaza y Rosa se lo confirmó al decir:
—Parece que veo a Don Pedro Moncayo,
—Se está acercando a Dorotea.
Carmen y Rosa se quedaron en silencio, como si quisieran oír lo que decían el ilustre magistrado y la humilde cajonera. Sólo vieron al hombre vestido de oscuro que parecía conversar con Dorotea mientras compraba algo.





Aguedita por fin vuelvo a retomar la lectura.
Por fin!! Te extrañé