En el portal ya había oscurecido y Dorotea ponía todas las cosas en su lugar, cerraba su local con candado y se disponía a retirarse, contenta por el negocio que había hecho, feliz por tantas noticias que tenía para contar y loca por llegar a casa para rendirle cuentas a la Señora.
Juan de Dios, que ahora trabajaba en la misma casa que ella, la esperaba junto al carruaje tirado por dos caballos. Puso la mercancía en el carro ayudado por el sirviente que lo acompañaba. Se sentaron en el pescante y emprendieron el camino a casa.
—¿Qué tal el día mishita? — le preguntó Juan de Dios con respeto. Con los años había mejorado mucho, su porte era elegante y vestía con pulcritud.
—Muy bien, llevo noticias fresquitas.
Dorotea se acomodó en el asiento sosteniendo el farol con la titilante luz de la vela que alumbraba a Juan de Dios para que pudiera ver las calles oscuras por donde tenían que atravesar. Ya se oía el río y los caballos se apuraron. Dorotea, que por fin se había instalado bien, preguntó:
—¿Cómo está la señora?
—La Señora, bien como siempre. Llevo todo lo que me mandó comprar: los víveres, la leche de cabra, las flores de ñashca y todo lo que necesita para sus baños. También estoy llevando los muebles que mandó a arreglar.
Juan de Dios lucía satisfecho por haber logrado todo lo que se le había ordenado. El carruaje continuaba su viaje por los arrabales de la ciudad, ajeno a la pobreza y la suciedad; lugares peligrosos, llenos de ladrones y de indios famélicos y menesterosos. Nadie los molestó; el coche era parte de la vida cotidiana, pasaba todos los días con compras, músicos o actores ocultos detrás de disfraces fantásticos, que llevaban papagayos y animales exóticos.
Subieron a la loma desde la orilla del río. Un criado uniformado les abrió la reja, entraron por la avenida iluminada con antorchas; los caballos trotaban alegres al reconocer su querencia, Juan de Dios y Dorotea se apearon y enseguida dos criados salieron para ayudarlos con las compras.
La Casa de la Loma se llamaba así porque estaba emplazada en la cima de una colina. La Señora había comprado la casa de Blanquita, la costurera, y la había convertido en un palacete que contaba con quince habitaciones, cuatro salones y veinte hectáreas de parques y jardines, obra de un arquitecto italiano.
Dorotea subió la interminable escalinata de la entrada hasta alcanzar el vestíbulo, donde por un momento perdió el rumbo; no atinaba qué hacer hasta que se acercó a la puerta, la entreabrió y aspiró el aire viciado que salía de aquel salón donde se mezclaban los perfumes, el alcohol, el humo del tabaco y el olor a sudor. A Dorotea, que traía el aire fresco de la noche, le produjo malestar la atmósfera pesada y decidió quedarse donde estaba, asombrada por la magia que encontraba en el lugar; la música, la vestimenta, las plumas y los besos robados la mantuvieron alelada, hasta que decidió entrar y se dirigió con rapidez al camerino de los músicos y actores, corrió las cortinas, y, una vez dentro, se quitó la ropa de cajonera, se vistió con pollera colorada, blusa blanca de amplio escote, se puso en las muñecas unas pulseras doradas y se soltó la melena oscura y ondulada.
Dorotea sabía que ataviada como estaba lucía mucho más atractiva que en su puesto de cajonera y suspiró satisfecha, se encaminó hacia la mesa donde estaba la ponchera de cristal, y se bebió una jarra de licor de fresas. Le hizo gracia el color que habían utilizado para esa noche; todo rosado, hasta el ponche. Desde el privilegiado lugar, cerca del licor, Dorotea podía mirar a su gusto lo que sucedía en el salón, que gracias a las velas encerradas en pantallas color rosa, y a los inciensos de jazmín, tenía una atmósfera relajante e íntima.
—¡Ay, Dorotea, qué noche la que estamos viviendo! — le dijo una mujer que a fuerza de teñirse el pelo y fingir el acento, lograba pasar por francesa.
—Así veo, hasta el Presidente está esta noche.
Fifí, que era la rubia teñida, se le acercó más y le dijo al oído:
—Tendrás cuidado con lo que dices, el Presidente está con todos los negros facinerosos.
Se refería a los Tauras, un ejército de antiguos esclavos, que cuidaban a cuchillo y pistola al General Urbina.
Dorotea dejó a Fifí tomando ponche y comenzó a caminar en dirección a un negro de monumentales espaldas y cintura estrecha; era tan alto y fornido, que le dio un poquito de miedo, pero él la tomó por la cintura y la besó en la boca como si la hubiera esperado toda una vida, mientras le decía:
—Vaya Dorita de mi vida, creí que no venía, y ahí sí que no me responsabilizo
A Dorotea se le aguaron las extremidades entre el temor y el deseo; cuando el negro Elistio le decía Dorita, era ella la que se convertía en esclava. Bailaron con la música de la pianola que tocaba una mujer con adorno de plumas de paloma teñidas de rosa fuerte. Elistio sujetaba fuertemente a Dorotea, y cuando no pudo contener más su pasión, le dijo:
—Vámonos, Dorita, a nuestro escondite.
La empujó al camerino de los artistas y la tiró sobre un lecho de ropas arrumadas en una esquina.
—¡Ay, don Elistio, tenga un poco de paciencia, me está rompiendo la blusa!
Pero antes de que pudiera agregar una palabra más, estaba desnuda con el negro encima, que no se había quitado, ni las espuelas, ni las pistolas; sólo se había abierto los botones de la bragueta.
Los disfraces apilados en la esquina del camerino apagaban los gritos y el golpeteo; suavizando el combate que sostenían Dorotea y don Elistio
Dorotea perdió el sentido del tiempo que el monumental negro estuvo sobre ella, pero cuando todo terminó y los dos trataban de recuperar el resuello tendidos sobre la ropa, el negro Elistio le salió con un comentario nada romántico, le dijo mirando al techo abovedado:
—Tendrán cuidado con el mono.
Luego la elevó con sus manos y la mantuvo sostenida en lo alto, haciendo caso omiso de las protestas de Dorotea.
—Tendrán cuidado con el mono—volvió a decir mirándola a los ojos con ferocidad.
—¿Cuál mono, don Elistio? Déjeme bajar.
—No la bajo hasta que me jure que se van a cuidar del mono.
Dorotea que estaba en cueros y le comenzaba a doler las axilas por la posición le dijo:
—Le juro que no voy a ver al mono, pero tiene que bajarme y explicarme de que se trata, nosotros no tenemos más que guacamayos.
En ese momento, Elistio la soltó y le dijo:
—No estoy hablando de animales, hablo de los monos de Guayaquil, para ser más claro, de su adorado García Moreno, yo sé bien que usted anda hablando con su mujer y le hace favores al mismísimo mono tuberculoso.
—No hable tonteras, yo sólo trato de vender mis cosas al que me compre —. Luego le acarició el abdomen mientras le decía: —Es un milagro que pueda ser tan ágil con las pistolas, ni siquiera me rozaron.
Él se levantó para ponerse su camisa que era lo único que había logrado sacarse y ella hizo lo mismo mientras pensaba: “Qué suerte que el bestia no me rompió la blusa”
Elistio regresó al salón de luces rosadas a seguir bebiendo, y Dorotea se encaminó a la sala de billar, donde suponía que el General Urbina con algunos de sus ministros jugaría una partida sobre el tapete verde de la mesa traída de Francia, regalo de uno de los admiradores de la Señora. Dorotea se detuvo un instante cuando vio que el Presidente estaba acompañado de don Rafael García; aquella amistad entre uno de los más ricos terratenientes de Quito y el presidente liberal de los ecuatorianos resultaba inverosímil a los ojos de muchos. Dorotea no se atrevió a molestar al General, que cuando estaba con don Rafael se comportaba con mucha discreción, por eso regresó al salón rosado donde la fiesta ya estaba un poco subida de tono; Elistio bailaba al ritmo de la música que tocaban unos negros del Chota; se había olvidado de la cajonera que se dirigió hacia el lugar donde Juan de Dios daba el último toque a una bandeja y le preguntó:
—¿Estás seguro que pagaron por estos bocaditos?
—Sí, mishita ya pagaron por adelantadole.
—Tenemos que cuidar hasta el último centavo, no hay que mezclar el negocio con el placer—le advirtió Dorotea
—Bien difícil mishita, pero como usted tiene mano de hierro, no hay que preocuparse.
—Si no fuera porque estoy en todos los detalles, la señora me hubiera echado y esta casa no funcionaría como es debido —. Buscó con la mirada por todos lados y continuó: —¿Qué será de la Canaria? no la encuentro en ningún lado, que no se me haga la viva la María África, que aquí todas trabajan.
—Parece que don Rafael García se marcha antes y el General Urbina ha pedido la compañía de la María África, claro que él sólo la conoce como La Canaria.
A Dorotea no le hizo mucha gracia que el Presidente de la República solicitara los servicios de María África, pensó que La Canaria se estaba creciendo demasiado con esos modos remilgados y sus aires de condesita, pero ella le iba a recordar su puesto y la fue a buscar en su dormitorio, donde la encontró acicalándose ante el espejo.
—¿Se puede saber qué haces tan tranquila mientras tus compañeras nos partimos el lomo atendiendo a todo el mundo, qué corona tienes?
María África no pareció inmutarse con los reproches de Dorotea y le contestó con dulzura:
—Tengo que atender al Presidente, y para eso debo verme bien y oler bien.
Al decir esto se puso unas gotitas de perfume tras las orejas y entre los senos, lo que enfureció aun más a Dorotea que le gritó:
—¿Y desde cuándo tienes perfume francés, tú? ¡Sólo la Señora puede darse esos lujos, cuidado con querer eclipsarla, se pondrá furiosa, y entonces nadie te va a defender y te quedarás en la calle!
Dorotea no podía disimular su indignación y gritaba gesticulando con las manos, pero María África mirándose al espejo le obsequió una sonrisa muy amplia mientras le decía:
—La Señora está satisfecha con mi trabajo, me dijo que yo era la perla de su corona.
Dorotea no la dejó terminar, y le dijo:
—¿La joya de cuál corona, si tienes que bañarla y vestirla? no confundas los papeles, tú eres la sirviente y ella tú ama.
—Estoy consciente de eso, cariño, todas estamos para servirla, para eso nos paga lo que nos paga.
Dorotea quiso darle una cachetada, pero se contuvo y salió tirando la puerta.
Mientras tanto, junto a la puerta principal, Don Rafael García se despidió del Presidente que lo había acompañado hasta allá.
—Qué grato momento hemos pasado, mi querido Rafael, espero que la próxima partida sea en su casa de Cotocollao.
Se dieron un fuerte abrazo, y Rafael García se metió en su coche, que se perdió entre las alamedas iluminadas por antorchas.




Como siempre interesante.