Alrededor de las diez de la mañana una mucama abrió las ventanas de la habitación de La Señora, la luz pasó inundándolo todo. Dorotea, que entraba en ese momento con una bandeja, sintió la fuerza con que el viento entró, revoloteando sobre el pelo del color de los castaños y ondulando la camisola transparente que dejaba ver la perfección del cuerpo de la Señora.
—Le traigo su desayuno.
La Señora se volteó, Dorotea, a pesar de estar con ella ya tanto tiempo y servirle cada mañana, no pudo evitar alzar el entrecejo al ver la belleza de su rostro.
—Pon la bandeja en mi cama.
Dorotea, que se había quedado contemplándola se apresuró a depositar la bandeja sobre el lecho y le sirvió el jugo de naranja con alfalfa, zanahoria y clara de huevo que la Señora bebió lentamente mientras su mirada parecía perdida en la luz de la mañana.
—¿Te enteraste de algo, Dorotea?—Le preguntó la Señora, mientras se pasaba el dorso de la mano por la frente en un intento de limpiar viejos recuerdos, al menos eso era lo que interpretaba Dorotea de aquel gesto tan recurrente en la Señora.
—Ayer no hubo mucha información, excepto que Doña Rosa visitó a Doña Carmen y no salió hasta que Juan de Dios vino a llevarme.
—¿Nadie especial compró algo?—Preguntó la Señora con la mirada inquieta.
—El Doctor Pedro Moncayo compró un incienso de mirra. Pidió cita para el lunes.
—¿Pagó bien?
—Pagó como siempre, muy bien — contestó Dorotea, dirigiéndose a uno de los bargueños de donde sacó una pequeña caja de ébano en la que depositó unas monedas de oro y se la entregó a la Señora, que apoyada sobre las almohadas blancas, las contó con la mirada fría mientras la cajonera observaba como brillaban y tintinaban entre las manos finas hasta que, sin hacer ningún gesto las guardó nuevamente en la cajita de ébano. La Señora hizo una seña a Dorotea y le entregó las monedas. la cajonera las volvió a guardar en el mismo sitio y regresó para recibir las órdenes
—Vete al Portal a continuar con tu trabajo y vende mucho, que de eso vivimos, tú me entiendes.
—Dorotea tomó la bandeja y se fijó que la Señora tenía la mirada perdida y volvía a hacer el gesto del dorso de la mano.
Cuando la Señora se quedó sola se tendió en la cama, cerró los ojos y se volteó voluptuosamente entre las sábanas limpias y las almohadas suaves; de pronto, le surgió el recuerdo de una mañana de abril, cuando almorzando en la glorieta que hacía de mirador, el General Urbina, que contemplaba al Machángara le dijo:
—Señora, el paso del Machángara es terrible, es un impedimento para los viajeros y para traer cualquier cosa del exterior.
—Tiene razón General, cuando viajé a Europa, atravesar el Machángara me causó horror, bien piensan muchos quiteños que el cruce del Machángara es peor que pasar el Rubicón.
—¿Sabe Señora? — La sonrisa del General se tornó misteriosa. —Pienso construir un puente, es lo menos que puedo hacer; llegar a Quito como se llega hoy es una vergüenza, los extranjeros critican mucho este paso.
—Salir de Quito también es espantoso. Pero General, si va usted a construir un puente, que sea el más hermoso del continente; no haga esas obras pobres, monumentos a la miseria y a la mediocridad, haga cosas hermosas, que sirvan pero que adornen, que embellezcan a nuestra Patria. Súbitamente, el General se arrodilló frente a ella y le dijo con solemnidad, aunque quería sonar jocoso:
—Señora, su belleza es la inspiración que llevo en mi corazón, le prometo no defraudarla y tratar de copiar en piedra la hermosura que estoy viendo delante de mí.
Ella supo que el General estaba prendido del fulgor de su mirada y de la opulencia de su casa.
La luz que entraba por la ventana le quitó el resto de sueño y levantó su fina mano para agitar la campanilla, quería que le preparasen su baño. La puerta se abrió, entró María África y la volvió a cerrar con sumo cuidado, se acercó al lecho y saludó a la Señora que le contestó:
—Buenos días, África ¿El Presidente estuvo conforme con el servicio de anoche?
—Sí Señora, estuvo tan contento que me regaló esta perla.
Se acercó para que La Señora observara la perla engastada en un anillo de oro que llevaba en el anular.
Enseguida entraron dos muchachas con baldes de agua caliente para llenar la bañera en la que María África echó flores de ñashca y esencias perfumadas, la Señora la seguía con la vista admirando su talle esbelto y el pelo rubio recogido en una trenza que dejaba ver su cuello largo. María África le indicó con una silenciosa seña que el baño estaba listo. La Señora se levantó de la cama y se encaminó hacia el baño, se desnudó y entró despacio en la bañear, se hundió en la espuma y se dejó lavar con lánguida sensualidad. María África, que era de naturaleza alegre, se puso a tararear una canción de su tierra mientras dejaba limpio y perfumado el cabello de su ama, que cuando juzgó conveniente le dijo:
—Alcánzame mi bata que empiezo a sentir frío — se envolvió en la gruesa toalla.
La Señora se secó, arrojó la bata sobre un sillón y se tendió en el diván para que La Canaria le aplicara en la piel preparada y lista, las lociones y ungüentos para mantenerla bella.
María África, absorta en la luz que iluminaba el cuerpo de la Señora masajeó hasta que los poros absorbieron el último rastro de los menjurjes, dijo:
—¡Qué suavecita tiene la piel, Señora!
Luego de un rato, María África dio por terminado su trabajo, la Señora se dejó vestir con uno de los primorosos trajes que tenía, y se perfumó con las fragancias francesas que trajo de su viaje. África le colocó brillantes y perlas engastados como margaritas en el entretejido de su peinado; aquel arreglo del cabello enmarcó a la perfección sus ojos bajo el arco de las cejas y las pestañas oscuras. África, intimidada por el fuego de aquella mirada, le colocó con manos temblorosas los aretes de brillantes en forma de gota, y en el cuello un magnífico collar.
La Canaria miraba a la Señora en el reflejo del espejo, satisfecha con el efecto que había logrado al peinarla y adornarla con sus hábiles manos; pensó que había realizado una obra de arte. Unos golpecitos en la puerta la sacaron de sus pensamientos y se alejó de la peinadora para atender la llamada, una sirvienta que venía de emisaria desde la cocina, preguntó:
—¿Dónde servimos el almuerzo, Señora?
—En la glorieta.
María África, que no podía contenerse y hablaba sin que se le preguntara, añadió:
—¡Es un día tan hermoso! El viento sopla con suavidad y al Gobernador de Pichincha le va a encantar almorzar en esa glorieta, mirando al río.
La Señora pareció no escucharla; sin embargo, no la recriminó porque sabía que nada cambiaría su actitud alegre.
Mientras tanto, en la glorieta, Don Modesto Albuja, Gobernador de Pichincha se paseaba nervioso; admiraba las columnas de piedra y la vista que tenía sobre la Quebrada del Machángara. Su corazón palpitaba más aprisa de lo conveniente para un funcionario de su categoría. Estaba nervioso; aquel lugar lleno de refinamiento y buen gusto le resultaba ostentoso, ni siquiera él, que tenía acceso a las investigaciones de la policía había logrado develar la identidad de su dueña. El viento se había calmado, y una brisa suave como un murmullo se filtró en la terraza turbando al Gobernador que intuyo la presencia de La Señora.
—¡Qué gusto tenerlo por aquí don Modesto!
Le tendió la mano, que él besó con reverencia y ella le invitó a sentarse.
El doctor Albuja se sentó en el borde del mirador donde habían colocado muebles con amplios y mullidos cojines en vistosas telas, por un momento no pudo dejar de observar la majestuosidad del río fluyendo hacia abajo y el famoso puente más allá. Sin siquiera darse cuenta de lo que le pasaba, se escuchó decir:
—¡Qué belleza de marco para una Diosa! —. Sabía que sonaba ridículo, pero no pudo callarse y continuó: —A veces pienso que es usted una hechicera—Se calló porque estuvo a punto de decir “bruja”, y se asustó; aquella mujer era demasiado hermosa y astuta. “A lo mejor puede leer mis pensamientos” — se dijo a sí mismo, y vio con horror que sus manos le temblaban delatando su estado de ánimo.
—No sé porque piensa eso de mí.
—La Señora le alcanzó una copa de vino que tomó de la mesita latera, el Gobernador le agradeció.
—No quiero sonar supersticioso — continuó, sin atinar a escoger las palabras —pero antes de que usted llegara, se calmó el viento como por milagro, se lo juro —. La miró de soslayo y continuó: —Luego escuché un murmullo en el aire, y supe que usted llegaba.
La Señora se puso seria y se pasó la mano por la frente mientras le decía:
—No me gusta cuando hay mucha quietud; es como si algo que no queremos oír está por desvelarse, por eso es mejor mirar a las nubes que están en continuo movimiento, mírelas. —Él alzó su vista al cielo y se sintió súbitamente tranquilizado. La Señora parecía no darse cuenta de nada y le preguntó con un inusitado interés: —¿Cómo ve usted la gestión del General Urbina? ¿Es tan popular como al principio?
—Bueno, ya sabe que cuando un régimen está por concluir, ya ha terminado la luna de miel.
La señora lo interrumpió:
—El gobierno del General Urbina fue muy popular en sus principios, el pueblo lo adoraba y le perdonó el hecho de haber sido tan cercano a Flores; pero los ecuatorianos no soportan los abusos, y me tiene que conceder que el General ha abusado un poco de su poder.
Hizo una pausa para beber agua y Albuja continuó:
—Mire, Señora, el pueblo es muy católico y la actitud nada conciliadora del General con el Vaticano al revocar los poderes del Marqués de Lorenzano, agente del Ecuador en Roma, cortó la comunicación con el Santo Padre. Distanciarnos de un Poder tan grande no es lo más aconsejado.
Dicho esto calló y la Señora comentó:
—Mucho menos ahora que las ideas liberales del siglo XVIII están pasadas de moda. La Iglesia, Doctor, se ha fortalecido muchísimo y los principios de la Revolución Francesa, hoy por hoy, causan horror. Hay un nuevo poder económico que busca legitimizarse con el visto bueno de la Iglesia. Usted sabe, el derecho divino lo quiere todo el que está arriba.
Un paje interrumpió la charla para avisar que la mesa estaba servida.
En el comedor, el Doctor Albuja admiraba la belleza de su entorno, la elegancia con que estaba dispuesta la mesa y a pesar que los hombres no suelen fijarse en los detalles, no pudo menos que exclamar:
—¡Qué belleza de servicio! ¿Usted heredó tantas maravillas?
—No Don Modesto, nada de lo que usted ve en esta casa lo he heredado yo. Todo lo compré en Europa y muchos de los muebles y objetos que tengo han sido copiados por artesanos ecuatorianos, con tanta maestría que no se puede notar la diferencia. He descubierto la habilidad de los artesanos locales y estoy fascinada; creo que si alguien los dirige, estaríamos en capacidad de tener las más lindas piezas de arte.
—Señora, deje primero que cimentemos bien las bases de esta nueva nación.
Albuja no dejaba de admirarla y se sirvió más vino, nunca había estado tan a gusto.
El postre puso fin a la conversación, y el Gobernador exclamó:
—¡Qué delicia! Tiene usted el mejor cocinero del país.
La Señora sonrió satisfecha, pues todo estuvo como a ella le gustaba.
Después del almuerzo, Albuja y la Señora dieron un paseo por los jardines y huertos de la casa de la loma; aparecían pavos reales, y de vez en cuando se alcanzaba a ver un venado. Caminaron por largas avenidas de palmeras, hasta que llegaron al estanque donde se sentaron en una de las bancas de piedra que rodeaban la laguna.
—Esto es lo más hermoso que he visto, contando con usted, por supuesto.
El doctor Albuja se sonrojó por su exabrupto. La señora rió divertida y le dijo:
—Mire, este es el trabajo de los indios que son tan menospreciados; yo los veo como artistas: cuidan los jardines, los animales, labran los huertos y, sobre todo, lo que más aprecio de ellos es la habilidad que tienen para trabajar la piedra: ¿se fijó usted en la glorieta romana hecha toda en andesita, tan dura de trabajar?
—Creo que tiene usted razón—Le contestó el hombre, deseoso de quedarse la vida entera en su compañía, por eso dijo con pesar—Gracias por todas sus amabilidades, pero el deber me espera y tengo que marcharme.
—No se preocupe, Doctor, yo lo entiendo, su deber es primero.
Se levantaron y emprendieron el regreso tomados del brazo; ella le señaló en dirección al camino empedrado y dijo:
—Está listo el coche para llevarlo a su despacho.
Se encaminaron hacia el carruaje, y cuando el Gobernador se despidió besándole la mano, ella le preguntó:
—¿No viene esta noche? Tenemos un recital de guitarra y más tarde una cupletista española va a cantar.
—Haré lo posible.
—Si va a venir, haga su reservación con Dorotea, usted sabe el procedimiento.
El funcionario le ofreció venir en la noche y entró al coche, Juan de Dios esperaba en el pescante. Desde la ventanilla, el doctor Albuja exhaló un suspiro, al ver que por la avenida de palmeras se perdía el vaporoso vestido blanco y la cabellera salpicada de brillantes margaritas.





Aguedita, narraciòn impecable.