Era una mañana fría y lluviosa cuando García Moreno, sentado en el escritorio de su despacho de rector de la Universidad terminó de hacer los apuntes para la clase que tenía que impartir la siguiente hora. Se sentía cómodo en el elegante recinto de muebles oscuros y macizos que había traído de Inglaterra. Amante de la pulcritud y el buen gusto, había restaurado el antiguo inmueble hasta convertirlo en un edificio emblemático y bien cuidado. Nada se movía sin su consentimiento, y en los patios ruidosos de los estudiantes se hacía un silencio sepulcral cuando él pasaba como ave tenebrosa agitando las alas de su capa negra.
Unos estudiantes que estaban en la galería de vidrios bromeaban y reían con despreocupación; de pronto se abrió la puerta del rectorado por la que salió García Moreno y los fulminó con la mirada. Los jóvenes se dirigieron sin demora a sus aulas; los que debían asistir a la cátedra de Química que impartía el Rector sintieron escalofrío y sudor en las manos. El joven César Delgado rezaba para sus adentros: “Padre Nuestro que estás en los cielos te pido, te imploro que pase rápido la hora y que el Director no me determine, no seas malito, escucha mis súplicas; que el tiempo pase rapidito, veloz, y que yo ya esté en mi casa.”
Entraron en el aula con la respiración entrecortada, fascinados por el carisma de aquel hombre de mirada siniestra que agitaba el puntero de madera clara mientras impartía la clase con voz aguda. Se detuvo frente al banco del joven que rezaba para sus adentros, y se hizo tal silencio que se podía oír el aleteo de una mariposa. El Rector descargó un fuerte golpe sobre los libros del joven que rezaba para sus adentros, y le ordenó:
—¡Señor Delgado, pase al pizarrón y desarrolle la fórmula de las sales de Seltz.
El joven se levantó, y frente a la pizarra, se quedó mudo. El enfado del Rector creció, y le conminó:
—¡Siéntese, pedazo de bobo! Le aconsejo cambiar de estudios, porque de esta manera está desperdiciando el dinero de su padre.
No estaba de humor para tratar con jovencitos, su cabeza estaba puesta en las elecciones, en la política, en su legislatura, por lo que, aburrido de espantar niños se dirigió al más brillante de sus alumnos, el joven Federico González Suárez:
—Espero que el Sr. González Suárez nos haga quedar bien esta mañana y pueda resolver lo que Delgado no puede,
El joven aludido se levantó y resolvió lo que se le pedía. Enseguida se escuchó la campana y la hora terminó; Delgado agradeció a Dios por haberle escuchado y el Rector se despidió:
—Mañana los espero y trataremos sobre… — y sin despedirse, salió.
Delgado, a punto de perder el control, dijo:
—Pero si mañana es asueto, yo no vengo.
—Tenemos que venir o somos cadáveres — dijo Federico, que propuso lo siguiente: —Hagamos tiempo hasta que el Rector llegue a su casa, y mientras redactamos una esquela muy respetuosa, informándole que mañana es asueto y se la entregamos personalmente en su residencia.
Se pusieron de acuerdo, y cuando terminaron de redactar la misiva, se dirigieron hacia el domicilio de Don Gabriel. Iban elegantes, con el uniforme y la capa de la institución, llamando la atención de los transeúntes. Cuando llegaron cerca al convento de Santa Catalina, se encaminaron al inmenso portón de la casa y golpearon; pensaban que les iba a abrir un sirviente, pero salieron en fuga cuando escucharon la voz del Rector que preguntó desde adentro:
—¿Quién?
—Yo, Federico González Suárez, Doctor — contestó el único que no huyó.
—Empuje, que la puerta está sin cerrojo.
Era una orden. Federico abrió la puerta y, para su sorpresa, encontró a don Gabriel en el patio, tendido sobre una hamaca blanca de tupidos flecos que llegaban al suelo; leía un libro y sus largas piernas ocupaban todo el espacio. El suave murmullo del agua manando de la fuente, las madreselvas que llegaban al segundo piso y el fuerte aroma de lirios y nardos servían de marco a esta extraña visión del Rector. No permitió que el joven abriera la boca y dijo sin mirarle:
—Espero que haya redactado una esquela en la que se autorice asueto el día de mañana.
Federico, presa de la más genuina admiración, extendió la esquela, y García Moreno la firmó.
Cuando el estudiante se despidió con una venia, García Moreno llamó a Portalanza y le ordenó que le prepare sus cosas porque se disponía a salir. El sirviente lo acompañó hasta el despacho de Rafael Carvajal, donde se reunía un grupo de políticos para escribir diatribas y denuncias contra el gobierno. En esta ocasión se trataba de evitar, mediante escritos sediciosos, la propuesta de que el General Urbina viaje a Roma como embajador del Ecuador. Los sediciosos estaban enfrascados en la tarea de sacar el primer número de “La Unión Nacional”, una gaceta contraria al régimen.
—No te preocupes Rafael, el Papa no aceptará ese nombramiento ni así fuera el único en el mundo; pero eso sí, hay que recordarle al pueblo, que el tirano rompió comunicación con el Vaticano.
García Moreno sumergía la pluma en el tintero para poner sobre el papel todo lo que tenía en la cabeza, no hacía un alto para tomar café con los demás ni para conversar, cuando decía algo lo hacía con la mirada sobre la cuartilla:
—Hay que poner en claro que al país le cuesta mucho dinero enviar a Juan Montalvo como Adjunto Civil.
—No creo que Montalvo reciba viáticos, le conviene mantener en alto su prestigio de gran escritor — dijo Carvajal, que no podía ocultar con un dedo la fama de Montalvo.
García, que nunca se amilanaba ante nada, le contestó:
—No importa, hay que sembrar la duda, que los rojos liberales sepan que nada se nos escapa, pero por favor hay que darse prisa, la imprenta está por cerrar.
Los nuevos redactores salieron del despacho y se encaminaron hacia la imprenta que estaba por cerrar. Cuando llegaron a la puerta encontraron a un empleado que se disponía a poner candado a la puerta de entrada. Carvajal le dijo:
—Por favor, no cierre todavía, le traemos algo muy importante para editar.
—Lo siento mucho, pero mis horas de trabajo en este día terminaron.
El empleado se mantenía imperturbable en su decisión, pero García Moreno se le interpuso, empujó con su hombro la cancela y le ordenó con voz imperiosa:
—A cumplir con su deber señor, no todos los días va usted a recibir una paga igual.
Sin esperar respuesta, lo apartó de su camino y entró seguido de los demás. El empleado accionó las planchas y las palancas durante toda la noche hasta que el boletín quedó listo.
“La Unión Nacional” se repartió en Quito y en todas las provincias gracias a la acción febril de García Moreno, que se movilizó por todo el país visitando las casas más ricas y las más modestas.
El General Robles, nuevo Presidente del Ecuador, desistió de enviar a Urbina como embajador por el impacto que tuvo en la opinión pública la nueva gaceta. Montalvo, por su parte viajó a Francia para ayudar en su gestión a Pedro Moncayo que iba como Embajador del Ecuador.
García Moreno dominaba el ámbito político del país imponiéndose sobre la inercia con que transcurría el día a día. Vibrando de actividad, se desplazaba como una sombra de población en población para denunciar el fraude que el gobierno se aprestaba a cometer en las elecciones de abril. Lo habían visto a las cinco de la tarde en Conocoto, a las siete de la noche en Cayambe y en la madrugada ya estaba en Quito, donde desmontaba para continuar en su labor. Aquellas proezas sobrehumanas eran hábilmente exageradas para dar cuerpo a la leyenda del hombre de la mirada oscura cabalgando sin fatigarse.
El pueblo estaba enardecido con lo que se contaba y se escribía, y el día de las elecciones salieron en grupos armados con palos y piedras; a la cabeza del más grande iba García Moreno en mangas de camisa y con los puños apretados, mientras el gobierno se alistaba con pelotones acorazados.
En las mesas electorales y sus alrededores, las personas se iban agolpando, y entre forcejeros, empezaron a propinarse golpes, garrotazos y en muchos recintos corrió sangre.
En la mesa electoral de la Municipalidad, el Capitán Bernabé Palacios, al mando de un pelotón, atemorizaba a los votantes golpeando con sus puños al que votaba por la otra lista. La camorra era grande, hasta que, de pronto, un joven con actitud desafiante y el cuerpo tenso, le espetó:
—¿Qué es lo que hay?
La presencia de García Moreno, que tenía a sus espaldas un centenar de ciudadanos dispuestos a todo, tomaron por sorpresa al capitán, que balbuceó:
—Nada… no lo sé, excelentísimo Señor.
Palacios bajó la mirada ante la autoridad del Rector de la Universidad, que le ordenó:
—¡Retírese usted de aquí!
Aquel acto de García Moreno hizo que desde ese momento se lo considerarse un héroe. La multitud lo aclamó, y él alcanzó a divisar entre el gentío a Dorotea, que le gritaba:
—¡Don Gabriel, es usted un ángel, nos ha salvado a todas las cajoneras, este facineroso nos quiso echar a bastonazos—. Le tomó la mano, se la llevó a sus labios y le dijo: —Pídame lo que quiera, yo le complazco como usted sabe.
García Moreno ya no escuchó nada, se acordó en medio de la efervescencia popular, que había adoptado a los hijos de su cuñada Rosario, y aunque era algo simbólico amaba a esos niños, sobre todo a Marianita, la bella adolescente que tanto lo admiraba. Su preocupación aumentó cuando vio la violencia en las calles, y liberándose de los que lo seguían apuró el paso hacia su casa.
Cuando entró en su domicilio encontró a Rosa, que lo abrazó, aliviada de verlo a salvo; la besó en la frente y sin poder disimular su impaciencia le dijo:
—Estoy muy cansado y quisiera ver a mis hijas. Espero que estén aquí como te dije, y no en la casa de Rosario.
—Todas están aquí como dispusiste.
García la retiró con suavidad, y subió las gradas de dos en dos hasta alcanzar la sala. Abrió la puerta y vio a las hijas de Rosario Ascásubi: Marianita, Rosita, Chepita, Rosarito y Clemencita. Estaban reunidas en la sala en actitud de rezo, por el peligro que se corría en las calles de Quito ese día. Las miró con ternura y recordó a sus padres que asintieron que las adoptara en forma figurada, porque los cuatro hijos que gestó con Rosa murieron antes de cumplir un año. Entre todas las cabezas inclinadas reconoció la hermosa y perturbadora cabellera de Marianita, y hacia ella se dirigió. La niña, que no lo había visto ni oído, sintió con fuerza aquella presencia, y levantándose se refugió entre sus brazos. Lo percibía tan varonil, tan apuesto y dominante, que a su lado se sentía a salvo, protegida; en su pecho no había cabida para ningún otro amor.
—Papacito de mi vida, estuve tan asustada que por un momento sentí morir.
Puso su cabeza en el recio tórax sintiendo oleadas cálidas por todo su cuerpo.
—Amorcito de mi vida, mi chiquita linda, yo me cuido para cuidarte, nunca te dejaré sola.
La besó y abrazó a sus otros hijos.
A la mañana siguiente, Rosa Ascásubi y García Moreno desayunaban en la galería de luminosos ventanales.
—García de mi vida, he leído cada número de La Unión Nacional y encuentro que lo que escribes es muy certero, es un arma más poderosa que cualquier bayoneta. Pienso que Robles tiene dos caminos: el destierro o pedirte que colabores con él.
Gabriel miró a Rosa y pensó que desconocía a esta mujer ya madura, a lo mejor por estar siempre lejos de su hogar, no había visto su evolución. Su esposa parecía más segura, había cambiado, ahora era muy ordenada, muy meticulosa, gobernaba su casa con una eficacia muy rara en una mujer quiteña, logrando involucrar a sus hermanas en el quehacer doméstico, juntas tenían la casa de Santa Catalina como una tacita de anís, llena de colores y ventanales por donde se filtraba la luz. Los murales del corredor lucían retocados y las plantas de los maceteros rebosaban de vida y salud. “Algún día me construiré mi propia casa”, pensó García Moreno; la casa que compartía con los Ascásubi era muy bella y, por haber pertenecido a la Marquesa de Maenza, era de alcurnia, y él valoraba eso, pero ahora que estaba en el camino de alcanzar el poder, quería algo suyo; la alcurnia la pondría él.
—Estás muy pensativo, García querido, no me has contestado nada, y te recalco que la oposición que haces es demasiado fuerte.
—Tienes razón, creo que lo más conveniente será irme algún tiempo a Guayaquil, si me quedo más tiempo, van a desterrarme. Prefiero irme por mi cuenta hasta que se calmen los ánimos.
Rosita sonrió complacida; de un tiempo acá prefería estar sola, tanto amor contenido se había volcado en los suyos, en su casa, en sus plantas, en este universo femenino en el que ella era la indiscutible matrona.





interesante
No sabia que Gabriel Garcia Moreno habia practicamente
adoptado a quien seria su futura mujer!
Es una historia apasionante la de García Moreno, lástima que en esta novela sólo la vemos de refilón. Gracias por leer