La araña de cristal de cuarenta y ocho luces pendía del centro del techo de la habitación alumbrando las mesa de billar, alrededor de la cual el General Urbina y sus mejores amigos jugaban una partida. El fuego en las chimeneas crepitaba a la espera de los visitantes. Dorotea, al mando de tres mucamas, daba los últimos retoques: las flores en los jarrones, el licor en las poncheras, los vinos, las mistelas y la cristalería a la vista de todos. Junto a las mesas donde se jugaba el tresillo hacían guardia tres pajes uniformados, dispuestos a satisfacer cualquier deseo de los señores. Mientras tanto, en la cocina todavía faltaba que estuvieran a punto los guisos y los manjares.
A las siete de la noche llegaron las tres gitanas, el violinista y el guitarrista. Dorotea los examinó, y cuando constató que estaban limpios les indicó el lugar donde debían colocarse para el acto de la noche.
—Tienen que estar listos a las nueve en puntito, porque el Señor Presidente y el General Urbina son muy puntuales.
Dorotea veía cómo el tiempo volaba sin perdonar a nadie: un año atrás era Urbina el Presidente, ahora el Gobernante era el General Robles —íntimo del ex presidente— y ya no vendrían los Tauras, ni su adorado canónigo Elistio, que había muerto en una revuelta. El tiempo se iba y se llevaba lo mejor de lo mejor, ahora le tocaba atender a unos arribistas malolientes, nada como el negro Elistio, pero no había tiempo para llorar, ni tiempo para desperdiciar, sólo había tiempo para el ahora, para divertir a los que estaban en el poder:
“No nos importa quién es ni cuáles son sus intenciones, nosotras las mujeres de esta casa sólo queremos el poder, venga de donde viniere, les prometemos amor a todos y cuando caen en desgracia nos olvidamos de sus nombres, pero mi negro lindo era otra cosa.” Dorotea meditaba mientras supervisaba hasta el último detalle.
Esa noche sucedería algo muy especial, pues antes de que llegara el Presidente, vendrían el Ministro Diplomático del Perú, Don Celestino Cavero, el Ministro de Relaciones Exteriores ecuatoriano, el Dr. Antonio Mata y el Poeta Juan León Mera, entre otros, razón por lo cual, el coste de la entrada sería de las más caras.
Dorotea escuchó el trotar de los caballos acercándose a la casa y dio la orden a Juan de Dios para que fuera a recibir a los visitantes en la puerta. El primero en llegar fue el Dr. Celestino Cavero y lo hizo en compañía de su secretario, al que llamaba familiarmente Cayo. Dorotea un poco nerviosa se acercó al Ministro peruano y le dijo en tono educado:
—Dr. Cavero, pase usted y póngase cómodo. En un instante baja la Señora.
Dorotea entregó el sombrero y el sobretodo del Dr. Cavero a uno de los sirvientes y el secretario hizo lo mismo.
Cavero tomó asiento junto a la chimenea. Juan de Dios, con su caminar silencioso, se le aproximó y le preguntó:
—Excelentísimo Señor Ministro ¿qué le puedo ofrecer?
Juan de Dios hizo una venia y esperó la orden.
—Tráeme un coñac y para mi secretario un vino tinto, pero que sea francés, no soporto la vista de un vino español.
El ministro peruano se retorció los bigotes engomados, ofendido porque lo había atendido un indio con aires de gran señor.
Celestino Cavero tomó la copa de coñac que le trajeron y se levanto para inspeccionar la casa y no pudo menos que admirar el buen gusto y refinamiento que predominaba en cada detalle, lo que no le hizo mucha gracia, ya que todo el tiempo comparaba Lima con Quito y siempre ganaba su ciudad. Decía que las casas de Lima podían competir con palacetes europeos y las casas de Quito eran de estilo muy conventual, hallando en muy pocas el refinamiento y la opulencia de Lima; pero ésta se salía de los parámetros, era un verdadero palacio y a la vez un hogar acogedor. No lo entendía; le habían dicho que aquí reinaba una mujer muy bella, pero a él le pareció el nido de una familia muy bien avenida. En fin, se dijo, los ecuatorianos son menos civilizados que nosotros y no voy a permitir que nadie me impresione. De pronto, se encontró frente a un espejo veneciano, y se arregló el bigote mientras su asistente lo seguía como su sombra.
—¿Qué le parece, Cayo, este despliegue de lujo y ostentación?
Su asistente no respondió y Cavero, que se escudriñaba detenidamente en el espejo palideció cuando vio en el reflejo, el rostro bello y enigmático de una mujer ricamente enjoyada; hipnotizado por el centelleo violento de los rubíes no pudo moverse. La mujer en el espejo le habló con una voz dulce y seductora:
—Dr. Cavero, espero que no lo hayamos molestado con nuestra ostentación—. Perturbado por el perfume y la cadencia de la voz femenina, al ministro le temblaron las piernas. —Déjeme saludarlo, no estoy en el espejo sino a sus espaldas.
Cavero, con la boca abierta, se volteó y balbuceó:
—Discúlpeme, no pensé jamás en ofenderla; su casa es tan hermosa que a través mío habló el despecho.
Le besó la mano, y ella le tomó del brazo para guiarlo por los salones repletos de obras de arte.
Apoyada en su brazo le transmitía una dulce intimidad, lo trataba como si lo hubiese conocido de siempre, y hablaba en tono casual:
—No crea que estamos emulando a la capital de los Virreyes, nos esforzamos un poco en ser más refinados y aprender las buenas maneras que imperan en la sociedad del mundo civilizado.
—Señora, no existe en Lima ni en ninguna otra ciudad una dama tan exquisita como usted —. Casi no podía hablar abrumado por la blancura de la piel que le rozaba la mano, y por la confianza con que se arrimaba sobre su brazo mientras le susurraba al oído: —¿Qué pensaría usted si yo le dijera que nací en Lima?
—¡Noo! No lo puedo creer. ¿Por qué nos abandonó?
Ella apretó un poco su brazo con deliciosa familiaridad y le contestó:
—Cosas del destino. Pero no quiero preguntas sobre mi origen ni sobre mi familia — mirándolo con coquetería le dijo: —Me gusta el misterio, me gusta ser misteriosa—Reclinó la cabeza en su hombro y sintió el temblor en su cuerpo. Sin separarse agregó: —Este es el invernadero, aquí cultivo las más raras orquídeas y plantas traídas de las estribaciones de la cordillera y del trópico… Mire qué imponentes son estos helechos gigantes—. Al ver la palidez en el rostro del Ministro de la diplomacia del Perú, le preguntó: —¿Qué sucede, doctor? Creo que es conveniente regresar y que se tome algo fuerte o se me va a desmayar—. Simulando preocupación guió al diplomático donde estaba su secretario y le sirvió otro coñac, luego se sentó junto a él, en la banca de madera oscura y tapiz floreado, y le dijo: —Venga, siéntese a mi lado y cuénteme cuál es el motivo de su enfado con el Ecuador—. Jugueteó con el cabello de él, después deslizó sus dedos por su cuello, le arregló el bigote, y por último, le tomó de la mano e insistió: —Cuénteme, no sea malito, no ve que me muero de curiosidad.
A punto de desfallecer, el Ministro Peruano repuso:
—El problema es que el gobierno ecuatoriano, en el mes de marzo, propuso cancelar parte de la deuda inglesa concediendo terrenos baldíos del Oriente a los acreedores. El asunto es que esos territorios son peruanos.
Tomó un sorbo de su copa y entonces ella le interrumpió:
—Tenía entendido que por el Tratado de Guayaquil de l829 esas tierras le tocaron al Ecuador, pero no hablemos de asuntos de Estado que separan a nuestros pueblos —. Entrelazando sus dedos con los del Ministro continuó: —¿Por qué no me cuenta las razones del Presidente Castilla para ofrecer amparo al General Juan José Flores?
—Bueno, es natural que entre veteranos de la Independencia se presten auxilio.
—¿Le parece, Dr. Cavero? A mí me repugna que llamemos veteranos de la Independencia a los traidores del Libertador. Si todo hubiera sido diferente, hoy seríamos un país grande y respetado por el mundo entero. Pero como estamos, no somos más que parcelitas de tierra en manos de generalotes—. Al ver el asombro en el rostro de Cavero se rió y volvió a pasar sus dedos por la cabellera del peruano diciendo: —No se tome tan a pecho lo que dice una mujer; total, ustedes son los que deciden, los que cercenan, dividen y enemistan pueblos que deberían constituir una nación. No se ponga serio y alégrese del poder que tienen los hombres, trate de utilizarlo para el bien de nuestras patrias y entonces habrá alcanzado la inmortalidad.
Lo miró fijamente y le arrancó este juramento:
—Le prometo que seré un patriota a carta cabal, le prometo que pensaré todos los días de mi vida en sus palabras.
Le besó la mano, y estuvo a punto de perder el poco control que le quedaba, cuando escucharon el trote de los caballos anunciando la llegada de otro comensal.
Eran el Dr. Antonio Mata, Ministro de Relaciones Exteriores del Ecuador y dos jóvenes desconocidos. Poco a poco iban llegando más personas y los salones se fueron llenando. La Señora llevó al Ministro Cavero y al Dr. Mata a un reservado, donde ardía una chimenea más pequeña, pero suficiente para calentar el pequeño salón
—Los dejo para que conversen en paz; me imagino que luego se unirán a los demás para deleitarse con la danza gitana, o a lo mejor se inclinan por el tresillo —.La Señora, antes de salir señaló un improvisado bar y les dijo: —En esa mesa está todo el licor que deseen y algunas cositas para picar. Lo importante es que estén cómodos, y para que nadie los interrumpa no entrará ni siquiera un sirviente, sé que lo que van a conversar es asunto de Estado.
—Señora, no sabe cuánto le agradecemos tanta amabilidad, su hogar es el sitio más privado para tratar estos asuntos, usted no sabe el bien que hace a la patria — dijo el Dr. Mata haciendo una reverencia.
La Señora se alejó, y cuando alcanzó el salón principal, se acercó para saludar al Presidente Robles, que se había encontrado con el General Urbina. Extendió sus manos para darles la bienvenida:
—Qué gusto tenerlos acá, estoy segura que esta noche se van a divertir mucho —. Los dos hombres besaron la mano, y ella con su sonrisa más espléndida dijo: —Cualquier cosa que deseen no tienen más que pedirla, acá está Dorotea y las demás damas que no harán más que cumplir sus deseos, los que tengan. En cuanto a la bebida y a la comida, Juan de Dios los atenderá de la mejor manera.
El General Urbina no dejaba de admirarla de los pies a la cabeza, cegado por su hermosura y el fulgor de sus joyas.
—Señora, sabemos que en ningún lugar del mundo se está tan bien como en este palacio.
Volvió a besarle la mano, y ella, divertida por la admiración que causaba, dijo:
—General, usted es como de la casa, le encargo al Presidente, cuídelo y guíelo, no olvide que a más de la danza hay juego de tresillo, usted ya conoce la casa.
El General Urbina, lleno de orgullo al considerarse tan cercano, hizo de anfitrión a un deslumbrado Presidente Robles.
La Señora encargó el resto de la noche a Dorotea y se retiró al silencio de la otra parte de la casa. Traspasó puertas y bastidores hasta llegar a un pequeño gabinete; allí abrió una compuerta secreta, por donde podía mirar y escuchar sin ser vista, y observó a Cavero y Mata que muy nerviosos fumaban y bebían para calmarse.
—Las tierras concedidas por el Ecuador están situadas en la hoya izquierda del Amazonas. Esto quiere decir que por el Tratado de Guayaquil de 1829 pertenecen al Ecuador.
El Dr. Mata parecía alterado.
El Ministro Peruano se agitó en su asiento y contestó con el tono más petulante que pudo:
—Ya oí lo mismo pero de labios mucho más bellos, y lo que no le dije a ella se lo digo a Usted: el Tratado de Guayaquil de l829 fue nulo porque se celebró sin tener en cuenta la Cédula Real de 1802 que anexionaba al Perú la hoya izquierda del Amazonas.
Cavero golpeó la mesa para hacer énfasis, y la copa de Mata se derramó, aquello fue el detonante para que los dos dejaran atrás los importantes asuntos de Estado, y se miraran perplejos, aterrorizados de sus maneras groseras. El primero en hablar fue el ecuatoriano que con la vista en la mesa dijo:
—Vamos a ensuciar la mesa de la Señora.
Miró acusador a Cavero, por haber sido el causante de aquel desastre, sacó su pañuelo blanco y se dedicó a secar el mueble, mientras decía:
—Querido Dr. Cavero, usted sabe que aquella cédula nunca se refirió a división territorial; por favor, no tratemos de confundir las cosas.
Mata se puso a escudriñar la mesa y señalando con el dedo dijo a Cavero:
—Quedó una mancha en este lado. Pongamos un poco de agua en su pañuelo y limpiemos bien.
Los dos Ministros se dedicaron con suma concentración a limpiar mientras discutían:
—¿Si no se refirió a división territorial, a qué se refirió dicho Tratado?—Inquirió Cavero, y Mata contestó:
—¡Por favor! Está claro que se refería a jurisdicción eclesiástica; pero, por más señas, si con eso no se quedan tranquilos, la Batalla de Tarqui y el siguiente Tratado de Guayaquil deja las cosas bien sentadas.
El Dr. Mata se sirvió más vino.
—No puede usted comparar la grandeza del Perú con la situación del Ecuador. El enviado de Robles ante Castilla se desmayó el momento de presentar sus credenciales, abrumado por el porte y la majestad del Presidente Peruano, discúlpeme Dr. Mata, pero su país no puede competir con el Perú—. Finalmente, Cavero abandonó el salón diciendo: —¡Me marcho!
Salió dispuesto a tomar su coche, pero las gitanas y su baile lo distrajeron. Jugó tresillo hasta la madrugada y amaneció con un terrible dolor de cabeza, en brazos de una rubia artificial.





bien digo cada vez mas interesante.