La Señora, sentada en una de las bancas de piedra frente a la laguna, miraba a los patos deslizarse sobre el agua. Hace poco tiempo habían llegado a su parque aves migratorias; ella pensó que se quedarían, pero un día emprendieron el vuelo de retorno a tierras lejanas, dejándola triste. Como estaba sola, se puso a pensar en el significado de la vida, y se le vino la idea de que el mundo era un solo viajar, un desplazarse por el reino de los pensamientos, los sentimientos y las sensaciones. Luego se cierra un ciclo y después aparecen a lo lejos figuras que toman cuerpo formando una nueva realidad, una nueva identidad. ¿Puede el pasado regresar?
La laguna se llenó de sombras, cayeron unas gotas y la tierra liberó su fragancia; ella se sorprendió porque le pareció que le estaban leyendo el pensamiento y que la oscuridad que la envolvió era una respuesta a sus preguntas. Se quedó quieta, arrobada por la fuerza con que le latían las venas de las manos comunicándole algo que no alcanzaba a comprender, y se levantó conmocionada al creer que mantenía un diálogo silencioso con algo sobrenatural, se había desatado una tempestad.
Corrió hacia la casa, mojándose en los charcos; sintió la tierra húmeda bajo sus pies y el corazón desbocándose en el pecho. Los relámpagos iluminaron la atmósfera y los árboles adquirieron un aspecto espeluznante. No veía la hora de llegar a su alcoba para sentir el calor de la chimenea y beber una infusión de manzanilla.
—¿Qué le pasó Señora? — preguntó María África, que estaba en ese momento encendiendo la chimenea en el dormitorio.
La Señora le entregó el chal y le pidió que la ayudara a ponerse ropa seca.
—No, África, no quiero ropa para recibir, dame mi ropa de dormir.
África, que comprendió que la Señora estaba alterada y calada hasta los huesos, la ayudó a quitarse la ropa mojada y cuando estuvo sentada cerca del fuego, le secó el cabello con un cepillo de cerdas suaves y mango de plata. En ese momento entró Juan de Dios, que había visto llegar en mal estado a la Señora, se quedó cerca de la puerta y África que lo vio, le dijo:
—Enciende el samovar y trae un manojo de flores de nashca y un poco de toronjil para hacer una tizana para la Señora.
Juan de Dios obedeció; puso agua en la tetera y prendió la mecha que poco a poco calentó el samovar. Salió para traer las hierbas y cuando regresó entregó a África las plantas frescas. María África se aproximó a la tetera que comenzaba a borbotear y soltó las hierbas medicinales, que en segundos llenaron la habitación de un bálsamo tranquilizador, luego se dirigió a Juan de Dios y le dijo:
—Gracias, ahora déjanos que tengo que cuidarla.
—Hoy no quiero salir, creo que voy a pescar un resfriado — dijo la Señora, mientras se cubría los hombros con una manta de alpaca.
María África se desplazaba por la habitación como si fuera una figura alada imprimiendo su delicadeza en todo lo que hacía; tomó entre sus manos la taza de fina porcelana en donde echó la tizana caliente y le endulzó con miel de las abejas del jardín, se acercó a la Señora y le dijo con voz dulce:
—Beba esta infusión que le hará sentirse bien como por arte de magia.
La Señora se sumió en una dulce languidez cuando el aroma curativo de las hierbas hizo efecto.
—No se preocupe por nada, Dorotea sabe lo que tiene que hacer, esta noche baila la gitana y hay juego de tresillo. Juan de Dios está a cargo de los licores y los cigarros — dijo África, que continuó con su voz melodiosa: —Dorotea me dijo que el Dr. García Moreno llegó de Guayaquil, ella se lo contará todo mañana.
La Señora acostada en su cama se acurrucó entre las cobijas mientras la lluvia golpeaba los cristales. África la acompañó hasta que se quedó dormida.
A la mañana siguiente, África salió de la habitación de la Señora, y cuando entró en la cocina dijo a las mujeres que se hallaban reunidas alrededor de la mesa de nogal:
—La Señora tuvo una noche muy buena y quiere tomar su desayuno en el desayunador, dice que le sirvan chocolate con bizcochos y queso fresco. África las contagió con su alegría, mientras la seguían para ayudarla a arreglar primorosamente el desayunador. Cuando llegó la Señora saludó con ellas y se sentó en la mesa redonda; la luz del vitral coloreaba el mantel, las tazas y la chocolatera.
Dorotea, que había entrado ese momento, se aproximó a la Señora y la saludó:
—Buenos días, Señora.
—¿Qué noticias me traes?
—Creo que le traigo algo interesante. Mi correo me entrego estas cartas.
La Señora arqueó una ceja.
—¿Cómo que tu correo?
—He hecho amistad con Héctor, uno de los mejores correos del país; hice un trato con él, que se muere por venir acá y no tiene el dinero suficiente ni una alta posición. Le he dicho que si usted me autoriza le atenderemos gratuitamente, siempre que traiga algo interesante, por lo pronto me dio esta carta para que usted la lea, la debo devolver pronto pues parte ya para Mindo, las demás las puede leer con tranquilidad, Héctor piensa regresar para recogerlas.
Dorotea miraba la reacción de su Señora con ansiedad, pero ésta le contestó:
—Eres ingeniosa Dorotea; dame la carta que la voy a leer y luego tú verás como pagas el favor.
Abrió la carta que le entregó Dorotea y la leyó con atención, luego fue leyendo de una en una todas, y de esa manera se enteró de secretos de los que gobernaban el país. Cuando parecía que había terminado leyó en voz alta una carta de Gabriel García Moreno, Dorotea escuchaba, incómoda por profanar correspondencia del mismísimo García Moreno, era como atentar contra el cielo.
La Señora quería saberlo todo, y como Dorotea vivía bajo su techo y era su empleada debía ingeniarse para obtener la información que necesitaba; “Hasta aquello que parezca tonto, hasta la última nimiedad”, le decía siempre su ama, y luego recalcaba: “Quiero estar al tanto del más recóndito pensamiento de los que tienen el mando.” Cuando recordaba estas palabras, Dorotea sentía un escalofrío; no entendía cómo una mujer tan bella y rica no se casaba y vivía una vida normal. Su identidad le resultaba una intriga, y cuando alguna vez quiso averiguar quién era, estuvo a punto de quedarse patitas en la calle, entonces lloró mucho, suplicó de rodillas y prometió servirla con los ojos cerrados, obedecerle y jamás preguntar. Cuando el susto pasó, Dorotea se atrevió a elucubrar en la soledad de su alcoba que la Señora debía ser una especie de princesa o al menos la hija de alguien muy importante. Una noche se sentó en el borde de su cama sobresaltada, pues se dio cuenta que ni siquiera sabía su nombre, entonces dijo en voz alta:
—¡Dios, qué empresa es esta! un teatro que lo monta día a día, que comienza en la Plaza Mayor, en mi puesto de cajonera, y termina en las noches en que los poderosos juegan tresillo, oyen música, bailan, aman y sobre todo intrigan a los pies de esta Dama que los deslumbra.
Dorotea, que caminaba por su habitación, no podía parar su imaginación, pero se contuvo diciéndose a sí misma:
—No debo preguntar, hay que dejar que el agua corra y saber que soy una parte muy importante de este engranaje. Todo comienza conmigo en el Portal de Salinas, frente al Palacio de Gobierno, diagonal a la Catedral y al Palacio Arzobispal, desde donde mana el Poder. ¡Padre bendito, yo también soy poderosa!





querida Aguedita, cada vez da ganas de leer mas y mas.
Bueno, Rocío ya voy a poner otro capitulo, ya mismo se termina. Gracias por leer