Dorotea, desde su puesto de cajonera en el Portal de Salinas escuchaba con atención los rumores que le llegaban por todos lados, y siempre que alguien lanzaba un comentario afinaba el oído. Una mañana de octubre de 1858 cuando un grupo de mujeres del pueblo conversaban en voz alta, mientras tomaban el sol a poca distancia de ella, oyó:
—Me muero, si el Presidente Robles va a vender las Islas Galápagos a los Estados Unidos — decía una joven que llevaba una canasta en el brazo.
Las otras se taparon la boca en señal de asombro, y una de ellas agregó:
—El adefesioso del Presidente Robles va a irse a Guayaquil, se imaginan que desgracias nos esperan.
—¡No puede ser que se vaya a Guayaquil y abandone la capital justo cuando nos va a atacar el Perú!
Una anciana que llevaba la cabeza cubierta por un pañolón negro se rió y citó un dicho popular:
—El que se va de Quito, pierde su banquito; el que viene de Lima, se sienta encima.
—Calle, calle Mama Pancha, no sea mala agüera, vea — le dijo una gorda que llevaba los zapatos rotos.
Dorotea regresó a su labor de poner en orden la mercancía aunque seguía con el oído aguzado en dirección al grupo. Se había convertido en una observadora nata; ponía tanta atención a todos los sonidos y movimientos a su alrededor que sabía si alguien mentía, o si una mujer estaba enamorada; lo adivinaba por imperceptibles cambios en el timbre de la voz, o en las retinas de los ojos. Tantos años en el mismo sitio le habían estimulado la intuición y podía sentir a alguien aproximarse, antes de verlo o escucharlo; por eso supo que iba a recibir una visita que de alguna manera iba a cambiar el curso de la vida tal como la conocía. Cambiaba los hilos de un sitio a otro mientras hacía tiempo para encarar lo inevitable. El pulso se le aceleró cuando escuchó la voz de Pedro Moncayo que le decía:
—Buenos días, Dorotea.
Ella lo miró asombrada, no podía creer que fuera él el que esperaba; por eso lo saludó un poco turbada:
—Buenos días, Don Pedrito, qué honor para una humilde servidora atender a un patriota como usted.
—No es para tanto,
—Ordene nomás lo que le guste.
El hombre se apoyó en su bastón y le dijo muy bajito, como si no quisiera que lo escucharan:
—Quiero que me venda unos inciensos de la India — dijo sonrojado, pues aquella frase encubría una cita con La Señora.
Dorotea le dijo una suma, y Don Pedro se irguió con aire de asombro y exclamó aunque con voz queda:
—¡Por Dios Dorotea, creo que se le ha ido la mano!
Dorotea, no podía dar crédito a que el ilustre escritor tartamudeara y se sonrojara, y le aclaró:
—Verá, Don Pedrito que usted está pidiendo una cena a solas con La Señora y eso es lo más caro, no ve que se deja de ganar porque no atendemos a nadie más.
—No puedo pagar tanto, pero tengo que hablar a solas con ella. ¿Será un poquito más barato si hago la cita para el almuerzo? Yo creo que de esa manera no interfiero con los eventos de la noche.
—Si sólo se trata de almorzar y quedarse, diga usted, hasta las cinco en que se le servirá alguna cosita, es más barato; total, en la mañana no hay mucha concurrencia, a no ser que se trate de un evento muy especial.
Dorotea selló el extraño pacto con Don Pedro Moncayo que era un modelo de caballerosidad y cuando lo vio alejarse, se preguntó qué extraño motivo lo llevaba a concertar una reunión con La Señora.
El Dr. Moncayo caminó cabizbajo mientras pensaba en la entrevista que iba a tener al día siguiente con la Señora; desde que había llegado de Francia había sentido la necesidad de confesarle algo.
En la casa de la loma se formó un alboroto cuando supieron que iba a venir un patriota de esa talla, y esa mañana lavaron hasta el último cenicero de plata. El almuerzo se iba a servir en el desayunador, pues el mal tiempo no permitía usar la glorieta, como solía hacerlo la Señora cuando recibía a una sola persona.
Cuando Moncayo llegó, Juan de Dios lo encaminó hacia un saloncito pequeño en el que ardía una chimenea; el escritor se sentó para calentarse y estuvo un rato cavilando, hasta que llegó la Señora y él se levantó para besarle la mano con mucha educación:
—Qué gusto verla tan bien, le sienta el aire de su jardín.
—Gracias, es usted por demás amable — le dijo ella mientras le hacía una señal para que se sentara otra vez.
La leña crujía y Don Pedro permanecía en silencio, absorto en el fuego. La Señora le puso en la mano una copa de licor color ámbar que él se llevó a los labios con maneras impecables.
Luego de un momento comentó:
—Es usted la única que tiene chimeneas en su casa, en Quito no hay suficientes árboles.
—Tenemos un bosque de capulíes y cortamos las ramas viejas para los fogones, pero vamos que ya está lista la mesa — dijo poniéndose de pie.
Almorzaron en la mesa redonda, bajo el vitral de colores, y cuando terminaron, Don Pedro le agradeció:
—Gracias por la comida criolla, desde que llegué de Francia no he comido tan rico—. Se limpió los labios con la servilleta que tenía en sus rodillas y los ojos se le iluminaron al decir: —Son los mejores llapingachos que he probado.
—Se nota que está contento de encontrarse en su patria. Cuando estuve en Francia, usted me atendió como a una reina, y ahora espero que le guste estar acá.
—Amo esta tierra, pero no sé si estoy contento de estar en este momento: El General Robles es demasiado bonachón y obedece ciegamente al zorro de Urbina, a más que el desaire que hizo Cavero al abandonar el país ha causado un grave impasse con el Perú, que incluso amenazó con guerra al Ecuador si no se lo volvía a recibir, pero el gobierno prefirió la guerra.
Ella lo escuchaba con atención y vio su rostro bondadoso crisparse mientras hablaba de la suerte que corría el Ecuador:
—Ahora, como al Perú tampoco le conviene entramparse en una guerra, el presidente peruano, Castillo lanzó el rumor que lo que quiere es derrocar a Robles y a Urbina. ¿Se imagina algo más humillante para nosotros? ¿Qué le puede importar a país alguno lo que le sucede a otro? No entiendo las intenciones del Presidente Castillo del Perú.
Ella se arregló el chal de lana de alpaca que tenía sobre sus hombros y comentó:
—Oí que Quito está alborotado, que todo son bullas y el pueblo se ha amotinado alrededor del Congreso para presionar las decisiones que se toman. El traslado del Gobierno a Guayaquil ha causado mucho malestar. Dicen que todos escuchan a García Moreno lanzarse furibundo contra Robles y Urbina. Pero lo peor es que parece que va a caer en la trampa de Castillo, usted verá que lo que digo es palabra santa: García Moreno va a cometer traición a la patria aliándose con el peruano — concluyó ella convencida.
—Yo no sé, pero la actitud de García no me gusta para nada, claro que es inteligente, incluso alguna vez he aplaudido sus decisiones, pero veo algo oscuro en él y mucho me temo que sucumbamos a sus terribles pasiones y odios.
En ese momento llegó Juan de Dios con un charol en el que traía el café fuerte y aromático; el sirviente había aprendido a conocer a la Señora y siempre se adelantaba a sus deseos. Al entrar en el saloncito sintió el bienestar y la calidez que imperaban, y ofreció a Pedro Moncayo un café que él bebió despacito, alargando el placer que le causaba tomarlo junto a la chimenea en una tarde de lluvia.
Juan de Dios salió tan silenciosamente como había entrado, y la Señora depositó su taza casi intacta en una mesita lateral, junto al florero de rosas perfumadas. En ese momento, el reloj de madera oscura dio las cuatro de la tarde y el saloncito se llenó de melancolía. Ella comentó:
—Recuerdo que una tarde en que tomábamos té en el jardín de su residencia de París, usted me dijo que antes de regresar al Ecuador quería hacer una visita a España. ¿La hizo?
El escritor la miró con sorpresa y le contestó:
—Es increíble cómo usted se adelanta a los pensamientos que uno tiene, estaba pensando justamente en eso, es más, para contarle sobre aquel viaje es que pedí esta cita con usted.
Ella lo miró intrigada y sintió que un poco de frío se colaba de alguna parte. Lo escuchó relatar:
—Madrid tuvo en mí una sensación difícil de explicar en palabras. Yo había vivido en Europa, y antes de volver, decidí visitar España para reencontrarme con mis raíces una vez más. Llegué en el peor momento, pues la ciudad y sus gentes se achicharraban del calor. Nunca, ni en Guayaquil había sentido un bochorno igual, parecía que el piso incendiaba mi vestimenta y quemaba las plantas de mis pies a través del calzado. Una brisa africana, cual bocanada del infierno, se levantaba de tanto en tanto. Me dijeron que lo mejor era salir a los sitios aledaños como Segovia o el Escorial, donde los ricos y pudientes veraneaban, o mejor dicho se refrescaban mientras dejaban pasar lo mejor que podían el tormentoso verano. En Madrid, lo único que nos quedaba era salir por la madrugada al Parque del Recreo a respirar por unas cortas horas el aire fresco y luego buscarnos un lugar a la sombra para no asarnos.
Se sirvió otro café y vio a La Señora que lo escuchaba embelesada sin haber tocado su taza, que seguía junto a las flores perfumadas, y al ver que ella no lo interrumpió, continuó:
—Salí de Madrid en la diligencia de las cinco de la mañana y llegué al Escorial a las diez; puede usted imaginarse el martirio que implicó encontrar alojamiento en una población fea y miserable que en verano desbordaba su capacidad de alojamiento. Las familias de los aristócratas se alojaban donde amigos y familiares, pero el resto teníamos que acomodarnos como mejor podíamos en los escasos hoteles del lugar. Logré sitio en el hotel de Miranda, en un cuarto de segunda, separado por un tabique de la habitación contigua, pero con los inconvenientes de escuchar los ronquidos y ruidos de mi vecino.
Moncayo calló para escuchar su opinión, pero ella lo animó con su mirada a proseguir. Miró a través de los cristales los jardines anegados, y continuó:
—Como le decía, el edificio del Escorial, con sus imponentes azoteas era el lugar ideal para que las familias mataran el tiempo de una manera más refrescante, la brisa que venía del Guadarrama mitigaba mucho el calor africano, y en las noches se sentía hasta un poco de frío —. Entornó los ojos como si quisiera hurgar en los recuerdos y continuó: —Paseaba una tarde por las galerías, entre familias burguesas refugiadas del calor en el frío edificio; pintaban, bordaban o leían mientras las nanas uniformadas jugaban con los niños. Estas escenas familiares me sumieron en una honda tristeza al sentirme tan sólo y lejos de los míos. De pronto, vi un cuadro totalmente distinto: de un coche se bajaron dos señoritas elegantes acompañadas de un joven muy gallardo. Soy hombre, pero no pude menos que admirar semejante apostura, y lo mismo sucedió con todos los que tan pacíficamente se encontraban en sus diarias actividades. La tranquilidad se rompió, pues las miradas de los presentes se dirigieron al inusual grupo y la inquietud reinó entre las damas y las nanas, que se descuidaron de los niños y los dejaron hacer de las suyas.
—Es decir que el extravagante cuadro alteró la paz en tan idílico lugar… Creo que entiendo muy bien, Don Pedro, los bellos y poderosos tienen un efecto muy definido sobre el ánimo de la gente común; aniquilan y transforman con su sola presencia el pequeño mundo de aquellas personas, son como una visión inalcanzable que desparrama una negra sombra sobre los otros. Yo lo entiendo muy bien—. Una lejana tristeza se apoderó de su semblante, pero lo animó a seguir. —No se detenga y continúe, su charla está muy interesante.
—Tiene usted razón con lo que ha dicho con anterioridad, porque aún yo me sentí celoso de la dorada intimidad de estos jóvenes aristócratas que parecían no percatarse de la existencia de los demás. Cuál no sería mi sorpresa cuando escuché al joven que me llamaba: “¡Don Pedro! No puedo creer. ¿Qué hace usted tan lejos de Quito?” Imagínese mi sorpresa, no sabía qué pasaba, pero debo admitir que me sentí muy halagado al ver que todos me miraban admirados, y más aquellos que hasta entonces me ignoraban—. El Dr. Moncayo se calló al ver la terrible palidez de la joven señora, y sin pensarlo dos veces le sirvió una generosa copa de coñac. —Por favor, beba, me parece que va usted a desmayarse.
La joven tomó la copa entre sus manos, que Moncayo percibió heladas y temblorosas, luego bebió a largos sorbos, y le pidió otra, él se la sirvió y le dijo:
—Bueno, pero ésta se la toma despacito, no queremos que pierda usted la compostura—. Al verla tan trastornada, continuó: —Creo que será mejor que me marche y termine mi cuento otro día.
Ella le tomó la mano con firmeza y le dijo en un tono que más parecía una orden:
—No, quédese y termine su relato, me parece muy interesante. No haga caso de mi comportamiento, es que estoy un poco resfriada y creo que se me bajó la presión.
Pedro Moncayo nunca la había visto de esa manera, trágica se podría decir, pero al cabo de un momento se sirvió una mistela y continuó:
—El apuesto joven se me acercó y sus bellas acompañantes lo siguieron, decididas a complacerlo en lo que él quisiera; eso se notaba a la legua y hacía más interesante al joven que sonriendo me dijo:
—¿No se imagina quien soy?
—Se descubrió y vi el bello rostro de nuestro Cumbres Altas—. Al ver la extrañeza en el rostro de la Señora, imaginó lo que estaba sintiendo y luego continuó: —Se veía más sólido, más fornido, una cicatriz bajo el ojo izquierdo no había afeado su semblante, al contrario, lo hacía más varonil, más imponente—. Moncayo hizo una pausa y un tanto preocupado comentó: —Señora, es su tercera copa, usted no está acostumbrada a beber de esa manera.
—Ya le dije que estoy algo agripada y el coñac me hace bien.
—Aquella mañana acompañé a los jóvenes en su paseo; luego, Cumbres Altas me invitó a un almuerzo campestre. Acepté un poco renuente pues no conocía a tan aristocrática sociedad, pero a la final pasé muy bien, ser amigo de Juan Ramón me abrió todas las puertas y la confianza del encantador grupo al que desde ese momento me uní día tras día.
El Dr. Moncayo se levantó para echar más leña a la chimenea. La lluvia arreció desgajando los floripondios y un sutil aroma entró por los resquicios de las ventanas.
—Estaba en mi habitación presto a lavarme, cuando el sirviente me anunció la visita de Cumbres Altas. Lo hice pasar excusándome por no estar vestido, algo que no le importó. El mozo nos trajo el desayuno y una vez sentados a la mesa me invitó a pasar con él en su residencia de Madrid. “El Otoño está por llegar y es un momento muy agradable en Madrid”. Acepté de buen grado, y partimos a la capital en el mes de octubre, ya avanzada la estación. El palacete donde vivía Juan Ramón en el Paseo de La Castellana merece un capítulo aparte; no se lo describo, pues emplearía mucho tiempo, sólo imagínese la opulencia y el buen gusto a todo nivel. Vivía solo, servido por un ejército de empleados que mantenían impecable el lugar. Era visitado por bellas damas con las que salía al teatro y a otros actos. Yo hice mucha vida social con él y fui testigo del interés que levantaba a donde iba, aunque notaba una cierta nostalgia, por no decir tristeza; parecía que nada le llenaba. Vislumbré que tenia un gran vacío.
Moncayo calló por un momento mientras se servía otra mistela, estaba a gusto al calor de la chimenea y escuchando el sonido de la lluvia, continuo:
—Al cabo de unos días, en los que nos acostábamos al despuntar el alba para levantarnos pasado el medio día, me dijo: “Dr. Moncayo, no sabe lo contento que estoy con su compañía, hace tanto tiempo que no escucho ese acento quiteño tan dulce a mi memoria. Usted me ha traído el recuerdo de un episodio de mi vida, el más importante y por el cual he perdido la calma.”
La Señora se agitó en su asiento y lo miró con intensa curiosidad. Pedro Moncayo continuó:
—Me preocupé un poco, pues lo vi muy triste y lo animé a que continuara con sus confidencias. Parecía que confiaba en mí, y me confesó: “En Quito conocí el sentido de la vida, pero era muy joven y confundí el verdadero amor con el sometimiento, por eso huí, porque en aquel entonces valoraba mi libertad más que cualquier otra cosa.”
—¿Qué fue lo que lo asustó tanto? — le pregunté.
—Un sentimiento del que no quiero hablar en este instante — me respondió.
—Comprendí enseguida que se trataba de un amor, pero no quise insistir, por eso le pregunté si acaso, cuando estuvo en Quito no extrañó su familia, la comida y el clima de España, a lo que él me contestó: “Claro, al comienzo me pareció muy extraña la geografía y los cambios climáticos de Quito; era raro vivir las cuatro estaciones en un sólo día, pero luego me acostumbré.” Yo le dije que de todos modos era muy afortunado al haber vivido en la casa de Don Manuel y él me replicó: “¡Hombre! no puedo olvidar que ahí conocí lo que es una familia; Tía Carmen fue mi madre en todo el sentido de la palabra y la extraño todo el tiempo. Creo que cuando sentí que me faltaba todo ese cariño no lo quise aceptar y me embarqué en la guerra; puse mi espada al servicio de cualquier gobernante que estuviese en combate.” Recuerdo el momento en que me contaba todo aquello; estaba sentado cerca a la ventana desde donde yo podía observar las hojas desprendidas de los árboles flotar en el aire antes de caer al suelo, él se mantenía ajeno al espectáculo de la Naturaleza y continuó: “No me importaba la causa ni si era justa, sólo quería acallar el tormento. Maté y esperé que me mataran, pero quiso mi suerte que me salvara una y otra vez. Tengo cicatrices en el cuerpo que no lograron apagar la que tengo en mi corazón.” Señora, le prometo que sentí mucha pena por el joven. Tan hermoso y rico, en la cúspide de la vida y lo vi tan miserable.
La Señora lo interrumpió, pues ya eran más de las cinco de la tarde, y le dijo con una brusquedad que lo sorprendió:
—No crea en lágrimas de mercenario que con su acero mata hombres y con sus besos condena a una muerte en vida a mujeres por el único pecado de haberlo amado y caído bajo el torbellino de sus encantos.
Se levantó para despedirse y lo acompañó hasta el coche que lo esperaba al pie de la escalinata. Un criado lo escoltó con un paraguas hasta la portezuela, y él se hundió en el asiento oscuro y elegante. Desde la ventanilla por la que rodaban gruesas gotas de lluvia, el Dr. Moncayo le dijo adiós con la mano.
La Señora regresó al saloncito y se sentó junto al rescoldo de la chimenea. Sintió que la cabeza le daba vueltas y se puso las manos en la frente para evitar un desvanecimiento; algo extraño le estaba sucediendo, y como si tuviera visiones vislumbró una pequeña embarcación que navegaba solitaria en aguas interminables, bajo un cielo azul. Una tormenta se había desatado en su interior y miraba a través de la neblina de sus ojos a la embarcación que navegaba sin temor. El barco surcaba colmado de anhelos y cálidas olas, ajeno a la borrasca que amenazaba con destrozar el puerto que ella tanto había cuidado.
Unos golpes en la puerta no pudieron sacarla de su cavilar y Dorotea, luego de entrar notó la palidez del rostro de la Señora, y tuvo que arrodillarse ante ella para decirle con suavidad:
—Señora, ya estoy aquí. Contésteme, por favor.
Dorotea le retiró las manos para verle el rostro y se estremeció cuando vio que tenía los ojos nublados, quiso encontrar la causa de su estado y cuando vio la copa y la botella de cristal rosado casi vacía, se asustó, pero al cabo de un minuto la escuchó decir:
—Dime, Dorotea, qué novedades hay en Quito.
La cajonera para animarla le puso drama al relato:
—Ni le cuento, el país está en total revuelta. Parece que ahora sí el Perú nos ha declarado la guerra y, aunque parezca chiste, el presidente peruano, en lugar de encontrar en el Ecuador un país unido con un ejército disciplinado, se ha encontrado con que en Guayaquil el General Franco se ha declarado Jefe Supremo, en Cuenca hay algún otro lío y acá se habla de conformar un gobierno provisorio.
Dorotea había tenido éxito y la Señora, que parecía completamente repuesta, le dijo:
—Ahora más que nunca necesitas estar alerta y enterarte de todo; pon especial atención a García Moreno y sigue sus pasos; por lo que oigo y conozco, creo que ya le llegó la hora y va a ser el dueño del país. Tú verás como obtienes información del posta que trae el correo, quiero leer todas las cartas que escriba García, no importa si son de política o domésticas, necesito conocer hasta el más recóndito pensamiento suyo.
Dorotea sonrió triunfante, de ahora en adelante la vida iba a tornarse interesante, y ella iba a ser indispensable, por eso continuó:
—Lo último que sé del Dr. García Moreno es que, en su calidad de senador, ha denunciado el tráfico de territorio nacional para adquirir unos tres millones de pesos con los que se podría encarar la agresión, pero el Dr. García dice que es con el afán que tienen los del gobierno de enriquecerse y dejar más pobre a este país. En fin Señora, se está haciendo héroe popular y yo no sé en qué va a terminar esta historia y sobre todo qué pasará con la pobre señora Rosita.





Aguedita he vuelto. Que facilidad tienes para transportarnos a las descripciones tuyas. Siento como si estuviera presente.
Qué felicidad tengo yo de tenerte de vuelta. Un beso