El salón grande de la casa de los Ascásubi en la Plaza Mayor estaba sumido en un letargo que abrumaba el alma; Carmen Salinas, sentada junto a una de las ventanas que daban a la plaza pensaba con melancolía y pena en la suerte que corría el país, aunque aparentemente todo seguía igual: los indios, inmersos en sus labores llevaban pesados pondos a sus espaldas, las bolsiconas corrían con sus encargos y las iglesias estaban llenas como todos los días.
Un intenso aroma a especias, a canela, a café recién molido y a palo santo, entró por la ventana transportándola a su niñez, cuando su nana la llevaba a comprar en el mercado de los indios. Esos fueron tiempos difíciles, tiempos de guerra y pólvora donde el enemigo común a todo un continente era España. Su ciudad chiquita se había alzado valiente para desterrar al opresor, y aquel arrojo se castigó con el baño de sangre en el que pereció una generación entera. Pasó ante sus ojos la tenebrosa imagen de su madre y su hermana Dolores, obligadas a escuchar el suplicio de su padre mientras estaban prisioneras en una celda que quedaba bajo la de Juan Salinas.
Los murales y los frescos que adornaban las paredes del salón tenían un valor artístico que ella valoraba mucho pues los había pintado Antonio Salas, el más grande exponente del arte de aquel siglo. Carmen sonrió al recordar al artista, que achispado por el licor, no encontraba la forma de lograr el color exacto para colorear una vaca. Sus asistentes se rieron y le tomaron el pelo: ella, sin entender el motivo de su torpeza trató de ayudarlo sosteniéndole la mano, mientras su cuñado reía por la situación. Un momento más tarde llegaron alguaciles y policías para detener al pintor que había dado muerte a una empleada de su casa, su familia lo defendió como pudo y el “Pintor de la República” terminó la obra. Aquellos murales le daban un valor agregado a la casa que era emblema de la ciudad.
Carmen Salinas, sentada cerca a la ventana, permanecía en silencio mientras las nubes en el cielo, y el aleteo de las aves que sobrevolaban la plaza le hacían confidencias. Ella hurgaba el lado secreto de las cosas, no se confiaba sólo de las apariencias, intuía una historia detrás de cada adorno de su salón, de cada rosa en un jarrón y cuando en las mañanas tomaba su chocolate pensaba en la mazorca de cacao que maduraba en tierras calientes bañadas por el agua de oscuros ríos.
Por eso se enteró que iba a recibir la llegada de alguien amado, y con alivio se acomodó en el sillón para esperar.
Era ya de noche cuando Inés entró en el salón y vio que la luna alumbraba a Carmen, que no se había movido en todo el día de aquella poltrona. Se aproximó a ella y le dijo: .
—Señora, es hora de la cena.
—No quiero comer nada, sólo tráeme una agüita de cedrón, total Manuel está en La Ciénega con las guaguas, de aquí no me muevo.
Las dos semanas siguientes, Carmen esperó sentada en el mismo sillón que sólo abandonaba para ir a dormir. Durante esos días se entrelazaron los pensamientos y recuerdos con las rutinas de almuerzos servidos en charoles de primorosos mantelitos, charlas con las cuñadas, atardeceres y anocheceres, hasta que una tarde la puerta se abrió. Ella no se movió, ni volteó a ver, sólo dijo:
—Qué bueno que ya estés aquí, te he esperado tanto tiempo.
Un silencio oscuro se apoderó del salón, no se movió una mosca ni se escuchó un suspiro. Sólo Carmen notó su corazón como reloj dañado y por un instante tuvo miedo de que se detuviera, entonces sintió removerse el aire y supo que pronto se aproximaría y la saludaría con timidez. No se movió de su asiento ni se levantó para evitarle el bochorno de pedir perdón, se mantuvo quieta.
El hermoso joven, avanzó hasta quedar frente a ella, y cayó de rodillas para luego besar con ternura sus manos.
—Tía, no sé cómo podrás perdonar el que me haya marchado de esa forma, y el silencio que mantuve durante estos largos años.
Ella esbozó la más dulce de las sonrisas y Juan Ramón tuvo que hacer un esfuerzo para no llorar.
—Juan, deja que te mire, tengo derecho a impregnarme de tu rostro luego de tanto tiempo.
Lo miró con detenimiento, como si fuera la primera vez, él no bajó su mirada y dejó que le auscultaran el alma como si estuviera contagiado de una grave enfermedad. Carmen, sujetándole la cara con sus manos fue leyendo los secretos que sus ojos le relataban con inusitada claridad: los sufrimientos, las guerras, la soledad, los vientos del desierto, las armas… la muerte. Acarició la larga cicatriz sobre su pómulo derecho y no preguntó nada, ya todo lo sabía. Juan Ramón agradeció aquel silencioso interrogatorio hundiéndose en su regazo. Así permaneció un largo rato, curándose las heridas con las caricias maternas, mientras la quietud de la tarde lo envolvía todo. Pronto anocheció y Carmen le dijo:
—Tus habitaciones en el altillo están intactas, todos los días se hace la limpieza y se arregla tu cama, quería que la encontraras igual que el día en que te fuiste—. Dedujo la profunda tristeza que lo embargaba por la forma como llevaba baja su bella cabeza. —Juan, no tengas cuidado, siempre serás un hijo para nosotros. La vida es lo suficientemente cruel como para que los seres que se quieren permanezcan separados.
Él le agradeció con un beso filial, se sentó en la butaca cerca de la ventana y le dijo:
—Escribí muchas veces, pero las tiré todas al canasto.
Juan Ramón se sumió en el silencio, quería encontrar las palabras que pudieran justificar su olvido.
Carmen entendió que por alguna razón, cuando estuvo en España, él no quiso comunicarse. Lo miró con detenimiento y recordó el primer día hace muchos años, cuando lo recibió en su casa; en esa ocasión se hallaba vibrante de vida, seguro de su apostura y de que el mundo estaba a sus pies. La niebla del tiempo pasó ante sus ojos y se le apareció la imagen de aquella mañana en que subieron juntos al altillo y él, lleno de admiración contemplaba la majestad de los nevados y la fuerza de los rayos del sol. Ella lo observaba por la espalda y tuvo un mal presentimiento, todo el tiempo que vivió en su casa quiso protegerlo de aquel peligro que parecía acecharlo como un oscuro demonio que nunca se le apartaba. Ahora, sentado junto a la ventana parecía que el cincel del tiempo lo hubiera esculpido hasta sacar la luz de su interior; el joven conde se había convertido en un hombre maduro que imponía con su presencia. Cumbres Altas se puso de pie y comenzó a caminar por la habitación tratando de explicar las razones de su inexplicable comportamiento. Se detuvo y buscó sentarse frente a su tía para decirle:
—¿Sabes? nunca comprendí por qué huí.
—No huiste, regresaste a tu casa, donde los tuyos.
Carmen quiso ahorrarle explicaciones y hacerle saber que quien ama siempre comprende, pero Juan Ramón le contestó con amargura:
—No, no sé.
No encontraba cómo explicar su propia locura y dolor.
—Lo importante es que ya estás aquí, verás que todo se solucionará.
Los dos se quedaron en silencio, como para darse una tregua; Juan Ramón dijo:
—Me entero que estáis casi en guerra, parece que me persiguiese.
Iban a sumirse nuevamente en el silencio, cuando Inés entró con el mantón de la misia Carmen, cuando vio a Juan Ramón, dejo caer el chal de las manos, y exclamó:
—¡Señor, qué bueno que haya regresado… pero casi me mata del susto!
Él se encaminó hacia ella y la envolvió en un cálido abrazo, como si quisiera decirle, con aquel acto, lo aliviado que estaba al encontrarse de nuevo en aquella casa que tanto añoró. Enseguida entró un sirviente que lo saludó con una inclinación de la cabeza, y se puso a encender las velas de los candelabros y el carbón del calentador de bronce.
El calor que salía de la salamandra en la mitad del salón se expandió por la habitación reconfortando el ánimo de Carmen y Juan Ramón, que conversaron por largas horas hasta que la mujer se levantó de su asiento y dirigiéndose a la ventana dijo, como si se tratara de una sentencia:
—Tú no has venido sólo por un poco de cariño maternal; conozco muy bien tu naturaleza, y en ella no está el sentimiento hogareño.
Cumbres Altas se asombró al ver que se habían dicho cosas sin hablar; que una comunicación velada viajaba entre las sombras y las luces de los candelabros, descubriendo verdades calladas. Se levantó y en un instante estuvo junto a ella, la tomó de las manos mientras su mirada se perdía en la de su tía, que le dijo en voz baja:
—Búscala junto al Machángara, el río te llevará al lugar, no podrás perderte.
El ruido de la lluvia que golpeaba los cristales de los ventanales también traía mensajes y Juan Ramón los escuchaba con el alma. Carmen Salinas, que había vivido tanto y tan intensamente le dijo, como si adivinara su pensamiento:
—El que te hayas enamorado no fue la muerte, pero tú que te crees un alma libre, te marchaste sin querer enfrentar la encrucijada en que estabas. Ven, siéntate a mi lado y te cuento sobre Leonor.
Juan Ramón comprendió que nunca pudieron engañarla y que su tía conocía sus amores con Leonor desde siempre. Se alejó de la ventana y se sentó junto a ella para escucharla. Así, se enteró que Leonor se había embarcado en una nave sin timonel; sin luz, agua ni aire y se había precipitado en un abismo infernal, mientras él había botado todo por la borda.
Carmen se calló y pudo ver la pena en el rostro de Juan Ramón al recibir las revelaciones que le estaba haciendo. De pronto se admiró de su apostura y del garbo con que llevaba la inusual vestimenta de viaje: zamarros de jaguar, espuelas de plata, camisa negra y el largo poncho rojo de Castilla recogido sobre sus hombros y cuello a manera de bufanda. Al fijarse con más detenimiento, pudo ver el efecto del tiempo en su plantaje; había madurado hasta convertirse en un hombre lleno de aplomo y magnetismo; pensó que si se abría el balcón, aquel magnetismo inundaría toda la plaza, y sin embargo, pudo ver que el sufrimiento lo hacía indefenso por una vez en su vida. Cumbres Altas se acercó a ella y juntos se sentaron cerca de la salamandra para recibir más calor, la miró a los ojos y le preguntó:
—¿Y Juan de Dios?
Ella no contestó, miró la hora y le dijo:
—Es muy tarde, hablaremos mañana.
Juan Ramón no se resitió, sintió los estragos del viaje y se despidió de su tía. Al entrar en su antigua habitación acompañado por Carlos Santamaría no tuvo tiempo de analizar sus sentimientos; se tendió en su cama, mientras su ayudante le quitaba las botas y las espuelas, hasta que perdió la conciencia y durmió por más de catorce horas.





Muy interesante, voy a continuar leyendo tan bellas historias.
Felicitaciones.
Gracias, Gloria: Ojalá te guste toda la novela. Un beso
gracias Aguedita por compartir con todos tus lectores, momentos que muchas veces nos hacen ser participes mismos de la novela.