Era una tarde esplendorosa cuando María África y Juan de Dios paseaban por la alameda de palmeras. El cielo estaba pintado de rosa y los gladiolos que crecían al borde del camino exhalaban un aroma casi imperceptible. María África se adelantó unos pasos y con una navajita que sacó de su bolsillo cortó un gladiolo rojo, y dijo:
—Mira, Juan de Dios, qué hermosa flor.
—Cierto, Niña África, bien bonito está; la cantidad de agua que ha caído y el abono de borrego que pusimos ha hecho que las plantas crezcan fuertes y sin plagas.
—Tienes razón, todo lo que permanece sano puede alcanzar el éxito: ¿Sabías que el gladiolo es la flor de la victoria?
—No sabía.
Juan de Dios la miraba con curiosidad, no comprendía como una mujer tan linda y rubia pudiera permanecer encerrada en esa casa y se comportara como si supiera que muy pronto le caería un regalo del cielo. Le gustaba estar con ella porque lo trataba como a un compañero de trabajo; los demás lo consideraban un inferior.
María África examinaba con seriedad la flor de tallo largo que tenía entre sus manos, y acercándose a Juan de Dios, le dijo:
—Esta flor se cultivaba en la época de los griegos y romanos —. Señalando el capullo con su mano blanca, continuó: —Se la obsequiaba a los gladiadores que triunfaban en las arenas del coliseo.
Juan de Dios aprobaba con la cabeza lo que la joven le decía; conocía las culturas antiguas porque ella lo instruía en los momentos libres.
Al finalizar el día, el sol pintaba al celaje de rojo intenso y una brisa suave les trajo el chirrido de una carreta. Se detuvieron intrigados y vieron a lo lejos un caballo que tiraba de un carromato viejo y despintado. Juan de Dios afinó la mirada y exclamó:
—¡Mama Justina!
Los dos echaron a correr en dirección al carruaje, y el gladiolo, rojo como la tarde, voló por los aires.
Justina, que estaba sentada al pescante junto al sirviente que conducía, se bajó del coche y abrazó a Juan de Dios mientras le decía:
—¡Ay Dios, qué bueno es volver a verte!
—Venga Mama Justina, pensé que nunca iba a regresar.
Juan de Dios se apartó un poco para que África pudiera saludar a Justina, y luego los tres se encaminaron por la larga avenida de palmeras iluminadas por el sol.
Justina no perdía de vista al carruaje que iba adelante, y dijo a Juan de Dios:
—Debemos apurarnos para bajar los bultos.
Se dieron prisa hasta llegar a la parte posterior de la casa y entraron por la escalera del servicio. Juan de Dios, ayudado por el cochero, desembarcó el equipaje que traía la negra.
Justina, que con su delantal azul y las cintas de color en el pelo parecía una marioneta, quedó atrapada en la mitad de una decena de baúles, cajas y cofres, dijo con voz desfallecida:
—Quiero hablar con la Señora, tengo que darle cuenta de sus asuntos.
—Primero te tomas una taza de café con un pedazo de pastel que hice con las moras del jardín — dijo África, mientras servía la mesa donde colocó la tetera que se mantenía caliente al rescoldo del fogón.
La nana la miraba con cautela, la encontraba demasiado fina para el trabajo que realizaba, pero a pesar de todo, le agradeció el gesto y se tomó sendas tazas de café con cuatro pedazos de pastel.
Justina agradeció brevemente a África, y se dirigió hacia las habitaciones de la Señora, que saltó de alegría cuando la vio entrar por la puerta, y exclamó:
—¡Nana, llegaste antes de hora, no te esperaba todavía!
La negra tenía los ojos llenos de lágrimas y la abrazó sin decir palabra, así estuvieron un rato, hasta que Leonor se zafó del abrazo y comenzó a interrogarla:
—¿Cómo estuvo Lima?
—¡Ay, mi vida! Lima estaba hermosa como nunca; las flores en los jardines parecía que iban a explotar y los árboles en las veredas daban una sombra fresca y olorosa.
—¿Vendiste las casas?
—Sí, señora, ahora eres más rica que cualquier marquesa limeña; traigo baúles llenos de monedas de oro y las joyas que te legaron tus tías solteras.
—Bueno, deja todo a buen recaudo, vete a descansar y mañana nos ponemos al día en todo, pero ahora quiero que duermas bien, no vaya a ser que te dé soroche.
Se dieron un abrazo tierno y los días siguientes se dedicaron a guardar en un lugar secreto los cofres con las piezas de oro, y las alhajas en la caja fuerte que estaba en el cuarto de Leonor.
Al día siguiente, hacia las ocho de la mañana, cuando Dorotea terminaba de instalar su mercancía en el portal, vio que Carlos Santamaría se le acercaba acompañado por un muchachito.
—Buenos días mishita, qué tempranito se pone usted a trabajar — le dijo mientras le extendía su mano.
—Vaya con los ricos y poderosos. Bendito los ojos que lo ven y los oídos que lo escuchan, así me gusta que no se olvide de los pobres — le respondió Dorotea, un poco inquieta por la presencia del sirviente de confianza de los Ascásubi.
—No hable así, ni que yo fuera rico, sólo vengo a decirle que la patrona Carmen quiere que suba rapidito y sin que nadie la vea; así es que sigamos para entrar por la puerta de los caballos. Este guambrito se va a quedar cuidando su puesto.
Santamaría parecía apurado y Dorotea lo siguió sin pronunciar palabra, si Doña Carmen la llamaba, ella no la iba hacer esperar. Al llegar a la casa Santamaría la encaminó hacia el oratorio de Doña Carmen.
Dorotea nunca había estado en aquel lugar lleno de recogimiento, y oscuro como si fuera de noche; pronto divisó el oro de los ornamentos iluminados por pequeños candelabros de plata en los que ardían velas blancas. La cajonera vio detrás de las rejas a Carmen, que arrodillada sobre su reclinatorio rezaba con la cabeza baja y las manos entrelazadas.
Carmen levantó la cabeza, se volteó y con una ademán llamó a Dorotea para que se aproximase:
—Ven junto a mí y escucha lo que te voy a decir.
Dorotea se hincó sobre un cojín de seda floreada y la escuchó con la cabeza gacha y en actitud de orar.
—Di a Leonor que Juan Ramón acaba de llegar, y que a lo mejor hoy o a lo sumo mañana irá a verla —. Carmen sintió que Dorotea se estremecía, pero prosiguió: —Dile que no venga por acá, que él se queda en esta casa. Quiero que le adviertas que va a ser muy difícil enfrentarlo, mucho temo que mi niña se derrumbe —. Dorotea la miró sin entender, pero Carmen continuó: —Leonor va a sufrir una conmoción ante su presencia, pues está más allá del Juan Ramón que conocimos y eso ya es mucho decir.
Dorotea no sabía nada sobre la relación de Cumbres Altas y Leonor, pero si la patrona Carmen se lo contaba, ella transmitiría el mensaje a su señora, cuya identidad acababa de conocer. Salió lentamente de aquel palacete y cuando regresó a su puesto de cajonera, recordó a la niña Leonor que un día perdió la razón y la mandaron a Europa para que se cure y no regrese nunca más. Su pecho subía y bajaba por la respiración entrecortada; de pronto todo tenía sentido, y un estremecimiento le sobrevino al ver la metamorfosis que había sufrido aquella niña hasta convertirse en la Señora que reinaba sobre las orillas del Machángara.





Aguedita, cada capitulo tuyo es màs interesante. Ojalà pueda leer otros dos màs hoy dìa.