Era una noche de fiesta en la casa de la loma, las arañas de cristal centellaban con la luz de cientos de velas que ardían esparciendo magia y calor al suntuoso salón y a los huéspedes que ocupaban las mesas dispuestas alrededor de la pista de baile. Una orquesta de músicos disfrazados de gitanos tocaban tonadas de moda importadas de Europa. Los meseros, con bandejas de bebidas, se movían con agilidad entre los asistentes que los llamaban de un extremo al otro.
La biblioteca, que se mantenía excluida de los eventos sociales, era sobria y adecuada para el estudio. Los sillones, de cuero claro estilo inglés, estaban colocados alrededor de una gran chimenea revestida en piedra tallada con motivos de espigas de trigo y mazorcas de maíz. Las paredes estaban recubiertas con estanterías llenas de libros de lomos lujosos. En ese momento entró Leonor vestida con sencillez y el cabello recogido en una trenza gruesa que le llegaba hasta la cintura. Se aproximó a las estanterías y accionó una puerta falsa que permitía el acceso a una galería en forma de corredor que rodeaba toda al gran salón. Esta galería vista desde el salón daba la impresión de ser un artesonado que recubría las paredes hasta una cierta altura; nadie imaginaba que detrás había un corredor por donde los podían observar.
Leonor recorrió muchas veces el pasillo vigilando y escudriñando. Los hombres de Estado se apartaban de los demás para sostener conversaciones secretas y se arrimaban al maderamen sin saber que del otro lado los escuchaban y examinaban; tenía el acceso suficiente para enterarse de todos los secretos de Estado y alcoba de Quito. Hacía su recorrido nerviosa, lo que escuchaba no le interesaba. Se detuvo un momento para ver quien entraba por la puerta, y se le congeló la sangre al ver a un hombre con la luna a sus espaldas. Pegó su ojo a un agujero más amplio y lo reconoció. Sintió un desvanecimiento y apoyándose en la pared se movió a ciegas hasta encontrar un banco en el que se sentó.
Cumbres Altas, en el umbral de la puerta, asimiló el propósito del lugar, y se llenó de ira al ver hasta donde había llegado Leonor. No era habitual que un huésped se demorara en entrar, y las mujeres impresionadas por lo guapo que era comenzaron a revolotear a su alrededor de la puerta.
Dorotea, que no recordaba haber vendido nada al extraño visitante se adelantó a las demás, y le preguntó con fina educación:
—¿A quién tengo el gusto de presentar en esta casa?
El hombre, que no podía pensar en otra cosa que no fuera la perdición de Leonor, contestó:
—Juan Ramón Matheu.
Dorotea, a punto de perder el aplomo al recordar las palabras de Doña Carmen, hizo un esfuerzo para sonar natural y exclamó mientras se llevaba a la boca sus manos llenas de anillos:
—¡Qué pena, Señor Conde, la Señora está indispuesta y hoy no va a salir!
—Lástima — dijo fingiendo no importarle.
Cumbres Altas se alejó de Dorotea para mirar con sus propios ojos aquel lujo. Lleno de rabia que disimuló con aplomo examinó los paneles pero pronto lo interrumpieron algunos conocidos con los que se vio en la obligación de entablar conversación. Se mostró simpático y con don de mundo, a pesar de lo que pasaba en su interior. Las mujeres lo seguían con disimulo, pero él, indiferente al halago, pidió un sitio donde pudiera estar en paz.
Un sirviente de librea lo encaminó hacia una mesa apartada, y le preguntó:
—¿Qué desea tomar, señor?
—Tienes champán?
El salonero asintió regresó con una botella y una copa que depositó en la mesa, cuando quiso servirle, el Conde con una sonrisa le dijo:
—Gracias, puedo solo.
El mesero, que comprendió que deseaba que lo dejase en paz, se alejó.
Desde aquella mesa, Cumbres Altas observaba todo con rabia bien disimulada. Se sirvió una copa y al fijarse en el fino cristal esbozó una mueca de desprecio ante el derroche que veía en todo; en el perfume de las mujeres, la música de los gitanos, las luces en los candelabros de plata, y en aquellos enigmáticos paneles que lo inquietaron.
Se sirvió otra copa y al llevársela a la boca vislumbró entre la gente a una mujer rubia que lo miraba de lejos. Aquella visión lo distrajo un momento y clavó sus ojos en la joven, que rehuyó su mirada con timidez inusitada., Desde su sitio, Cumbres Altas la examinó con olfato de cazador.
María África sintió el peligro, se llenó de cautela, y se escondió entre las mujeres para eludir esa mirada que la quemaba, pidió una jarra de ponche frío para refrescarse y tomar valor.
—¿Qué le pasa Niña África? Está temblando como si le fuera a dar fiebre — le dijo Juan de Dios mientras le servía el ponche.
Ella se lo bebió como si fuera un refresco, y le contestó:
—¡Ay, Juanito, que me voy a desmayar!
Juan de Dios, que miraba a través de las cabezas emplumadas de las mujeres, divisó a Juan Ramón, se asustó y huyó a la cocina en donde encontró a uno de los meseros que estaba preparando empanadas de queso, se le acercó y le mintió:
—La Señora me ordenó que me encargue esta noche de las empanadas, sal vos a preparar las bebidas.
Juan de Dios se puso a amasar mientras pensaba que un cataclismo era poco al lado de la llegada de su señor que debía estar lleno de odio.
Cumbres Altas vio el miedo de la joven rubia y supo que ya era suya. Se dispuso a llamarla desde lejos, cuando vio frente a él a un joven que se le acercó para decirle:
—Qué gusto, Señor Conde. ¿Se acuerda de mí?
El joven le extendió la mano.
Cumbres Altas se llenó de enojo por la interrupción y pensó que si hubiera tenido un sable, lo hubiera degollado, pero haciendo un esfuerzo que le tomó tiempo, le contestó:
—Recuerdo algo de usted, tal vez fue en una cacería con mi tío hace mucho tiempo, perdonad, no recuerdo vuestro nombre.
—Soy Ignacio Rebolledo, sobrino del dueño de la hacienda del Antisana; aquel día estuvimos con Vicente Pallares y Julio Zaldumbide.
—Ya recuerdo; cazamos algunos ciervos. Me imagino que guardáis amistad con Pallares y Zaldumbide, que fueron mis grandes amigos mientras estuve en Quito, pero aún no he tenido tiempo de buscarlos. A decir verdad, sois el único que he visto.
Cumbres Altas, olvidando por un momento el enojo que sentía, evocó con nostalgia aquellas cacerías de su juventud y el impacto que los nevados siempre tuvieron en él. Luego de un rato de silencio pregunto:
—Conoceís a la dueña?
—Mucho más de lo que usted se imagina; lástima que no haya salido hoy, aunque se siente su presencia en cada detalle de este palacete.
Cumbres Altas tuvo en ese instante la certeza de que Leonor se había perdido, por primera vez el indiferente conde se desarmó y apenas entendió lo que decía su amigo.
Rebolledo señaló con su mano el entorno con la intención de que Cumbres Altas admirara el artesonado y los paneles de madera preciosa.
Por fin el Conde podía tocar el tema de los paneles que lo intrigaban y preguntó:
—¿Esos paneles cumplen alguna función?
—No, son simple decoración, pero son un hermoso complemento a la arquitectura del lugar.
Rebolledo hablaba como si la casa fuera suya.
—Estáis en lo cierto, son un complemento único y elocuente.
Juan Ramón pareció haber descubierto algo y Rebolledo lo miró sin entender. El Conde de Cumbres Altas se levantó e invitó a su amigo a seguirlo. Continuaron conversando y saludando con aquellos que reconoció. En el trayecto, Juan Ramón simulaba conversar y escuchar, sin embargo, sólo tenía ojos para aquellos paneles, a través de los cuales sabía que alguien los observaba. Experto en espionaje, había conocido algunos similares en Europa, en especial en la residencia de un Emir que había contratado sus servicios. Atónito por las artimañas de Leonor, pensó que era una cualquiera y decidió usar sus propias armas para lastimarla.
Entre tanto, Leonor observaba desde la galería secreta, y enfurecida por el desorden que se estaba armando en sus dominios sintió deseos de abofetear a las mujeres que fascinadas con Juan Ramón habían olvidado a los demás clientes.
En un rincón apartado del salón, María África contenía la respiración al ver al hombre que había buscado desde que lo vio en el barco. Ella lo había llamado con el pensamiento noche y día, convirtiendo su vida en un ritual del que no se había apartado nunca: pensaba en él cuando saludaba al sol en su despertar, cuando se aseaba y bajaba por las escaleras de caracol a tomar el desayuno junto a las demás. Había logrado que hasta el último recodo de la casa fuera su cómplice a fuerza de trasmitirle su pensamiento. Ella estaba segura que el polvo de las barandas donde ponía su mano y del piso que pisaba, huía presuroso por la ventana que abría todas las mañanas para emprender un vuelo cósmico, llevando su mensaje en las alas doradas de una mariposa. En silencio agradeció tanta ayuda invisible y recordó el día que aceptó trabajar para Dorotea en la casa de la loma. Tiempo después asomaría la mujer hermosa y enigmática que pagaría generosamente por aquella casa donde construiría el palacete actual. Entonces, se acercó a la nueva dueña que se hacía llamar “Señora” y se quedó a trabajar con ella.
El día que la Señora terminó su casa, donde se trasladaron con muebles y alfombras franceses, África tuvo una intuición: supo que por aquella puerta entraría aquel hombre con la luna a sus espaldas, por eso, tomó la costumbre de limpiar la entrada y lavarla con jabón y agua del río, para luego colocar terrones de azúcar en las esquinas inferiores de la puerta que picoteaban los gorriones. Sembró a los lados de la escalinata rosas de diferentes colores que regaba y abonaba con regularidad. Tanta dedicación agradó a la Señora, que riéndose le dijo que parecía la entrada a una casa encantada. Ahora, aquel deseo se había hecho realidad y él había llegado por fin.
María África salió de su escondite para buscar al Conde que había desaparecido, lo vio por un momento pasear en compañía de un joven elegante. Se llenó de pena al pensar que la había olvidado y se sentó en una mesa alejada en actitud pensativa, mientras jugueteaba con una margarita que sacó de un jarrón.
—¿Deshojando margaritas?
María África, conmocionada, vio al Conde de Cumbres Altas parado frente a ella con la sonrisa ladeada y los ojos brillantes. A la joven se le cortó la respiración cuando sintió cerca suyo al hombre, que dueño de la situación la había atrapado. La joven quiso levantarse, pero él se lo impidió con la mirada, mientras le preguntaba
—¿Me puedo sentar aquí?
Ella, que movía nerviosas las manos destrozando la margarita, balbuceo:
—Sí.
Cumbres Altas se acomodó de tal forma que tenía a África frente a él y llamó al mesero para pedirle que le trajera la botella que había dejado abandonada. Luego la miró con tal intensidad que ella bajó la cabeza; entonces él le dijo:
—Deja de despedazar a la flor y habla conmigo.
Le quitó lo que quedaba de la margarita, y en ese instante llegó el mesero con la botella y las copas; él, sin preguntar nada sirvió para los dos. María África lo miró atemorizada, y él le preguntó:
—¿Me tienes miedo?
—Un poquito.
Él sonrió y le sirvió una copa
—Gracias, Excelencia.
—¡Hombre! No me llames Excelencia.
Le acarició el brazo, que pareció estallar con su contacto.
Ella se puso colorada y le preguntó:
—¿Cómo quiere Su Excelencia que le diga?
—Soy Juan Ramón.
—Bueno, Excelencia.
Juan Ramón pensó que era espontánea y fresca. Había olvidado el odio que lo animaba minutos antes y se sintió atraído hacia aquella joven que le traía recuerdos de algún evento del pasado, y le preguntó:
—¿Cómo te llamas?
—María África.
—¿De dónde eres?
—De las Islas Canarias.
—Eres canaria, española como yo.
María África perdió el miedo y se vio envuelta por la sonrisa y la voz de Juan Ramón, que la acariciaban con una mezcla de alegría y sensualismo. Se sintió efervescente, como la copa de champán que se llevaba a los labios. Juan Ramón le tomó la mano que tenía libre, la acarició y le dijo:
—Hueles a mar -. La miró con intensidad y continuó: —Yo te he visto antes.
—Vine en el mismo barco, me viste en la cubierta cuando ibas a desembarcar.
De pronto, Juan Ramón recordó a la rubia del barco y la fiesta de los Inocentes, la miró deslumbrado y le dijo:
—Te vi en otro lugar, y me enviaste este verso que me lo aprendí de memoria, bella Lord Byron.
María África se puso a temblar con una emoción que le salía de las entrañas cuando él le recitó el final del poema que ella le escribió en el reverso del abanico, hace tantos años.
Si llegara a encontrarte
tras largos años,
¿cómo habría de saludarte?
¡En silencio y con lágrimas!
Juan Ramón observó el rubor en la cara y el temblor en el cuerpo de la joven y se sintió atraído por la sensualidad que ella transmitía. Apretó con mimo la mano de África, y dijo:
—Ya ves que no se ha cumplido el malfario.
Ella rió y le contestó:
—Siempre supe que iba a ser así.
La música los había seducido, y sin decirse nada se levantaron para bailar bajo la araña de cristal.
Se desplazaban entrelazados sobre el piso de madera clara sin perder el compás, cruzándose con las otras parejas que se detenían a admirarlos. Iban de un lado a otro atados por un invisible hilo de complicidad que crecía con cada acorde, con cada giro.
Juan Ramón, embriagado con la fragancia de María África le decía de vez en cuando al oído:
—Hueles a mar.
Ella sentía una dicha inmensa y le agradecía con una sonrisa.
La música se calló. María África perdió el paso al detenerse bruscamente y chocar contra el pecho de Juan Ramón, que tuvo que sostenerla para que no cayera, mientras le decía:
—Vamos a sentarnos.
Se alejaron tomados de la mano y se sentaron a la mesa donde reposaba entre el hielo, otra botella de champán y dos copas de cristal.
Juan Ramón sirvió para los dos, pero su ánimo había cambiado. Sin el encanto de la música le pareció que la nueva botella era otra evidencia del derroche de Leonor, y sintió rabia. Había perdido interés en la mujer que tenía frente a él, que se refrescaba las mejillas con gotas de agua helada recogidas, al disimulo, de la copa que tenía entre las manos.
La idea de venganza se le vino a la cabeza a Juan Ramón y se puso a planificar la forma de mortificar a Leonor; estaba consciente de que él era la causa de su desgracia, que la había matado con más saña que a un enemigo en el campo de batalla y había regresado para pedirle perdón. Había decidido caer de rodillas y pedirle que le impusiera el castigo que merecía, pero eso, si ella se hubiera metido a un convento o se hubiera unido a una liga de caridad.
—¿En qué piensas con tanta seriedad? — le preguntó África con dulzura, porque presintió que algo le molestaba.
Aquellas palabras sacaron a Juan Ramón de su ensimismamiento y sonrió para tranquilizarla, le tomó nuevamente la mano y le propuso:
—Vámonos a un lugar apartado.
Juan Ramón había recordado los paneles por los que Leonor acechaba tras una hendija oculta. Con olfato de sabueso y ojos de halcón asumió donde se escondía, y hacia allá se encaminó de la mano de África.
África lo vio con la mirada perdida y sintió nuevamente el peligro rondándola, el corazón se le aceleró y el miedo le ganó cuando él la tomó fuertemente por la cintura mientras la llevaba lejos de los demás. Juan Ramón parecía seguro de hacia donde se dirigía, y cuando llegó a la pared recubierta de maderas preciosas con diseños calados, la puso contra el panel y la besó con pasión mientras le decía:
—Me encanta tu piel —. Le acarició la cara y la atrajo hacia él. —Tu piel sabe a mar — dijo.
A través del cabello de África buscaba los ojos de Leonor, hasta que encontró un par de pupilas dilatadas y asustadas al resguardo del panel.
Leonor, al otro lado, ofuscada por el deseo, oía las palabras del Conde como si fueran para ella. Era como si sus respiraciones se hubieran mezclado. Recibía en su carne encendida las caricias, los besos y las palabras de amor, derritiendo el hielo de sus venas, mojándola entera. Pero cuando pensó que él la iba a poseer, Juan Ramón dijo a la joven al otro lado del panel:
—Vámonos África — y desaparecieron.
Leonor, con la presencia de Juan Ramón en todo su cuerpo, sintió que un puñal le rasgaba la piel sin piedad, y se quedó más sola que antes. Ya no le interesó lo que sucedía en los salones, se olvidó de la política, de los secretos y corrió hasta su habitación, donde presa de una agitación febril se consumió de celos.





Bien digo cada capitulo tuyo me hace vibrar de emocion.
Ojalá te guste hasta el final. Gracias Rocío por tus comentarios