Leonor permaneció tendida sobre su cama, entre las llamas del infierno que se agitaba dentro de ella, hasta que se quedó dormida. Horas después despertó, y angustiada, se escurrió por la puerta trasera sin que nadie la viera, deambulando por el jardín. Mientras se alejaba escuchaba la música y las risas extinguirse. Sus pies descalzos se mojaron sobre el césped empapado y no le importó la neblina húmeda ni el frío de la madrugada.
Durante todos estos años pensó haber olvidado a Juan Ramón, pero su recuerdo estaba presente en el aire, en el fuego de su chimenea, en la tizana que bebía y en el fino polvo que caía sobre las hojas de las margaritas. Jamás lo olvidó; había reconocido su olor tras el maderamen mientras besaba a otra.
Se detuvo junto a un arrayán que exhaló un aroma a canela, y se dijo en voz baja:
—Estoy loca, nunca me curé —. Se arrimó al tronco rugoso y continuó su razonamiento —Ese hombre va a acabar conmigo.
La luna se reflejó sobre el agua mansa y oscura, Leonor, atraída por las hojas plateadas y temblorosas se aproximó a una de las bancas de piedra donde se sentó por largo rato. La tristeza del momento parecía consolarla y ya no sintió dolor.
Poco a poco, el sol desparramaba partículas doradas que avanzaban entre las ramas y su resplandor reavivó a Leonor, que sintió la hierba húmeda bajo sus pies como una caricia sensual, y sin proponérselo evocó el amor poderoso de Cumbres Altas.
Desde el amanecer, Justina buscaba por todas partes a Leonor y luego de recorrer los lugares que frecuentaba, la encontró en estado de éxtasis sentada al borde de la laguna, y con espanto exclamó:
—Mi niña.
La levantó entre sus fuertes brazos y trató de volverla en sí, pero al ver que tenía la mirada extraviada y que volaba en fiebre, la llevó a la casa.
Juan de Dios, que hacía las labores de limpieza, se asustó cuando vio a Justina entrar con la Señora en brazos
—¿Qué pasa, mama Justina? — le preguntó mientras corría hacia ella para ayudarla.
—No sé, no sé.
Justina, sin poder dominar el susto pidió al hombre que la ayudara a llevar a Leonor hasta la habitación; la depositaron en la cama y comenzó por cambiarle la camisola mojada por otra seca mientras Juan de Dios se puso a encender la chimenea.
Justina la arropó con las cobijas para luego darle masajes en las manos, que la reanimaron y pudo susurrar:
—Estoy muy cansada, muy cansada.
Justina se puso a llorar con una mezcla de susto y coraje, y mientras la animaba con sus cuidados maternales, la recriminaba entre lágrimas:
—Tú y tus problemas emocionales me van a matar, con estos patatús has pasado, desde que el Conde entró en tu vida. Antes eras normalita, tenías una vida de bien y mira no más cómo éste hombre te la trastornó. Lo que no entiendo es qué diablos te pasó, si hace mucho tiempo que no te enfermas.
La negra se dirigió a Juan de Dios que simulaba no oír nada y le preguntó:
—¿Qué crees le pudo haber sucedido?
—¡Ay, mama Justina! Anoche sucedió una desgracia.
Juan de Dios calló y se sumió en su mutismo andino, exasperando a Justina, que sin poder dominar su impaciencia, lo increpó:
—¡Habla, infeliz! No me dejes con esta duda, tengo que saber qué pasó.
—Verá mama Justina, anoche llegó el Señor Conde y yo del susto no salí toda la noche. No sé si la Señora lo vio, pero algo así tiene que haber sucedido.
Justina miró con preocupación a Leonor, que parecía sufrir mucho, y pidió a Juan de Dios una toalla para secarle el pelo. Con sus manos friccionaba el cabello, mientras pensaba en voz alta:
—Yo sabía que este momento tenía que llegar y por una coincidencia de la vida, la Señora no salió anoche, pero si no lo vio, ¿qué le pasó?
Justina palideció al comprender que Leonor había estado escondida en la galería secreta, y sin que Juan de Dios entendiera nada, dijo:
—La vamos a dejar dormir hasta que se recupere No te preocupes, que no hay pena que dure mil años ni cuerpo que lo resista.
Justina se sentó junto a Leonor, que parecía tener mucha fiebre, y despidió a Juan de Dios. Luego preparó un té medicinal y con una cucharita alimentó a Leonor como si fuera un pajarito herido. La nana pensaba que si Cumbres Altas había regresado a Quito era porque amaba a su niña, y que seguramente surgió un contratiempo que pronto se arreglaría.
El Doctor Espinosa vino todas las mañanas a recetar y controlar a Leonor, y con cariño le decía:
—Bueno Señora, parece que esto va mucho mejor.
Ella lo miraba agradecida y se tomaba los remedios repugnantes que le daba.
Una tarde, cuando Leonor estaba bordando junto al fuego, Justina, que no dejaba de observarla y se inquietaba por la forma con que perdía peso, se levantó de su asiento y le dijo en el tono más animoso que pudo:
—Tienes que enfrentarte sin miedo y con la frente muy en alto como tú lo haces—. Justina, vestida con un traje rojo sangre se puso una peineta en el pelo, una rosa en el pecho y una cinta verde que le caía por el hombro. —Así tienes que hacer — batía las diminutas pestañas, entornaba los ojos y se ocultaba tras el abanico de concha perla de Leonor, que se puso a reír.
—Prepara mi baño, que esta noche voy a estar más bella que nunca —. Leonor se levantó y abrazó a su nana mientras le decía: —Gracias por quererme tanto y soportar mis caprichos — se estrechó con fuerza entre su pecho, —eres más que una madre para mí, te quiero mucho.
Justina le devolvió el cariño con besos en las mejillas.
Cuando Justina terminó de preparar el baño, la Señora, llena de sensualismo se sumergió en la tina de agua caliente y espumosa. Luego de un rato, advirtió en la esquina de la ventana a una araña que tejía la seda de su red y se sorprendió al pensar que ella era así; tejía una infinita red para que un día Juan Ramón cayera en ella, esa era la razón de su vida y de todo lo que hacía.
Se oyeron los cascos de los caballos del coche de Juan de Dios, y Leonor reconoció los apresurados pasos de Dorotea atravesando los salones, subiendo las escaleras y antes de que tocara en su alcoba dijo:
—Justina, Dorotea viene alborotada, debe tener alguna noticia fresca.
La nana la miró asombrada y le preguntó:
—¿Cómo sabes que es ella?
—Abre la puerta.
Antes de que la otra tuviera tiempo a reaccionar, se oyeron unos golpes en la puerta.
—¡Señora, Señora!
Dorotea entró en la habitación casi sin aliento.
—¿Qué sucede?
Justina la reprendió con la mirada, pues odiaba esos arrebatos.
—¿No se imaginan quién viene esta noche?
Dorotea, que esperaba una respuesta, miró simultáneamente a las dos mujeres y Justina contestó:
—El Conde de Cumbres Altas, por supuesto.
—Sí, el Conde, pero también viene el Dr. Gabriel García Moreno.
Leonor se incorporó en la bañera y miró con terror a Justina, luego les preguntó a las dos:
—¿Creen que me reconozca? — parecía que hablaba con ella misma. —Lo dudo, me conoció siendo muy niña. Además, no frecuentaba mucho la casa del tío Manuel y cuando lo hacía casi nunca estaba yo.
Justina la quería tranquilizar, y le contestó:
—Sí, mi niña, casi no te vio; recuerda que vivía desterrado y tu larga estadía en Europa te cambió tanto que ninguno de tus conocidos puede reconocerte.
Leonor respiró tranquila mientras observaba la forma en que la araña tejía su inteligente obra y admiró la delicadeza y belleza de su trama. Pidió más agua caliente para alargar su baño y soñar despierta con la red que ella había tramado hace tanto tiempo.




