El coche, que era una berlina traída pieza por pieza desde Francia, rodaba con dificultad por las estrechas y mal empedradas calles de Quito. Juan de Dios, cubierto bajo la capota de cuero negro, iba al pescante azuzando a los caballos que resoplaban bajo la lluvia y dejaban un vaho caliente a su paso. Dentro, los pasajeros iban en silencio con su ropa de etiqueta y arropados en sus capas negras. Uno de ellos se dirigió al compañero que tenía frente a él:
—¿Cómo le parece este coche Gabriel, se parece a los de París?
—Claro, es una berlina como la que se usa en las grandes ciudades de Europa, ésta es quizá la única que hay en Quito — contestó García Moreno, que miraba los arneses empapados a través de loS cristales.
—Es una lástima que no podamos desplazarnos por el país con esta comodidad — comentó un joven que tenía el sombrero sesgado. —¿No cree, Gabriel, que se debería hacer una importación masiva de coches para poder viajar hasta Guayaquil?
—No sea iluso, querido amigo, primero hay que trazar caminos y se necesita tener mucho poder y dinero para poner en práctica semejante hazaña. Calcule usted lo que costaría cruzar la cordillera — contestó García Moreno con la mirada perdida en la oscuridad.
Se escuchó el sonido del río y los caballos avivaron el trote.
—Estamos por llegar, el viaje es corto, pero tan placentero… — suspiró el joven del sombrero ladeado.
La lluvia era ahora una fina neblina y el coche entró a paso rápido por la alameda iluminada con antorchas. Al fondo se veía la casa con los faroles encendidos y la luna roja sobre el techado.
García Moreno fue el último en bajar, sus acompañantes lo miraban con expectativa, ya que lo habían animado a venir elogiando el lugar, pero él no dio ninguna muestra de entusiasmo y subió las escaleras con el bastón en la mano y la mirada altiva.
Dorotea los esperaba en lo alto, y luego de saludar a cada uno, hizo una reverencia imperceptible ante García Moreno y le dio la bienvenida en silencio. Gabriel le entregó el sombrero, la capa y el bastón y echó un vistazo al salón perfumado y al fuego de la chimenea, luego se paseó entre los invitados que lo saludaban con una pequeña venia. Dorotea, que había entregado las prendas de Gabriel a un sirviente, lo seguía un paso atrás, pendiente de sus movimientos.
Gabriel abrió una puerta de madera lustrada y entró en el comedor seguido por la cajonera. Miró imperturbable la mesa larga de mantel blanco y servicio de plata, en donde habían colocado diferentes viandas de carnes frías y bocaditos de diversas formas y tamaños. En otro costado había una ponchera de cristal y un juego entero de copas largas.
—¿Qué es esto, Dorotea?
—¡Ay Doctor! espero que le guste, la Señora dice que es “buffet”. Creo que en Europa se acostumbra.
—Estoy impresionado con el refinamiento que encuentro en este lugar —. Tomó una copa de champán que le ofreció un mesero y se preguntó cómo hacía la dueña para obtener licor francés, inasequible para los demás. Continuó su visita por el lugar con pasos firmes y se detuvo en el invernadero, Dorotea lo seguía, atenta a sus comentarios: —Esto debería pertenecer al Estado para recibir al Cuerpo Diplomático y dar galas, pero con la vulgaridad de Robles y Urbina y la falta de gusto que tienen, ni se les va a ocurrir.
Gabriel dio por terminado el recorrido y regresó al salón de grandes arañas de cristal. A lo lejos divisó a Cumbres Altas que conversaba con uno de los ministros del régimen, se le acercó y lo saludó:
—Juan Ramón, no sabía que estaba en el Ecuador.
Cumbres Altas reconoció al cuñado de sus tíos, lo había conocido en el banquete que dio su tío Manuel con motivo de su ascensión al poder. Esta vez, le extendió la mano y le contestó:
—Llegué hace poco.
—He pasado muchos momentos en la Ciénega y me consta las mejoras que usted hizo —. Lo miró con amabilidad, y continuó: —De alguna forma, el que mi esposa sea pariente suyo nos emparenta a nosotros, lo cual me da mucho gusto. Me parece que todos ustedes descienden de Gregorio Matheu; si no estoy equivocado, usted es nieto de Catalina Matheu y de Zapata de Mendoza, Conde de Cumbres Altas, que fue Oidor de la Audiencia de Quito por casi toda su vida, por eso usted a más de español tiene algo de quiteño.
Juan Ramón se perdió un poco en la conversación, al ver que María África lo miraba a lo lejos.
—Me han contado que las mujeres que trabajan en esta casa son todas europeas que vinieron con la Señora para establecerse en Quito y parece que les va muy bien—Dijo García Moreno al ver que Juan Ramón miraba fijamente a la mujer rubia de cintura fina que se desplazaba tras las copas de cristal.
—Algunas son extranjeras— contestó Juan Ramón.
García se puso a observarlas y se admiró de la desenvoltura con que se movían entre los hombres de Estado. Luego, al ver vacíos los asientos de cuero junto a la chimenea dijo en tono menos formal:
—Lo invito a sentarnos junto al fuego, antes de que alguien se nos adelante.
Cumbres Altas se sentó junto a Gabriel, y tuvo que hacer un esfuerzo para mantener el hilo de la conversación, que se le hacía sosa e irrelevante ante la tempestad que se desató dentro de su corazón; algo maligno se estaba apoderando de sus sentidos, una amenaza que venía en el perfume de las mujeres y en el fuego de las velas, pero hizo un esfuerzo para parecer atento y se dispuso a escuchar lo que le decía aquel hombre de mirada siniestra:
—Tengo entendido que usted es un gran soldado, el mundo es chiquito y me he enterado de sus hazañas y de su valentía.
—Me imagino que ha recibido esas noticias por mi tía Carmen.
En ese momento se les acercó el Ministro Granadino y con su educación bogotana dijo:
—Me permiten acompañarlos, pues he escuchado sin querer la conversación.
Cumbres Altas y García Moreno se pusieron de pie para saludar al Embajador y luego volvieron a sentarse junto al fuego. El Dr. Uribe tomó una copa de coñac y dijo:
—Dr. García, no se equivoca usted al decir que el Conde es un valiente, un héroe diría yo.
Cumbres Altas confuso le preguntó:
—¿Qué habéis oído?
—Señor Conde, lo que he escuchado lo comentaban todos los que estuvimos en París este otoño, se hablaba mucho de la Guerra en Crimea y de su heroicidad en Balaklava al enfrentarse a los rusos. También estuvo usted con el ejército italiano de Serdenia en el asalto a Sebastopol. Ambas guerras cruentísimas; se cuenta que mataron seis caballos debajo suyo.
Cumbres Altas se ensombreció y no quiso hablar, en aquel sitio tan frívolo, de algo tan doloroso como la guerra, y como si estuviera hablando para sí mismo dijo:
—Son exageraciones, no fueron seis caballos, no recuerdo… No se tiene conciencia de eso en momentos.
El Embajador Granadino sonrió, conmovido con la humildad del conde, y le confesó:
—No sabe la admiración que siento al estar junto a un héroe de su calibre.
Juan Ramón, con una mueca como sonrisa, le contestó:
—No crea en héroes, y la guerra de Crimea fue la más estúpida de las guerras; sin estrategia e impulsada por motivos religiosos y por grandes errores diplomáticos.
—Pero usted peleó también junto a Garibaldi, cuando derrotaron a los austriacos. Fueron ustedes los voluntarios que pusieron en carrera al Ejército Imperial.
—Si, esa guerra fue heroica y por nobles ideales; mejores causas que la estupidez de las otras.
García Moreno y el Embajador Granadino se pusieron a comentar sobre aquellos sucesos, mientras Cumbres Altas, sumido en sus pensamientos, recordó que le dieron por muerto arrojando su cuerpo en una carreta junto a decenas de cadáveres, para que sus familiares los identificaran y se los llevaran a darles sepultura. Una mujer anciana, al no encontrar a su nieto, se percató que él estaba con vida y lo llevó a su casa para cuidarle con cariño y devoción hasta curarlo. Le daba de comer en la boca, le hacía mimos y le decía que tenía los ojos más bellos de la comarca.
García Moreno se llenó de recelo y de suspicacia, el joven lo había asustado, pero sobreponiéndose, y para que no se le notara su desconfianza, lo quiso atraer para su causa. Cuando el Ministro Granadino se alejó con un General de División y los dejó solos, le dijo:
—El país pende de un hilo. En Guayaquil, barcas peruanas nos tienen sitiados sin permitir que entren alimentos, en el interior se manda a asesinar y se humilla a decentes ciudadanos cuyo único pecado es el amar a la patria.
García Moreno entró en detalles y poco a poco, Cumbres Altas se dejó arrastrar por su discurso y quiso servir al Ecuador; no le importaba mucho lo que pasaba con el Perú, sólo quería poner su espada al servicio del Ecuador en contra de lo que fuera, y si antes se fue a la guerra con los ojos vendados, esta vez lo haría por reparar un grave error. “Espero que Leonor me perdone, aunque lo nuestro ya no pueda ser”, pensó.
Juan Ramón puso mucha atención a lo que escuchaba: El Presidente Castilla del Perú tenía sitiado al Ecuador, pero en realidad lo que trataba era de acabar con el régimen de Robles y su mentor Urbina, al menos esa era la versión de García Moreno, que incluso habló de viajar al Perú para obtener ayuda.
—¿Sabía usted que al liberar a los esclavos, Urbina formó un terrible regimiento de negros iletrados y salvajes llamados los “Tauras”?
Al ver la expresión de sorpresa del Conde continuó:
—Me lo imaginaba, usted no está al tanto de los atropellos que han cometido estos negros ungidos de poder, a los que Urbina llama sus “Canónigos”. Han llegado al extremo de molestar a la familia, a perseguir y reducir a prisión a distinguidas damas, entre las cuales están Juanita Jijón y Doña Valentina Serrano.
Juan Ramón lo interrumpió:
—Sí, recuerdo a Doña Valentina, es la madre de Virginia Klinger.
Recordó el viaje a Guachalá de propiedad del matrimonio Aguirre-Klinger. Fue en esa hacienda donde hace tanto tiempo había roto el corazón de Leonor, y sin dudarlo aseguró a Gabriel que estaba dispuesto a luchar por el país.
—Entonces cuento con usted para emprender esta lucha titánica y sacar al Ecuador del negro pozo en que está sumido.
García Moreno hablaba con pasión.
Se hizo un grave silencio interrumpido por una exclamación; Cumbres Altas y García Moreno regresaron a ver. Dorotea, que todo lo observaba, susurró al oído de Magda, la rubia teñida:
—Se les cayó la baba.
La Señora había hecho su aparición en los altos de la escalera. Vestía de negro entero y llevaba un chal de fina alpaca rosa alrededor de sus hombros desnudos. Su cabello caía por la espalda en un entramado salpicado por pequeñas mariposas de diamantes, que brillaban con las luces de los briseros. Los magníficos rubíes de sus aretes, encendían su mirada y, alrededor de las muñecas, unos brazaletes de gemas de diversos colores, suavizaban lo severo del vestido.
“Es la hermosura hecha criatura”, pensó García Moreno, admirado, pues ni en París vio una mujer tan bella. Cumbres Altas, con palidez de muerte, no podía quitar los ojos de aquella mujer, a la que encontró cambiada; dueña de sí misma, como una reina acostumbrada a ser obedecida. Aquella aparición tomó por sorpresa a Juan Ramón, pero pronto el rencor lo encegueció y no pudo ver el profundo dolor con el que ella lo miró. Ahora, todo le pareció una puesta en escena barata; la música de los violines sirviendo de marco a la mujer en las escaleras, el embobamiento de todos y la exaltación nerviosa de Rebolledo que le dijo:
—¿Ve, Excelencia, que no eran exageraciones de nadie y que en verdad es la más hermosa de las mujeres?
Cumbres Altas se sintió asqueado con tanta cursilería y estuvo a punto de mostrarse descortés, cuando García Moreno lo llevó a parte y le dijo:
—Creo que debemos salvarla de tanto crápula que la quiere acaparar.
Cumbres Altas no tuvo otra alternativa que seguirlo y se acercaron a Leonor, mientras Gabriel le decía:
—Señora, mi amigo y yo quisiéramos que nos acompañe junto a la chimenea.
Ella le dirigió la más dulce y encantadora de las sonrisas y le dijo:
—Encantada, Doctor García.
—No puedo creer que usted me conozca.
—¿Quién no lo conoce? Todo Quito habla de su valentía y su alta preparación. Parece que muchos lo quisieran ver en el Poder.
—En el Poder Supremo me van a ver, de eso no tenga la menor duda, cuando me propongo una cosa, lucho hasta conseguirla, jamás he dejado ir un sueño o algo que anhelo —. Luego recordó a Juan Ramón y continuó: —Si ya me conoce, déjeme presentarle al Conde de Cumbres Altas que acaba de llegar de España.
Leonor se tomó del brazo de García Moreno para que no se notara su temblor mientras Juan Ramón hizo una venia y simuló besar la helada mano de su anfitriona.
Leonor leyó la rabia en los ojos de Juan Ramón, y se asustó; no era así como ella había vislumbrado su encuentro con él, al cabo de tanto tiempo. Su desilusión fue tan grande que sintió su cuerpo rasgarse por dentro. García Moreno notó el estremecimiento, y le dijo:
—Creo que será mejor acercarnos al fuego, está usted temblando de frío.
La Señora reclinó su cabeza en el hombro de García Moreno para no caer, y los tres se encaminaron hacia la chimenea y se sentaron alrededor del fuego. El corazón de Cumbres Altas se heló y quiso herir mortalmente a Leonor por haberle causado, con su modo de vida, una herida más grave que cualquiera de las que recibió en la guerra. El odio fue como un bálsamo que poco a poco lo fue calmando, hasta que entre los perfumes perturbadores y el calor del fuego, le llegó el olor del mar y se olvidó de todo. Se levantó bruscamente para buscar de donde salía aquella emanación que lo atraía con tanta fuerza y se disculpó con sus acompañantes:
—Perdonadme, voy a buscar a alguien — y se alejó
Leonor se sintió derrotada y vio a Juan Ramón, hermoso como un dios griego, alejarse de ella. Quiso correr hacia él y decirle que lo amaba y que la casa, las mujeres y lo que en ese lugar sucedía, eran por causa de su abandono. Para que nadie notara nada, Leonor propuso a García Moreno ir a dar una vuelta para enseñarle el lugar:
—Deme su brazo y deje que le sirva de guía.
Se apretó a él con la esperanza de molestar a Juan Ramón, y se encaminaron a recorrer la casa.
Juan Ramón ignoró a Leonor y a su acompañante, mientras se apartaba. El olor a mar no sólo flotaba en el aire; estaba dentro de él como un lejano recuerdo, y entonces encontró a la mujer rubia de cuello de cisne sentada en un apartado lugar, con la mirada perdida en la ventana por donde entraba la noche clara. Él se le acercó y vio en el reflejo del cristal al frágil cuerpo temblar ante su presencia. Movido por una intensa ternura le acarició el cabello y tomándola del mentón, la obligó a levantarse.
—¿África, te acuerdas de mi?
La joven, al escuchar su nombre en la boca de su amigo se puso contenta, le sonrió y le contestó:
—Qué bien que me recuerdes, Juan Ramón. Tenía miedo de no volverte a ver.
Él no le contestó y la miró con intensidad. Analizando cada átomo de su boca, de su cuello y de su escote, la atrajo hacia él. Ella no puso resistencia y se dejó besar.
Mientras tanto, en otro lado de la casa, García Moreno del brazo de Leonor, no dejaba de admirar lo magnífico del lugar y al escuchar un valse vienés dijo:
—Qué bueno que en Quito alguien ejecute un valse vienés con maestría.
—Dr. García, estos músicos gitanos son unos virtuosos, hay que aprovechar el tiempo que se queden entre nosotros — y del brazo de García Moreno abrieron el baile.
Todos bailaban y en una de las vueltas, García Moreno divisó al Conde de Cumbres Altas de pie junto la mujer rubia, y le dijo a la pasada:
—¡Vamos, señor Conde, le reto a una competencia de resistencia!
Cumbres Altas aceptó el reto, y tomando a África por la cintura bailó con ella.
La amplitud y la iluminación del salón de baile impresionaron a García Moreno, que bailó, voló y se deslizó, hechizado por la belleza y gracia de aquella mujer y la fantasía del lugar. El resto de los hombres vestidos de etiqueta bailaban con mujeres emplumadas la elegante danza, para luego pasar a la polca entre risas y zapateo. Poco a poco, la atmósfera se fue relajando; se permitían besos y toda clase de caricias, y las jóvenes empleadas de la casa improvisaron un baile sensual con palmas y taconeo.
En un receso los señores importantes bebieron ponche de vino y se olvidaron de los buenos modales. En los divanes más apartados, se podía encontrar a algunos senadores muy cariñosos con las “europeas” de la casa.
Cuando la noche había avanzado mucho, unos negros con el torso desnudo entraron con bongos y tambores para reemplazar a los gitanos que se merecían un descanso. La música era de percusión, y todos comenzaron a mover los pies a la espera de algún desenlace. En ese momento, María África, movida por un oscuro impulso, se plantó en el centro y comenzó a moverse lujuriosa, voluptuosa. La Canaria bailaba como una negra, lo que hacía contraste con su pelo rubio; sus pies y caderas marcaban a la perfección el ritmo y todos la miraban llenos de sensualismo.
Leonor, junto a su acompañante, observaba el deseo en el cuerpo de África, que creyéndose sola bailaba para Cumbres Altas. García Moreno sentía en su brazo la fuerza con que la Señora se apretaba y se asustó cuando la vio tan pálida, por eso le preguntó:
—¿Se siente mal, Señora?
—Estoy un poco sofocada, pero muy entretenida con el espectáculo.
Leonor se fijó en la forma como Juan Ramón contemplaba a la bailarina, y tuvo ganas de gritar porque anticipó una desgracia: vio a Cumbres Altas absorto en las vueltas sensuales de María África, pero también lo intuyó despiadado, dispuesto a cualquier acción para vengarse de ella. Un miedo que no había conocido se apoderó de ella y ya no pudo continuar en el salón, se volteó hacia su compañero y le dijo:
—Disculpe, Doctor García pero lo voy a abandonar un momento para refrescarme.
—Adelante, Señora — le contestó, y se quedó observando a los negros que tocaban los tambores, y a las mujeres que comenzaron a buscar pareja.





No dejo de asombrarme por los relatos tan buenos e interesantes, felicidades Agueda.
Gracias, Gloria. Seguimos leyendo, un beso a la distancia