Cumbres Altas caminaba a grandes trancos por la habitación del altillo, que le pareció en ese instante una jaula suspendida en lo alto de la casa. Se detuvo junto a la ventana y vio en medio de la plaza, a un grupo de hombres y mujeres que hablaban acaloradamente. Pronto se dispersaron, pero Juan Ramón observó que unos cuantos repartían panfletos a los que transitaban por las calles.
Estaba absorto en lo que pasaba en la plaza, cuando vio a Dorotea conversar con un hombre de aspecto siniestro; aquello le asqueó y se retiró para no ver a la empleada de Leonor en tratos con gente sospechosa, que sin duda complotaban junto a García Moreno.
El solo nombre de aquel que había pasado la noche con Leonor lo enardecía y quiso ir a la guerra para desenmascararlo ante los soldados y la opinión pública. No comprendía cómo nadie censuraba a García Moreno el que se hubiese entrevistado con el Presidente Castilla del Perú, que tenía sitiado al Ecuador con su ejército. Lo que más le indignaba era la ingenuidad con que los ecuatorianos tragaron el cuento de que el presidente peruano quería el bien del país.
Luego de unos momentos, escuchó golpes en la puerta, y antes de que pudiera contestar entró Roberto Ascásubi, que le luego de saludarlo le comentó:
—Juan, hay malestar en Quito, la gente está indignada por las atrocidades que cometen los Tauras.
—Ya me doy cuenta, desde la ventana puedo ver a la gente alterada.
Juan Ramón interrogó con la mirada a Roberto, que le explicó:
—Han asesinado a un impresor, uno de los que difunde lo que García Moreno escribe —Calló al ver la cara enfadada de su sobrino —¿Y a ti qué te pasa, por qué pones esa cara de disgusto?
—Sabéis bien todos que no me gusta ese tipo, pero vosotros lo amáis, no puedo hacer nada.
—Mira, Juan en este país no hay nadie más preparado que él.
—Sí, tan preparado que ha dividido al país para volverlo a unir con una guerra bien ideada por él. Es listo tu cuñado.
—Puede ser que a ti te parezca poco noble lo que ha hecho, pero hay momentos en los que es preferible inventar una verdad… mentir un poco para salir de un estado de cosas insostenibles, cuando se mata, se encarcela y se exilia a gente inocente como pasa ahora.
Callaron y se encaminaron nuevamente a la ventana y vieron más gente organizada; Roberto dijo:
—El primero de Mayo de este año de 1859, hubo una convocatoria en los salones de la Universidad donde se escuchó, reiteradamente, el nombre de García Moreno para ser proclamado Jefe Supremo.
—¿Vais a derrocar al gobierno? — preguntó Juan Ramón.
—Esa es la esperanza del pueblo. Ahora hemos formado el Gobierno Provisorio.
—Sí, ya me he enterado que el Primer Triunviro es tu cuñado, y también sé que mandasteis una solicitud al Presidente Robles para que dimitiera.
—No se trataba solamente de que dimita, sino que con ese acto de generosidad por parte del Presidente aspiramos a que las relaciones con el Perú se normalicen.
Juan Ramón se alejó de la ventana y se sentó en un amplio sillón de cuero. Roberto Ascásubi lo siguió, se sentó frente a él en una silla vienesa, y continuó:
—El General Robles no dimitió a su cargo, sino que por el contrario declaró al Gobierno Provisorio como ilegal. Entonces en Cuenca se instaló otro Gobierno con Jerónimo Carrión como Jefe Supremo.
Juan Ramón escuchaba con mucha atención lo que Roberto le relataba y se sintió atrapado en las redes del acontecer ecuatoriano. Su tío comentó:
—Así que ésta es la situación del Ecuador en este instante.
—¡Vaya situación! Y pensar que pienso unirme al hijo de puta.
—No tienes que hacerlo, no eres ciudadano ecuatoriano.
—Pues coño, no sé, pero quiero el bien de todos.
—Bueno, bueno, Juan Ramón.
Juan Ramón no contestó y aceptó la invitación de Roberto para salir a las calles y medir la temperatura política del momento. Aquella noche hubo bailes y festejos en honor al Gobierno Provisorio y a García Moreno, su primer Triunviro.
A la mañana siguiente, bien temprano, el sonido de los cascos en el adoquinado de las calles de Quito despertó a más de un trasnochado que había festejado el día anterior. Parecía que toda la ciudad soñaba con mejores días y con alguien enérgico para manejar los destinos del pequeño país que no terminaba por consolidarse.
Carmen Salinas y Cumbres Altas iban en sus caballos, ajenos a tanto chuchaqui y dolor de cabeza por la borrachera de la noche anterior.
—¿Adónde pretendes llevarme? Tienes que pensar en mi edad —preguntó Carmen a su sobrino, que manejaba con seriedad las riendas de su caballo.
—Vamos a subir al Panecillo, tengo ganas de ver la ciudad desde arriba y observar el amanecer.
Carmen se dio cuenta que su sobrino quería hablarle en un sitio apartado.
Mientras subían por el camino estrecho, se encontraron con un grupo de indígenas con vistosas vestimentas, que al cruzarse con los jinetes descubrieron sus cabezas, bajaron la mirada y dijeron:
—Alabado.
Continuaron su marcha tratando de no molestar. Los jinetes contestaron con un ademán de la mano y continuaron la ascensión. Al llegar a la cima, desmontaron y ataron los caballos a un arrimadero. Se sentaron en la hierba y en silencio vieron iluminarse la ciudad con los rayos del sol.
Al cabo de un momento, Carmen dijo:
—Mira la Plaza Mayor, desde aquí se observa perfectamente la casa y el altillo — señaló con el dedo, admirada como siempre por la belleza de las vistas.
—Desde esta cima ves el trazado perfecto y la armonía lograda… ¡Qué artistas somos los españoles! — dijo él con el afán de burlarse un poquito del patriotismo de su tía, pero ella como si no lo hubiera escuchado le contestó:
—Tú me quieres decir algo Juan Ramón. Ahora que nadie nos oye puedes hablar conmigo con toda confianza.
Juan Ramón se sintió atrapado; la había llevado tan lejos para hacerle preguntas, pero ella se le adelantó poniéndole nervioso.
—Es difícil hablar sobre este tema, pero eres la única que puedes entender; has criado a Leonor y me tuviste en tu casa cuando era muy joven.
Se asombró de haber dicho aquello tan abruptamente, la tomó de la mano y continuó:
—Eres nuestra madre, y por eso creo que debes saber lo que ha pasado entre Leonor y yo.
Le relató todo lo que había sucedido entre los dos sin omitir detalle, ni el nombre de García Moreno. Cuando terminó, vio que Carmen secaba con el dorso de su mano unas furtivas lágrimas.
Cumbres Altas la miró preocupado.
—No es mi intención entristecerte ni llenarte de problemas —dijo.
—Te equivocas, no me entristeces; al contrario, me emociona que veas en mí a una madre y que pienses que lo he sido también para Leonor.
Por un momento los dos se pusieron a mirar la ciudad que se llenaba de movimiento. Con un inesperado ademán, Carmen obligó a su sobrino a mirarle y le preguntó:
—¿Qué pretendes hacer con Leonor?
Juan Ramón la miró perplejo, había detectado un matiz diferente en el tono con que su tía lo interrogaba, como si estuviera enfadada, y le contestó:
—Te he dicho que de pronto comprendí que la amaba.
—¿De pronto? ¿Te parece a ti que eso es amor?
—Me he explicado mal, no fue de la noche a la mañana que entendí que Leonor era la mujer que yo amaba. Busque tanto ese amor sin saber que ya lo tenia.¡Coño, tía, qué estúpido soy!
—Yo no te entiendo y te pido que recapacites antes de hacerle más daño del que ella pueda soportar. Cuando te fuiste perdió la razón.
Ahogó un sollozo y continuó:
—Andaba en harapos limpiando las calles, no pudo entender tu abandono. Verla en aquel estado me rompía el corazón.
—Sé que fui cruel y estúpido, pero he pagado sobradamente.
—¡Sobradamente, no seas cínico!
Luego dijo en voz baja:
—Si has tenido a tus pies a condesas y duquesas, si te han amado las mujeres más bellas de Europa, no entiendo qué haces en esta ciudad alejada del mundo, acosando a Leonor.
Juan Ramón nunca la había visto tan enojada y comprendió que la había herido casi tanto como a Leonor. Se acomodó hasta quedar frente a ella y le tomó las manos para decirle:
—No sé si podrás algún día perdonarme, pero al menos escucha lo que quiero decir.
La miró a los ojos y cuando vio en ellos su consentimiento dijo:
—Toda mi vida ha sido un transitar por países y lugares alejados en busca de algo, como una mujer que me haga feliz, no sé —se calló un momento para luego continuar —Creo que esa búsqueda era una necesidad de encontrar la paz… He escudriñado en cada mirada de mujer a la misma que había dejado atrás. Qué estúpido fui.
Carmen lo interrumpió para decirle:
—No te entiendo.
—Creo que he perseguido la esencia de Leonor en otras mujeres, hasta que me di cuenta que era ella a la que buscaba.
Una pena se dibujó en su rostro, cuando con tono de niño ofendido dijo inesperadamente:
—Sabes, tía, que disparó contra mí.
—Lo sé, lo hizo para defenderse, tú ibas a matarla. Quiero que sepas que no pasa una semana sin que me visite, lo hace muy bien camuflada, nadie se ha enterado jamás.
Juan Ramón al escuchar aquella verdad de labios de la que consideraba su madre, se echó a llorar, y ella, conmovida, lo acunó entre sus brazos hasta que se quedó sin lágrimas.
Se escuchó el tañer de las campanas; el cielo azul y el colorido de la ciudad los animó; Juan Ramón se levantó y ayudó a su tía a ponerse de pie, luego la abrazó y para no preocuparla le dijo mimoso:
—Voy a unirme a las fuerzas de García Moreno.
—No te aconsejo unirte a nadie, no creas en patriotismos; aquí manda el personalismo
—Ya me he dado cuenta; no he conocido entre el grupo de los políticos uno que sepa lo que pasa en el mundo, no he escuchado un planteamiento serio sobre leyes, servicios sociales, políticas culturales, nada que tenga fundamento, sólo conocen el insulto; se ufanan de ser grandes insultadores, estoy consciente, pero necesito involucrarme en algo heroico para por lo menos preocupar a Leonor.
Calló por un momento, que Carmen aprovechó para decir:
—Para vivir con Leonor tienes que casarte con ella y yo no te veo del cuño de los hombres de hogar.
Le pasó la mano por la frente y continuó:
—Eres amante, aventurero y el matrimonio sería una cárcel.
—Me matan las dudas, tía.
—De qué dudas?
—Dudo de que sea puta.
Carmen se mantuvo en silencio por largo rato mientras Cumbres Altas esperaba expectante y al ver el silencio de su tía repitió:
—Dime, dime. Tú sabes.
Carmen parecía no escucharlo, se puso a jugar con con el trébol blanco del prado donde estaban sentados mientras pensaba que Juan Ramón no tenía el valor para preguntárselo a Leonor porque sabía que cualquier cosa que dijera, él no se lo iba a creer y por eso se lo estaba preguntando a ella, entonces contestó:
—Tú mismo contesta esa pregunta.
Juan Ramón, que entendió que no iba a sacar nada en claro, dio por terminada la conversación, se levantó y extendió la mano a Carmen que se puso de pie con agilidad, luego se acercaron a los caballos, los desató y ayudó a montar a su tía en la yegua blanca ensillada con gancho. Él saltó sobre “Tempranillo” y emprendieron el regreso.
Recorrieron un poco la ciudad antes de retornar a la casa; subieron interminables cuestas para bajar por escarpadas pendientes. Se sumergieron entre las casas de tejados y balcones floridos. Por los portones se escapaba un aroma de azahares.
Hicieron un recorrido por templos e iglesias con atrios de piedra y se detuvieron frente a la Compañía, mientras los caballos resoplaban nerviosos y los transeuntes les daban paso. Juan Ramón admiró por un buen rato la fachada, que parecía un laborioso bordado en piedra. Luego, con aire meditativo dijo:
—El trabajo es asombroso, debe haber costado mucho esfuerzo labrar en piedra tan dura.
Carmen se asombró al sentir tanta quietud a esas horas. Un diáfano aire le desarregló el pañuelo que llevaba atado al cuello y se filtró por su piel. Sintió un ligero escalofrío y pidió a su sobrino continuar con la marcha, manejaba con cuidado las riendas de fino cuero.
Cabalgaron hacia el Ejido en las afueras de la ciudad. Con el sol sobre sus cabezas y bajo un cielo azul recorrieron las praderas para uso comunal. Tomaron leche recién ordeñada que les ofreció una niña mientras unas llamas adornadas con cintas de colores se apartaban con elegancia.
n medio de la plaza, a un grupo de hombres y mujeres que hablaban acaloradamente. Pronto se dispersaron, pero Juan Ramón observó que unos cuantos repartían panfletos a los que transitaban por las calles.
Estaba absorto en lo que pasaba en la plaza, cuando vio a Dorotea conversar con un hombre de aspecto siniestro; aquello le asqueó y se retiró para no ver a la empleada de Leonor en tratos con gente sospechosa, que sin duda complotaban junto a García Moreno.
El solo nombre de aquel que había pasado la noche con Leonor lo enardecía y quiso ir a la guerra para desenmascararlo ante los soldados y la opinión pública. No comprendía cómo nadie censuraba a García Moreno el que se hubiese entrevistado con el Presidente Castilla del Perú, que tenía sitiado al Ecuador con su ejército. Lo que más le indignaba era la ingenuidad con que los ecuatorianos tragaron el cuento de que el presidente peruano quería el bien del país.
Luego
Cumbres Altas caminaba a grandes trancos por la habitación del altillo, que le pareció en ese instante una jaula suspendida en lo alto de la casa. Se detuvo junto a la ventana y vio en medio de la plaza, a un grupo de hombres y mujeres que hablaban acaloradamente. Pronto se dispersaron, pero Juan Ramón observó que unos cuantos repartían panfletos a los que transitaban por las calles.
Estaba absorto en lo que pasaba en la plaza, cuando vio a Dorotea conversar con un hombre de aspecto siniestro; aquello le asqueó y se retiró para no ver a la empleada de Leonor en tratos con gente sospechosa, que sin duda complotaban junto a García Moreno.
El solo nombre de aquel que había pasado la noche con Leonor lo enardecía y quiso ir a la guerra para desenmascararlo ante los soldados y la opinión pública. No comprendía cómo nadie censuraba a García Moreno el que se hubiese entrevistado con el Presidente Castilla del Perú, que tenía sitiado al Ecuador con su ejército. Lo que más le indignaba era la ingenuidad con que los ecuatorianos tragaron el cuento de que el presidente peruano quería el bien del país.
Luego de unos momentos, escuchó golpes en la puerta, y antes de que pudiera contestar entró Roberto Ascásubi, que le luego de saludarlo le comentó:
—Juan, hay malestar en Quito, la gente está indignada por las atrocidades que cometen los Tauras.
—Ya me doy cuenta, desde la ventana puedo ver a la gente alterada.
Juan Ramón interrogó con la mirada a Roberto, que le explicó:
—Han asesinado a un impresor, uno de los que difunde lo que García Moreno escribe —Calló al ver la cara enfadada de su sobrino —¿Y a ti qué te pasa, por qué pones esa cara de disgusto?
—Sabéis bien todos que no me gusta ese tipo, pero vosotros lo amáis, no puedo hacer nada.
—Mira, Juan en este país no hay nadie más preparado que él.
—Sí, tan preparado que ha dividido al país para volverlo a unir con una guerra bien ideada por él. Es listo tu cuñado.
—Puede ser que a ti te parezca poco noble lo que ha hecho, pero hay momentos en los que es preferible inventar una verdad… mentir un poco para salir de un estado de cosas insostenibles, cuando se mata, se encarcela y se exilia a gente inocente como pasa ahora.
Callaron y se encaminaron nuevamente a la ventana y vieron más gente organizada; Roberto dijo:
—El primero de Mayo de este año de 1859, hubo una convocatoria en los salones de la Universidad donde se escuchó, reiteradamente, el nombre de García Moreno para ser proclamado Jefe Supremo.
—¿Vais a derrocar al gobierno? — preguntó Juan Ramón.
—Esa es la esperanza del pueblo. Ahora hemos formado el Gobierno Provisorio.
—Sí, ya me he enterado que el Primer Triunviro es tu cuñado, y también sé que mandasteis una solicitud al Presidente Robles para que dimitiera.
—No se trataba solamente de que dimita, sino que con ese acto de generosidad por parte del Presidente aspiramos a que las relaciones con el Perú se normalicen.
Juan Ramón se alejó de la ventana y se sentó en un amplio sillón de cuero. Roberto Ascásubi lo siguió, se sentó frente a él en una silla vienesa, y continuó:
—El General Robles no dimitió a su cargo, sino que por el contrario declaró al Gobierno Provisorio como ilegal. Entonces en Cuenca se instaló otro Gobierno con Jerónimo Carrión como Jefe Supremo.
Juan Ramón escuchaba con mucha atención lo que Roberto le relataba y se sintió atrapado en las redes del acontecer ecuatoriano. Su tío comentó:
—Así que ésta es la situación del Ecuador en este instante.
—¡Vaya situación! Y pensar que pienso unirme al hijo de puta.
—No tienes que hacerlo, no eres ciudadano ecuatoriano.
—Pues coño, no sé, pero quiero el bien de todos.
—Bueno, bueno, Juan Ramón.
Juan Ramón no contestó y aceptó la invitación de Roberto para salir a las calles y medir la temperatura política del momento. Aquella noche hubo bailes y festejos en honor al Gobierno Provisorio y a García Moreno, su primer Triunviro.
A la mañana siguiente, bien temprano, el sonido de los cascos en el adoquinado de las calles de Quito despertó a más de un trasnochado que había festejado el día anterior. Parecía que toda la ciudad soñaba con mejores días y con alguien enérgico para manejar los destinos del pequeño país que no terminaba por consolidarse.
Carmen Salinas y Cumbres Altas iban en sus caballos, ajenos a tanto chuchaqui y dolor de cabeza por la borrachera de la noche anterior.
—¿Adónde pretendes llevarme? Tienes que pensar en mi edad —preguntó Carmen a su sobrino, que manejaba con seriedad las riendas de su caballo.
—Vamos a subir al Panecillo, tengo ganas de ver la ciudad desde arriba y observar el amanecer.
Carmen se dio cuenta que su sobrino quería hablarle en un sitio apartado.
Mientras subían por el camino estrecho, se encontraron con un grupo de indígenas con vistosas vestimentas, que al cruzarse con los jinetes descubrieron sus cabezas, bajaron la mirada y dijeron:
—Alabado.
Continuaron su marcha tratando de no molestar. Los jinetes contestaron con un ademán de la mano y continuaron la ascensión. Al llegar a la cima, desmontaron y ataron los caballos a un arrimadero. Se sentaron en la hierba y en silencio vieron iluminarse la ciudad con los rayos del sol.
Al cabo de un momento, Carmen dijo:
—Mira la Plaza Mayor, desde aquí se observa perfectamente la casa y el altillo — señaló con el dedo, admirada como siempre por la belleza de las vistas.
—Desde esta cima ves el trazado perfecto y la armonía lograda… ¡Qué artistas somos los españoles! — dijo él con el afán de burlarse un poquito del patriotismo de su tía, pero ella como si no lo hubiera escuchado le contestó:
—Tú me quieres decir algo Juan Ramón. Ahora que nadie nos oye puedes hablar conmigo con toda confianza.
Juan Ramón se sintió atrapado; la había llevado tan lejos para hacerle preguntas, pero ella se le adelantó poniéndole nervioso.
—Es difícil hablar sobre este tema, pero eres la única que puedes entender; has criado a Leonor y me tuviste en tu casa cuando era muy joven.
Se asombró de haber dicho aquello tan abruptamente, la tomó de la mano y continuó:
—Eres nuestra madre, y por eso creo que debes saber lo que ha pasado entre Leonor y yo.
Le relató todo lo que había sucedido entre los dos sin omitir detalle, ni el nombre de García Moreno. Cuando terminó, vio que Carmen secaba con el dorso de su mano unas furtivas lágrimas.
Cumbres Altas la miró preocupado.
—No es mi intención entristecerte ni llenarte de problemas —dijo.
—Te equivocas, no me entristeces; al contrario, me emociona que veas en mí a una madre y que pienses que lo he sido también para Leonor.
Por un momento los dos se pusieron a mirar la ciudad que se llenaba de movimiento. Con un inesperado ademán, Carmen obligó a su sobrino a mirarle y le preguntó:
—¿Qué pretendes hacer con Leonor?
Juan Ramón la miró perplejo, había detectado un matiz diferente en el tono con que su tía lo interrogaba, como si estuviera enfadada, y le contestó:
—Te he dicho que de pronto comprendí que la amaba.
—¿De pronto? ¿Te parece a ti que eso es amor?
—Me he explicado mal, no fue de la noche a la mañana que entendí que Leonor era la mujer que yo amaba. Busque tanto ese amor sin saber que ya lo tenia.¡Coño, tía, qué estúpido soy!
—Yo no te entiendo y te pido que recapacites antes de hacerle más daño del que ella pueda soportar. Cuando te fuiste perdió la razón.
Ahogó un sollozo y continuó:
—Andaba en harapos limpiando las calles, no pudo entender tu abandono. Verla en aquel estado me rompía el corazón.
—Sé que fui cruel y estúpido, pero he pagado sobradamente.
—¡Sobradamente, no seas cínico!
Luego dijo en voz baja:
—Si has tenido a tus pies a condesas y duquesas, si te han amado las mujeres más bellas de Europa, no entiendo qué haces en esta ciudad alejada del mundo, acosando a Leonor.
Juan Ramón nunca la había visto tan enojada y comprendió que la había herido casi tanto como a Leonor. Se acomodó hasta quedar frente a ella y le tomó las manos para decirle:
—No sé si podrás algún día perdonarme, pero al menos escucha lo que quiero decir.
La miró a los ojos y cuando vio en ellos su consentimiento dijo:
—Toda mi vida ha sido un transitar por países y lugares alejados en busca de algo, como una mujer que me haga feliz, no sé —se calló un momento para luego continuar —Creo que esa búsqueda era una necesidad de encontrar la paz… He escudriñado en cada mirada de mujer a la misma que había dejado atrás. Qué estúpido fui.
Carmen lo interrumpió para decirle:
—No te entiendo.
—Creo que he perseguido la esencia de Leonor en otras mujeres, hasta que me di cuenta que era ella a la que buscaba.
Una pena se dibujó en su rostro, cuando con tono de niño ofendido dijo inesperadamente:
—Sabes, tía, que disparó contra mí.
—Lo sé, lo hizo para defenderse, tú ibas a matarla. Quiero que sepas que no pasa una semana sin que me visite, lo hace muy bien camuflada, nadie se ha enterado jamás.
Juan Ramón al escuchar aquella verdad de labios de la que consideraba su madre, se echó a llorar, y ella, conmovida, lo acunó entre sus brazos hasta que se quedó sin lágrimas.
Se escuchó el tañer de las campanas; el cielo azul y el colorido de la ciudad los animó; Juan Ramón se levantó y ayudó a su tía a ponerse de pie, luego la abrazó y para no preocuparla le dijo mimoso:
—Voy a unirme a las fuerzas de García Moreno.
—No te aconsejo unirte a nadie, no creas en patriotismos; aquí manda el personalismo
—Ya me he dado cuenta; no he conocido entre el grupo de los políticos uno que sepa lo que pasa en el mundo, no he escuchado un planteamiento serio sobre leyes, servicios sociales, políticas culturales, nada que tenga fundamento, sólo conocen el insulto; se ufanan de ser grandes insultadores, estoy consciente, pero necesito involucrarme en algo heroico para por lo menos preocupar a Leonor.
Calló por un momento, que Carmen aprovechó para decir:
—Para vivir con Leonor tienes que casarte con ella y yo no te veo del cuño de los hombres de hogar.
Le pasó la mano por la frente y continuó:
—Eres amante, aventurero y el matrimonio sería una cárcel.
—Me matan las dudas, tía.
—De qué dudas?
—Dudo de que sea puta.
Carmen se mantuvo en silencio por largo rato mientras Cumbres Altas esperaba expectante y al ver el silencio de su tía repitió:
—Dime, dime. Tú sabes.
Carmen parecía no escucharlo, se puso a jugar con con el trébol blanco del prado donde estaban sentados mientras pensaba que Juan Ramón no tenía el valor para preguntárselo a Leonor porque sabía que cualquier cosa que dijera, él no se lo iba a creer y por eso se lo estaba preguntando a ella, entonces contestó:
—Tú mismo contesta esa pregunta.
Juan Ramón, que entendió que no iba a sacar nada en claro, dio por terminada la conversación, se levantó y extendió la mano a Carmen que se puso de pie con agilidad, luego se acercaron a los caballos, los desató y ayudó a montar a su tía en la yegua blanca ensillada con gancho. Él saltó sobre “Tempranillo” y emprendieron el regreso.
Recorrieron un poco la ciudad antes de retornar a la casa; subieron interminables cuestas para bajar por escarpadas pendientes. Se sumergieron entre las casas de tejados y balcones floridos. Por los portones se escapaba un aroma de azahares.
Hicieron un recorrido por templos e iglesias con atrios de piedra y se detuvieron frente a la Compañía, mientras los caballos resoplaban nerviosos y los transeuntes les daban paso. Juan Ramón admiró por un buen rato la fachada, que parecía un laborioso bordado en piedra. Luego, con aire meditativo dijo:
—El trabajo es asombroso, debe haber costado mucho esfuerzo labrar en piedra tan dura.
Carmen se asombró al sentir tanta quietud a esas horas. Un diáfano aire le desarregló el pañuelo que llevaba atado al cuello y se filtró por su piel. Sintió un ligero escalofrío y pidió a su sobrino continuar con la marcha, manejaba con cuidado las riendas de fino cuero.
Cabalgaron hacia el Ejido en las afueras de la ciudad. Con el sol sobre sus cabezas y bajo un cielo azul recorrieron las praderas para uso comunal. Tomaron leche recién ordeñada que les ofreció una niña mientras unas llamas adornadas con cintas de colores se apartaban con elegancia.
de unos momentos, escuchó golpes en la puerta, y antes de que pudiera contestar entró Roberto Ascásubi, que le luego de saludarlo le comentó:
—Juan, hay malestar en Quito, la gente está indignada por las atrocidades que cometen los Tauras.
—Ya me doy cuenta, desde la ventana puedo ver a la gente alterada.
Juan Ramón interrogó con la mirada a Roberto, que le explicó:
—Han asesinado a un impresor, uno de los que difunde lo que García Moreno escribe —Calló al ver la cara enfadada de su sobrino —¿Y a ti qué te pasa, por qué pones esa cara de disgusto?
—Sabéis bien todos que no me gusta ese tipo, pero vosotros lo amáis, no puedo hacer nada.
—Mira, Juan en este país no hay nadie más preparado que él.
—Sí, tan preparado que ha dividido al país para volverlo a unir con una guerra bien ideada por él. Es listo tu cuñado.
—Puede ser que a ti te parezca poco noble lo que ha hecho, pero hay momentos en los que es preferible inventar una verdad… mentir un poco para salir de un estado de cosas insostenibles, cuando se mata, se encarcela y se exilia a gente inocente como pasa ahora.
Callaron y se encaminaron nuevamente a la ventana y vieron más gente organizada; Roberto dijo:
—El primero de Mayo de este año de 1859, hubo una convocatoria en los salones de la Universidad donde se escuchó, reiteradamente, el nombre de García Moreno para ser proclamado Jefe Supremo.
—¿Vais a derrocar al gobierno? — preguntó Juan Ramón.
—Esa es la esperanza del pueblo. Ahora hemos formado el Gobierno Provisorio.
—Sí, ya me he enterado que el Primer Triunviro es tu cuñado, y también sé que mandasteis una solicitud al Presidente Robles para que dimitiera.
—No se trataba solamente de que dimita, sino que con ese acto de generosidad por parte del Presidente aspiramos a que las relaciones con el Perú se normalicen.
Juan Ramón se alejó de la ventana y se sentó en un amplio sillón de cuero. Roberto Ascásubi lo siguió, se sentó frente a él en una silla vienesa, y continuó:
—El General Robles no dimitió a su cargo, sino que por el contrario declaró al Gobierno Provisorio como ilegal. Entonces en Cuenca se instaló otro Gobierno con Jerónimo Carrión como Jefe Supremo.
Juan Ramón escuchaba con mucha atención lo que Roberto le relataba y se sintió atrapado en las redes del acontecer ecuatoriano. Su tío comentó:
—Así que ésta es la situación del Ecuador en este instante.
—¡Vaya situación! Y pensar que pienso unirme al hijo de puta.
—No tienes que hacerlo, no eres ciudadano ecuatoriano.
—Pues coño, no sé, pero quiero el bien de todos.
—Bueno, bueno, Juan Ramón.
Juan Ramón no contestó y aceptó la invitación de Roberto para salir a las calles y medir la temperatura política del momento. Aquella noche hubo bailes y festejos en honor al Gobierno Provisorio y a García Moreno, su primer Triunviro.
A la mañana siguiente, bien temprano, el sonido de los cascos en el adoquinado de las calles de Quito despertó a más de un trasnochado que había festejado el día anterior. Parecía que toda la ciudad soñaba con mejores días y con alguien enérgico para manejar los destinos del pequeño país que no terminaba por consolidarse.
Carmen Salinas y Cumbres Altas iban en sus caballos, ajenos a tanto chuchaqui y dolor de cabeza por la borrachera de la noche anterior.
—¿Adónde pretendes llevarme? Tienes que pensar en mi edad —preguntó Carmen a su sobrino, que manejaba con seriedad las riendas de su caballo.
—Vamos a subir al Panecillo, tengo ganas de ver la ciudad desde arriba y observar el amanecer.
Carmen se dio cuenta que su sobrino quería hablarle en un sitio apartado.
Mientras subían por el camino estrecho, se encontraron con un grupo de indígenas con vistosas vestimentas, que al cruzarse con los jinetes descubrieron sus cabezas, bajaron la mirada y dijeron:
—Alabado.
Continuaron su marcha tratando de no molestar. Los jinetes contestaron con un ademán de la mano y continuaron la ascensión. Al llegar a la cima, desmontaron y ataron los caballos a un arrimadero. Se sentaron en la hierba y en silencio vieron iluminarse la ciudad con los rayos del sol.
Al cabo de un momento, Carmen dijo:
—Mira la Plaza Mayor, desde aquí se observa perfectamente la casa y el altillo — señaló con el dedo, admirada como siempre por la belleza de las vistas.
—Desde esta cima ves el trazado perfecto y la armonía lograda… ¡Qué artistas somos los españoles! — dijo él con el afán de burlarse un poquito del patriotismo de su tía, pero ella como si no lo hubiera escuchado le contestó:
—Tú me quieres decir algo Juan Ramón. Ahora que nadie nos oye puedes hablar conmigo con toda confianza.
Juan Ramón se sintió atrapado; la había llevado tan lejos para hacerle preguntas, pero ella se le adelantó poniéndole nervioso.
—Es difícil hablar sobre este tema, pero eres la única que puedes entender; has criado a Leonor y me tuviste en tu casa cuando era muy joven.
Se asombró de haber dicho aquello tan abruptamente, la tomó de la mano y continuó:
—Eres nuestra madre, y por eso creo que debes saber lo que ha pasado entre Leonor y yo.
Le relató todo lo que había sucedido entre los dos sin omitir detalle, ni el nombre de García Moreno. Cuando terminó, vio que Carmen secaba con el dorso de su mano unas furtivas lágrimas.
Cumbres Altas la miró preocupado.
—No es mi intención entristecerte ni llenarte de problemas —dijo.
—Te equivocas, no me entristeces; al contrario, me emociona que veas en mí a una madre y que pienses que lo he sido también para Leonor.
Por un momento los dos se pusieron a mirar la ciudad que se llenaba de movimiento. Con un inesperado ademán, Carmen obligó a su sobrino a mirarle y le preguntó:
—¿Qué pretendes hacer con Leonor?
Juan Ramón la miró perplejo, había detectado un matiz diferente en el tono con que su tía lo interrogaba, como si estuviera enfadada, y le contestó:
—Te he dicho que de pronto comprendí que la amaba.
—¿De pronto? ¿Te parece a ti que eso es amor?
—Me he explicado mal, no fue de la noche a la mañana que entendí que Leonor era la mujer que yo amaba. Busque tanto ese amor sin saber que ya lo tenia.¡Coño, tía, qué estúpido soy!
—Yo no te entiendo y te pido que recapacites antes de hacerle más daño del que ella pueda soportar. Cuando te fuiste perdió la razón.
Ahogó un sollozo y continuó:
—Andaba en harapos limpiando las calles, no pudo entender tu abandono. Verla en aquel estado me rompía el corazón.
—Sé que fui cruel y estúpido, pero he pagado sobradamente.
—¡Sobradamente, no seas cínico!
Luego dijo en voz baja:
—Si has tenido a tus pies a condesas y duquesas, si te han amado las mujeres más bellas de Europa, no entiendo qué haces en esta ciudad alejada del mundo, acosando a Leonor.
Juan Ramón nunca la había visto tan enojada y comprendió que la había herido casi tanto como a Leonor. Se acomodó hasta quedar frente a ella y le tomó las manos para decirle:
—No sé si podrás algún día perdonarme, pero al menos escucha lo que quiero decir.
La miró a los ojos y cuando vio en ellos su consentimiento dijo:
—Toda mi vida ha sido un transitar por países y lugares alejados en busca de algo, como una mujer que me haga feliz, no sé —se calló un momento para luego continuar —Creo que esa búsqueda era una necesidad de encontrar la paz… He escudriñado en cada mirada de mujer a la misma que había dejado atrás. Qué estúpido fui.
Carmen lo interrumpió para decirle:
—No te entiendo.
—Creo que he perseguido la esencia de Leonor en otras mujeres, hasta que me di cuenta que era ella a la que buscaba.
Una pena se dibujó en su rostro, cuando con tono de niño ofendido dijo inesperadamente:
—Sabes, tía, que disparó contra mí.
—Lo sé, lo hizo para defenderse, tú ibas a matarla. Quiero que sepas que no pasa una semana sin que me visite, lo hace muy bien camuflada, nadie se ha enterado jamás.
Juan Ramón al escuchar aquella verdad de labios de la que consideraba su madre, se echó a llorar, y ella, conmovida, lo acunó entre sus brazos hasta que se quedó sin lágrimas.
Se escuchó el tañer de las campanas; el cielo azul y el colorido de la ciudad los animó; Juan Ramón se levantó y ayudó a su tía a ponerse de pie, luego la abrazó y para no preocuparla le dijo mimoso:
—Voy a unirme a las fuerzas de García Moreno.
—No te aconsejo unirte a nadie, no creas en patriotismos; aquí manda el personalismo
—Ya me he dado cuenta; no he conocido entre el grupo de los políticos uno que sepa lo que pasa en el mundo, no he escuchado un planteamiento serio sobre leyes, servicios sociales, políticas culturales, nada que tenga fundamento, sólo conocen el insulto; se ufanan de ser grandes insultadores, estoy consciente, pero necesito involucrarme en algo heroico para por lo menos preocupar a Leonor.
Calló por un momento, que Carmen aprovechó para decir:
—Para vivir con Leonor tienes que casarte con ella y yo no te veo del cuño de los hombres de hogar.
Le pasó la mano por la frente y continuó:
—Eres amante, aventurero y el matrimonio sería una cárcel.
—Me matan las dudas, tía.
—De qué dudas?
—Dudo de que sea puta.
Carmen se mantuvo en silencio por largo rato mientras Cumbres Altas esperaba expectante y al ver el silencio de su tía repitió:
—Dime, dime. Tú sabes.
Carmen parecía no escucharlo, se puso a jugar con con el trébol blanco del prado donde estaban sentados mientras pensaba que Juan Ramón no tenía el valor para preguntárselo a Leonor porque sabía que cualquier cosa que dijera, él no se lo iba a creer y por eso se lo estaba preguntando a ella, entonces contestó:
—Tú mismo contesta esa pregunta.
Juan Ramón, que entendió que no iba a sacar nada en claro, dio por terminada la conversación, se levantó y extendió la mano a Carmen que se puso de pie con agilidad, luego se acercaron a los caballos, los desató y ayudó a montar a su tía en la yegua blanca ensillada con gancho. Él saltó sobre “Tempranillo” y emprendieron el regreso.
Recorrieron un poco la ciudad antes de retornar a la casa; subieron interminables cuestas para bajar por escarpadas pendientes. Se sumergieron entre las casas de tejados y balcones floridos. Por los portones se escapaba un aroma de azahares.
Hicieron un recorrido por templos e iglesias con atrios de piedra y se detuvieron frente a la Compañía, mientras los caballos resoplaban nerviosos y los transeuntes les daban paso. Juan Ramón admiró por un buen rato la fachada, que parecía un laborioso bordado en piedra. Luego, con aire meditativo dijo:
—El trabajo es asombroso, debe haber costado mucho esfuerzo labrar en piedra tan dura.
Carmen se asombró al sentir tanta quietud a esas horas. Un diáfano aire le desarregló el pañuelo que llevaba atado al cuello y se filtró por su piel. Sintió un ligero escalofrío y pidió a su sobrino continuar con la marcha, manejaba con cuidado las riendas de fino cuero.
Cabalgaron hacia el Ejido en las afueras de la ciudad. Con el sol sobre sus cabezas y bajo un cielo azul recorrieron las praderas para uso comunal. Tomaron leche recién ordeñada que les ofreció una niña mientras unas llamas adornadas con cintas de colores se apartaban con elegancia.




