Era pasada la medianoche, alrededor de las tres de la mañana cuando Cumbres Altas abrió los ojos; una vela, que se extinguía lentamente insinuaba la figura de María África junto a él. El hombre se incorporó sobre la almohada y recordó la forma con que ella se había abandonado a su embate, con una dulzura que lo conmovió. Olfateó sobre las sábanas, y la fragancia de la noche anterior se le metió por los poros. Su pecho comenzó a agitarse con una respiración entrecortada al recordar a Leonor, a su casa y al maldito Gabriel que parecía encantarle. Alargó la mano y tomó de su mesita de velador una jarra de peltre con agua fresca y se la bebió entera sin lograr apagar la sed que le quemaba en la garganta.
Juan Ramón se levantó veloz, pero no movió ni un pliegue de las sábanas para no despertar a la mujer que dormía junto a él y que en ese instante parecía no importarle. El sudor le caía por la frente y buscó su pistola, pero la descartó, no necesitaba un arma para matar a Leonor, lo haría con sus propias manos, no sería la primera vez que mataba. Su mente estaba confusa, un deseo de sentir la sangre cálida y palpitante de Leonor hizo que se vistiera en silencio y atravesara la habitación de un tranco; no se lo impidió la oscuridad ni la fragancia de aquella desconocida que descansaba sobre su almohada.
En los corredores de la casa perdió el rumbo, pero encontró una palmatoria con una agonizante vela con la que se guió entre los pasillos.
No le tomó nada ubicar el dormitorio de Leonor, pero encontró la puerta cerrada; pensó que estaba con García y tomó la salida para escalar el muro. La luna alumbraba esplendorosa y Juan Ramón cruzó el jardín con la agilidad de un felino, ayudándose de las fuertes ramas de la hiedra alcanzó el balcón.
Mientras tanto en la habitación, Leonor, agitada y mal dormida se revolvía con terribles presentimientos. Había leído en la mirada de Juan Ramón un odio feroz y supo que venía a matarla. Sabía que vino de España para pedirle perdón y que ella ni siquiera le dio la ocasión para que se le acercara, aquel hombre herido era más peligroso que una fiera lacerada. Escuchó el golpe en la puerta y luego la hiedra moviéndose en la oscuridad. El instinto de vida que yacía en algún lugar de su ser la mantenía alerta, con los dientes apretados, la respiración escapándose por los poros y el sudor bañándole entera.
Como una presa acechada, se encogió esperando el golpe del destino, del que se sabía sin escapatoria. Escuchó unos ruidos y alguien que empujaba la ventana de su balcón, y luego los vidrios de la ventana explotando en diminutas partículas que se esparcieron por la habitación.
Empapada en sudor, con el miedo en la boca, tomó la pistolita con mango de concha nácar que guardaba bajo su almohada, y disparó hacia la ventana. Se hizo un silencio… y la hiedra se desgajó. Corrió hacia la ventana y buscó con la mirada entre las ramas y el suelo, y no encontró nada. Se dio cuenta de lo que había hecho; no sabía si había matado a Juan Ramón, y en un estado de excitación nerviosa agitó con fuerza la cuerda de la campanilla para llamar a su mucama. Sin respetar las horas de merecido descanso agitó con más vigor la cuerda, hasta que por fin la muchacha apareció.
—Buenos días, Señora.
La mucama se inclinó respetuosa y asustada al ver el desorden en la habitación iluminada por la vela.
Leonor no contestó al saludo y con brusquedad le ordenó:
—Limpia esos vidrios y trae a María África enseguida —. La cara de estupor de la joven la impacientó y le dijo con voz de enfado: —¡Muévete!
La muchacha salió y regresó con una escoba, un cubo de agua y un paño que humedeció para recoger las astillas de vidrio. Leonor con la mirada extraviada le ordenó:
—Llama a María África… ¡que venga al instante!
La joven obedeció y salió apresuradamente.
Minutos después, una desmañada María África, con el sueño en el cuerpo, se presentó ante su señora. A duras penas pudo mascullar un saludo. Su pelo revuelto, el ensueño en los ojos y las señales de la pasión de la noche anterior alteraron de tal manera a Leonor, que fuera de sí arrojó un almohadón a la cara de la joven mientras le gritaba:
—¿Cómo te atreves a avergonzarme delante de todos?
Comenzó a arrojar cuanto encontraba a su mano para herirla.
María África, que jamás había visto enfurecida a la Señora, se soltó a llorar. Como Leonor se levantara para agredirla físicamente, se postró a sus pies.
—Señora, perdón
A los pies de Leonor, María África lloraba de una forma mansa, parecía una niña abandonada con el pelo rubio cubriéndole la cara y las manos entrelazadas y temblorosas; no entendía lo que pasaba y pensó que la recriminaba por la forma que bailó al ritmo de la música negra.
Leonor se sentó al borde de la cama; apaciguada por aquel llanto, aunque su pecho aún se levantaba agitado. Ella tampoco había dormido, pero el fuego que la quemaba por dentro la hacía lucir hermosa, como una flama agitada por el viento
—¿Qué pasó anoche?
Leonor, al no recibir respuesta, se levantó de un salto, y como una pantera la miró en los ojos, quitándole el resto de sueño que aún tenía. África hizo el ademán de levantarse pero Leonor con un gesto de su mano no se lo permitió, y así de rodillas la obligó a hablar.
—Señora, estoy enamorada del Conde, es la primera vez que me pasa.
África quería explicar su extraño comportamiento al bailar como lo hizo la noche anterior, estaba convencida que a eso se refería la Señora, pero al ver que ésta no la comprendía, se tapó la cara con las manos para huir de la mirada extraviada de su ama, que le gritaba fuera de sí:
—¿Crees que soy tonta y no me doy cuenta de lo que has tramado?
María África, presa de la angustia clamó:
—Le prometo, Señora, que no entiendo de qué me acusa, comprendo que había invitados muy importantes y mi comportamiento no fue el adecuado.
—¿Qué tengo que perdonarte? No creo que pueda perdonar a quien me ha traicionado de tal manera, a mí que te acogí bajo mi techo, que te entregué mi confianza. Si no hubiera sido por mí, no hubieras tenido donde dormir y es así cómo me pagas.
Leonor se dirigió a la puerta, la abrió y le dijo con voz seca:
—Lárgate, no quiero volver a verte.
Las sombras invadieron la habitación, mientras la luna se ocultaba antes de dar paso al amanecer y la vela se extinguía. Amparada por la oscuridad, María África no se movió y sollozó por largo rato. Leonor se mantenía en silencio, al acecho, sólo se escuchaba su respiración y el llanto angustiado de África. De pronto, Leonor dijo como ausente:
—No puedo perdonarte el que hayas traído al Conde de Cumbres Altas a mi casa para reírte de mí, no soporto la idea de lo que habrán hablado sobre mí mientras se amaban. ¿Hace cuánto sabías que yo amaba al Conde? Nadie me ha hecho tanto mal como ustedes dos esta noche, y por última vez te digo que te vayas. No pasarás penurias si el Conde te protege.
María África guardó silencio por un rato mientras asimilaba lo que estaba escuchando y luego de un momento dijo en un susurro:
—Yo no sabía nada, se lo juro, no sabía que usted lo amaba, no sabía que era por usted que él regresó.
La recámara se mantenía en tinieblas; el aire fresco de la madrugada entró por la ventana rota como un soplo que apaga una llama. Una tenue luz comenzó a dibujar las siluetas de las dos mujeres; tensas, como esperando un desenlace.
África comenzó a contar su historia mientras poco a poco la habitación se iba iluminando con los primeros rayos del sol y pudo ver el semblante de la Señora, pálido y marcado por el largo cavilar. Luego dejó que sus ojos se desplazaran por la recámara hasta fijarse en la ventana dañada y en el piso húmedo, recién limpiado. Con terror miró la pistola tirada en la cama de la Señora, y volteó para interrogarle en silencio. Leonor respondió:
—No te asustes, no creo haberlo herido. Disparé porque pensaba que venía a matarme, pero sólo pudo destrozar los cristales de la ventana.
Tomándola de las manos, Leonor la ayudó a levantarse para que se sentara junto a ella en el borde de su cama. Ya no la sentía su enemiga, ni siquiera su empleada; unos lazos inexplicables las estaba atando con fuerza, sin que ninguna de las dos pudieran hacer nada.
—Estamos juntas en esto; amamos al mismo hombre, sólo que yo lo he hecho por años y he construido este monumento al placer por venganza. Sabía que un día regresaría y quería que me viera triunfante, pero he comprendido que mi venganza no tiene sentido.
Al mirarse junto a María África, tan desaliñada como ella, sentadas en la misma cama, comprendió que estaban en la misma barca, navegando en las mismas aguas, sin dirección y perdido el rumbo. María África la miró con sus ojos de brillantes esmeraldas bordeadas de pestañas negras. Leonor dulcificó su mirada oscura y África, conmovida como nunca, le dijo:
—Es la primera vez que conozco la felicidad y no quiero contaminarla; una noche, un minuto con él han bastado para que mi vida tenga sentido. Lo que pase después no tiene importancia… ya tengo un recuerdo, una vivencia para atesorar — y relató su historia, desde el día que lo conoció en el barco que la traía de Lima.
Le dijo que en el momento que lo vio se sintió perdida; se había encontrado con una fuerza de la que no tenía escapatoria y a la que seguiría hasta el fin del mundo.
Leonor escuchaba conmovida la historia: África nunca se quejó, no dejó que la adversidad se interpusiera ante su sueño y entró a trabajar a la casa de la loma como una cortesana más.
África, nerviosa, continuaba su relato contagiando a Leonor, que a momentos sonreía y se emocionaba. La habitación se iba iluminando mientras África narraba gesticulando con las manos y Leonor, que había dejado el borde de la cama, la escuchaba reclinada en el sofá.
Aquellas confesiones causaron una profunda impresión en el ánimo de Leonor, conmovida por esa muchacha que no tenía nada más que su belleza y el trabajo que ella le daba. Sin embargo, África emanaba una fuerza poderosa que la había mantenido consistente, mientras ella se había derrumbado..
Luego de un largo rato, Leonor llamó a la mucama para que les trajera el desayuno. En la mesita junto a la ventana rota, Leonor y África tomaban café mientras oían el piar de los pájaros y se contaban la misma historia una y otra vez.




