La mañana soleada entró por la ventana y un aire tibio despertó a Leonor, que desorientada no reconoció su propia habitación. Le tomó tiempo recordar lo que había vivido desde la víspera y se asustó al creer que todo había sido un sueño, pero se puso muy contenta al darse cuenta de que Juan Ramón dormía a su lado. La fuerte conmoción, el llanto, las recriminaciones y las interminables horas de amor la habían sumido en un profundo sueño del que despertó distinta.
Bajó a la cocina sin despertar a Juan Ramón y ordenó a Justina que subiera agua caliente para su baño. Cuando todo estuvo a punto Leonor vertió sales espumosas en la tina, pero por mucho que anduvo en puntillas para no despertar a Juan Ramón, éste rezongó:
—¿Qué ruido es ese? No me dejáis dormir!
Al recuperar la conciencia, tampoco reconoció el lugar, y se sorprendió al sentir en su boca el aliento de Leonor que le decía:
—Su baño está listo, Excelencia.
La sombra del magnolio se dibujó en las sábanas blancas cuando ella se inclinó para decirle:
—Vamos a bañarnos.
Cuando salieron del baño espumoso, se vistieron y bajaron al desayunador. La luz, que se filtraba a través del vitral de la cúpula en el techo, invadió la mesa con suaves matices; Juan Ramón, divertido con la visión casi espiritual que bañaba las copas y vajilla preguntó:
—¿Vamos a desayunar o a oír misa?
—¿Lo dices por el ambiente místico del vitral?
—Lo digo porque pareces una imagen en un altar luminoso.
Leonor rió por la falta de respeto religioso de su novio y le golpeó cariñosamente en el hombro con la servilleta, y él, cubriéndose con las manos, le dijo:
—Si tú eres la Virgen, yo soy Barrabás.
En ese momento entró Justina con el chocolate humeante, y mientras lo ponía sobre la mesa dijo a Leonor:
—Portalanza acaba de llegar y pregunta si lo puedes atender.
—Por supuesto, que entre.
Enseguida entró Portalanza, y al ver al Conde de Cumbres Altas lo saludó, turbado al encontrarlo bañado en luz. Juan Ramón, que comenzaba a impacientarse le conminó:
—Habla de una vez y di qué es lo que te trae por acá.
—Señor, traigo una esquela de su tía que me encargó la entregue en sus manos.
Portalanza se apresuró a entregar la carta de Carmen Salinas. Juan Ramón la leyó en silencio y luego comentó a Leonor:
—Parece que la guerra es inminente. García ha ordenado un fusilamiento en Riobamba, el primero que se hace por orden del Gobierno Provisorio.
Leonor reaccionó exclamando:
—¿Cómo? ¡Por Dios! He olvidado por completo lo que está sucediendo en el país. Portalanza, di a Justina y a las demás que las espero en la cocina.
Leonor y Juan Ramón se dirigieron hacia la cocina donde estaban las mujeres, y se sentaron alrededor de la gran mesa de roble. Al enterarse de lo que iban a tratar, Justina se puso las manos en el pecho y exclamó:
—¡Dios mío, ahora sí que va a arder Troya!
Juan Ramón presidía la mesa y al ver que Portalanza se quedaba inmóvil sin decir palabra, le dijo:
—Siéntate en esa silla y relata todo lo que sabes.
Portalanza se aclaró la garganta para iniciar su relato:
—Como ustedes saben, el Dr. García Moreno es ahora el Jefe Supremo del Gobierno Provisorio; el Coronel Manuel de Ascásubi, al mando de algunas tropas, lo acompaña.
—Pero Tío Manuel nunca ha simpatizado con García — dijo Juan Ramón.
—Es verdad, Excelencia, pero el Coronel Ascásubi dijo: “Es un momento en el que todos debemos unirnos para no permitir que el país quede fragmentado”.
Portalanza continuó:
—En Riobamba hubo un levantamiento de las propias tropas que acompañaban al Jefe Supremo y cuando éste dormía en la casa del Coronel Bernardo Dávalos, vencido por el terrible cansancio, entró un emisario a ponerle al tanto de los acontecimientos. El Dr. García se vistió con mucha calma. Enseguida llegó el Comandante Cavero, quien lo injurió y con dureza le dijo: “En nombre de los batallones acantonados en esta plaza, yo pido a Ud., Señor García Moreno, que renuncie a su cargo de Jefe Supremo”.
Portalanza se calló al oír a Dorotea exclamar:
—¡Dios mío, nadie habla así a Don Gabriel!
—Como usted oye, Dorita — prosiguió Portalanza, —así le habló, y eso no es nada, el Alférez Palacios le gritó, en tono insolente, que estaba detenido.
—Debe haber sido un momento de terror — interrumpió una de ellas.
—Continúa, Portalanza — ordenó Juan Ramón.
Portalanza entornó los ojos, se retorció el bigote y continuó:
—El Dr. García dijo que primero lo mataran, antes que arrancarle su renuncia. Llevaron preso a Don Gabriel y lo dejaron solo con un celador, mientras los levantados cometían toda clase de atropellamientos: violaciones, robos, saqueos y sobre todo, se dedicaron a libar hasta caer inconscientes.
—¡Qué barbaridad! Cualquier rato entran en esta casa a cometer pillaje.
Justina, que no quería perderse ni una palabra, dijo en tono de súplica:
—Ya no interrumpan y dejen que Don Portitas termine.
Portalanza retomó el relato:
—Un sirviente del Coronel Bernardo Dávalos pidió al celador que pasara un mensaje al preso. El celador, que estaba celoso por lo bien que pasaban sus compañeros mientras él tenía que pernoctar cuidando al prisionero, accedió, y con los miembros entumecidos por el frío entró al lugar en donde estaba confinado García Moreno y le dijo: “El Coronel Dávalos le ofrece un caballo y acompañantes para que Ud. salte por la ventana.” García Moreno se subió a una silla para ver por la ventana y constató la presencia de los jinetes, pero contestó: “Di a tu patrón que le agradezco y acepto su oferta, pero que no salgo por la ventana sino por la puerta por donde entré.”.
Dorotea se levantó de su asiento y exclamó con las manos entrelazadas:
—¡Qué valiente es Don Gabriel!
Portalanza la recriminó con la mirada y continuó:
—Don Gabriel llamó al celador y con su terrible mirada le espetó: “ ¿A quién obedeces tú?” El guarda intimidado contestó: “Al Poder Supremo”. García replicó: “¡El Poder Supremo soy yo, así es que obedece y abre la puerta!” El hombre atemorizado por la autoridad con que le hablaban rompió la cerradura con la culata de su fusil. Fue así como el Doctor García Moreno montó en el caballo que su amigo le prestó y junto a los jinetes se dirigió al poblado de Calpa, donde se reunió con gente suya y les dijo: “Tenemos que regresar a Riobamba para reducir a estos revoltosos facinerosos.” Al ver la incredulidad de sus aliados, que no entendían cómo doce hombres podían reducir a ochenta soldados armados, les dijo: “No hay problema, están todos borrachos y es el momento de acabar con ellos”.
Portalanza se tomó un tiempo para remojar un bizcocho en su taza de chocolate y se asombró de que nadie lo interrumpiera. Orgulloso del efecto que estaba haciendo su relato, continuó:
—Don Gabriel, con sus once amigos, emprendió la búsqueda de los facinerosos. Como se encontraban en tan lamentable situación, los sometieron sin mayor problema, y amarraron al Alférez Palacios y al Teniente Pazos a las pilastras de piedra que están en la mitad de la plaza.
Portalanza calló y luego de un rato continuó, en tono pausado:
—Montado en su caballo y al mando de la situación, Don Gabriel ordenó la pena de muerte para los dos reos.
Justina se santiguó por el alma de los benditos y preguntó:
—¿No hubo un sacerdote que los asistiera?
—Sí, en eso el Doctor es bien cumplido; le gusta que hasta en la horca la gente se confiese. Luego, sin bajarse del caballo y con una voz que hasta ahora retumba en mis oídos gritó: “¡Apunten y fuego!”. El cerebro y el pecho del Alférez Palacios se destrozaron mientras la multitud aulló para luego quedar en silencio, mudos ante la autoridad de Don Gabriel. Era tal el silencio que se pudo oír al otro infeliz quejarse de atroz sed.
Justina opinó que la sed debía ser a causa de la gran borrachera. Portalanza continuó:
—García Moreno arrancó su caballo y haciendo cabriolas se dirigió a la multitud desde donde volvió a gritar, esta vez con voz más fuerte y enérgica: “¡Pelotón, frente al Teniente Pazos!” En ese momento, una mujer se postró a los pies de mi doctorcito y con llanto lastimero le suplicó: “No lo haga fusilar, el Teniente Pazos es inocente”Al ver a Doña Ana Donoso, el Director Supremo de la Guerra le preguntó: “¿Seguro que dice usted la verdad?”, ella, desaliñada y llena de lágrimas, le juró que estuvo toda la noche en su casa, que era su leal sirviente. Entonces el Doctor le dijo a Doña Ana: “Perdono la vida de su sirviente, puede usted llevárselo”.
Dorotea, que no concebía que ninguna mujer se presentara desarreglada ante el marido de Rosa Ascásubi, dijo:
—No me imagino a Doña Ana Donoso salir sin acicalarse, y menos si se iba a entrevistar con Don Gabriel.
—El hombre habrá caído de rodillas ante su bienhechora — opinó Justina.
—No, lo primero que hizo el infeliz fue arrojarse en la acequia para beber como un loco. La gente pensó que iba a acabar con el agua de la acequia, pero después juró a Doña Ana servirle por el resto de su vida.
Juan Ramón, que había guardado silencio hasta el momento, se acomodó en su silla y dirigiéndose a todos comentó:
—Por lo que cuenta Portalanza, ésta es una guerra ridícula entre gente del mismo país, y más ridículo es el Director de la Guerra, que juega al héroe con soldados borrachos.
Portalanza se dirigió a Cumbres Altas:
—Excelencia, esa es precisamente la razón de mi visita. El Coronel Manuel de Ascásubi quiere que Ud. se una a sus tropas.
Portalanza calló al ver la inquietud en el rostro de Leonor, que tomando las manos de Juan Ramón le dijo:
—Si tú vas, yo también voy y no acepto negativa.
—La guerra no es para mujeres, no podré estar tranquilo sabiendo que estás ahí corriendo quien sabe qué peligro.
Leonor se levantó y le dijo en tono enérgico:
—Serán las grandes damas europeas las que no van a la guerra y se quedan llorosas en sus casas, Yo estaré siempre contigo, tú no vas a estar solo. Además, no te preocupes por mí, que sé cuidarme muy bien, sé manejar armas, y Justina, Juan de Dios y África vendrán conmigo… No me quedo un minuto más sin ti, nunca más, si tú vas a morir, yo también, si te van a herir, yo te curo, pero de tu lado no me separo nunca más.
Su tono era a la vez impositivo y suplicante, Juan Ramón no pudo decir que no, pero le hizo prometer, una y mil veces, que no cometería locuras, que lo obedecería a pie juntillas.
Cuando estuvieron a solas en la habitación, Leonor miró con preocupación a Juan Ramón, que se paseaba por la alcoba con el entrecejo fruncido. Ella se le aproximó, él la apartó con brusquedad.
—¿Qué te pasa, Juan Ramón? ¿Por qué ese comportamiento conmigo?
—¡Qué valiente te ha parecido el marido de tu tía!
—Sé lo que estás pensando, pero nunca me acosté con García.
—No me mientas, no me creas tan gilipollas; tú me confesaste, me dijiste en una ataque de rabia que la última noche que pasé aquí, estabas con ese tío, ¡coño!
—¿Tú crees que si García estuvo conmigo esa noche, no iba a armar una algarabía cuando asaltaste mi balcón? Fui yo la que disparó al aire para defenderme, García con el miedo que te tiene, hubiera llamado a sus sirvientes, hubiera despertado a todo el mundo.
Había en ese momento más tensión que en una contienda militar.
—Si nunca entró aquí ese hombre: ¿qué hacía esa bata en tu armario?
Leonor se movía de un lado a otro para esquivarse de la furia de Juan Ramón; cuando estuvo cerca a la ventana exclamó:
—¡Qué falta de percepción para un mercenario! ¿No reconociste tu propia bata, la que dejaste en Guachalá?
Se miraron a los ojos, ella le sostuvo la mirada y cuando él se le aproximó desafiante, ella le dijo:
—Busca en el ropero y mira por ti mismo.
Juan Ramón abrió el ropero y tomó la bata; al reconocerla se sintió estúpido y se dejó caer sobre una silla. Ella se arrodilló junto a él y le acarició el rostro.
Entonces, Juan Ramón se quitó de su cara las manos que lo acariciaban, se levantó y volvió a caminar pensativo por la habitación, luego se detuvo y mirándole a los ojos le dijo en tono seco:
—No quiero pelear a las órdenes del hijo de puta de García.
—¿Cómo puedes negarte a servir al país de tu padre, al país de tu familia, a mi país?
Leonor no podía dar crédito a las palabras de Juan Ramón, que momentos antes había jurado pelear junto a su tío Manuel. Juan Ramón, al mirarla tan alterada quiso calmarle diciendo:
—¿No te das cuenta lo que las bochornosas ambiciones de esta gentuza están haciendo con tu tierra nueva?
—¡No! No te entiendo.
—Esta es una guerra sin frente, sin retaguardia, improvisada para llevar a alguno de estos tiranos de opereta a apoderarse del poder. Lo más triste, lo más humillante es que el Perú juega con el Ecuador.
Se calló porque vio que ella se mostraba ajena a sus palabras. Entonces la obligó a sentarse y le dijo:
—No seas tan necia, Leonor, deja de ser tan ilusa. Acepta que tu García fue a pedir ayuda al Presidente del Perú, que no le importó cometer traición a los suyos. Recuerda que entró en el país custodiado por soldados peruanos, y que ahora el Presidente Castilla tiene sitiado a Guayaquil y navega por el Río Guayas como un gran señor al que sus vasallos informan y piden aprobación.
—¿Cómo te atreves a hablar de esa manera? Estás insultándonos, estás hablando desde tu odiosa superioridad española — y convulsionada gritó: —¡No lo soporto!
Cumbres Altas la miró con dureza, y le dijo con rabia:
—Lo que a ti te pasa es que defiendes al hijo de puta del marido de Rosa, no puedes disimular la admiración que sientes por ese cura hipócrita y libidinoso, que lo único que quiere es acostarse contigo.
La fría cólera con que habló heló el corazón de Leonor, que ahora asustada no sabía como reconciliarse. Entonces se abrazó a sus rodillas y le imploró:
—Nunca vuelvas a decir algo así, porque si dudas de mi amor por ti, prefiero la muerte. No soporto el que estés enfadado conmigo.
Le besó las manos y continuó:
—Yo creo lo que tu crees y peleo contra los que me digas que debo pelear, y si odias a García Moreno, yo lo odio también.
—No te hablo desde mi superioridad española, te hablo desde la imparcialidad de apátrida. Tú no ves la mediocridad de lo que sucede, contrario a lo que dices sólo me interesa el bienestar de tu tierra. Por lo mismo, quiero que entiendas que ninguno de los que están en esta lucha va a pelear por algo que no sean sus intereses; ni siquiera nosotros, si vamos a tomar partido será por lo que nos convenga; ya la esperanza del sueño de Bolívar se esfumó y todo lo que sucede ahora no son más que personalismos.
El asombro de Leonor le obligó a explicarse:
—No creas en palabras de los políticos, ni cuando se habla del gran amor por la patria. Si eso fuese cierto, hace tiempo que la América Hispana fuera un solo y poderoso Estado. Está demostrado hasta la saciedad que eso no es así y lo más que podemos hacer es unirnos a los nuestros y luego, si en algo somos coherentes veremos por la prosperidad de su gente. Eso sería lo inteligente, porque al labrar el bienestar de todos, logramos el nuestro.
Vio cómo Leonor enmudecía asimilando sus palabras, nunca nadie le había hablado de esa manera. Juan Ramón continuó:
—Ya sé que enfrentar una realidad tan fea duele, pero luego te acostumbras y dejas de juzgar a los hombres como héroes, porque no lo somos, recuerda que somos hombres, llenos de vicios y virtudes.
La tomó entre sus brazos y la besó tiernamente; ella le devolvió los besos mientras le decía:
—Es terrible lo que acabo de entender, si tú lo dices, entonces, no tenemos más alternativa que unirnos al menos malo.
Los dos se echaron a reír, luego se olvidaron de todo y volvieron a amarse hasta que llegó el nuevo amanecer.




