Las sombras se colaban poco a poco por la casa de la loma apoderándose de sus aposentos y salones. Juan de Dios no entendía la causa de este fenómeno. Encendía las chimeneas y las arañas de cristal, y una ráfaga fría y cortante como la hoja de un cuchillo le pasaba por la espalda obligándole a tiritar a pesar del fuego que no dejaba de arder.
Las horas parecían comportarse de manera extraña y era como si el tiempo no pasara. La lentitud se apoderó de todo, y por mucho que Juan de Dios diera cuerda al reloj de pared, las horas pasaban lentas. Leonor no salía de su alcoba y llena de melancolía se negaba a tomar alimentos; no distinguía entre el día y la noche, entre la luz y la sombra. El fiel sirviente, asustado con tanta pesadumbre pensó que era hora de actuar antes de que la ruina lo venciera todo, se encaminó a la cocina, donde Justina revolvía por horas la misma olla.
—Mama Justina, esto no puede seguir así, nos vamos a morir y de la forma más fea. Debemos hacer algo.
Juan de Dios miró a Justina, que como presa de un hechizo sólo parecía interesada en menear la cuchara de palo, y tomándola de los hombros le dijo:
—Por Dios, por la Virgen y todos los santos, Mama Justina, usted tiene que reaccionar y hacer algo por la Señora y por nosotros también.
Antes de que la mujer dijera nada, le quitó la cuchara de la mano, apartó la olla de la candela y tomando a Justina por los hombros, salieron a respirar aire fresco. Los dos deambularon por los jardines hasta que se sentaron junto a la laguna, Justina pareció reaccionar, y luego de oír por un tiempo lo que Juan de Dios le decía, se paró y exclamó:
—¡Ay Señor Jesucristo! Tengo que actuar a la velocidad de un rayo.
Justina se levantó y regresó corriendo a la casa, Juan de Dios la siguió sin entender lo que pasaba pero pronto se le llenó la cara con una sonrisa cuando la vio ponerse el mantón y ordenarle que prepare el coche para salir a compraron hierbas de “limpia” en el mercado. Horas más tarde, cuando regresaron del mercado barrieron con las hierbas la casa. Al atardecer encendieron incienso y recorrieron con él todos los rincones: nadie los molestó, puesto que las mujeres dormían presas de una extraña melancolía. A la mañana siguiente, abrieron las ventanas y las puertas de los salones para que el sol y el aire nuevo entraran y los llenaran de energía. Entonces, el reloj dio la hora con su antiguo vigor, y al oírlo, Justina dijo:
—Vamos a hacer mermelada de mandarina.
Al rato, de la cocina se escapabó el perfume de la confitura, filtrándose por las hendijas y metiéndose entre las sábanas blancas. Las mujeres se despertaron y como si las hubieran liberado de un hechizo alisaron el camisón que llevaban puesto y se encaminaron hacia la cocina donde encontraron a Justina que vertía el dulce color ámbar en frascos de cristal.
—¿Qué huele tan rico? — preguntó María África, que dejaba ver su suave silueta apenas cubierta por un camisón.
—El aroma me llena de alegría y de un apetito voraz — dijo Dorotea, que buscaba bizcochos para untar con la jalea.
La cocina se llenó de mujeres en camisón blanco, que bebían jarras de leche con bizcochos y mermelada. Aquella emanación a mandarina se escapó por las ventanas, y una suave brisa la fue llevando a través de los tejados a los templos y las casas de Quito
En la casa de la Plaza Mayor, en el altillo, Juan Ramón, que dormía plácidamente, sintió removerse un aire fresco en su habitación. En ese momento sonaron las diez campanadas en la catedral y abrió los ojos, sorprendido de haber dormido hasta tan tarde. Se levantó y se encaminó hacia el balcón que habían olvidado cerrar la noche anterior y respiró con agrado la brisa de la mañana. Tenía el torso desnudo y cerró los ojos para dejar que el sol lo calentara por un largo rato.
En el comedor, Carmen Salinas lo esperaba y al verlo aparecer le dijo:
—Juan, qué bien has dormido.
—Ayer me cansé y dormí como un niño.
La besó en las mejillas y le despeinó el moño rubio.
—He ordenado que preparen jugo de mandarina, la cosecha de la quinta ha sido la mejor de los últimos años, nos hemos repartido sacos repletos de fruta entre toda la familia. Le mandé dos a Leonor.
Juan Ramón sonrió con ternura al oír aquel nombre y Carmen pensó que nunca lo había visto tan hermoso.
—¡Qué rico está el jugo!
Juan Ramón sintió que las notas ácidas y dulces lo llenaban de brío. Llamó a Santamaría, que entró en el acto, y le ordenó:
— Ensilla mi caballo, por favor.
—Enseguida, Su Merced.
Santamaría salió, y Carmen, que tenía un aire alegre, le preguntó:
—¿Vas a la casa de Leonor?
—Sí, pero no sé qué hacer ni que decir.
Dio un beso a su tía y salió con paso ágil.
Taranto hacía música con sus cascos en el empedrado y Juan Ramón imaginaba la manera en que Leonor se rendiría a sus besos, sabía que lo amaba, a pesar de su culpa. De pronto recordo la noche de la fiesta, se puso celoso y tuvo ganas de hacerle daño, la imaginación le volaba. Luego de atravesar las calles angostas llegó al río y a la casa de su amada, pero recordó la figura de García rondando por aquel sitio y volvió a sentirse mal.
En la casa de la loma, Leonor, sentada junto a la ventana donde reposaba el frasco de cristal con el dulce de mandarina, se estiró como una gata voluptuosa y comió la mermelada con una cucharita de plata. Aquella dulzura se le deshizo en la boca, sus pechos se irguieron cuando el aire le trajo el sonido de cascos en el empedrado.
Leonor se estremeció al oir al caballo tan cerca, llena de miedo y ansiedad, no actuó, por una vez en su vida dejó a los acontecimientos desarrollarse sin intervenir, se quedó quieta, la brisa mañanera agitó su cabello.
La alcoba se llenó de tensión y un lirio marchito desfalleció en el jarrón. Leonor escuchó los pasos fuertes subiendo por la escalera y un frío de muerte se le agolpó en el pecho. La puerta se abrió con violencia y la presencia de Juan Ramón se apoderó de todo. Se podía oír la respiración entrecortada de Leonor y aquello provocó aún más a Juan Ramón, que removió el aire cuando se aproximó al balcón.
Cuando ella sintió la presencia amenazadora del hombre se levantó como movida por un resorte, se paró frente a él y lo vio en mangas de camisa, con botas de montar y espuelas de seis puntas. Sin poder sostener su mirada, se tapó el rostro para protegerse, y asustada suplicó:
—No te acerques. apartate de mi lado.
Él le retiró las manos con que se protegía y le dijo:
—Tienes miedo porque no eres inocente — le tomó la cabeza entre sus manos y la obligó a mirarlo, —no puedes enfrentarte a mí, estás llena de cobardía.
Leonor sabía que estaba a su mereced y que él estaba corroído por los celos y lleno de venganza. Para apaciguarlo le entregó su boca que él besó con furia. Ella, que se sentía enferma, le besó en el cuello con dulzura, en un afán por pacificarlo. Luego perdió la noción del tiempo y de la realidad; se dejó conducir al lecho y recibió con mansedumbre las caricias violentas y el dominio del macho herido. Leonor lloraba, confundida entre el miedo y la sumisión gozosa que sólo sentía cuando él estaba a su lado.
Juan Ramón, una vez saciado su deseo y sus ansias de desquite, se sintió conmovido por las lágrimas de Leonor, que acurrucada entre las almohadas sollozaba como una niña abandonada. La acunó entre sus brazos y le dijo:
—Soy muy bruto pero no me iré otra vez. Ahora eres mía. No llores, por Dios!
Ella, asustada, se apretó a su cuerpo sin decir nada. Juan Ramón la besó y acarició con una delicadeza que estaba descubriendo, hasta que se quedaron dormidos.
Justina subió las escaleras que llevaban a las habitaciones de su niña y cuando nadie contestó a sus golpes en la puerta, la abrió y se quedó boquiabierta al encontrar a los dos amantes apenas tapados con las sábanas blancas que ella había lavado la mañana anterior en las aguas del río. Cerró la puerta con sumo cuidado y bajó las gradas como si hubiera visto al diablo, las cintas de su peinado se agitaron y sus manos se crisparon entre los bolsillos de su delantal.
Juan de Dios, que en ese momento barría la cocina, se extrañó al verla pasar como un vendaval, sin percatarse de su presencia, y le dijo:
—¿Qué pasa Mama Justina, parece que ha visto al guacaysiqui?
—¡Ay mi Dios, no sabes lo que ha pasado! — le contestó Justina, mientras hacía aspavientos y buscaba un pilche para tomar agua.
Juan de Dios, con su parsimonia andina la miraba sin moverse de su sitio, hasta que Justina se sentó en un banco de madera del monte y le dijo:
—¡Ay, Juan de Dios! El Conde de Cumbres Altas está en el cuarto de la Señora.
María África, que entró en ese momento y escuchó todo, soltó de sus manos una palmatoria de porcelana que se hizo añicos contra el suelo, Juan de Dios, al ver la palidez en el rostro de la canaria tomó la escoba y barrió los trozos de loza esparcidos sobre el piso.
Poco a poco fueron entrando las otras mujeres, hasta que todas estuvieron sentadas alrededor de la mesa de madera oscura para el almuerzo. Una sirviente con delantal azul y cofia blanca les sirvió el locro humeante, y antes de que metieran en él la cuchara sopera, Justina les dijo:
—Algo muy importante ha sucedido y creo que las cosas van a cambiar en esta casa.
Dorotea, preocupada, dejó caer la cuchara sobre la servilleta.
—¿Qué puede suceder, qué ha sucedido? — preguntó.
—El Conde de Cumbres Altas ha regresado y no creo que permita a la Señora continuar con este negocio — dijo Justina con aire serio.
—¿Y quién es el Conde de Cumbres Altas para ordenar a la Señora? — dijo una de las rubias teñidas.
—Es el dueño de la Señora—Contestó Justina, sorprendida por sus propias palabras.
—¿Qué piensan que debemos hacer? — preguntó Dorotea a sus amigas, que habían comenzado a tomar el locro de queso.
—Creo que debemos mantenernos sin hacer nada hasta que la señora nos dé las órdenes —opinó María África con un dejo de tristeza.
El día pasó sin que nadie hiciera nada. La casa languidecía por falta de actividad. Leonor llamó a Juan de Dios para que prendiera la chimenea de su alcoba; el fiel sirviente entró y se quedó petrificado cuando vio a su antiguo amo, que le sonrió al decirle:
—Deja de mirarme con esa cara y hazte cargo de mi caballo.
Juan de Dios hizo una venia y le contestó:
—El “Taranto” ya está desensillado y comiendo en el potrero. No se ha hecho viejo, está igualito que cuando su merced le trajo hace años.
Enseguida se puso a encender la lumbre.
Cuando se quedaron solos, Leonor se puso una larga bata, mientras su novio encontró otra de hombre en el armario de cuatro espejos, y gritó:
—¡Vaya con la puta! Tiene bata de hombre en su propia alcoba.
Juan Ramón olvidó en un instante su dicha, con aquella bata entre sus manos temblaba de rabia e indignación, su aspecto era feroz, pero Leonor, en lugar de asustarse, se le enfrentó como si fuera una fiera herida y le gritó:
—¿Qué esperabas? Pensaste acaso que asaltaste el balcón de una doncella virgen? Siento mucho decepcionarte, pero has entrado a una casa de putas, y yo soy la más importante, yo soy la atracción principal!
No pudo terminar porque Juan Ramón la tomó de los hombros y la arrojó a una de las butacas. Ella se levantó, tenía las mejillas ardientes y mientras se arreglaba el pelo con una mano le dijo furiosa:
—¡Qué extraño que un hombre como tú sea tan cándido!
Una terrible bofetada le atravesó la cara haciéndole tambalear, presa de un ataque de histeria gritó con lágrimas en los ojos:
—¡Sí, soy puta, me he acostado con el que me ha dado la gana, y te cuento que la noche que escalaste mi balcón para matarme estuve con García Moreno, sí!
Parecía una pantera mientras gritaba:
—A todos hechicé, los enloquecí y ¿sabes por qué?
Lo miró con fuego en los ojos y le gritó con todo el rencor que había acumulado esos años:
—Porque tú me pervertiste, me enseñaste mil formas de amar, me refinaste, me volviste la más hábil de las amantes.
Se calló al ver que Juan Ramón, con la mano levantada en clara señal de amenaza y preso de rabia, le preguntaba:
—¿Con cuántos, puta de mierda, con cuántos?
—¿Qué esperabas? Te fuiste sin decirme adiós, ni siquiera un beso de despedida. Pensé que iba a morirme y por mucho tiempo le pedí al cielo que acabara con mi existencia, pero tuve que vivir y no sabía cómo iba a resistir esta vida sin ti.
Leonor no pudo seguir porque el llanto fue mayor que sus fuerzas y se desplomó sobre una butaca forrada en seda rosa, allí se quedó largo rato sollozando mientras Juan Ramón caminaba a trancos largos por la habitación sin decir nada. De pronto, escuchó decir a Leonor;
—Nunca me acosté con nadie, sino pregunta a María África.
Él se quedó mudo, y luego de un instante le preguntó:
—¿Qué puede saber María África, qué sabes tú de ella?
—María África te ama tanto como yo, ella sabe que aquella noche García Moreno no entró a mis habitaciones y que nunca entró ningún hombre.
Entonces, Juan Ramón conmovido por la nobleza de Leonor se arrodilló junto a ella y le dijo al oído:
—Sé que no te has acostado con nadie, lo supe esta mañana cuando te poseí, yo conozco cada rincón de tu cuerpo y sé cómo reaccionas. Sé que nadie te ha tocado porque yo lo siento. Sigues siendo tan inocente en algunas cosas como el primer día…creo—Terminó con una sonrisa de interrogación.
Ella sonrió y le dijo:
—¡Vaya que eres presumido!
—No, Leonor, este rato soy tu esclavo — dijo muy serio.
Leonor miró el rostro de su amado y lo encontró más maduro… como si el tiempo lo hubiera marcado con una nueva sabiduría. Vio la cicatriz debajo del ojo derecho, clara señal de las batallas en las que había peleado y la acarició con un dedo. Juan Ramón la levanto de la cintura y la llevó al sofá grande frente a la chimenea, donde se sentaron. Ahí pasaron largo rato alternando momentos de silencio con interminables confidencias, mientras el fuego llenaba la habitación de calma.




