Rosa Ascásubi se asomó a la ventana de la quinta de Guápulo y se estremeció al ver ante sus narices la peña que se elevaba hacia el cielo, cubierta por guaycundos de colores. Miró el Machángara al fondo del precipicio y exhaló un suspiro, al pensar en las penurias que debía estar pasando su marido en algún punto de los Andes. Se apartó del balcón y salió a pasear por el parque mientras pensaba que Quito era un claustro al que muy pocos visitan por inasequible, flanqueada por interminables montañas y nevados, aferrada a la roca como la chuquiragua a las breñas del páramo.
Rosa se perdió entre los limonares y paseó su hastío por la avenida de palmeras cargadas de cocos en miniatura. Se detuvo frente al pasamano de piedra que señalaba el fin de la propiedad y posó su mirada cansada en el barranco, luego achinó los ojos para poder ver a lo lejos, como lo hacían los indígenas, y se quedó maravillada cuando vio a la distancia, en la cima de una montaña, un diminuto bulto que parecía un jinete más pequeño que una hormiga. Se puso las manos en el pecho, espantada al creer reconocer a su marido, pero luego de pensarlo descartó la idea porque Gabriel cabalgaría acompañado de un séquito, o al menos, de un asistente.
Rosa Ascásubi se arrimó a la baranda y se quedó extasiada, mientras trataba de descifrar quién era el que montaba un caballo que parecía estar cargado con una enorme alforja, y se puso a llorar cuando reconoció a un correo de la República que a lo mejor le traía una carta de su marido. Se limpió las lágrimas con su pañuelo de encaje y trató de ver una vez más al hombre que traía la correspondencia, pero fue inútil porque su visión había regresado a la normalidad y sólo alcanzó a ver la interminable hilera de montañas y los riscos oscuros.
La neblina era como una cortina espesa que no dejaba ver a más de un palmo de distancia. Héctor, el correo que traía las cartas, se impacientaba porque quería llegar; sabía que él era uno de los que mantenía a Quito en contacto con el mundo. Muchas veces su carga rodó por precipicios y desfiladeros, y con un valor sobrehumano descendió para recuperar los paquetes de besos, recuerdos y promesas. Sabía que la dicha de muchos dependía del celo con que cuidara aquellos tesoros. La carga de ahora era más valiosa aún; se trataba de noticias sobre los últimos acontecimientos de Guayaquil y de la suerte del país.
La bruma se hacía más espesa y el trayecto se tornaba difícil. Entonces, Héctor se puso a pensar en García Moreno, que era el hombre del momento, y recreó en su cabeza las palabras, las arengas y los ademanes del jefe del Gobierno Provisorio. El jinete se alegró cuando salió el sol y la neblina desapareció como por encanto. Espoleó al caballo y continuó el trayecto a paso rápido, cuando sintió que de un sitio muy lejano unos ojos lo observaban con tal intensidad que tuvo la necesidad de parar en seco. Estaba asustado y puso su mano en el cinto, donde llevaba la pistola, pero no vio a nadie. Le pareció escuchar el llanto de una mujer, y luego volvió a caer la niebla.
Héctor estaba tan asustado que no veía el momento de llegar. El sol brilló otra vez y desde lo alto divisó a Quito. Más tranquilo, se puso a pensar en el Presidente Castilla, del Perú, que con quince buques de guerra navegaba por la Ría como dueño de Guayaquil, donde sus tropas hacían y deshacían. Héctor sintió asco por la servidumbre con que el General Guillermo Franco, máxima autoridad del gobierno de Guayaquil y del de Cuenca, había recibido en su fragata “Amazonas” al presidente peruano para rendirle pleitesía.
El Ecuador estaba dividido en tres gobiernos: el de Guayaquil y Cuenca, el de Loja, y el Gobierno Provisorio de Quito al mando de Gabriel García Moreno. Héctor se llenó de furia al pensar que estos líderes concertaban con Castilla, y pensó que si todos actuaban así, él podía violar la correspondencia. Desmontó y leyó que el Presidente Mosquera de Colombia y el Presidente Castilla del Perú hacían preparativos para repartirse el Ecuador: Quito y el Norte para Colombia, Guayaquil y el Oriente para el Perú. Abrió las cartas dirigidas a los miembros del Gobierno Provisorio y supo que el General Flores había terminado su aventura en el Perú y ahora, lleno de patriotismo, ponía su contingente y experiencia al servicio del Gobierno Provisorio de Quito. A pesar de la repugnancia que sentía por el “traidor Flores”, Héctor pensó que lo mejor ser sería olvidar viejos odios y juntar fuerzas para unificar al país, pero eso no dependía de él sino de los señores que tenían el poder.
El jinete pasó junto a un grupo de personas que desayunaban alrededor de una fogata, los saludó y se alejó. Cuando estuvo solo se tendió en el prado, aspiró el aroma mañanero y percibió el perfume de Dorotea. Entonces pensó en las muestras de agradecimiento de la cajonera, en el momento en que tuviera entre sus manos la correspondencia, y que su señora conociera los últimos acontecimientos, que ahora sí eran pólvora en las manos de cualquiera.
Volvió a montar y su caballo emprendió el galope al escuchar el murmullo del Machángara. Recordó la dulzura de Dorotea y su corazón se aceleró. Mientras galopaba, le resonaba en su cabeza la proclama de García Moreno, como si fuera un himno marcial: “¡Compatriotas, sólo los cobardes prefieren la traición a la guerra, la intriga al combate, y la infamia al peligro. Corramos a las armas, para defender el honor y la nacionalidad de la Patria. Unión, fuerza y valor: he aquí lo que ella reclama de nosotros La Providencia nos protege, la gloria nos aguarda!” Y así, lleno de patriotismo, Héctor reconoció el dulce hogar de Dorotea.
En la casa de la Loma reinaba la intranquilidad; Leonor ardía en patriotismo y deseaba apoyar con más vigor y decisión a las fuerzas del Gobierno Provisorio, sin embargo, el escepticismo de su novio le resultaba demasiado cosmopolita para su provincialismo. No entendía de dónde provenía aquel cinismo, aquella incredulidad, y aunque lo amaba por sobre todas las cosas del mundo sentía que él hablaba desde la odiosa superioridad de los europeos, que cuando visitaban las jóvenes repúblicas se burlaban del atraso y la ignorancia en que éstas vivían. Por el contrario, ella veía el otro lado de la moneda: la belleza de sus paisajes y la bondad del clima, el carácter amable y dulce de su sociedad, la broma y la chanza siempre presentes en las tertulias y esa languidez y lentitud con que transcurrían los días, lo que permitía sentir la vida hasta en la última gota de rocío. Evocó el arrullo negro de su nana, la mansedumbre indígena entretejida en las mantas de su cama, en las alfombras de su casa y juró luchar con su vida por aquella calidez y colorido que era su patria.
Una tarde en que el cielo lucía encapotado, María África regresaba del río con un canasto de ropa blanca que había lavado. Se entretenía en observar las nubes negras cargadas de tempestad, mientras sus pies pisaban con gracia de bailarina la grava del camino. El aire olía a lluvia y a un peligro que se ocultaba entre los arupos. Apresuró el paso, pero antes de que pudiera pensar escuchó el galope de un caballo muy cerca, y perdió el rumbo. Se asustó tanto que arrojó la cesta, y las prendas de encaje fino volaron por los aires.
El caballo de larga crin era negro y resoplaba por las ternillas, asustado cuando su dueño lo paró en seco frente a María África, que temblaba ante lo desconocido. Pero pronto sonrió cuando reconoció a Juan Ramón, que montado en silla española le dijo:
—Sube — y le tendió la mano para ayudarla.
—¡Ay Juan Ramón! Voy a perder mis prendas finas.
—Déjalas, que luego las recoges y si se las han robado hasta que regreses, yo te compro la ropa más elegante que hayas visto.
—Está bien, me subo a la grupa de tu caballo, pero no lo reconozco.
—Es “Tempranillo”, el más joven de los que traje hace años en el barco en que viniste.
Juan Ramón y María África se alejaron dentro de la propiedad de Leonor, hasta llegar a una choza abandonada a la que nadie iba. Juan Ramón desmontó primero y bajó sus alforjas y el manto de la silla. África se deslizó entre sus brazos; juntos entraron a la vivienda olvidada y se sentaron sobre la paja que estaba esparcida en el piso, donde él hizo una especie de cama con el manto y las alforjas. Luego la rodeó con los brazos y le dijo:
—Joder, nadie en el mundo podrá entender lo que me pasa contigo.
Ella lo miró intrigada y él continuó:
—Amo a Leonor, es la mujer de mi vida, la que despierta toda mi pasión y mi ternura.
Se puso la mano en el pecho y África pensó que le costaba continuar, sin embargo, se mantuvo callada y a la espera de sus palabras.
—Pero tú, tú eres como una parte mía, a tu lado me siento en paz.
—Pero también quieres besarme y hacerme el amor — le dijo África, con su entonación cálida y su mirada suave.
Juan Ramón rió con alivio; parecía un niño cuando le contestó:
—Ves lo que te digo, tú me comprendes. A tu lado soy yo… es difícil de explicarte.
María África lo miró con dulzura y le dijo:
—Eres un apátrida, amado por dos mujeres.
—Soy un apátrida que ama a dos mujeres.
—Pero hay que ser cuidadosos con Leonor — dijo África.
—Pero si Leonor me ha dicho que tú me amas y que no está celosa, que entiende lo que te pasa. Que te tiene mucha ternura… Me dijo que nunca te abandonaría. Es una situación muy rara, me hacen falta las dos.
—Por eso, porque es tan bondadosa que ha tolerado este amor entre tú y yo, hay que tener cuidado de no herirla.
—Nunca — le contestó él, mientras la besaba en la boca.
—Te amo, Juan Ramón.
Afuera se desató la tempestad.
Juan de Dios, que pasaba por el camino de grava, recogió el cesto con la ropa blanca de África.




