Dado que la casa de la Loma ya no era un lugar de esparcimiento ni diversión, Juan Ramón, Leonor y María África vivían en ella con la asistencia de Justina, Juan de Dios, Dorotea y los empleados de planta que se ocupaban de las labores domésticas. Parecía que durante aquellos días la vida se había detenido; el clima se tornó delicioso y el viento sopló con suavidad apartando las nubes que dejaban ver trozos de cielo azul. Las lluvias precedentes habían verdeado el campo, cubriéndolo de flores amarillas que exhalaban un aroma a miel de abeja.
Un día, mientras los tres jóvenes salían a uno de sus acostumbrados paseos seguidos por Juan de Dios que llevaba una cesta llena de provisiones para un almuerzo campestre, se detuvieron a contemplar la infinidad de mariposas que revoloteaban entre las flores.
—¿Cómo llamáis a estas flores que están por todas partes? — preguntó Juan Ramón, que caminaba adelante.
—Se llaman nagchas y tienen un poder tranquilizante — contestó Leonor, mientras se maravillaba de la explosión de amarillo que se había apoderado de una ladera de su propiedad.
Entonces, los tres echaron a correr intoxicados de dicha hasta llegar a la orilla del río, donde se sentaron sobre una enorme piedra. Juan Ramón se despojó de su camisa y se tendió sobre la roca para echar una siesta mientras las jóvenes se descalzaban y hundían los pies en el agua helada. María África no pudo disimular la emoción que le embargó al ver a Juan Ramón con el torso desnudo, y en un momento en que Leonor se alejó para adentrarse en un matorral buscando chímbalos, se acercó con sumo cuidado para observarlo de cerca mientras él, con los ojos cerrados recibía los rayos de sol. Emborrachada de deseo, se inclinó para oler su piel. De pronto, él le tomó la cabeza y le besó en la boca mientras ella se sumía en oleadas de placer.
Cuando Leonor regresó con su cosecha de chímbalos encontró a Juan Ramón y María África sentados alrededor del mantel que Juan de Dios había dispuesto para servir el almuerzo. Comieron pollo asado, papas con cáscara, salsa de queso, ají de chochos y grandes vasos de limonada. Fue un almuerzo que les supo a gloria, como les supo todo lo que vivieron aquellos días, en que nada que no fuera estar juntos y amarse parecía tener importancia. Era como si una fuerza hubiera desactivado los acontecimientos del mundo exterior para que ellos vivieran unos días de despreocupación y dejaran regadas por la casa sus prendas y las escopetas de cacería de Juan Ramón, que luego Justina y Juan de Dios recogían.
Un mediodía, Leonor y María África caminaban lentamente por los parques de la casa. Llevaban una canastilla de mimbre para recoger moras de castilla con las que pensaban hacer mermelada para el “brazo de gitana” del café de la tarde. Leonor iba ensimismada en sus pensamientos, mientras África, afanosa, buscaba entre el chaparro las moras que crecían silvestres. De pronto, al abrir un espacio entre el tupido ramaje, se encontró con un amplio prado de plantas de moras que se desgajaban con el peso de los frutos. Se detuvo a contemplar aquella maravilla; lozanas y robustas, como si alguien las hubiera cultivado con esmero. Entonces, observó la forma cómo se habían agrupado, como si quisieran distanciarse de las demás plantas que crecían cerca y pensó que la Naturaleza tenía sus misterios. Se volteó para llamar a Leonor:
—¡Mira, Leonor!
Leonor dejó su cavilar para admirar el tesoro que yacía en los confines de su parque y dijo:
—No tenemos manos para cosechar tanta mora, hagamos lo que podamos.
Las dos jóvenes se pusieron a recogerlas. Pero Leonor, que no podía quitarse la inquietud de su cabeza dijo:
—África, los españoles dominaron estos países por trescientos años, y en estos escasos treinta que llevamos de República han pasado más cosas que durante la Colonia.
Leonor calló porque sintió un espino clavándose con dureza en el dedo; se lo llevó a la boca para calmar el dolor. Las dos mujeres tenían las manos llenas del zumo rojo de las moras, y África dijo:
—Parece que estamos en un campo de batalla, con las manos ensangrentadas.
—A lo mejor esto es mal agüero, pero no quiero pensar en eso. ¿Qué te parece, África, si hacemos mermelada para regalar? El anterior cónsul de Francia me obsequió una caja llena de frascos de cristal que podemos utilizar para guardarla—Leonor dijo con un dejo de tristeza.
Leonor se había puesto sombría, entonces, María África, que entendió el miedo que su amiga sentía por la partida de Juan Ramón hacia la guerra, le dijo:
—Preocuparse por lo que está por venir es como rezar al revés; hay que dejar que las cosas sigan su curso.
Señalando con su dedo índice el prado de moras, continuó:
—La vida es como la Naturaleza y si la dejamos en paz, florece como las moras.
—Eres muy ingenua; la vida está más llena de espinas que de moras — contestó Leonor con pesimismo.
Entonces, María África dejó la canasta en el suelo y tomando a Leonor por la cintura le hizo ver la frondosidad de las moras mientras le decía:
—¿No te has fijado cómo están agrupadas, como si supieran que son de la misma especie y que producen los mismos frutos? Lo curioso es que nadie las sembró, nadie las cultivó y ellas por un misterioso impulso se juntaron, igual que nosotros tres.
Leonor regresó a verla y así, entrelazadas, se quedaron un buen rato mientras una suave brisa les desarreglaba el cabello. María África era, al parecer de Leonor, una mujer singular; parecía brotada de la tierra y regada con la lluvia más pura. No podía tenerle celos a pesar que conocía el fuerte vínculo que la unía a Juan Ramón, no olvidaba el daño que le habían hecho, pero después del incidente en su recámara, cuando las cosas se definieron entre ellas, se volvieron más unidas que dos hermanas, y a veces, los tres tomados de la mano daban largos paseos por los parques y jardines que parecían no tener fin y regresaban al ocultarse el sol. Cuando entraban al salón, se sentaban al calor de la chimenea y Juan Ramón les leía libros de poesía, mientras tomaban café con torta de alfajor relleno de manjar blanco. Entonces, Juan Ramón tomaba la mano de María África y la ocultaba tras de su espalda para no causar celos a Leonor, que se hacía la desentendida.
Leonor y África terminaron de recoger las moras y emprendieron el regreso. Encontraron en la cocina a Justina que agregaba claras batidas al choclo molido , condimentado con mantequilla, huevos y queso fresco.
Justina se puso contenta al ver a Leonor, sabía que moría por sus choclotandas, nadie las hacía como ella, con su conocimiento ancestral y sazón negra. María África, que se había quedado sola, puso el cesto de moras sobre la mesa y se dispuso a lavarlas para hacer la mermelada. Se quedó frente al fogón removiéndo la olla y cuando estuvo a punto la vertió en los frascos de cristal del cónsul francés.




