Carmen Salinas recorría su casa; bajaba al patio de caballos a constatar que todo estuviera en orden, corría a la cocina para supervisar los utensilios que llevarían los hombres de Juan Ramón. El corazón le latía en desorden. Le tenía miedo a la guerra, a la incertidumbre, al peligro que correrían su sobrino y los valientes hombres que habían decidido acompañarlo. Llena de oscuros presentimientos y agotadas sus fuerzas de tanto llorar, se dejó caer en una butaca del salón rosado.
El gran reloj de pared marcaba implacable el paso del tiempo rompiendo el silencio que reinaba en el interior de la casa. Los ojos de Carmen recorrieron cada detalle del salón y de pronto, se sintió llena de paz y armonía. Recordó que su madre llenó los salones con símbolos patrios y colgó de sus paredes los retratos de los héroes de la Independencia, entre los que destacaba el gran retrato de Juan Salinas, su padre. Su madre le dijo un día: “Esta casa es un símbolo de la ciudad” y contrató a los artistas más representativos de la ciudad para encargarles muebles y esculturas del arte quiteño.
Carmen Salinas pensaba que su casa pertenecía a la ciudad, por estar en la Plaza Mayor, frente al Palacio de Gobierno. Cuando se quedó huérfana, a cargo de su hermana y cuñado, éstos contrataron a Rafael Salas, el más grande pintor de la época, para que decorara una parte importante de los corredores. Ahora, como única heredera, se había dedicado con devoción a cuidar esa casa y a llevar con escrupuloso esmero el manejo de los papeles y legados que yacían en el altillo, bajo siete llaves pues eran parte de la historia de la ciudad.
El ruido de unos pasos la sacaron de su cavilar y levantó la vista para ver quién venía. Por la puerta entró Juan Ramón, y ella se estremeció al recordar el motivo de su visita. Él, al verla tan afligida se sentó junto a ella, le tomó las manos y le dijo en el tono más cariñoso que pudo:
—Tía, gracias por todo lo que has sido para mí, y no te preocupes que prometo volver sano.
Ella miró la sonrisa que iluminaba su rostro y le contestó:
—Todo el cuidado que debes tomar es poco, hazlo por Leonor, por mí y por todos los que tanto te queremos.
—No te preocupes, en batallas más espantosas he estado y siempre he salido vivo, tengo las nueve vidas de un gato.
Juan Ramón rió para tranquilizarla, pero lejos de lograrlo, Carmen parecía angustiarse más y le replicó:
—Una guerra como ésta, sin las tácticas ni estrategias como en las que tú has peleado, puede ser más peligrosa. No quiero ser mal agüero, pero cuídate mucho, que eres nuestro tesoro.
Le besó con todo el cariño maternal que sentía por él y luego se alejó a sus habitaciones; no quería verlo partir.
En ese momento, Roberto Ascásubi entró en la casa y al ver a su cuñada Carmen salir de la sala con tanta pesadumbre, la detuvo por el hombro y le preguntó:
—¿Qué te pasa, Carmencita?
—¡Ay, Roberto! Me parte el alma Juan Ramón, tengo miedo de que lo hieran en esta trifulca.
Se soltó a llorar y Roberto la rodeó en un abrazo mientras le decía:
—Vamos a ver, Carmencita. Nosotros conocemos la muerte, hemos vivido el duelo de nuestros padres cuando éramos casi unos niños y sabemos que nada se puede hacer ante el destino.
Lejos de serenarse, Carmen sintió una punzada en el corazón, y alejándose de su cuñado exclamó:
—¡Yo no tolero una muerte más, no, no y no!
—Si quieres ayudar a Juan Ramón piensa en él con ánimo. Ayúdalo con una actitud de aliento, no seas como muchas mujeres que siembran dudas en el alma de un hombre que tiene que cumplir.
Carmen se mantuvo en silencio, entonces Roberto la llevó al corredor alto que daba al patio de los caballos y juntos observaron la forma como se preparaban los hombres.
Roberto se arrimo a la baranda, y dijo a su cuñada:
—Este muchacho me da una ternura increíble, hace lo que mejor puede, pero no lo veo llegar a ninguna parte. ¿Qué hace luchando aquí?
—¿Por qué dices eso, no sabes el amor que se tiene con Leonor? Por eso esta aquí.
—Si es como tú dices, ¿Por qué no se la lleva? No me digas que no estuvieran mejor en España, donde nadie conoce el pasado de Leonor y Juan Ramón tiene una brillante posición.
Carmen, se alejó y Roberto no insistió, el viejo escéptico no quería atormentarla más.




