Sentado en una de las bancas adosadas a la pared de la glorieta, Juan Ramón, que tenía a Leonor entre sus brazos, se entretenía en quitar de sus labios la mermelada que ella tomaba del frasco francés. Cuando un poquito del dulce caía entre sus pechos, él lo buscaba con la boca y ella parecía enloquecer. El cabello de la joven cayó en desorden, y el Machángara bramó con la crecida de las aguas que bajaban del páramo, así se quedaron un largo rato hasta que Juan Ramón se levantó y extendiendo su mano hacia ella, dijo:
—Venga, Leonor, es hora de irnos
Leonor se levantó con la ayuda de su novio que la besó nuevamente mientras ella reía dichosa.
Cuando emprendieron el regreso, él la tomó por la cintura, ella apoyó la cabeza en su pecho y entrelazados, como si no quisieran separarse ni un momento, ni un centímetro caminaron el sendero que llevaba a la casa, atravesaron la puerta y se encontraron con Dorotea que los esperaba con las manos llenas de cartas. Juan Ramón las tomó entre sus manos y subió las escaleras seguido de Leonor.
Cuando entraron en el dormitorio, se sentaron sobre la cama, y con sumo cuidado, Leonor se dispuso a abrir de una en una las cartas que luego pasaba a Juan Ramón. Leían en silencio, con apuro y cuando Leonor terminó una, exclamó:
—¡No lo puedo creer! El Presidente del Perú ha firmado en Mapasingue un tratado con el General Franco por el que el Ecuador cede al Perú los territorios de Quijos y Canelos.
Juan Ramón la observó y vio que se había puesto furiosa cuando continuó:
—Fíjate, qué ironía, el 25 de enero de 1860 se firma el Tratado de Mapasingue, y ese mismo día en Pisurco peleó el Coronel Bernardo Dávalos con las instrucciones de García Moreno de no arriesgarse—Leonor miró a Juan Ramón y luego bajó la vista para leer la misiva que tenía entre sus manos—“A pesar de que estaba en desventaja, Dávalos desmontó y se introdujo al campo enemigo con tal valentía que, él solo y empuñando su lanza, mató a unos cuantos e hizo correr al enemigo, ganándose el nombre del Aquiles ecuatoriano”
Leonor continuó leyendo. Por momentos relataba para no cansar a Juan Ramón y leía textualmente lo que consideraba importante:
“En las Llanuras de Sabún, el Mayor Barriga se lanzó con diez jinetes contra el enemigo y fue rechazado en el acto. Es entonces que llega el resto del ejército patriota y sufre un terrible revés, cuando el Coronel Dávalos avanza solo frente a los adversarios, luchando con denuedo y rompiendo su lanza en el desigual combate. En ese momento siente a sus espaldas al gigantesco venezolano Bonilla, héroe de la Independencia; Dávalos a pesar de su cansancio, se lanzó en desigual combate con su lanza rota, pero en un momento de genialidad grita “No maten al negro por la espalda”. Ese momento, Bonilla regresa a ver y Dávalos le da muerte. La desmoralización en el enemigo hizo que la batalla terminara a favor de las fuerzas patriotas.”
Cuando Leonor dio término a la lectura de la carta que relataba las proezas del Coronel Dávalos, Juan Ramón dijo:
—Este Coronel Dávalos es un valiente y merece el reconocimiento de todos. Esperemos que García, cuando gane, si gana, lo llene de medallas y honores; hombres así necesita este país para que sirvan de modelo.
Leonor, que se levantó de la cama y se puso a caminar por la habitación, se había puesto sombría, entonces él le preguntó:
—¿Qué te pasa, Leonor? ¿No estás de acuerdo en que se debe reconocer el valor de Dávalos?
Leonor muy seria le contestó:
—No entiendo por qué siempre estás hablando en ese tono burlón de nosotros y de la falta de valentía de los hombres de este país, y sobre todo, no entiendo ese desprecio, ese odio a García Moreno que no hace más que sacrificarse por su patria. No descansa; un día está en Riobamba, para luego amanecer en Chillo y vigilar la elaboración de municiones en la hacienda de Carlos Aguirre. ¿Qué de malo ves en todo esto?
Juan Ramón, que continuaba sentado al borde de la cama, le dijo:
—Todo está mal, pero no vamos a volver al tema de la disgregación de la Gran Colombia, un error histórico tan grande, que sólo con eso tengo derecho a sentir desprecio por la forma como manejáis la política aquí.
El enfado de Juan Ramón crecía mientras trataba de explicar a Leonor sus razones:
—Sabes que combatí con los Camisas Rojas de Garibaldi, y hay una distancia tan grande entre el verdadero héroe y tu García, que no puedo sino indignarme; los valores del italiano al dar su vida por unificar Italia y expulsar a los austriacos, su anhelo de crear un estado fuerte, sin recurrir a la traición y a la intriga contra su propia patria, no tiene nada que ver con las maniobras de García, que habló con el Presidente del Perú, trató de obtener un Protectorado francés y rogó a España que se vuelva a hacer cargo de este país. Él os menosprecia más que yo, puesto que ha considerado la idea de entregar esta tierra a alguien que él, no yo, considera superior.
—A lo mejor tienes razón, pero recuerda que nosotros no hemos tenido la Edad Media, ni tiempo para madurar sentimientos de verdadera identidad, porque somos un poco de aquí y un poco de allá. Por eso, estas guerras son lo que fueron las guerras europeas de siglos anteriores cuando unos países invadían a otros.
Leonor calló por un momento, y luego le preguntó:
—Entonces, ¿por qué Europa está fragmentada si debería ser la gran potencia mundial? Su territorio es más pequeño que la América nuestra.
—Leonor, comprende que la condición humana siempre quiere el poder, sin embargo, como amas tanto este país, voy a pelear para ayudar a que se cumpla tu sueño.
Juan Ramón se levantó y se acercó a Leonor, la tomó por la cintura y la arrojó sobre la cama mientras ella riendo le imploró:
—¡Por favor! Tenemos que arreglar las cartas o van a fusilar al posta.
Él, le susurró en el oído:
—Ves cómo eres de corrupta, has violado correspondencia ajena, y en este caso oficial.
Muerta de susto, Leonor se entregó a la tarea de recoger y dejar las cartas en sus sobres, pero lo hizo de una manera tan magistral que nadie iba a percatarse de que fueron abiertas; así era la práctica que tenía.




