Juan Ramón, al quedarse solo, se encaminó hacia el patio de caballos para pasar revista a su pelotón; doce hombres reclutados por él, por su valentía y porque los conocía de los labores en el campo y las cacerías en el páramo: Morales, Moratín, Serpa, Landeta, Sanjurrés, Sapia, Túqueres, Olaya, Puente, Ballester, Cerda y el fiel Portalanza. Los había reclutado de la Ciénega, Tilipulo, El Galpón, Guachalá y Changalá. Los adiestró en las maniobras militares por largas horas cada día, y los equipó con fusiles de igual calibre, taguán y su respectivo sable. Los hombres llegaron a adorar a su jefe porque hizo de ellos un pelotón de elite, un pelotón como no se conocía en estos lugares donde los soldados andaban con fusiles de distinto calibre, sin ley ni orden. Además de fomentar una férrea disciplina, les enseñó a cuidar y limpiar sus armas para que siempre estuvieran listas y no dieran el menor problema; su lema era la ley del pirata “Cuidar el arma antes que a uno mismo”.
Ese día, luego del entrenamiento militar, Portalanza se acercó a Juan Ramón y le dijo:
—Señor, usted es por demás gentil con nosotros. Se ha tomado molestias para enseñarnos tanto en tan poco tiempo. Lo ha hecho usted mismo como soldado raso y eso es mucho para nosotros.
Juan Ramón le entregó sus armas para que las limpiara y le dijo:
—Te diré que en mi profesión y en la guerra he aprendido más de mis soldados que de mis generales.
Cuando estuvieron listos emprendieron la marcha hacia Riobamba, para reunirse con el Coronel Ascásubi y formar parte del ejército que ocuparía Cuenca. Cumbres Altas y sus doce hombres avanzaron por terrenos escabrosos, pasos difíciles, clima cambiante y asombrosas vistas; por todo el recorrido reclutaron voluntarios, incluso se les unieron músicos y mujeres dispuestas a consolarlos, única fórmula que conocían para ayudar a salvar a la patria.
Juan Ramón había cumplido con su deber de formar un destacamento profesional y bien adiestrado pero comprendiendo la naturaleza del joven país, permitió la extraña compañía porque divertía a los soldados con su musiquilla y su jarana, en especial cuando pernoctaban en los páramos y los valles mientras se aproximaban al campo de batalla.
La víspera de unirse al ejército y al coronel Ascásubi, cuando se alojaron en una casa que quedaba en el camino a Cuenca, Cumbres Altas accedió a que sus hombres se divirtieran y les dijo:
—Podéis divertiros, pero os retiraréis temprano. ¡Qué no falte nadie, coño!
Juan Ramón se tomó un descanso para disfrutar de la música y los fandangos antiguos que ya no se escuchaban por el viejo mundo, observó la diversidad de trajes y la alegría del baile. Parecía que todos se habían olvidado del motivo por el que estaban allí, bailando y cantando como si estuvieran en la fiesta más alegre del año. Abandonó el improvisado salón de baile y se encaminó a la inmensa fogata que habían encendido en el patio de piedra, donde un grupo más tranquilo tocaba guitarra y entonaba tristes canciones de amor. El aire estaba impregnado de dulces perfumes que le hicieron pensar en Leonor. Era tanta la melancolía, que cuando la luna salió, los hombres lloraron de amor, y a lo lejos se escuchó el canto de un ave desconocida.
La noche estaba plagada de misterios, Juan Ramón, sentado en una piedra, divisó a lo lejos la silueta de una mujer embozada que se le acercaba, la miró con fijeza, y cuando estuvo cerca la oyó decir:
—¿Me permite sentarme junto a su merced?
Se trataba de una mujer de mediana edad a la que le faltaban algunos dientes. Juan Ramón le preguntó con brusquedad:
—¿Qué quieres de mí?
La mujer, asustada y temiendo una orden de arresto, se apresuró a decirle:
—No desconfíe de una vieja amiga.
Se destapó el rostro y lo miró con sus ojos brillantes.
Juan Ramón enfadado le contestó:
—Ya, ya te recuerdo—De pronto, había reconocido a Blanquita, la costurera de la loma.
—Quería contarle que la Niña Leonor compró mi casa para construir sobre ella el palacio donde vive.
Juan Ramón, que se comenzaba a impacientar, le contestó con voz irritada:
—Nada de lo que me dices es nuevo. No sé cuál es el interés de murmurar en mis oídos.
La mujer, al comprender que Juan Ramón se iba a marchar, le dijo:
—No me tome por una vulgar chismosa, soy amiga suya aunque usted esté lleno de dudas. Sólo quiero hacerle una recomendación, y le suplico no tome lo que voy a decirle como una intriga; se trata de algo muy importante para el bienestar de la Niña Leonor.
—Te oigo.
—Quiero prevenirle sobre la sinceridad del Director de la Guerra.
—¿Te refieres a García?
—Sí, Excelencia, el mismo, por el que usted se ha enrolado.
—No me he unido a nadie.
Juan Ramón se levantó, e hizo ademán de partir, pero ella le dijo:
—Perdone mi tontería, pero creo que a usted le va a interesar, porque se trata de algo que concierne a la Niña Leonor.
Juan Ramón, a pesar de que estaba harto, se quedó al oír el nombre de Leonor y la mujer se acomodó como lo hacen aquellos que van a relatar por largo tiempo; él le pidió con aspereza que sea escueta.
Blanquita le dijo:
—Nunca confíe de aquel que viste de negro y reza el rosario en la penumbra, pues cuando no es observado deja que la lujuria se apodere de él. Don Gabriel fue asiduo a mi casa cuando en ella se concertaban citas clandestinas. En una ocasión llevó a una bella joven de humilde origen, me pagó para que viviera conmigo. Una noche llegó de improviso y al ver a la joven en amena charla con un conocido, la tomó del brazo para llevarla a un apartado en donde, dando rienda suelta a su terrible furia, le descargó tres puñaladas en el pecho. No puedo expresar el horror que aquello causó en los presentes, pero tratándose de alguien de tanto poder y siendo mi casa un lugar prohibido, nadie dijo nada.
Calló por un momento, que aprovechó Juan Ramón para preguntar:
—¿Qué pasó con la muchacha?
—Su juventud, su buena salud y la pronta intervención del Dr. Acevedo, la salvaron.
Juan Ramón, a quien la charla no le interesaba se levantó, pero con las manos juntas, Blanquita le pidió un momento más.
—Lo que voy a decirle le interesará: Supe que una noche Don Gabriel visitó la casa de la niña Leonor y que sorprendido por su belleza se prendió de ella. Le digo esto porque cuando Don Gabriel se apasiona por una mujer, no hay quien lo detenga.
Juan Ramón no quiso oír más y despidió a Blanquita.
A la madrugada siguiente, momentos antes de que rompiera el alba, Cumbres Altas y sus hombres emprendieron el camino al sitio cercano a Cuenca, para adelantarse así a la división enviada por el Gobierno Provisorio.
Cuando llegaron pasado el mediodía, los guías adelantados avisaron que el ejército enviado por Franco estaba situado en formación para defender el camino a Cuenca. Aparentemente estaban muy cerca. Conocedor de que su enemigo superaba en mucho al reducido pelotón que comandaba, Cumbres Altas mandó hacer un reconocimiento del lugar y de las fuerzas contrarias. Para la misión designó a Morales y a Portalanza que, luego de un minucioso recorrido regresaron con noticias para su jefe.
—Excelencia; el enemigo es numeroso, no veo cómo les haremos frente — dijo Morales, y luego señaló con su mano:
—Está posicionado sobre el barranco que tenemos al frente, a tiro de fusil del camino, las tropas están orientadas de Este a Oeste paralelo al camino.
—Las fuerzas del Gobierno Provisorio aún no llegan y considero un suicidio lanzarnos nosotros solos — acotó Portalanza, que quería poner en aviso a su jefe sobre lo arriesgado de la situación.
Cumbres Altas se paseaba cabizbajo mientras oía el informe. Pero de pronto se detuvo, llamó a sus emisarios y les ordenó sentarse alrededor de la mesa donde yacían planos y mapas de la región. Entonces les preguntó:
—¿Todo el sector que recorristeis está tan seco como acá?
—Sí, Excelencia, los últimos días ha llovido en los alrededores, pero allí está seco y el polvo nos va a molestar mucho.
Portalanza no entendió la sonrisa que se dibujó en el rostro de Cumbres Altas, que poniéndose de pie les dijo:
—El polvo va a ser nuestro aliado.
Al ver la cara de estupor con que lo miraban, los llevó nuevamente al escritorio para explicarles la estrategia que iban a utilizar.
—Se trata de flanquearlos — agregó Cumbres Altas.
A las siete y media de la mañana del día siguiente; el General Fernando Ayarza recibió a un alterado Comandante Cavero, que temblando de pies a cabeza le anunció:
—Mi General, viene en contra nuestro una o dos divisiones, con un número descomunal de soldados. Vimos la polvareda que levantó la caballería que se ha colocado detrás de esa loma, seguramente para atacar hoy día.
Calló para tomar aire y el viejo General Ayarza le conminó:
—No importa cuántos sean, estamos en buena posición, moriremos peleando.
—Los hombres no quieren pelear, dicen que el caso está perdido…
Cavero no pudo terminar la frase cuando oyó romper fuego desde uno de los costados y alarmado gritó:
—¡Nos están atacando por el flanco derecho y por la retaguardia, estamos perdidos, nos han rodeado!
Cavero, montando en su caballo, emprendió la retirada seguido por muchos de los hombres.
La ferocidad con que aquellos aguerridos soldados de Cumbres Altas emprendieron su arremetida por el flanco derecho, hizo que muchos de los soldados de Ayarza huyeran y una gran parte se les uniera, al verlos vencedores. Juan Ramón, sobre su caballo, se sintió asombrado porque nunca le había sido tan fácil una victoria. Entonces se dirigió a los soldados que deseaban adherírsele y les preguntó qué los impulsaba a actuar así. Un oficial se le acercó y le expresó su deseo de dejar a un lado tanta pelea inútil y ponerse del lado de la razón, del verdadero gobierno para unificar de una vez por todas al país.
Cumbres Altas comprendió que era el momento de sembrar en aquellos hombres la total adhesión a su causa, por eso desenvainó su sable y proclamó:
—¡Hombres del Ecuador, soldados de la patria! Este es un momento de gloria para nuestras fuerzas.
Volteó su caballo y con una solemnidad que puso los pelos de punta, arengó:
—¡Soldados! ¿Juráis, por vuestro honor y el de vuestra vida, ser fieles a los postulados de nuestro Ejército y a los de la Patria?
Los soldados contestaron con un ¡SÍ! arrollador, contagiados por la energía y el carisma de este joven caudillo, tan diferente a los demás. Cumbres Altas subió a un montículo, tenía el sol a sus espaldas y su presencia se volvió mágica. Muchos, impresionados por el instante que estaban viviendo, cayeron de rodillas y juraron eterna lealtad.
Momentos después apareció el General en jefe al mando de su división. Esa noche, en el festín que se celebró por la victoria, el General agradeció a Cumbres Altas y lo felicitó públicamente, sin embargo, ya en su habitación y a la luz de una vela, redactó el siguiente parte de guerra dirigido a Gabriel García Moreno:
“ Ayarza prisionero. Completo triunfo sin efusión de sangre. Ha sido triunfo de escoba, pues muy pocos han podido escapar aprovechando la oscuridad con la conclusión del día.”
Un parte que nada decía sobre Cumbres Altas y sus hombres.




