Las lluvias de febrero y marzo habían limpiado todo vestigio de polvo, el campo lucía verde y los volcanes tenían nieve hasta sus faldas. Las flores silvestres coloreaban la campiña y el zumbido de las abejas se mezclaba con el resoplido de los caballos al galopar. La mujer de vestido rosa y sombrero verde-agua iba a la punta con apuro y espoleaba a su caballo para llegar a tiempo.
—Leonor, hemos recorrido largo y sólo al galope, los animales están cansados —dijo María África, que cabalgaba tras ella y estaba preocupada por Justina que parecía un saco de papas sobre la yegua castaña.
—No podemos ir más despacio, tengo que llegar antes del anochecer. Si paramos, perdemos tiempo precioso —contestó Leonor con la mano en el corazón, donde llevaba la carta de Juan Ramón que le hablaba de su triunfo y le pedía que se reuniera con él en una casa alquilada a las afueras de Riobamba. El viento agitaba el cabello que sobresalía bajo su sombrero.
A marchas forzadas y a tiempo para que no reventaran los caballos, llegaron a las inmediaciones de Riobamba, donde se instalaron en una confortable casa con potreros para las bestias. Luego de almorzar, quisieron retirarse a descansar.
—¿Prepararon ya los dormitorios? —preguntó Leonor.
—Sí, mi reina. Tú vas a dormir con África, a mí me han acomodado un cuartito con vista al nevado —contestó Justina.
A las cinco de la tarde, luego de la larga siesta, se encaminaron al comedor donde la empleada de confianza de casa las esperaba con un café pasado y quesadillas lojanas. La señora les dijo:
—En la ciudad hay fiesta por el triunfo del Gobierno Provisorio, deberían ir porque ha de estar muy bonito.
—Muchas gracias, pero los caballos están muy cansados y nosotros también —contestó Leonor.
—¡Ay no, bonitas! Se van en el coche, el Señor Dávalos ordenó que lo usen cuando quieran, porque las espera en la casa de Riobamba.
Las dos jóvenes aceptaron, pero no pudieron persuadir a Justina, que cansada dormía plácidamente.
Subieron en el coche y emprendieron la marcha a paso corto. A esa hora de la tarde la nieve del Chimborazo adquirió tonos dorados y el celaje se pintó de rosa. Leonor y África guardaron silencio ante la belleza del momento. El carruaje se detuvo frente a la casa de Dávalos en el centro de la ciudad, donde se apearon.
—Vengan a tomar un bocadito y unas mistelitas para festejar el triunfo de Cuenca. No hay un sólo herido en nuestras filas —la señora de Dávalos, las esperaba al pie de la escalinata y emocionada por el triunfo militar, las sorprendió antes de que pudieran saludar. Les dijo mientras las besaba en las mejillas: —Estoy encantada de recibir a la sobrina del Coronel Ascásubi en casa.
Dicho esto las interrogó con la mirada, pues no sabía cuál era la pariente del coronel.
—Encantada, señora. Soy Leonor de la Vega, sobrina de Manuel de Ascásubi y esta es mi amiga África.
—¡Me muero, qué bellas!
—Gracias —dijo Leonor al entrar en la casa, seguida de África.
—¡Qué hermosa casa! —exclamó África mientras admiraba las arañas de cristal que pendían del tumbado.
Entraron en un salón que tenía las ventanas a la plaza. La anfitriona las invitó a sentarse en cómodas poltronas tapizadas en damasco amarillas, y les preguntó:
—¿Quieren una mistela? Es bueno para el frío.
—Gracias, señora, le aceptamos las mistelas y nos vamos a la feria.
—Ya verán qué bonita está la ciudad, es que estando aquí García Moreno, todos se han esforzado en engalanar sus balcones y fachadas.
—Gracias —dijo África a la empleada que entró con una bandeja, y que luego de servir a Leonor le ofreció una copa de cristal rosado que tomó entre sus manos.
—¡Salud por el Gobierno Provisorio! —brindó la dueña de casa junto con las invitadas.
La empleada con cofia y delantal blanco dejó la bandeja con la jarra de licor sobre una mesa estilo imperio.
Leonor se levantó y dijo a la señora de Dávalos:
—Es muy amable señora, pero creo que debemos partir o nos vamos a perder lo mejor.
—Está bien, bonitas, pero vayan en el coche para que no se cansen.
Las dos jóvenes se subieron en el coche y recorrieron a trote lento la plaza y las calles, que lucían adornadas con arcos de flores que pendían de los balcones.
Al anochecer se iluminaron los faroles de la plaza principal y los ciudadanos se encargaron de encender velas llenando de magia la ciudad. En ese momento, las dos se apearon para continuar el recorrido a pie. Pasaron cerca de muchachos con guitarra que cantaban canciones de moda y de una comparsa de disfrazados que bailaba mientras un soldado negro tocaba un tambor.
Leonor y África, en su recorrido compraban dulces, bebían canelazos y buscaban ansiosas alguna señal, alguna noticia.
—Mira, Leonor—África señaló con la mano a un grupo de personas que compraban billetes para algún espectáculo.
Leonor aguzó la mirada y alcanzó a ver un improvisado teatro de marionetas al aire libre.
—Ven, África, compremos las entradas.
Pagaron unas monedas y se sentaron para asistir a la función de títeres. Leonor dijo:
—Nunca había estado en un teatro así.
—Pero me encanta, por diferente y por el decorado —contestó África mientras miraba con asombro los cortinajes y pinturas de tinte romántico que representaban un camino y una loma donde habían dibujado un sin fin de soldados.
Apareció en el escenario un títere vestido de frac que, con voz gangosa y exagerada daba la bienvenida al público:
—Damas y caballeros, bienvenidos: en esta reunión les contaremos las hazañas del caballero Cumbres Altas y sus doce de la fama.
África palideció y regresó a ver a Leonor, que tenía lágrimas en los ojos.
Pronto salió otra marioneta, un jinete montado en un caballo blanco, y con el sable en la mano dijo a sus valientes:
—El enemigo en número de mil tiene todas las ventajas; está descansado y bien posicionado en el montículo; pero nosotros, que somos valientes de nacimiento y casta, les vamos a tender una trampa. Ya os hablé de ello y ahora la pondremos en práctica.
Se escuchó música marcial y el muñeco que representaba a Cumbres Altas ordenó a sus jinetes que se formaran de dos en dos, sujetándose cada uno con un extremo de una soga. A una nueva orden emprendieron el galope y levantaron tanto polvo que parecían una división entera. Desde la loma, el Comandante Cavero gritaba:
—¡Socorro, huyamos todos, vienen tres divisiones y nosotros estamos en desventaja!
En ese momento, seis de los valientes jinetes de Cumbres Altas lograron flanquear al enemigo, que viéndose perdido puso los pies en polvorosa. Los espectadores se levantaron para aplaudir a rabiar mientras la banda entonaba polcas militares con lo que se armó el baile y se perdieron los buenos modales. Leonor asustada dijo a África:
—Tenemos que regresar, esto se está poniendo peligroso, pronto estarán embrutecidos por el alcohol.
África asintió y quiso huir lo más rápido posible pues se había percatado de la presencia de un misterioso hombre, que vestido de negro y embozado con una capa, no dejaba de mirarlas con insolencia, especialmente a Leonor. Apartó a la cantidad de gente que se arremolinaba en torno a ellas y le susurró en el oído:
—Vámonos pronto que ese hombre tiene una actitud sospechosa.
El hombre de la capa negra apartó violentamente a África y tomó a Leonor por la cintura, besándole en la boca antes que ella pudiera defenderse. María África vio como Leonor se contorsionaba para zafarse del abrazo, pero él, abusando de sus fuerzas, no la dejaba respirar diciéndole al oído:
—¿Por qué no quieres ser mía si has sido de todos?
África estaba tan cerca que pudo escucharlo todo, y desesperada le propinó golpes con sus puños y, en un arranque de rabia, le dio de puntapiés para que soltara a Leonor. El hombre se regresó y le asestó una cachetada tan fuerte que la tumbó al suelo, mientras se llevaba consigo a Leonor. África se levantó tambaleante y corrió tras de ellos; pero en esta ocasión, el embozado le apuntó con su pistola y le dijo:
—¿Por qué defiendes a una puta si tú también lo eres? Lárgate o te disparo y nadie reclamará por la vida de una puta más.
En su desesperación, África decidió ir al coche donde las esperaba Juan de Dios, al llegar junto a él, le contó deshecha en llanto lo que había sucedido. Juan de Dios propuso al cochero ir en defensa de la Señora, pero éste le contestó:
—A dos indios como nosotros nos matan, el embozado es alguien tan poderoso que no podemos hacer nada.
Cuando Juan de Dios escuchó esto, dijo al cochero:
—Regresemos a la casa del amo Dávalos y le contamos lo que sucedió.
—El Señor Dávalos ni nadie puede hacer nada contra el embozado.
África, con los nervios desechos, preguntó al cochero:
—¿Quién es ese hombre?
El cochero no contestó, y María África al comprender que nadie las iba a ayudar entró en un almacén y pagó por una hoja de papel y una pluma y escribió una nota urgente para Cumbres Altas Luego se la dio a Juan de Dios:
—Alquila un caballo, busca a Juan Ramón y entrégale esta carta.
Juan de Dios echó un vistazo con sus ojos de águila y comprendió que nadie le iba a proporcionar un caballo en medio de la fiesta, por lo que decidió ir por sus propios medios.
El indio Juan de Dios invocó al espíritu del volcán y a los espíritus de sus antepasados antes de emprender la carrera más dura de su vida y llegar a tiempo donde Juan Ramón para entregarle la carta que llevaba en la alforja, cerca de su corazón. Un viento rompió la calma que reinaba, y Juan de Dios sintió el aliento helado del Chimborazo que le había escuchado. Era avanzada la noche cuando emprendió la carrera; primero a trote lento hasta que sus miembros se calentaran, luego, un poco más rápido hasta adquirir una cadencia uniforme. A ese paso continuó corriendo por horas, hasta no sentir su cuerpo, ni la sangre que brotaba de las plantas de sus pies.
Era una noche de luna y él tenía alas en los pies que lo ayudaban a correr como a un chasqui, al amparo del volcán encontró el camino. Corrió entre el chaparro, la arena y las rocas, para continuar corriendo mientras su respiración se mezclaba con el hálito helado de la nieve. Respiró a un ritmo que le permitió encontrar la sincronía perfecta, para, luego de un rato no ya pisar la tierra sino volar al ras, entre las nubes. Ya no estaba en su cuerpo; ahora, se observaba desde lo alto y seguía corriendo. En ese estado alterado de conciencia, no se percató que el esfuerzo aguijoneaba sus miembros y que exigía demasiado a su fuerte corazón. Finalmente, Juan de Dios llegó a una pequeña llanura donde Cumbres Altas y sus hombres habían acampado en su camino a Riobamba
En su tienda de campaña, Juan Ramón dormía cubierto por una manta de vicuña blanca. Por momentos, se despertaba y sentía una cálida placidez al recordar su triunfo en Cuenca, y volvía a caer en un profundo sueño. Soñó con Leonor y el café con alfajor y manjar blanco de la casa de la loma, creía estar al borde del Machángara en una de aquellas interminables siestas con África y Leonor, cuando el campo olía a miel. De pronto, su sueño se vio interrumpido por un aliento helado que le soplo en el rostro, se incorporó y preguntó:
—¿Quién va?
—Señor, soy Portalanza, vengo a avisarle que Juan de Dios ha venido desde lejos para entregarle una carta.
Cumbres Altas retiró las colgaduras de la tienda y salió. Amanecía y el frío le cortó la respiración cuando preguntó:
—¿Una carta?
Comenzaba a aclarar y Juan Ramón alcanzó a ver la silueta de Juan de Dios que parecía la de un mendigo.
—¡Juan de Dios, qué te ha pasado!
El indio le entregó la carta y se desplomó.
Portalanza levantó al mensajero y ante la orden de Juan Ramón, lo colocó sobre la cama de campaña.
—Señor, Juan de Dios está muy mal.
Cumbres Altas se acercó al catre y vio con espanto los pies destrozados y los jirones en que se habían convertido sus ropas.
—Portalanza, trae agua con raspadura de la que está hirviendo en la hornilla.
Portalanza salió apresurado a pedir un cuenco con el agua azucarada y la llevó a la tienda de campaña donde su jefe atendía a Juan de Dios.
—Juan de Dios, tienes que hacer un esfuerzo y beber un poco de esto.
Como si entendiera, el chasqui bebió a cucharadas lo que Cumbres Altas le ofrecía, y poco a poco recuperó la conciencia. Cuando quiso hablar, Cumbres Altas le dijo:
—No digas nada, has perdido mucha fuerza y ahora vas a dormir lo que haga falta —y le tapó con su manta de vicuña blanca.
El semblante de Cumbres Altas iba cambiando mientras leía la carta de África. Estaba pálido como un muerto cuando terminó la lectura, y con voz seca ordenó que le ensillasen su caballo.
Los doce hombres montados se encaminaron hacia donde estaba su jefe y le entregaron a “Taranto”. No pensaban dejarlo marchar sólo.
—Os agradezco que me acompañéis, pero alguien tiene que quedarse con Juan de Dios.
—Ballester se quedará, es el único que tiene conocimientos de medicina —dijo Portalanza.
—Ballester, te recomiendo cuidar con tu vida a mi amigo que ha arriesgado su vida para ponerme en aviso sobre un peligro —dijo Juan Ramón, conmovido por la fidelidad de Juan de Dios.
Doce jinetes galopaban bajo la luz de la luna que iluminaba el camino y delineaba el chaparro. Subieron y descendieron laderas y devoraron distancias sin alejarse del Chimborazo que con su imperturbable blancura heló aún más el corazón de Juan Ramón, que ordenó a sus hombres tomar el camino de la quinta donde se alojaban Leonor y África; él iría sólo con Morales.





Cuando vienen el resto de capitulos, que va pasar con Leonor?.
Esta interesantisimo, creo que nos tienes en ascuas a muchos….
Ya falta poquito, Katy. Creo que son máximo tres o cuatro capítulos, me encanta que hayas leído tanto
Si nos tiene en ascuas, esta buenisima!