Leonor se paseaba con África mientras conversaban y recogían manzanas silvestres con las que pensaban hacer un pastel para cubrirlo con azúcar y comérselo junto a Juan Ramón. Las dos sabían, sin decirse nada, que a cualquier hora aparecería por el portón o por la entrada principal o saltaría las tapias para regresar al hogar tan peculiar que habían formado, una vida que nadie, ni ellos mismos comprendían. Algo más fuerte que el amor o la amistad los mantenía unidos, como lo que mantiene unida a una gota de agua con las demás que forman una nube. Y sin embargo, había un orden que ni ellos podían evitar; Juan Ramón y Leonor se amaban como se aman los amantes, eran el uno para el otro… pero, se había unido una tercera persona para completarlos, eran almas complejas que sin comprenderlo, se sabían fatalmente unidas
Las dos mujeres, que habían recogido suficiente fruta regresaron a la casa, entraron en la cocina y junto con Justina se dispusieron a preparar el pastel; Justina encendió la cocina de leña mientras Leonor batió los huevos con mantequilla y azúcar y África mezcló el harina con canela y clavos de olor. Vertieron la mezcla en un molde de acero, incorporaron los trozos de manzana que Justina cortó, lo metieron al horno y poco a poco el aroma a dulce y especias olorosas se tomó toda la casa.
—Creo que el pastel ya está, lo voy a sacar —dijo Justina mientras abría la puerta del horno. Una bocanada de vapor perfumado le golpeó la cara y en ese instante se oyó el galope de caballos que entraban al patio del frente. Dejaron el pastel en la mesa central y corrieron a ver quién venía.
Leonor, que se había adelantado, abrió la puerta y vio a los hombres de Juan Ramón que estaban por desmontar y les preguntó con voz angustiada:
—¿Y Juan Ramón?
—Su excelencia tuvo que detenerse en Riobamba por trámites burocráticos, pronto vendrá.
—¿Está solo?
—No, lo acompaña Morales, no deben tardar mucho—contestó uno de ellos.
Leonor ordenó en la cocina que preparasen almuerzo para los hombres y que se improvisaran dormitorios para alojarlos, luego se paseó nerviosa por los corredores de la casa, salió al patio, volvió a entrar y por último se dedicó a vagar por los jardines con el corazón en vilo, presintiendo que algo no estaba bien. África, que la seguía de lejos observándola en su agitado caminar, quiso aproximarse para calmarla, pero algo en el aire la hizo detenerse y vio a lo lejos una nube de polvo que anunciaba el galopar de dos jinetes. Se mantuvo apartada para que Leonor la que recibiera el primer beso. Unos perros ladraron y Leonor se dio cuenta que Juan Ramón entraba por el arco en la tapia que separaba los jardines de la casa; venía a pie mientras Morales quedó a cargo de los caballos. Ella no pudo moverse, se quedó quieta, la presencia de Juan Ramón la intimidó un poco, lo vio llegar como un huracán: aún llevaba vestigios de la rabia que había sentido aquella mañana y que ella no comprendió. Se le acercó con fuego en la mirada y con una violencia que ella no esperaba, le besó en la boca haciéndole daño. Ella le devolvió los besos con una inusitada dulzura; esclavizada, resuelta a complacerlo en lo que él quisiera. Aquella suavidad logró apaciguar la furia de macho celoso y pronto su abrazo se tornó cariñoso.
África, que lo había visto todo, se apartó melancólica; sintió la soledad del mundo en el arrullo de las palomas escondidas en lo alto de los molles. Juan Ramón liberó a Leonor de su abrazo al presentir la tristeza de África, la llamó y ella se acercó con timidez pero luego los tres tomados de la mano se sentaron en el prado para escuchar la descripción que Juan Ramón les hizo sobre su victoria. Justina al verlos otra vez con la languidez que tenían en la casa de la loma, les llevó el pastel y una botella de vino para que celebraran hasta que estuviera el almuerzo.
Como en los tiempos de la casa de la Loma, los tres se dedicaron a bromear y a reír. Se metían enormes trozos de pastel en la boca, que lo pasaban con el vino. Se tomaron de las manos, se descalzaron y corretearon por el prado hasta llegar a la acequia que llevaba el agua a la casa. Vieron que Justina se les acercaba con una canasta que contenía un delicioso almuerzo y con su risa portentosa dijo:
—¡Qué le vamos a hacer si ya se comieron el postre primero!
—Eso no quiere decir que no tengamos hambre—dijo Juan Ramón, y los tres atacaron la merienda, sacaron más vino y rieron como niños, contagiados por Justina que bebió y comió junto a ellos. Pronto, entraron en una somnolencia y se recostaron junto el agua que corría por la acequia. Cumbres Altas, tendido en el pasto miraba al cielo a través del tejido de paja del sombrero de Leonor que le tapaba la cara, y así de contento como estaba dijo:
—Este debería ser el último día de mi vida.
La tarde llegó y entraron en la casa para continuar la tertulia, jugaron tresillo y rieron sin ton ni son. Un sirviente trajo candelabros que colocó en las repisas, y el salón adquirió calidez en la noche fría.
María África sintió un leve malestar al observar a Juan Ramón; se había percatado que por momentos sonreía como si hubiera cometido alguna falta que le hacía gracia, para acto seguido, fruncir el ceño, como si estuviera enfadado. África no pudo concentrarse en el juego y su mente divagaba tratando de encontrar el significado del extraño comportamiento de Juan Ramón, hasta que recordó que la noche anterior había enviado a Juan de Dios a buscar con la carta en la que le contaba lo que había sucedido en Riobamba.
—¿Alguien sabe dónde está Juan de Dios—Preguntó África.
Juan Ramón alzó las cejas y la miró con tal enfado, que ella no se atrevió a preguntar más y continuó con el juego. Ahora estaba segura que algo terrible había sucedido.
Las llamas que flameaban cariñosas se agitaron, un extraño viento se filtró por las hendijas y Justina ahogó un grito. En ese momento se escuchó un caballo y poco después, un sirviente entró con una carta para Cumbres Altas, que la abrió mientras reía y besaba a Leonor. Pero al leerla, la palidez de su rostro hizo callar a las mujeres, que preocupadas empezaron a interrogarlo.
—Es un llamado de auxilio de tío Manuel, no pudo llegar a Cuenca y está rodeado por el enemigo en un sitio cercano a éste.
Nadie dijo una palabra y el salón se llenó de un frío de muerte. Las llamas de las velas se agitaron y las mujeres se revolvieron angustiadas cuando vieron a Juan Ramón levantarse con el rostro serio y ordenar al sirviente:
—Llama a mis hombres, salimos en este instante.
El criado se dirigió hacia el ala ocupada por los oficiales que dormían para recuperar fuerzas. Al recibir el mensaje, se levantaron y salieron a buscar los caballos. Cuando estuvieron listos, llevaron ensillado a “Taranto”, se pusieron a sus órdenes y a marcha lenta se dirigieron al punto indicado.
El viento soplaba fuerte en la madrugada, a pesar de que era época de lluvias y días calmos, y su constante silbido ahogaba las voces de los hombres. La noche estaba llena de fantasmas y los caballos asustados señalaban con sus orejas el camino que debían seguir.
—¿Qué pasa con las bestias, rehúsan avanzar? —gritó Sanjurrés a sus compañeros, que apenas le oían.
La polvareda tapó la visibilidad y pronto ya no se distinguían. Juan Ramón espoleó a su caballo hasta alcanzar un sitio de cangahua dura donde no se levantaba polvo, y desde ahí llamó a sus hombres para que se agruparan junto a él. En ese lugar no llegaba el viento y los soldados alcanzaron a ver que hizo una seña para que lo siguieran. Lograron ver su rostro grave antes que volteara para emprender la marcha entre el escaso chaparro, y fue entonces cuando se derrumbó de “Taranto”. El caballo se alejó unos metros, asustado. Un silencio sepulcral reemplazó al ruido del viento que había cesado como por encanto. De pronto todo había se había aclarado; la luna fría y cortante como cuchillo de monte rasgó la noche cuajada de espanto y los hombres vieron con horror al recio mercenario empapado en su propia sangre. Desmontaron y entre sollozos acudieron a auxiliar a su capitán, pero era ya tarde.
Portalanza descompuesto, temblando de la cabeza a los pies y con las manos empapadas en sangre, dijo en un sollozo:
—Lo han matado por la espalda y no vimos a los asesinos que cabalgaron cerca de nosotros, a lo mejor su aliento se confundió con el nuestro, y no nos dimos cuenta, no lo cuidamos. ¡Mierda!
Portalanza, luego de un silencio en el que se oía el latido de los corazones continuó:
—Vamos ocho de nosotros tras los traidores, y tú Ballester y Sanjurrés se quedarán para cuidar al señor —Portalanza tenía lágrimas que no quería ocultar y continuó:—Esto es una emboscada, la carta del Coronel Ascásubi era una trampa.¡Carajo! ¡Hijos de puta!
—Debemos cuidar al cuerpo para que no lo roben y luego digan los conspiradores que Cumbres Altas murió al huir como un cobarde que cayó abaleado por la espalda —dijo Túqueres con voz ronca.
Los hombres, que no entendían cómo había cambiado todo en un segundo emprendieron la búsqueda de los asesinos… querían ajusticiarlos sin miramiento, pero todo fue en vano.
—Se los ha tragado la tierra —dijo uno de ellos.
Cuando regresaron, derrotados en su intento colocaron el cadáver ensangrentado de su líder en la vega del río; Taranto volviéndose sobre sus ancas había emprendido el regreso a la casa en cuanto su jinete cayo al suelo.
—Debe haber sido obra del diablo, porque el viento y el polvo no nos permitieron ver ni oír.
Túqueres temblando de rabia dijo:
—La búsqueda ha sido inútil.
—Desaparecieron los cabrones —dijo Morales, que pálido por el espanto que sentía quería matar a todo lo que se moviese.




