María África, luego de entregar la carta a Juan de Dios y en recomendarle mil veces que buscara a Juan Ramón, regresó a la casa donde el embozado mantenía cautiva a Leonor. No sabía a quien pedir auxilio, pero iba dispuesta a quedarse hasta el día siguiente si fuese necesario para ayudar a su amiga. Sin embargo, cuando se dio cuenta que nadie la ayudaría la desesperación se apoderó de ella. Mientras se aproximaba a la casa, la gente que pasaba a su lado la empujaba y le decía obscenidades. Cuando llegó, vencida por el cansancio, se dejó caer en la vereda junto a la puerta. Era cerca de las siete de la noche cuando apareció una señora con dos niños pequeños y al verla en la entrada de su casa le dijo:
—Vaya a dormir su borrachera en otro lugar, esta es una casa decente. Si no se retira al instante, mando a prenderla, en esta casa se hospeda el Dr. Gabriel García Moreno que no soporta este tipo de comportamientos; si se entera de su actitud, la manda a fusilar.
Cuando África se apartó de la entrada, la señora, que ella dedujo era la dueña de la casa, abrió la puerta con una enorme llave de loba, entró con sus niños y la cerró tras de sí. África, que no se daba por vencida, esperó que la señora hubiera entrado y regresó porque no pensaba dejar a Leonor sola. De pronto, la puerta volvió a abrirse, una descompuesta Leonor salió, y a punto de desfallecer, cayó en sus brazos.
—¡Ay África, África, me he salvado! —dijo aterrada. —La dueña de casa me ha socorrido de milagro de ese infeliz; logré zafarme de aquel sátiro, no sin antes morderlo y arañarlo hasta hacerle daño.
En el coche que las llevaba a la quinta de las afueras de Riobamba, Leonor lloraba mientras contaba a África:
—Ese hombre quería poseerme, con una violencia y una lujuria que lejos de asustarme, me llenó de indignación. Me defendí como pude: con las uñas, con los dientes y con puntapiés. Él me sacudía y me alcanzó unas débiles cachetadas. Cada vez que intentaba algo violento contra mí, yo hacía ademán de quitarle el antifaz para ver el rostro del cobarde y él me quitaba las manos de encima para proteger su máscara. En uno de esos momentos oímos entrar a una mujer, que presumo era la dueña de casa. En ese momento él tuvo un descuido que aproveché para salir por una puerta trasera; al alcanzar el zaguán, abrí la puerta y te encontré a ti.
El amanecer sorprendió a Cumbres Altas y sus jinetes en las cercanías de Riobamba. En silencio y pálido por la rabia que le consumía, Juan Ramón entró en la ciudad; su extraordinario sentido de orientación lo llevó a las oficinas improvisadas del Gobierno Provisorio. Desmontó, Morales hizo otro tanto y sujetó las riendas del caballo de su jefe sin decir una palabra, Cumbres Altas alcanzó las escalinatas de piedra y al llegar al descanso empujó con fuerza a un centinela que quiso impedirle el paso, llegó a otro descanso y se encontró con dos soldados que custodiaban la puerta de ingreso al despacho del Director de la Guerra. Con inusitada fiereza, Cumbres Altas apartó de su camino a los dos soldados que asustados, se quedaron petrificados. A paso largo entró en la oficina donde encontró solo e indefenso al Dr. Gabriel García Moreno. Sorprendido por la inesperada visita, hizo ademán de hacerse de su pistola, pero antes que pudiera pestañear, Cumbres Altas lo tomó por el cuello de su solapa, con tanta energía que lo tiró al suelo.
—¡Sátrapa, hijo de mil putas, no te mato ahora porque no debo, cabrón! Asqueroso cobarde, si vuelvo a saber que has puesto una mirada, óyeme bien, una mirada sobre Leonor, te mato con mis manos, hijo de puta. Mientras le decía esto, lo abrumó con bofetadas cada cual más fuerte. Lo sujetó con violencia con una mano y con la otra cruzó su cara de puñetazos. Finalmente, lo arrojó con desprecio hacia una esquina. García Moreno, ensangrentado y preso de un ataque de furia, de indignación y terror, gritó:
—¡Guardias, a mí!
Ningún guardia se atrevió a detener a Cumbres Altas; la velocidad con que actuó y la admiración que causaba en cualquier soldado que se topaba con él, hizo que los centinelas se quedaran paralizados. Horas después eran arrestados y azotados por órdenes de García Moreno.




