El viento murmuraba sobre el chaparro y el frío se colaba por las hendijas de la ventana del cuarto de Leonor, que se despertó sobresaltada. Trató de volver a dormir pero a lo lejos distinguió un sonido que viajaba en la noche, y asustada despertó a África:
—¿Escuchas ese sonido?
María África se revolvió en la cama y buscó unas cerillas con las que encendió la vela de la palmatoria, luego se acercó al lecho de Leonor y se sentó junto a ella. El viento azotaba con fuerza la ventana, y a lo lejos escucharon el galope de un caballo solitario sobre el empedrado.
—Trae un mensaje de muerte —dijo Leonor.
—¿Quién?
—El caballo que viene a decirme que Juan Ramón ha muerto.
—Por favor Leonor, tú nunca has sido pesimista, deja de imaginarte cosas. —África se levantó para correr las cortinas y luego continuó: —Es la luna la que te asusta y estas camas no tienen colgaduras.
—No existen cortinajes que puedan ocultar a la muerte.
África, que se estremeció de miedo al verla lívida y hablando con tanta seguridad, quiso salir en busca de Justina, pero antes de que pudiera moverse vio a Leonor, que descalza salió al patio iluminado por la luna.
—Leonor, por favor no hagas locuras. Vas a pescar un resfriado.
Hacía tanto frío que el agua de la pileta tenía pedazos de hielo fino y el adoquín del piso parecía mojado con la luz de la luna. África y Justina llegaron junto a Leonor, que estaba quieta en actitud de espera.
—¡Ay, mi niña, te vas a enfermar! —dijo Justina con lágrimas mientras le cubría con una bata de lana.
El viento cesó y el Chimborazo iluminado por la luna se mostraba descomunal e impasible mientras Justina y África rodeaban a Leonor que no parecía reaccionar. De pronto, se alejó de las otras y extendió las manos para recibir a “Taranto”, que apareció en la noche clara, agitado y sudado sacando chispas del empedrado y se paró frente a ella.
En salto de cama y descalza montó en Taranto, y el caballo, como si comprendiera que Leonor estaba herida y no podía manejarlo, emprendió el retorno concentrado en el camino para no tropezar. Ella iba sin estribos ni riendas, como quien va al patíbulo sin ánimo de protestar ante lo inevitable. Estaba tan claro que pudo ver las almas en pena rondando a su caballo. Encontró a los hombres junto al cuerpo inerte de su amado. Desmontó; extraña y sin dar muestras de ninguna emoción, vio a Juan Ramón tendido junto a un río de aguas turbulentas, se arrodilló junto a él y lo abrazó largamente hasta quedar empapada con su sangre. Nadie se percató del tiempo que estuvo así, prendida de él, como si estuvieran diciéndose un largo adiós, pero cuando se levantó, sabía con precisión lo que había sucedido y la forma como tenía que actuar, como si hubiera recibido instrucciones silenciosas y entonces, con tono grave que no admitía réplica dijo:
—Tenemos que enterrarlo y guardar el secreto de su tumba. Lo han matado por la espalda para señalarlo como cobarde, no les dejaremos rastro de su paradero.
Once soldados cavaron la tumba, depositaron el cadáver, desenvainaron sus sables y los levantaron para rendirle los honores militares. En silencio cubrieron con tierra la tumba y cuando terminaro volvieron a montar. A una señal de Portalanza, el pelotón tomó otro camino.
Cuando Leonor regresó a la casa tenía el semblante tan cambiado, que casi no se la podía reconocer. Llamó a su habitación a Justina y a África para decirles:
—Cuando yo muera quiero que desentierren a Juan Ramón, luego harán una pira funeraria donde nos incinerarán a los dos. Quiero que esparzan nuestras cenizas entremezcladas por los páramos del Ecuador.
África se derrumbó desconsolada, pero Leonor la abrazó, acarició sus cabellos y le pidió que la escuchara con mucha atención; les iba a decir su última voluntad. Las mujeres entendieron la tragedia que les esperaba y sin decir nada la escucharon decididas a no llevarle la contraria. Sabían que se enfrentaban a su férrea voluntad y que la mujer que habitaba en el cuerpo de Leonor ya no era la misma, había sufrido una sorprendente metamorfosis.
Los siguientes días, Leonor se negó a tomar alimentos, a cambiarse de ropa, y rehusó asearse por miedo a que se le lavara del cuerpo la sangre de Cumbres Altas. En bata deambulaba día y noche por los riscos y los páramos del Chimborazo y un día no regresó a la casa. Mojada por la lluvia, abrasada por el sol y congelada por las ventiscas y las heladas vagaba sin descanso, con la mirada fija en los cóndores.
Juan de Dios nunca se recupero del esfuerzo sobrehumano que realizó al correr por horas cerca del volcán para llevar la carta a Cumbres Altas, pero seguía la pista de Leonor para recogerla cuando llegara el momento que él sabía inevitable y sucedió que una mañana mientras recorría los riscos alcanzó a ver el cadáver de una anciana. Se acerco para defenderla de los cóndores que la sobrevolaban y lanzó un grito de espanto cuando reconoció a Leonor que ya era un guiñapo humano, vestida con andrajos, con los pies destrozados y el rostro envuelto en un largo cabello blanco. Con ternura la levantó en sus brazos y creyó ver en sus ojos un tenue brillo de agradecimiento tal vez por que la muerte llegó pronto.
Justina se mantenía junto a la ventana esperando lo inevitable, inmóvil y con los ojos ausentes como si estuvieran presenciando una tragedia a lo lejos. En ese estado había permanecido por días sin atender a las súplicas de África que agotadas sus lágrimas, le insistía:
—Mama Justina, por Dios no te quedes en la ventana, esperemos a que Juan de Dios asome.
África acariciaba y besaba sus negras manos que tanto habían hecho por los demás. Ante su silencio y su mirada perdida, María África supo que aquella nana sin Leonor no tenía vida; era una madre que minuto a minuto veía cómo perdía a su hija. No era una madre cualquiera, era la humilde sirviente que había consagrado su vida para criar a la hija de otros, que pertenecían a un mundo diferente, al mundo de los poderosos. María África besó aquellas inertes manos, tan llenas de amor y de dulzura y sintió en su carne la terrible soledad que el vacío de Leonor y Juan Ramón dejaba en ellas.
—Mama Justina, no te pongas así, yo no tengo a nadie, no soy de acá. Tú eres lo único que me queda, no me dejes, por favor no lo hagas.
Justina la apartó con suavidad, se levantó llevándose la mano al corazón y dijo:
—Ya llega.
—¿Quién llega? No escucho ni veo nada.
—No tienes que ver ni oír; a la muerte se la siente y yo la estoy sintiendo. ¡Dios, qué terrible!
Mama Justina empezó a danzar como si estuviera en trance, golpeando el piso con sus pies y el pecho con sus manos. María África se contorsionó ante tanto dolor.
Momentos después, llegó Juan de Dios con aquel guiñapo cubierto en harapos y la depositó a los pies de Justina. África, que creyó que aquel dolor sería demasiado para la ahora anciana negra, la sostuvo dulcemente con sus brazos, llenándola de caricias y besos, Pero Justina, dueña de una súbita calma, tomó aquel cuerpo inerte y lo acunó junto a su pecho mientras le decía:
—Niña mía, haremos lo que pediste. Tus cenizas y las de Juan Ramón volarán juntas con el viento hasta perderse entre las nubes y las nieves perpetuas.
Los momentos que siguieron fueron intensos y a la vez llenos de recogimiento y profundo respeto. La luna arrojaba su luz sobre la tierra cuando once hombres embozados trajeron el cuerpo de Cumbres Altas camuflado en el interior de una carreta y se lo entregaron a Justina. Luego la nana negra dio instrucciones para lavar los cuerpos y llevarlos a la pira fúnebre que ardía en la ladera de un monte. En este lugar apartado, once hombres con sus sables en alto rindieron por segunda vez homenaje a su líder y a la mujer que lo acompañó hasta la muerte. Justina y África, conmovidas, no vertieron una lágrima para no romper la majestad del momento; el mismo aire que se respiraba parecía consagrado por la luz de la luna.
Cuando se consumó el fuego, los hombres se retiraron cabizbajos, y cada uno tomó rumbo diferente; no se volverían a ver.
Al amanecer Juan de Dios y las mujeres recogieron las cenizas:
—Ya son uno, las cenizas fundidas son el signo de que sus almas se juntaron y no volverán a separarse.
Justina hablaba con una nueva luz en la mirada; con la tranquilidad de saber como algo cierto que la dicha eterna al fin llegó para esos dos seres que tanto se amaron y tanto daño se hicieron en esta tierra.
—Debemos apresurarnos, si nos encuentran nos acusan de herejía
África colocó las cenizas en la urna funeraria y apartó una porción que colocó dentro del relicario de oro que llevaba escondido en su pecho. Junto con Juan de Dios y Justina emprendieron el regreso a paso lento sobre sus caballos.
Las dos mujeres y su fiel sirviente en el camino a Quito oían las noticias del triunfo del Gobierno Provisorio y de García Moreno, pero ellos no parecían inmutarse; detenían la cabalgata al anochecer para levantar una rústica choza donde pernoctaban y luego, entrada la noche salían con la luz de la luna que crecía cada vez más. Esparcían las cenizas que volaban con el viento hacia las cumbres altas de los Andes para que descendieran con la nieve derretida por los arroyos y los ríos, hasta llegar al mar. A éste ritmo viajaron sin tomar nota del tiempo y un día la urna funeraria quedó vacía, entonces la dejaron a la vera del camino como recuerdo de aquel triste regreso.
Un amanecer, ya cerca de llegar a Quito, Juan de Dios, se aproximó a Justina que tomaba café con África y le dijo:
—La noche en que mataron a mi patrón, antes de que sepamos que algo tan horrible le iba a pasar, la Señora tuvo una corazonada y me dio este papel para que le entregara a Mama Justina cuando estuviéramos cerca de llegar a la casa —Juan de Dios puso en las manos de Justina un sobre y continuó con lágrimas que no pudo retener—La Señora ya lo sabía todo.
África comenzó a leer aquella carta y pronto se dieron cuenta que se trataba de un testamento, en el que la Señora dividía sus bienes en dos partes: una para las mujeres que trabajaban en su casa y Juan de Dios, y la otra mitad para Justina y África, a las que además de una cuantiosa suma de dinero les dejaba sus joyas y efectos personales. África tuvo que hacer un esfuerzo muy grande para leer los últimos párrafos:
“Justina, escucha bien lo que dicta mi corazón en este momento de turbulencia y tristeza, me muero de frío y miedo por lo que pueda ocurrir a Juan Ramón, pero si llega a pasar lo que tanto temo, no sufras porque iré a reunirme con él. No olvides lo que tanto te he pedido y cumple con mi deseo de que se esparzan nuestras cenizas por las altas cumbres de estos Andes que tanto quiero.
Qué bella analogía, que el nombre del hombre que adoro y que está peleando por mi patria sea Cumbres Altas, como las cumbres altas donde se ha desarrollado mi vida y que nos han rodeado siempre, símbolo de nuestra identidad. Qué bella similitud, cuida que no se olvide el nombre que tanto significado tiene para nosotros.
Hace mucho frío, la luz de mi vela presagiando una tragedia se agita, la tinta ya se acaba, pero quiero decirte algo que tal vez no lo hice en el momento oportuno: Te quiero, mama Justina. Fuiste mi madre, lo dejaste todo por cuidarme. Cuando era tan chiquita que no podía valerme por mí mismo, tú me dabas la mano, esa mano de madre alegre que tanto bien me hizo. No te vuelvas madre dolorosa, recuerda que me enseñaste el valor de la alegría, me enseñaste a escuchar los sonidos de la Naturaleza, su fuerza, sus colores, sus aromas y el vuelo de las palomas. Gracias por todo, Mama Justina. No dejes sola a María África, vive con ella, cuídala, yo no dejaré que pasen necesidades”.
María África no pudo contener el llanto y al verla llorar con tal desconsuelo, Justina y Juan de Dios dieron rienda suelta a los sentimientos represados. “Qué gran consuelo es el llanto que se lleva la tristeza y alivia por un momento los corazones”, pensó África. Juan de Dios les hizo saber que llevaba otra carta para Carmen Salinas y Manuel de Ascásubi y les dijo que apenas llegaran a Quito iría a la casa de la Plaza Mayor para entregársela en sus manos.
Semanas después, sentadas junto a la laguna de la casa de la loma, María África y Justina veían la soltura con que los patos se deslizaban por el agua buscando las migas de pan que ellas les arrojaban. Era una tarde plácida con los destellos rojizos del sol antes de retirarse.
—Mañana va a llover; arreboles colorados, aguaceros endiablados; arreboles amarillos, ni queso ni quesillos.
Justina hablaba con lentitud, como si no hubiera nada que la apurase, ni tuviera nada pendiente. La vida era ahora una pesada carga que debía llevar a cuestas. África miró el celaje rojizo y sintió la quietud del aire y la apatía de Justina que lo llenaba todo. Hace algún tiempo que preferían estar en los jardines y no entrar a la casa helada y desolada, que parecía deteriorarse poco a poco. Nadie reparaba el tejado roto, ni las goteras. La humedad se expandía por los entablados y las paredes.
Juan de Dios había regresado a trabajar en la casa de la Plaza Mayor y ya casi no lo veían.
Sólo cocinaban lo indispensable y caminaban por las avenidas descuidadas, entre la maleza que crecía con inusitada rapidez.
—Mama Justina, ¿sabes por qué vine al Ecuador?
Justina la miró con extrañeza, en realidad nunca se lo había preguntado. África continuó:
—Cuando vine en aquel barco en 1849, regresaba de Lima. Allá había bailado para lo más alto de la sociedad, tenía 18 años y había vivido mucho, porque siendo tan pobre tuve que valerme desde muy niña. Mi madre me enseñó a leer y escribir, y para que tuviera algún oficio me enseñó a bordar, a fabricar máscaras; pero sobre todo me enseñó a bailar, sabía que tenía un especial talento, me decía: “Si logras dominar el talento que tienes en tu interior, conocerás la parte bonita de la vida” Y tuvo razón, por el baile me gané bien la vida, viajé a lejanos países y en todos fui admirada.
Calló por un momento, como si recordara algo muy preciado, y prosiguió:
—En la cubierta de aquel barco, vi al Conde de Cumbres Altas y desde ahí supe que me había perdido. Tenía tal poderío que cuando pasaba por mi lado me daba miedo… ¡Es que me daba tal miedo aquel hombre, que se me paralizaba hasta el pensamiento!
Hablaba con su acento canario y ponía énfasis en las palabras que le salían de muy adentro, sus manos descansaban en el corazón mientras seguía
—Y a pesar de todo no podía alejarme de su presencia. Por eso me escondía para verlo sin que se percatara de mí.
Se levantó y, con las manos juntas como si fuera una niña lista a hacer una confesión, dijo:
—Un día me pasó una cosa muy extraña: estaba examinándolo cuando uno de mis pensamientos, veloz como un rayo, atravesó todo su cuerpo y lo vi con una luminosidad tan potente que sentí la grandeza de su alma. Era un alma que lo dominaba todo y, sin embargo se debatía en aquel cuerpo tan seductor, prisionera de las pasiones de su virilidad y de la formación que su alta cuna le otorgó.
Se volvió a sentar, Justina le tomó la mano con cariño y le dijo:
—Eso lo supe desde el día que lo vi y entendí por qué mi niña se perdió; era un alma que atraía a las demás, pero sólo quería su libertad.
María África, en medio de aquella quietud vio cómo las hojas de los árboles revoloteaban en el aire, parecían mariposas mecidas por un suave viento, que poco a poco iban cayendo a su alrededor hasta dejar el suelo cubierto y mullido. Le pareció que una obra de teatro finalizaba con aquel bello espectáculo y que era hora de retirarse. Se levantó y dijo a Justina:
—Vamos a hacer un largo viaje, tú y yo. No me pongas esa cara ni protestes, mira que vamos a hacer lo que ella quiso; que seamos felices, que estemos alegres. Nuestra misión de vida aquí ya terminó, esta casa se va a derrumbar sola porque nadie más la puede habitar… Leonor nos dejó una fortuna y la vamos a utilizar en viajes, en conocer lugares hermosos y vivir con el legado de amor que hemos recibido.
Justina y África pasaban los días y las noches planeando el viaje que iban a realizar a Europa. Una noche, luego de discutirlo largamente decidieron que se radicarían en París, en uno de los nuevos y elegantes barrios que se estaban construyendo según lo que les contó Don Pedro Moncayo. Revisaron las cuentas y constataron que tenían dinero y joyas suficientes para vivir espléndidamente sin tener que preocuparse. El reloj dio las doce y África dijo:
—Es hora de irnos a dormir, hemos trabajado mucho en estas cuentas, me duele la cabeza. Bostezó y se levantó para dejar los libros de cuentas en el escritorio, junto a la ventana.
Justina miraba a África guardar los papeles, y con ojos tristes le dijo:
—¿Cómo va a viajar una negra como yo en un barco de primera?
Lucía preocupada, sabía que en Europa ella no se iba a sentir en casa. No entendía lo que le contaban, no podía imaginar urbes importantes como París. África, parada cerca a la ventana, la miró y le dijo:
—Las dos somos iguales, yo lo sé, pero para facilitar las cosas diremos que eres mi dama de compañía —África se sonrojó, no quería humillar a Justina, pero ésta le contestó con un gruñido:
—¿Una dama de compañía negra? Tú alucinas, no permitirán que vaya junto a ti; me mandarán junto a los caballos y las gallinas.
—¿Por qué tanto pesimismo? Con la cantidad de dinero que llevamos, podremos pagar para que te dejen conmigo—Luego, se acercó a la nana, la abrazó con cariño y le dijo en un susurro: —Es hora de irse a dormir; mañana todo nos parecerá distinto, ya lo verás.
La abrazó con ternura, y se retiro a dormir.




