El calor en Guayaquil era insoportable; la temperatura bordeaba los cuarenta grados centígrados y la humedad dificultaba la respiración. Desde el buque “Neptuno”, los pasajeros veían por última vez el malecón, la calle que bordeaba el río con sus almacenes y tiendas modernas iluminadas por faroles a gas. El barco permanecía mar adentro a la espera del vapor que traía a los últimos pasajeros. La cubierta de la primera clase lucía más ordenada y bonita que la segunda y tercera. Los tripulantes con sus uniformes nuevos se encargaban de ubicar a los viajeros en sus camarotes. María África seguía a un joven que llevaba su equipaje en un pequeño carricoche. Se detuvieron frente a una puerta que tenía los números en bronce reluciente, y el botones le dijo:
—Madame, hemos llegado —abrió la puerta y le enseñó orgulloso el lujo del lugar. —Es de los mejores del barco.
—Gracias, eres muy amable.
María África le puso unas monedas de oro en la mano y no dijo nada cuando vio el desconcierto del joven. La joven miró con cansancio a su alrededor, y el tripulante que no se había movido le preguntó:
—¿Desea Madame una mucama para que le ayude a desempacar?
—No, gracias. Puedo valerme sola.
—Está bien, Madame, pero si cambia de opinión estoy para servirle. Mi nombre es Pierre.
África se dio cuenta que el muchacho tenía un fuerte acento francés, pero que hablaba correctamente el español. Por fin, Pierre se marchó haciendo una venia y mirándola con curiosidad.
—Nunca he visto viajar a una mujer sin compañía —le dijo al despedirse.
Ella no contestó. Al quedarse sola, se quitó el sombrero y los guantes que la estaban sofocando, se desató el pañuelo que llevaba anudado al cuello y se tendió sobre la litera. Sintió un ligero bamboleo. Cerró los ojos a la espera de que zarpara el barco para llevarla muy lejos, donde no existieran los recuerdos. Su rostro se crispó y regresó la angustia para atormentarla una vez más. Hizo un esfuerzo para concentrarse en la oscuridad de la pantalla de sus ojos y en los sonidos que le llegaban de afuera; el mar, el ruido de los carricoches, las risas de los pasajeros y los golpes de las puertas de los camarotes al cerrarse. Había aprendido aquella técnica para no pensar y alejar la tristeza que no le dejaba un minuto de paz. Luego de un rato se quedó dormida.
Amanecía en algún lugar del Pacífico al Sur del Ecuador y el sol invadió el camarote de María África, que sintió la luminosidad como un cuchillo filoso cortándole los ojos. Se volteó para protegerse de la agresión, y la tristeza volvió. Hizo un intento por recuperar la inconsciencia y sumirse nuevamente en el sueño que la alejaba de la realidad. “Dios, cuántos días tendré que soportar esto” pensó.
No supo cuánto tiempo había pasado, hasta que el calor se hizo insoportable y tuvo que incorporarse. Se quedó sentada sobre la litera y recorrió con la mirada el camarote que tenía otro catre, un espejo de medio cuerpo, una mesita en la que estaba la palangana con agua para lavarse, una pastilla de jabón y una toalla, y más allá, una puerta acolchada que debía llevar al lavatorio. ¡Qué progreso de barco! Recordó el bergantín en que llegó a Guayaquil en 1849, en el que cada cual se acomodaba como podía; sin duda el mundo progresaba en 1861. Aquellos pensamientos la distrajeron un momento y decidió salir a desayunar. Se fijó que en su mesita de velador había un reloj que daba las nueve; había dormido diez horas. Tomó el reloj entre sus manos y le dio cuerda para que no se atrasara y fuera marcando las horas que le tomaría salir de la pesadilla que ahora era su vida. Se desnudó para lavarse y refrescarse, se peinó, se puso un traje de lino blnco que resaltaba su cuello largo, besó con devoción el medallón que llevaba colgado en el pecho, cerca del corazón y salió a desayunar. No sintió mareo al salir a la cubierta; el mar y ella estaban hechos del mismo material. Las lágrimas le bañaron la cara cuando recordó que Juan Ramón le decía que ella olía a mar.
Entró en el comedor y le sorprendió el lujo y buen gusto del lugar y aquel aire cosmopolita en la ropa y los ademanes de los comensales. Hablaban como en un susurro, casi no hacían ruido al tomar los cubiertos y bebían té negro de la India con leche y azúcar, como los ingleses. Se sintió cohibida y sólo pidió chocolate en taza con un panecillo dulce. No halló ningún placer en la comida, ni en la compañía de aquellos seres extraños y estirados. El humo que salía de las boquillas de algunas damas le molestó y decidió salir para dar un paseo; el primero de una serie en los que contaba los pasos que le tomaba ir de un extremo a otro de la cubierta, con la mirada extraviada hasta que el sol se ocultaba, que era el momento en que entraba en su camarote del que no salía hasta el día siguiente en que acudía al comedor. Aparte del desayuno, no tomaba otro alimento y adelgazaba día a día. Entraba desfallecida en su camarote y se desplomaba sobre la cama para huir de sus pensamientos.
Una noche, después de desvestirse, se tiró sobre la cama y besó largamente el medallón de oro. Se pasó las manos por el pecho y las costillas y se sintió satisfecha al ver que casi no tenía carnes, estaba flaca, y aquello le produjo la sensación de que era etérea, que cualquier rato podía levantarse de la cama y flotar. Miró el reloj que marcaba las nueve y cerró los ojos para concentrarse otra vez en la pantalla negra de su mente y en los ruidos exteriores. Había desarrollado una habilidad que le permitía distinguir entre los sonidos que se producían en el barco y el sonido del océano. Poco a poco fue escuchando los diferentes tonos: las olas chocando contra la embarcación, el viento rugiendo con furia, y a lo lejos, una melodía que fue borrando todo lo demás. Era una música desconocida que ocupaba todo el camarote y el espacio exterior; parecía que en el mundo no existiera nada más que aquella melodía, y de pronto, escuchó una voz que le decía: “África, libérate de la carga que tienes”La música cesó como si alguien hubiera ordenado que así fuera. Ella abrió los ojos y cuando trató de voltearse comprobó que no podía moverse, que estaba inmovilizada por algo que le oprimía el pecho y que parecía pesar una tonelada. Quiso gritar, pero había enmudecido, su lengua estaba paralizada, no tenía saliva y sintió la cara amortiguada. Trató de mover las manos, pero no le respondieron, sólo podía mover los ojos y mirar el camarote que permanecía igual que todos los días. Su mirada se detuvo en el ojo de buey y vio con horror que el mar estaba enfurecido; olas gigantes golpeaban el cristal que en cualquier momento iba a estallar en mil pedazos. Pronto el camarote comenzó a dar vueltas; el espejo se desprendió de la pared y se hizo añicos al tocar el suelo, la jarra y la palangana volaron por los aires y la litera donde ella permanecía inmóvil comenzó a corcovear como potro salvaje, causándole pánico. África estaba a la deriva, a merced de fuerzas que la hacían girar como si fuera una muñeca de trapo y fue entonces cuando escuchó una puerta cerrarse y todo volvió a la normalidad, como si despertara de un sueño.
Se quedó un momento en la misma posición, con los ojos en el techo, la respiración cortada y bañada en sudor. No se atrevió a moverse, pero para su alivio todo estaba en orden y el reloj daba las nueve de la noche. Recuperó la movilidad, pero estaba tan asustada, que se acurrucó en posición fetal y poco a poco fue perdiendo la conciencia hasta quedarse dormida. Cuando despertó, el reloj marcaba las nueve.
África tuvo miedo de permanecer un minuto más en el camarote, saltó del lecho y se dispuso a acicalarse. Parada en la tinaja se echó agua fría para lavar el sudor que se le había pegado al cuerpo, el agua la refrescó y le aclaró la mente. Se arregló con desgano y vio en el espejo reflejarse la imagen de una mujer rubia, extremadamente delgada pero bella y de porte distinguido. “No desentono con los otros pasajeros”, pensó, mientras se colocaba unos aretes de perlas y se acomodaba el medallón que brillaba sobre su pecho.
En el comedor, África ordenó un desayuno más sustancioso: jugo de naranja fresco, huevos revueltos, tostadas, mantequilla, mermelada y café negro. Se tomó todo el tiempo para pensar mientras se bebía una taza de café tras otra. No entendía lo que le había sucedido las noches anteriores en su camarote. A su alrededor todo seguía igual; los elegantes pasajeros conversaban en un susurro mientras manejaban con refinamiento los cubiertos y la servilleta, los tripulantes uniformados caminaban arriba y abajo llevando a cabo indescifrables tareas. Pensó que debía mantener en secreto lo sucedido, aunque de todas maneras no tenía con quien hablar… “A lo mejor, si me acerco al capitán o a algún doctor, que seguramente viaja en el barco… Pero no, van a creer que estoy loca”.
Cuando terminó el desayuno reemprendió el acostumbrado paseo en el que por horas contaba los pasos. Esta vez, le pareció notar algo diferente en el entorno; la luminosidad parecía más clara, los colores más brillantes y se fijó en la estela blanca y espumosa que dejaba el barco a su paso. Estaba segura que había visto aquella espuma mil veces en su caminar, pero esta vez se le quedó fija en la mente. Ahora iba como hipnotizada, embebida en los surcos que dejaba el barco en su navegar; cuando llegaba a la popa, veía la efervescencia blanca que parecía perderse en la lejanía, y cuando alcanzaba la proa sólo divisaba el horizonte, como si no se tratara de la misma embarcación. Esa noche soñó que se sumergía en el lechoso burbujeo y se sintió tan bien que ya no quiso salir. Cada vez se hundía más, hasta que sintió que no podía respirar; entonces, hizo un esfuerzo por tomar aire, pero algo que le pesaba en el pecho la inmovilizó y volvió a oír la voz que le ordenaba deshacerse de una carga. Escuchó sin entender de dónde venía ni cómo la oía, pero aquella voz resonaba en todas partes. Y nuevamente, una puerta se cerró con fuerza y África se despertó.
Sentada en el borde de su cama, volteó a mirar el reloj que daba las nueve de la noche, y recordó que antes de apagar la lámpara de su velador, marcaba la misma hora. Se tomó la cabeza con las manos y trató de tranquilizarse. Optó por recapitular lo que le había sucedido y comenzó a pensar con atropellamiento:
“Para comenzar, la luna entra por el ojo de buey para que pueda ver el reloj, esto ha pasado noche tras noche; siempre las nueve.” Sintió una punzada en el pecho y al hacer el intento de calmarse con sus manos, se topó con el medallón de oro. Se lo sacó, últimamente le pesaba mucho. “He adelgazado”, pensó. Tomó el medallón entre sus manos, lo abrió y besó con devoción las cenizas de Leonor y Cumbres Altas; gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas al recordar que tuvo el amor más grande y la amistad más verdadera. Volvieron a su mente imágenes de los días en la casa de la loma, cuando vivieron la plenitud de la vida en un campo que olía a miel cerca de un río que los acunaba con su arrullo. Volvió a cerrar el medallón, pero no se lo colocó, su débil cuerpo no podía sostenerlo.
La luz de la luna que entraba por el ojo de buey adquirió un fulgor dorado, y en ese momento tuvo una revelación, sin que se pusiera a dilucidar supo que el viaje que había emprendido al Ecuador hace doce años era el viaje que había tenido que hacer para aprender el significado de la vida, el amor, la amistad, la muerte y el desespero. Comprendió que durante aquellas noches había tenido un encuentro con su propia alma, que tuvo que detener relojes, romper espejos y asustarla mucho, para que ella comprendiera que aquí en la Tierra, todo es aprendizaje y que para avanzar hay que deshacerse del pasado; pasar la página y esperar el nuevo escenario, las nuevas caras y la vida nueva. Sin pensarlo dos veces, tomó entre sus manos el relicario, salió del camarote y se dirigió a la popa del barco. Iba descalza, su camisón azul esbozaba su fino talle, el pelo le caía alborotado y el viento la bamboleaba como a una palmera.
La luna alumbraba la espuma de la estela que dejaba el barco como una marca, una impronta del pasado. África se colocó en la punta de atrás de la embarcación y las lágrimas la bañaron entera, pero esta vez era de alegría y agradecimiento por lo que había vivido, por el tesoro que llevaría siempre en el corazón. Besó por última vez al medallón, lo arrojó a la espuma y vio cómo desaparecía en la blanca estela del pasado. En ese momento recordó que Justina la había herido al negarse a acompañarla porque se sentía vieja. Ahora comprendió que el viaje de cada uno es en solitario y la perdonó de corazón mientras caminó, sin mirar atrás.
El barco había atracado en el Puerto del Havre y África terminaba de arreglar sus pertenencias: maletas, baúles y los sacos de monedas de oro que llevaba para colocarlas en la Casa de Valores de Bousquet, que le había recomendado Pedro Moncayo. Durante el resto de la travesía, María África había trabado amistad con un matrimonio y con la anciana Madame Tibault, que le enseñó francés. Contrató para su servicio a Pierre y a una de las mucamas con los que pensaba viajar hasta París.
Ahora, en suelo europeo, María África esperaba junto a Julie, su camarera a la que preguntó con acento perfecto en su francés recién aprendido:
—¿Tardará mucho Pierre?
—¡Oh no, Madame! La estación de coches de alquiler está cerca.
África dejó que la suavidad de los rayos solares de aquella latitud acariciara su cara y miró con recelo los bultos de monedas de oro que ella y Julie vigilaban hasta que el nuevo doméstico llegara.
—¡Mire Madame, Pierre llega en un landó!
Julie agitaba la mano para que el muchacho las reconociera.
Los dos nuevos empleados de África colocaron el equipaje y cuando terminaron la ayudaron a subir.
María África entró en el landó tirado por cuatro caballos, que se perdió entre las estrechas callejuelas del Havre, llenas de vida y color.





Felicitaciones querida Aguedita he leido hasta el final, un final inesperado pero coherente, creo que si así empiezas a escribir hay que esperar lo que vendrá luego, ya me convertí en tu lectora, sigue adelante,
un fuerte abrazo
Katy
Gracias, Katy. Tremendo compromiso el mío, ojalá pueda estar a la altura de mi querida lectora. Un abrazo y a ver cuando termino la segunda
Agueda me gusto mucho la novela, y la manera en que escribe, se convierte en una lectura agradable y facil de leer que te transporta al mundo descrito con una suavidad deliciosa. Espero la proxima!!!
Besos
Gracias, Cristina. Ya estoy comenzando la segunda, ojalá no me demore tanto. Besooteees