ventana

Unos golpecitos en la puerta lo despertaron, se había quedado dormido sin darse cuenta y por un instante no supo dónde estaba.
—Soy yo, José.
—Entra.
José entró y se detuvo para encender la vela de una palmatoria que reposaba sobre la mesita de noche.
—Señor, ya está oscuro.
Gregorio se frotó los ojos. Dijo:
—Parece que me quedé dormido, no sé qué horas son.
—Ya mismo vienen los invitados.
—¿Invitados? Lo había olvidado, espero que todo esté listo.
—Sí, señor. Todo está a punto; los bocaditos, las bebidas. Como a usted le gusta.
—Que las chimeneas estén encendidas, tengo frío.
—Sí, señor—Contestó José y salió a ordenar que encendieran el fuego a pesar de que la noche era cálida.
Horas más tarde, la casa de Gregorio se llenó de gente. Unos músicos tocaban melodías de moda y el lugar se inundó con el perfume de las mujeres que bailaban mientras sus joyas centellaban bajo la luz de las velas.
Gregorio se apartó de todos para seguir soñando con la niña que había visto en el almacén. Debo estar loco, pensó. Se arrimó a una columna y cerró los ojos, pero uno de los invitados se le acercó.
—¿Cómo está, Gregorio?
—Bien, gracias—contestó sorprendido y reconoció a su amigo José Araujo y Río.—Qué bueno que haya venido, José.
—Cómo piensa que alguien se pierda una fiesta suya, son muy apreciadas acá en Lima.
—No es una fiesta muy grande, quise reunir a mis amigos más queridos.
—Y a sus más queridas amigas—Contestó José Araujo—Las mujeres lo adoran.
—Les impresiona mi fortuna.
—La fortuna hace a un hombre más atractivo, pero muchas me han confesado que pierden la cabeza por sus encantos, mire—Señaló con la mirada a un grupo de jóvenes que los miraban con coquetería—Son sus adoradoras.
Gregorio observó a las mujeres y sonrió mientras preguntaba:
—¿Y usted no se ha comprometido todavía, José?
—Sí. Me he comprometido con Rosa Larrea.
—Lo felicito, es hermosa y una mujer excelente.
—No se quede más tiempo conmigo, Gregorio. Es usted el más codiciado de la noche, las mujeres lo esperan.
Gregorio descubrió a la condesa de Ayala, se despidió de José de Araujo y se colocó junto a ella en la cuadrilla de baile. La besó en el hombro descubierto, ella abrió su abanico y le susurró al oído:
—Tu boca me está volviendo loca, si no me arrastras y me llevas a tu cama me muero en medio del baile.
—¿Me puedes decir cómo te arrastro ante los ojos de tu marido y de toda Lima?
—Me estoy derritiendo, ardo en fiebre…Algo tendrás que hacer—Lo observó mientras daban vueltas y cuando sus caras se tocaron le dijo—Eres el único que no usa peluca, no puedes estar más atractivo.
Ahora todos bailaban concentrados en los pasos, las mujeres hablaban al amparo de sus abanicos.
Gregorio empujó a la condesa contra un pilar de mármol apartado de la luz de las velas. Le besó la boca y el cuello, ella languidecía. La condujo a un cuarto pequeño y accionó el cerrojo, la música se oyó distorsionada. La luz de la luna le permitió verla tendida sobre el lecho desordenado, se colocó junto a ella y le acarició la espalda que se crispó bajo su mano, la volteó con avidez para besar su cuerpo entero y hacerla suya una vez más sin que nadie lo supiera. Cuando todo acabó, se arregló y se sentó en el el borde de la cama. Dijo:
—Quiero hacerte una confesión y pedir que me ayudes.
Ella se tapó los hombros con una pañoleta que encontró sobre el pie del lecho, tembló de frío y dijo:
—Me has amado de una forma extraña, como si no quisieras gozar del amor y el placer.
—Magdalena, a eso me refiero—La miró a los ojos que brillaron con rayos de luna—Me he enamorado.
—Y me lo dices así sin que te importen mis sentimientos.
—Ven— la sentó junto a él y la abrazó—¿Estás mejor así?
—Tus brazos son mi refugio, si no me abrazas me congelo de pena.
—Magdalena—su voz sonó profunda—sabes lo mucho que te quiero pero estás casada, tienes hijos, lo nuestro nunca podrá ser—le besó el cabello—tú, que tanto me amas tienes que ayudarme.
—Está bien, cuéntame.
—Vas a pensar que estoy loco pero tienes que entender, si no lo haces tú, nadie podrá ayudarme. Me he enamorado de una niña a la que no he visto ni siquiera el rostro.
—¿Cómo sabes que la amas, si no la conoces?
—Me lo dijo el corazón, supe que era el amor de mi vida—La sintió temblar y la abrazó más fuerte.
—¿Piensas que una niña podrá hacerte feliz?
—No lo sé, pero si sé que si no viene conmigo no quiero vivir.
Conversaban en susurros sin separarse el uno del otro.
—¡Dios mío! Dime quién es.
—La hija de la viuda del marqués de Maenza.
—¿Mariana Aranda?–Se desprendió de sus brazos y con los ojos bien abiertos dijo–Pero si es una niña, además no tiene un centavo, los nobles de Lima llevan alimentos al palacio para que no se mueran de hambre. ¿Cómo puedes casarte con alguien que no tiene dote?
—Mi fortuna es suficiente.
—Tú no la conoces, es una niña indomable y engreída, piensa que con su belleza hará lo que quiera e ignora su situación económica.
—¿No sabe que no tiene un centavo?
—No, su madre se lo ha ocultado y a todos les de tanta pena que no le hablan del tema. Ella sigue tan arrogante y fatua como si fuera dueña de una fortuna inmensa, pobrecita anda bien engañada, la casarán con un comerciante, un bruto que la hará infeliz.
Gregorio la besó una vez más en la frente y se levantó para acercarse a la ventana. Dijo:
—Mariana Aranda se casará conmigo.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo he sabido siempre, esta tarde percibí su aroma y me quedé prendado.
—Serás marqués de Maenza—lo interrumpió ella.
—No lo había pensado.
—Deberías. Poseer un título de nobleza en estos días es tan importante que si no lo tienes no eres nadie, al menos para nosotros los criollos, aunque seamos hijos de españoles.
Gregorio a duras penas podía verle el rostro y agradeció la nube que ocultó a la luna, así no veía sus ojos sollozantes. Sabía que la estaba haciendo sufrir pero en ese momento nada le importaba. Al pie de esa ventana iba a decidir su futuro con la ayuda de la mujer que tanto lo amaba.
—Seré el marqués de Maenza y protegeré a los hijos que voy a tener con Mariana, nadie se puede oponer a esta certeza que me llegó de forma tan palpable. No imaginé que en la vida se podía recibir un mensaje tan concreto. —Pegó la frente al cristal de la ventana, la noche se volvió oscura, una nube más grande ocultó por completo a la luna.
Ella se alejó del lecho y terminó de vestirse. Se sentó en la silla al amparo de la oscuridad, a veces la tenue luz de la luna tras la bruma le dejaban ver los labios varoniles que tanto amaba; su rostro atractivo y su corazón palpitando por una niña desconocida. Supo que lo había perdido para siempre y que era mejor conservar su amistad, si lo hacía su confidente lo vería más a menudo. Dijo:
—Josefa Ayesa del Ponte, la madre de Mariana es una mujer desesperada que dejará que cualquiera que pague sus deudas se lleve a su hija, lo malo es que nadie tiene esa cantidad de dinero.
—¿Tan grave es la situación?
—Si no pasa un milagro perderán el palacio con todo lo que tienen y tendrán que ir a vivir de la caridad a un convento.
La condesa de Ayala vio un rictus en la boca de Gregorio y se levantó para ponerse junto a él, lo tomó de la mano y le dijo:
—Tú, que eres uno de los hombres más ricos del Virreinato del Perú, vas a ser el joven y hermoso marqués de Maenza que salvó de la ruina a Josefa Ayesa del Ponte. La pobre viuda no sabrá cómo agradecerte y Mariana tendrá que obedecer.
Regresaron al salón y se mezclaron con la cuadrilla. Mientras bailaban, la condesa de Ayala vio en el reflejo del espejo, un medallón de oro cuajado de esmeraldas y brillantes que pendía de su escote. Sonrió al pensar que Gregorio podía enloquecerla tanto que le colocó en el pecho un regalo de despedida sin que ella se diera cuenta.

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