Gregorio Matheu de La Escalera estaba impecable con su camisa que olía a limón. Desde del interior del coche miró a una niña caminar por las cercanías de la Plaza de Armas. Su asistente, que estaba sentado junto a él, lo veía de reojo.
El coche iba a paso lento, la niña volteaba la cabeza ante la actitud maravillada del joven que la contemplaba a través de los cristales. Como él no le quitaba los ojos, se ponía colorada y desviaba la mirada. Iba en medio de sirvientes que se reían sin ningún recato y se burlaban del resoplido de los caballos que parecían marchar en una parada militar.
Gregorio la vio desviarse por una de las calles aledañas y detenerse frente al portón de un palacete.
—José: ¿Ves esa niña?
—Sí, señor.
—Di al cochero que se detenga frente a ese portal—dijo señalando con el índice.
El coche se detuvo y esperaron un rato hasta que Gregorio hizo una seña con la cabeza y dijo:
—Es el momento, averigua quien vive en esa casa.
José se encaminó hacia donde le había ordenado su señor. Minutos más tarde regresó y dijo:
—Ese palacete pertenece a la viuda del marqués de Maenza, la niña que entró es la marquesa de Maenza por derecho propio.
—Su madre debe ser una viuda muy rica—dijo Gregorio fingiendo no saber nada.
—No señor, la viuda está quebrada, su situación económica es muy mala, viven de las apariencias y las deudas–Al ver el asombro de su señor dijo–El sirviente que me abrió la puerta me lo contó todo.
Gregorio suspiró y con la ceja alzada preguntó:
—¿Averiguaste si la madre está en casa? Hablaste tanto con el sirviente que me imagino que sabrás algo.
—Por supuesto, señor. La madre está rezando en su capilla privada.
—Espera aquí, voy a bajar.
Gregorio caminó con seguridad, el corazón le resonó como tambor de guerra. Se detuvo frente al portón y levantó una ceja al ver signos de descuido en el labrado de la portada frontal. Accionó la aldaba de bronce de cabeza de león y un sirviente de librea raída y peluca descolocada abrió la puerta. José, desde el interior del coche lo vio entrar.
La viuda del marqués de Maenza estaba arrodillada sobre el cojín de su reclinatorio. Sus ojos llenos de lágrimas se dirigían suplicantes al crucifijo que estaba en el centro del altar. Rezaba a media voz:
—Señor misericordioso, apiádate de mí y haz que esta situación de ruina en la que estamos mi hija y yo termine de una vez—Se calló un momento para llorar con la cabeza baja mientras se secaba la cara con un pañuelo de encaje. De pronto le pareció que no estaba sola y se volteó alarmada, puso las manos en actitud de defensa y exhaló un grito al que nadie acudió. Estaba perdida, sin dar crédito a sus ojos vio un hombre parado en el umbral de la pequeña puerta que dividía el oratorio de su alcoba, estaba a solas con el intruso, nadie lo había detenido. El hombre no se movió y dijo:
—No tenga miedo; sus oraciones han sido tan sinceras que el Señor la ha escuchado y me ha enviado a mí para que la ayude en sus penurias.
Josefa Ayesa y del Ponte pensó que el diablo se había escurrido por la puertecita dorada, quiso gritar pero no le salió más que un suspiro y se quedó helada, blanca como el mármol del piso de su capilla.

El hombre se acercó con actitud tímida y Josefa se dio cuenta que se trataba de un jovencito muy atractivo. Se detuvo titubeante frente a ella y bajó los ojos en actitud suplicante. Dijo:
—Señora, no soy emisario del diablo, soy Gregorio Matheu de La Escalera—La miró un instante a los ojos para rápidamente volver a bajar la cabeza y continuó—Vengo de Quito en una misión de negocios.
—Pero yo no tengo negocios con Quito.
—¿No cree en Dios, señora?—Le preguntó con la mirada tímida.
—¡Cómo se atreve a decir semejante sacrilegio!—Se persignó y ahogó un suspiro
—Señora, soy un pobre hombre que sólo quiere el tesoro que usted posee.
—¿Qué es eso que yo tengo que tanto le atrae?
—Una bella niña—Contestó y bajó la mirada.
—¡Como se atreve, cómo se atreve! Usted, un provinciano, un don nadie, cómo se atreve a poner sus ojos sobre mi bella Mariana, hija de mi corazón.
—Señora—El joven adoptó una postura suplicante y dijo—no me regreso sin Mariana. No me regreso sin ella porque he venido a Lima para encontrar mi destino. Ella es lo que más adoro, lo que más codicio.
Josefa se arrimó a la reja del altar, respiró con dificultad y dijo con voz entrecortada:
—Pero si no la conoce, si nunca ha hablado con ella—Mirándolo con pánico le preguntó—¿Dónde la conoció?
—Hace unos días en el Almacén Polvos Azules.
—¿Sólo la ha visto unos minutos y la quiere para siempre? No se lo voy a permitir.
—Señora, nadie me lo puede impedir. Pronto me marcho de Lima, pero le prometo que voy a regresar.
Josefa advirtió determinación bajo su aspecto tímido y supo que tomaría tiempo frenar esa pasión absurda. El muchacho se llevó la mano al bolsillo de su casaca como si en ese lugar estuviera su salvación.
—Aquí está la prueba de mi hidalguía, mis apellidos ilustres y el patrimonio que poseo.
Josefa recibió los documentos y leyó en voz alta:
—Casas en Quito, en Latacunga, Lima, haciendas, obrajes, esclavos, indios…
Gregorio sonrió, ella le devolvió los papeles y le dijo:
—Conversemos, don Gregorio, pero no aquí, lo invito a tomar algo.
—No. Quiero que me prometa aquí, ante Nuestro Señor, que la mano de Mariana ya es mía—Se arrodilló ante ella y esperó con la cabeza baja.
—Joven, le suplico que deje a Marianita en Lima hasta que sea más grandecita, no está en edad de casarse, usted sabe, tiene sólo doce años, le pido que la espere hasta que cumpla los trece y se casan.
—Por supuesto, señora. Yo espero lo que usted decida y, sobre todo, le prometo que la voy hacer la mujer más feliz del mundo, mi amor vale por los dos, va a ser una reina.

Continuó de rodillas cuando hizo el siguiente juramento:

—Hoy mismo pago sus deudas.

Josefa guardó el pañuelo entre la manga de su vestido, tocó la cabeza del joven y le dijo:
—Levántese, vamos a tomar un refresco, hace mucho calor aquí—Y sin esperar contestación, se las ingenió para salir del oratorio con Gregorio aún arrodillado.
Él se puso de pie con la agilidad de una pantera y la siguió por salones y pasillos llenos de obras de arte y cuadros. Percibió que la señora estaba a punto de estallar, pero enseguida se distrajo con la platería y porcelanas que adornaban cada esquina de la casona. Por fin llegaron a una terraza situada en medio de un jardín de limones que a esa hora de la tarde exhalaban su perfume.
Josefa batió las palmas de las manos para llamar a un sirviente uniformado y con peluca. A Gregorio le pareció el mismo individuo que le abrió la puerta y pensó, que mientras él viviera, a su suegra no le faltarían sirvientes, hasta imaginó el número y las tareas que debían cumplir. La marquesa viuda lo sacó de su ensueño y se sentó donde ella le ordenó.
—Qué bonito y fresco se está aquí—Dijo Gregorio mientras se acomodaba en un sillón de mimbre.
—¿Le gusta el aire que se respira en este lugar?— Josefa regresó a ver a su alrededor y continuó—Aquí es agradable porque Lima puede ser muy húmeda.
Él pensó que estaba dentro de un sueño; su viaje a Lima había sido agotador, los hombres de negocios lo tomaron por incauto al verlo tan joven pero les demostró que era más ducho que ellos, que llevaba en su sangre al hombre de negocios y lo respetaron a pesar de su aspecto juvenil y cara bonita. Ella ordenó al sirviente:
—Tráenos un pisco.
Se puso a observar al joven que admiraba la magnificencia de su casa y la dulzura del jardín. Le pareció muy buen mozo, de buen porte y ropa elegante, el cabello recogido en una coleta. Estaba algo reclinado en el sillón, sus largas piernas estiradas sobre el mármol blanco y negro de la terraza, las botas relucían. Lo dejó continuar con la escrupulosa inspección que estaba realizando y pensó que debía ser muy rico para tener tanto desparpajo y aparecerse así en su casa. Su mente voló al pensar en sus deudas y se dio cuenta que la única arma que tenía a su favor era su hija. Se sintió perdida e indefensa al recordar que pronto todo su palacio pasaría a pertenecer a sus acreedores. Las palabras del joven la sacaron de sus cálculos y se asustó un poco cuando lo vio dispuesto a negociar.
—Señora, disculpe mis maneras rudas y la forma en que entré a su casa.
Se estremeció al sentir su mirada que parecía hablar sin decir nada, la barbilla enérgica que no admitía una negativa. Las manos, fuertes y bien cuidadas, parecían apoderarse de todo lo suyo. Lo dejó continuar:
—Sé que es usted la viuda del marqués de Maenza, y sé que está fuera de lugar decirle que no sé su nombre—Se reclinó hacia donde estaba ella como si su nombre fuera la cosa más importante del mundo aunque ya lo sabía por boca de la condesa Ayala
—Me llamo Josefa Ayesa del Ponte, viuda de Juan Aranda de Guzmán, el marqués de Maenza.

En ese momento llegó una esclava negra con una bandeja entre las manos y se acercó a Josefa que tomó una copa de cristal rosado y le dijo:

—Este es un pisco de la mejor calidad, salud por su estadía en Lima.

El joven se levantó y con la copa en la mano le dijo:

—Señora, salud por el mejor día de mi vida—Se tomó el pisco de un solo trago ante la mirada estupefacta de la señora que optó por hacer lo mismo.

Gregorio dejó la copa vacía en una mesita cercana y dijo:

— ¿Me acompaña a recorrer su jardín? Necesito un poco de aire.

—Vaya usted, lo espero aquí.

La obedeció y se perdió entre los limonares y rosales del jardín fragante, la luna apareció en el horizonte y unas aves alzaron el vuelo.

2-CONFESARSE JUNTO A LA VENTANA | INICIO | 4-LLEGAR A UN ACUERDO

Anuncios