rosas

Josefa Ayesa aprovechó el momento para pensar si estaba loca y el hombre que había recibido en su casa era un impostor, a lo mejor un ladrón de joyas y obras de arte. No tuvo paciencia para esperar al sirviente, tomó su copa vacía y se encaminó hacia la mesa donde estaba la poma de pisco, llenó la copa y se lo tomó de un trago. Quiso salir corriendo y gritar para ver si alguien le explicaba lo que le estaba pasando. La respiración se le aceleró mientras hacía cuentas y más cuentas…Imposible que pague tanto, no me atrevo a contarle que ya casi no tenemos víveres. Se apresuró a regresar al sillón cuando vio al joven, con aire soñador, regresar del jardín.
—Señora, son unos rosales hermosos—Acomodó la postura y se acarició la barbilla—Voy hacer un jardín en mi casa de Quito como el que tiene usted.
—¿En qué parte de Quito tiene su casa?—Le preguntó porque no sabía qué más decir y estaba embelesada en la mirada aterciopelada que la intimidaba y a la vez la tranquilizaba.
El joven quitó los ojos que tenía fijos en ella y mirando al cielo como si estuviera recordando algo muy querido, dijo:
—Mi casa queda frente al Monasterio de Santa Catalina, ocupa una cuadra entera, tiene dos plantas y cuatro patios. En la parte trasera hay un terreno grande en donde voy a sembrar rosas y limones para que mi marquesa respire el aire más perfumado del mundo. Vivo la mitad del año en Quito y la otra en la Ciénega, una de mis haciendas.
La miró con más intensidad y dijo:
—Señora, el tiempo apremia y debo saber su situación financiera.
Gregorio advirtió la palidez de su rostro y le dijo con suavidad:
—Es mejor terminar con esto; por lo que he observado el problema es grande.
—¿Qué ha observado?
Echó un vistazo a su alrededor y contestó:
—Es hermoso. Sin embargo, se ve que está descuidado, hay polvo en todas las esquinas y en el jardín crecen malas hierbas.
Ella abrió los ojos; el intruso había hecho un estudio minucioso de su casa.
—Vamos al despacho para ponernos al día con las cuentas—Dijo el desconocido.
La mujer se levantó. Gregorio le hizo una seña para que tomara la delantera y la siguió por otras salas y corredores hasta llegar a la biblioteca de muebles finos y estanterías llenas de libros, la alfombra de motivos floreados estaba descolorida. Josefa le enseñó el escritorio inglés de madera clara, él sin pensarlo dos veces, se sentó en el sillón de cuero. Ella vio que se sentía dueño de todo y que se había olvidado de su presencia mientras abría cajones y buscaba papeles, le dijo.
—Gregorio: ¿No le parece que debería preguntarme dónde están los libros de apuntes?
—Perdón, es que no tenemos tiempo que perder.
Josefa se sentó en uno de los sillones y quedó frente al escritorio. Dijo:
—Mis deudas son demasiado grandes como para que usted me ayude.
—Eso lo tenemos que ver, por lo general las situaciones financieras tienen arreglo.
—Las mías no—Bajó la cabeza como si una enorme timidez se hubiera apoderado de ella y le entregó una carpeta de cuero con todas sus deudas.
—No se sienta derrotada, sobre todo no delante de sus acreedores—Abrió la carpeta.
Josefa se puso las manos sobre el corazón. El joven leyó con tanta concentración que a ella le pareció un siglo, luego de un rato lo vio levantarse para buscar los cuadernos de cuentas. Con los documentos sobre el escritorio volvió a sumirse en el silencio mientras a ella se le secó la boca y comenzó a temblar de pura aprehensión. Al fin lo escuchó decir:
—Aquí está todo el enredo en que se ha metido, cuentas sin pagar, préstamos a alto interés, según veo ya nada de esta casa le pertenece—Tenía toda su atención volcada en los grandes libros de contabilidad, luego de unos minutos levantó la mirada y le dijo:
—No todo ha sido su culpa, el marqués ya le dejó un montón de deudas, pero veo que tiene haciendas y trapiches, eso nos puede salvar.
Ella sintió la mirada del joven que se había vuelto suave y conciliadora, a duras penas pudo decir:
—No, las haciendas y trapiches tengo que entregar a cambio de lo que debo—Parecía que ya no tenía fuerzas ni para llorar, la vergüenza de que aquel desconocido se enterara de su completa ruina la estaba aniquilando.
—Ahí está el gran error, usted no tiene que entregar nada a nadie. Le propongo lo siguiente:

Se acomodó en el sillón, puso los codos sobre el escritorio y apoyó el mentón en una de las manos, cuando vio a doña Josefa atenta y lista a escucharlo, dijo:
—Yo le compro todas sus propiedades y dentro de un tiempo ponemos a la venta las que sean más difícil de administrar, a mí no podrán ofrecerme lo que les de la gana porque no estoy en la situación desesperada en la que usted está, la quieren perjudicar. Le aconsejo quedarse con una propiedad donde concentre todos los recursos, eso le dará suficiente renta para vivir cómodamente, y si le falta algo, aquí estoy para suplir en lo que sea necesario.
—Gregorio, es usted un santo—Exclamó Josefa y se relajó sobre el asiento, de pronto se sintió aliviada al poder hablar con franqueza de su situación desesperada.
—No, Señora. No soy un santo, hago esto porque quiero casarme con su hija.
La pobre regresó a la realidad y tuvo un momento de desasosiego, pero pensó que no había ningún hombre en el mundo más perfecto para su hija que Gregorio Matheu de la Escalera. Se levantó de su sillón y dijo:
—Venga joven, démonos un abrazo cariñoso, de suegra a yerno y mejor quédese en Lima hasta que se arreglen todo y se casan aquí con todo el esplendor que se merece alguien como usted.
El joven la abrazó y ella, a pesar del terror del que estaba presa, sintió por una vez en muchos años que estaba protegida. Él le dijo:
—Sé que ha pasado noches en vela, que pensó que estaba viviendo un infierno.
Se pegó a su pecho y dejó que el joven la calmara y en ese instante sintió que se había curado de una enfermedad demasiado larga. Luego volvieron a sentarse para continuar con los libros.
Por una hora más, Gregorio inspeccionó las deudas mientras Josefa lo miraba pasar las hojas y hacer anotaciones en un papel más pequeño, ya no sentía vergüenza al tener que confrontar su desastre financiero, Gregorio dijo:
—Las deudas son el reflejo de lo que somos, si tenemos confianza en nosotros todo cambia—pasaba las hojas—mire, lo peor que uno puede hacer es asustarse.
Josefa lo miró sin dar crédito, pensó que el joven estaba loco pero se maravilló por la forma en que solucionó paso a paso cada cifra en rojo. Es un mago de las finanzas, pensó, no tiene miedo…se siente poderoso. Lo escuchó decir:
—Ya está, deje todo esto en mis manos—Cerró los libros y levantándose dijo—Tengo excelentes asesores y empleados que se pondrán desde ahora mismo a vender las propiedades.
Josefa se mantuvo en su asiento, Gregorio pidió que mandara a un sirviente a llamar a su asistente que esperaba en un coche aparcado junto a la casa.
Momentos después entró José impecable con el cabello hasta los hombros. Se inclinó ante la señora y luego ante su señor que le dijo:
—José, quiero que conozcas a doña Josefa Ayesa, marquesa viuda de Maenza y la ayudes en todos sus asuntos financieros.
El hombre hizo otra reverencia, la señora le dijo:
—Bienvenido, José.
Le pareció un hombre eficiente y de confiar. El asistente daba más brillo a Gregorio si esto era posible, un hombre que viaja con un empleado así de elegante es el mejor yerno que podía haber hallado, y en silencio agradeció al Señor por haberla escuchado en su capilla. Tendría que contárselo todo al arzobispo para hacer un exvoto en agradecimiento por el milagro que se le había cumplido sin siquiera finalizar su oración.
La marquesa se despidió de Gregorio en el umbral de la puerta principal, le entregó la mano que él besó. Cuando lo vio entrar en el coche no pudo contenerse y dijo al sirviente que la acompañaba:
—Parece un príncipe—Tenía las manos sobre el corazón y los ojos llenos de agradecimiento.

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